Carla "la dulce" febril amapola de sexo templado, ése era su nombre en el mundo de los chats y pasiones etéreas. Había tenido que recurrir allí, ella, tan divina y sensual, cansada de ser una mujer perfecta que apenas tiene citas porque no sabe cómo o el lugar dónde dejarse ver para que ocurran. Sentía rabia por ello, pero era lo normal y si lo meditaba con atención tenía cierta lógica el hecho de que las personas orgullosas con mucha autoestima, no encuentran pareja con facilidad. No surje la chispa tomando un café en un bar o subiéndose al bus, porque tienden a vivir dentro de una burbuja impermeable.Mujer de carácter templado y mirada tranquila, creaba confianza al instante. Si uno se fijaba bien en su rostro observaba un destello de tristeza en sus ojos, el secreto de una tierna dama atravesada por las espinas de lenguado.
Estaba convencida de que el sufrimiento en esta vida es para las almas nobles, no para los malos. Por eso sufren siempre los buenos. Seguía cuando su sensibilidad la dejaba, las desgracias del mundo, las últimas que le llegaron nuevas fueron sobre de la República Dominicana. Todos los pobres sonríen, pensaba, pagan con felicidad una mirada. Los ricos aprientan los labios al conocerte, temen ser humanos. Luego si sopesan en la balanza tu amistad, la sonrisa es abierta, dejan ver una dentatura perfecta obra de horas de dentista y fundas de porcelana. Un sonrisa intermitente que engaña y dura lo que tardan es conseguir lo que tú tienes y ellos no. Eso divagaba mientras observaba como otra desgracia natural asolaba un país pobre de recursos. Parecía que la tierra rugía, con la fuerza de los tigres siberianos a los hombres a los que poco importaba equilibrar la balanza de los desahuciados. Pero ella no era la justicia, sólo la palabra de fuerza y empuje que calla, porque nadie escucha y nada cambia.
Era muy bella aún. Ya rondaba la cuarentena, pero a los hombres poco le importaba, ya que se conservaba estupenda.
Se acostumbró a salir a correr los fines de semana, así fortalecía esas estupendas piernas que tanto cautivaban. Salía a las nueve de la mañana, esa hora muerta de un día festivo donde todos descansan aún. Le gustaba respirar el aire fresco de la mañana, sin viciar de humos ni olores humanos, evitando respirar el fétido olor de las cagadas humeantes de perros abigarrados de desperdicios digestivos. La noche lo había aromatizado todo y el amanecer purificado.Vestía mallas negras ajustadas, zapatillas idóneas de corredora y camiseta de licra. Su pelo negro corto lo recogía en una pequeña coleta, lo estiraba de tal manera que parecía estar en guerra con el mundo, le gustaba aquella imagen de mujer recogida con pinzitas diminutas de mariposas rosas, pensaba que ellas le dotaban del impulso vital para vencer la resistencia del aire.
Se cruzaba a esa hora con gente muy diversa. Hombres sin rumbo que dormían en la calle y despertaban en la soledad de un banco. Apretaba los dientes y se decía que eran muchas las almas tristes y solas. Muchos los hombres que habían compartido cama con el tic-tac de un reloj rutinario de unos días sin más compañía que sus manos. Unos disimulaban con su paso ligero que iban a alguna parte, aunque Carla sabía que no, era la costumbre de la vida del trabajador labrado que finge parecer no estar solo. En cada paso de su carrera ligera hacia la playa creaba un perfil para cada persona que encontraba; el secreto de los ojos. Ella era una gran observadora de la vida humana, motivo por el cual la gente le robaba muchas horas. Muchos eran los hombres que trataban de robar un minuto de gloria, una mirada perdida. Muchas las llamadas urgentes que necesitaban. Ella no se paraba, abría los brazos como una fuerte ave de mar que necesita sentir el aire para poder volar y corría sin rumbo, sin pensar en si misma, sólo lo hacía para liberar su mente de una vida llena de silencios y desesperanzas.
Era una bello susurro de aroma a sal para el que tenía el gusto de cruzarse con ella. Era dura y podía aguantar la carrera durante hora y media de sufrimiento. Se refrescaba el sudor abriendo los brazos para dejar entrar la brisa tenue. En ese instante deseaba morir, que no la quebraran los años sino un rayo de la nada en el se sentía la mujer más feliz del mundo. Bendecía sin ser creyente la suerte que la vida le daba por poder sentir algo tan inmenso, una fuerza maravillosa que la poseía por completo como la droga más liberadora. Ella no necesitaba disimular la vida, quería vivirla plenamente sin tener miedo a que ésta le jugara una pasada. Lo que tenía que suceder, sería "lo que sara sará" rondaba su mente, frase que Ava Garner leyó en una tumba de de la Condesa de..., no lo recordaba pero ésa escena aclaraba una gran verdad; el destino no es nuestro.
Odiaba a los hombres que no se esforzaban en la conquista. Mentes huecas y cuerpos estupendos que intentaban seducirla con una cita esporádica. Tampoco soportaba aquéllos de vida resulta que presumían de su poder, empobrecidos de físico, necesitaban dominarla con una generosidad de pago. O aquéllos que no eran ni lo no ni lo otro, hombres humildes de escasos recursos verbales que trataban hacerla sentir compasión, siendo pobres méndigos de cariño y afecto, que nadie escucha y luego resulta ser todo parte de un juego, una vez seducida se daba cuenta, ellos eran así para envilecer a todo hembra sensible que se dejara engañar. Carla lo sabía todo, lo había descubierto en miles de charlas con diferentes mentes y se sentaba a teclear palabras y más palabras. Con el tiempo se hizo dura y selectiva, intentaba a la vez dar una esperanza pero le robaban demasiados minutos y dejó de escuchar para sólo oír lo que ella necesitaba.
Su cuerpo perfecto aún juvenil imponía mucho. Su carácter y sensualidad eran como una atracción virgen para el que entraba en su ámbito de movimiento. De sonrisa cansada y mirada directa, no era una presa fácil de conquistadores y galanes. Huía de la frivolidad ya que nada sentía teniendo relaciones con extraños que no la motivaban. Sabía perfectamente que para ganarse el respeto de un hombre hay que ser algo fría, clavarle unas cuantas agujas de cactus del desierto para modelar un respeto. Así que sólo quedaba tras unos cuantos encuentros y palabras dónde él se sometía a lo que ella quisiera hacer.
-Podemos salir a cenar y conocernos Carla.
-No sé, no nos conocemos demadiado bien aún.
-Carla, querida llevamos casi tres semanas haciéndolo, necesito verte, me gustas muchísimo.
-Agustín, no tengas prisas, necesito mi tiempo.
-¡Carla! no me dejes así otra vez.
-Ten paciencia conmigo, si cultivas mis ganas nos veremos pronto.
-La tendré querida, la tendré.
Nunca salía con nadie antes de un mes de mutuo conocimiento. Odiaba a los mentirosos, a aquellos hombres que por meterse en la cama con una mujer son capaces de fingir ser honestos. No merecía la pena por un rato de sexo crear una fantasía para conquistar a una mujer que tarde o temprano los haría llorar al descubrir que nada era real. Y eran tantas las mentiras que escuchaba, tantas ,que había hecho un estudio sobre las maneras de hablar y escribir para intuir realmente lejos de las palabras, las verdaderas intenciones.
Ella era diferente, necesitaba sentirse la reina de la seducción que su amante la adulara y envolviera con deseo. El sexo en sí, es para putas. La pasión, para amantes expertas. Y ella no era puta, sino amante sublime. No le importaba lo que durara cada historia de pasión, somo quería que el hombre con la que la vivía la hiciera única e inolvidable en esos momentos. Ese era la verdadera dicha de la vida, la seducción del la mente acompañada de los sentidos.
No tenía muchas aventuras pero de todas sacaba algo muy grande, una condensación de momentos felices compartidos. Aquella vida era como una rosa que uno tiene entre las manos y ve poco a poco como se marchita y cuando ya no tiene olor hay que volver a renovar. El amor pasajero era así; fuerte, pasional, intenso pero fugaz. A veces bastaba una palabra, un gesto o un olor a chocolate para que ella decidiera el final. Se guiaba por su instinto vital de su alma, si ésta reposaba tranquila y serena, la historia duraba, si el hombre la desatendía o terminaba tras la conquista utilizándola para encuentros furtivos, lo desechaba rápidamente, no quería más sufrimientos ni horas llenas de vacíos.
Sabía hacer el amor a un hombre. Había aprendido a dosificarse. Con cada uno era una mujer nueva. Si el hombre no sabía tocar y sólo quería ser satisfecho con sexo oral pasaba de él poniendo la excusa de que se ahogaba si algo se le metía en la boca y le producía ataques de epilepsía, ellos atónitos, algo dudosos de la revelación cedían y la poseían con movimientos rápidos. Ella miraba entonces el techo de la habitación deseando que aquel encuentro inerte se borrara antes de terminar.
Si el hombre le bajaba el pantalón y frotaba su pene contra su culo sabía que iba a tener algo grande entre las piernas. Que él devoraría con pasión su sexo, lo chuparía durante horas y llegado el momento querría follarla por detrás. La imaginación y las ganas de darse las inventaba tras ser seducida por un nuevo amante.
Deseaba estar con una mujer adicta a mujeres, para conocer el placer de la experta que sí que sabe tocar. Era su fantasía erótica más repetida, temía enamorarse de una mujer y no poder volver a estar con un hombre.
También guardaba su mejor experiencia en la cama con un hombre, su noche de oro. Fue en un hotel, lo conoció en la playa y tras un intercambio de miradas intuyó que algo maravilloso iba a pasar. Los ojos de él eran descarados plagados de estrellas fulgurantes de naranjas y mangos, olía a macho penetrante e imprenaba toda la toalla con su esencia.
-Carla, yo necesito esta noche una puta.
-¿Qué? ¿Pero macho de que vas?
-Una puta a la que hacerla vibrar, mañana salgo de viaje para Londres, mi vida es estresante, tu piel me gusta.
-Anda y que te den, salido.
-¡Ven, no te arrepentirás nadie te hará sentir en tu vida lo que vas a vivir junto a mí esta noche!
Carla se levantó llena de rabia, recogió su toalla, se puso su vestido playero y lo dejó atrás. Él la observó y lo vió sonreír maliciosamente. ¿Cómo podría saber que estaba deseando ir? Avergonzada no volvió a mirar en su dirección. Confusa trataba de decidir si merecía la pena dejarse humillar así por un hombre. Pero ésas manos en su piel la habían excitado, su vagina lubricaba y sino hubiera estado él allí, habría entrado de nuevo en la playa para darse un baño y tocar con ganas tanta necesidad insatisfecha.
Pasó toda la tarde sudando en la cama. No era el calor lo que provocaba tal calentura, era el deseo. A las ocho se dio una ducha. Su cuerpo tenso y acalorado no se aplacó. Quería ser puta, una zorra salvaje que necesitaba ser saciada. Ella que tanto había odiado el sexo sin seducción previa, estada codiciando ser una viciosa. Se vistió y acudió a aquel maldito hotel. Él la esperaba y sin replicar por su suerte, temiendo que el orgullo femenino herido lo traicionara, la hizo pasar.
¡Carla, desnúdate ahora, poco a poco frente a mí!-le susurró él sentado en la cama.
Tras observarla, se bajó la cremallera del pantalón. Se pene abultado quería emerger de las profundidades de la calma. Ella lo deseó y se agachó a chupar, su pene crecía y se endurecia en su boca, fue lo primero que el folló, su boca. Sentir tanta carne dura dentro le hizo tener arcadas, pero estaba a gusto y quería que atravesara su garganta. Jamás había sentido tanta morbosidad salvaje de ser poseída así por un hombre.
Julián disfrutó del momento. Luego la llevó hacia el baño, la ubicó desnuda en la bañera. Ella sentada en el borde obedeció la orden de abrir al máximo sus piernas y con ambas manos mostrarle la abertura de su sexo. Era perfecto y bello. Él se excitó mucho y siguiendo su plan, cogió la manguera de la ducha el agua caliente y dura por la presión de la bomba, la golpeó. Fueron litros perdidos en aquel lugar. Le prohibió tocarse ni cerrar las piernas. Alcanzó el orgasmo en pocos minutos. Un orgasmo cerebral de sumisión total, hermoso. Cuando él supo que se había corrido dio por terminada la ducha. La sacó y con sumo cuidado secó bien con una toalla su cuerpo mientras chupaba con delicadeza y pasión sus pechos duros, pezones erectos por la excitación convertidos en punta de flecha. Luego volvió a ser duro en extremo y la acorraló frente al labavo. La apretaba con su cuerpo y el sexo de ella se excitaba con el roce de la piedra de porcelana. Cuando la tuvo a punto de jadeo se la folló desde atrás, mirándola a través del espejo de una manera brutal. El golpeo de sus caderas era doloroso. Ella lo observaba sin oponer resistencia, divagando entre parar o continuar con aquello.Trató de alejarlo, pero él retrocecía sonriendo y la volvía a penetrar lentamente volviéndola loca de deleite, consiguiendo que de nuevo consintiera a aquel dolor y placer intermitente. Y volvió a correrse con el dolor de la vagina maltratada.
-No me esperaba tanto tamaño, eres un gran amante pero muy salvaje ¿no crees?
-Soy en cada momento lo que una mujer necesita.
-No creas a mí no me ha gustado.
-¿Eso crees? pero tú me lo has pedido.
-¿Yo?
-Ahora te mueres porque te chupe y rechupe el coño dolorido como bálsamo.
-Eres un...
-Un gran amante.
Y dicho y hecho. La tumbó en la cama y ella se abrió con pudor, tapando su cara entre las sábanas. Julian la descubrió y exigió que mirara. Y ella disfrutó siendo la presa tuvo otro orgasmo cerebral . Que bien sabía de mujeres. Ella no podía creerlo, nunca había llegado a un clímax semejante. Finalmente volvió a poseerla pero esta vez de frente, de rodillas y mirándola a la cara mientras ella acariciaba su clítoris para llegar más rapidamente al orgasmo.
Ambos se dieron y culminaron muchos orgasmos. Follaron como perros salvajes, sin miedos. Al amanecer Carla olió a chocolate. Sabía que nada más podía ofrecerle aquel hombre que la había elevado tan divinamente a las cimas del placer más impenetrable. Se sintió escaladora de cumbres tupidas para el resto de los humanos. Se centó en el pensamiento más abstracto de erminaño reviviendo los momentos mientras se vestía y se alejaba de aquella dicha. Él no dijo adiós, no quiso volverse para estropear su sueño. Ella grababa sin cinta en su memoria todo para disfrutarla de por vida. Los tacones sonaron huecos bajo aquella moqueta silenciosa que cubría el suelo del pasillo de aquel hotel discreto donde tantos amantes vivieron noches de ensueño.
Al salir a la calle notó que iba maquillada con el sexo en el rostro. La miraban y deseaban, sonriendo Su alma serena y tranquila estaba satisfecha. Poco le importaba la censura de la vida que malmete contra la dicha de la única satisfacción humana que nos hace grandes. Ella era libre, ella era Carla.
Techum