Isaac quería tener una profesión de
mayor muy importante: la había inventado él mismo, sería
Arquitecto de Palabras. Cuando intentaba comunicar sus intenciones
ante los desconocidos, esos seres que se acercan a preguntar a papá
o a mamá sobre lo que desearía ser la joya de casa de mayor, en
seguida cambiaban de conversación. Parecía absurda su profesión a
ojos de los que no creen en los nuevos inventores.
La creatividad brillante de alas de
mariposa y colores de los pájaros exóticos de la mente de ocho
años, le dotaban de verdaderas metas “imposibles” a ojos de los
realistas, pero estaban equivocados, él iba a construir un nuevo
mundo de palabras.
Cuando deseaba hacer algo diferente
siempre la palabra que tropezaba en su camino como una piedra de la
cual no puede deshacerse por mas que la sacara del zapato era : NO,
así que sería la primera candidata a ser desterrada.
Sacó su libreta y con abstracción
mística, comenzó a pensar en todas aquellas palabras que habían
prohibido realizar sus sueños. Imposible, oscuro, difícil,
inconveniente, insoportable, revuelto, desastroso, sucio,
insuficiente, malo, travieso, complicado, inquieto, indisciplinado,
incontrolable, insufrible... Luego, las leyó, lejos de desear
ordenarlas empezó a darse cuenta de que todas las palabras que le
prohibían algo empezaban por “i”.
Empezó a componer poemas muy tiernos.
Llenos de seres maravillosos y cosas bonitas, parecía que al evitar
usar las palabras oscuras todo fuera posible. Rectificaba los
diccionarios, eliminando todas esas entradas que consumían como una
lumbre a fuego lento sentimientos negativos e hirientes.
Todo el que que leía sus
composiciones, se sentía al instante inmerso en un lugar paradisíaco
donde el lobo no era más que un ser agradable, familiar y sociable
que tomaba lo que necesitaba para sobrevivir.
Isaac daba sentido a la vida de todos
los seres, excepto a los malvados. No quería contaminar de miedo sus
estantes repletos de caramelos dulces con los que los niños debían
soñar. ¿Para qué justificar el control de la mente malvada? Era
mejor olvidarla, no tratarla, no darle cabida en sus cuentos para que
no tomara fuerza la enseñanza del castigo como método de hacer
parar al soñador que todo lo puede y ve.
Así que las marionetas, los bailes,
las pelotas, historias y risas de niños felices inundaron sus
escritos maravillosos. La risa y la posibilidad se vestían con
esfuerzo el traje de la constancia y así pronto la meta era
alcanzada. Las tortugas cantaban aunque lentas, sacaban partido a su
voz melodiosa y dulce, para deleite de los que quisieran escuchar.
Los competidores los agrupó juntos.
Era divertídísimo escuchar sus entretenidas conversaciones tratando
de convencerse mutuamente de cual era el mejor. A todos les vino
genial, porque a pesar de que sufrían un poco, se superaban
aprendiendo de su rival más cercano.
La lucha y el enfrentamiento, tan de
moda buscado en programas de televisión que luego los niños
versionan en los parques, ya que es su día a día escuchado en casa
por madres adictas al chisme y critica del ajeno, le era muy
desagradable, pero no podía ignorarlo, ya que parecía que ser
fuerte era imponer el criterio con todas las armas destructivas al
alcance. El dolor humillante no podía triunfar, así que creó dos
marionetas que pasaban el día sacándose defectos inventados, todos
podían darse cuenta que su único fin, era entretener con malos
pensamientos, así que los niños tras ver que ese camino era muy
penoso y agotador, lo evitaban, porque el éxito no estaba tras esas
luchas tan hirientes que tan molestas resultaban hasta de escuchar.
Discutir no era agradable. Conversar
con argumentos sí. Así que recreaba muchas historias llenas de
palabras llenas de buena voluntad que hicieran elegir a los lectores
un camino donde el amor pudiera triunfar.
El romanticismo, la pasión y el amor
inundaban sus cuentos, intensos, emotivos e inolvidables. Fue así
como nació un gran apasionado de la palabra amable y el corazón
rebosante de latido. Era tan feliz creando historias y finales
inquietantes, que pronto tuvo que dar un nuevo nombre a su profesión
dado el número de escritos que inundaban su habitación.
Creatividad, ingenio, posibilidad y
voluntad dieron a su alma el sentido correcto. Su nuevo nombre sería
“el ingenioso escribiente Isaac”.
-Fin-
