Como la visión surrealista que un adolescente puede tener sobre llegar al 2.010, una que lo fue o sea yo misma, reviviendo en mi memoria esa etapa de películas de los años 1.990 que auguraban cambios espectaculares para dicha fecha, doy fe como un notario sereno que vende experencia y solemnidad con su presencia en un acto en el cual no se puede celebrar sin su firma, digo que he sobrevido al futurismo inventado sin que se asemeje a la realidad.
No he triunfado en mi sueño. No vivo en el bienestar de una vida resuelta. Tras mil y una noches de nadas y vacíos intentados, sigo siendo la misma adolescente que tiñe sus canas incipientes con un tinte barato de un supermercado cercano, ya que todo más o menos sigue siendo igual en mi vida.
Soy igual de joven, por suerte el físico me acompaña, la fuerza me mantiene viva igual que antes. Sólo las derrotas continuas me enseñan a vivir y a valorar realmente lo importante. A no apartarme de los humildes, a no bajar la guardia, a no confiar en las personas que cuidan en exceso su imagen pública.
He desarrollado una percepción total del ser humano en todas sus etapas. He descubierto emociones tras un gesto, estrategias tras una pose repetitiva en una foto, mentiras cubiertas, verdades cantadas, palabras y más palabras para confundir mi mente.
Podría hablar del valor de descubrir tantas cosas, de mi valentía hacia lo desconocido, de las ganas de retos, de mis ilusiones, de todo ese mundo que me envuelve y me arropa. Estoy plenamente integrada en la sociedad y entiendo sus normas.
Las mujeres dicen que suelen llorar sobre lo que les duele. Yo oculto lo que no me reporta absolutamente nada. El dolor es una espina que mantiene las emociones vivas. Hay que cubrirlo de algodón, regalarnos paz, olvidar que existe y aferrarnos a experiencias positivas.
Estoy harta de la compasión, de la lástima, de los que dicen hacer cosas humanitarias para salvar su pan de cada día, de gente que llora y llora para robar un sentimiento. Cada día me cruzo con mendigos que me desean " Feliz Navidad" "Ayúdame, señora" y me recuerdan a la mayoría de los creyentes pidiendo siempre a ese gran Dios que todo lo resuelve. Por suerte cierro mi boca para no caer en la tentación de esperar un milagro o ayuda divina, me falta fe, la perdí el día que tuve que aprender a sobrevivir por mi misma sin ninguna protección humana que me cobijara.
He aprendido a perder, claro que sí, a no dañar por amor al arte, a dar miedo con mis gestos de algo mala, la bondad natural atrae al perverso, al oportunista y al malvado.
La vida nos da muchas cosas, emociones, alegrías, tristezas... Pero la historia real se escribe siempre con tinta roja. No podemos cambiar el pasado, sólo aceptarlo, no podemos mejorar el presente sólo vivirlo y no podemos predecir el futuro, sólo soñarlo.
Si existe un año crucial en mi vida fue este tan feo, ese 2.010. Un año con muchas esperanzas donde me alejé de lo que realmente me importa escribir, para no alcanzar ninguna meta porque mi mente no estaba motivada. Aún así agradezco al mal año todo lo que me enseñó, la lucidez que me dejó y las ganas de que ese año traidor no fuera en vano.
Feliz muerte, para el 2.010