El
testamento
Viajaba
en tren rumbo a su hiriente pasado. Al llegar a la estación se topó
con una suave lluvia que le mojó la piel, rebajando la tensión que
sentía. El aire viciado olía a una mezcla de humos de combustible,
posiblemente gasoil y tierra mojada. Le refrescó los brazos,
reduciendo los vellos erizados, su rostro tenso comenzó a relajarse,
cada paso que daba le revolvía una vida anterior que había
permanecido sellada durante muchos años.
Confundida y desorientada, llegaban escenas tan impetuosas que
distorsionaban lo que percibía, trataba a cada instante de
diferenciarlas de la realidad. Desde que se marchó hacia más de
quince años no tuvo noticias de su familia. Temía que en cualquier
momento la figura severa de su madre aparecería en la estación para
llevarla de vuelta a casa. Pero eso era imposible. Una prima lejana
le informó del fallecimiento .Una sudor frío le recorrió la
espalda, aliviando el malestar de sentirse presa en la historia de la
cual había escapado siendo una adolescente. Debía recuperar la
calma y perdonar. Sólo así enterraría los fantasmas que tantas
noches de sueño le habían tenido en pie, manteniendo conversaciones
intensas con seres irreales donde no había encontrado un punto de
acercamiento Dejó a su marido sin darle explicaciones de su
misterioso viaje, sólo le dijo que debía resolver un tema del
pasado.
No
quiso establecer un nuevo contacto con sus dos hermanos. La educación
sexista los elevaba por encima de su estado de mujer. De la casa de
la cual había huido tras aquel episodio amargo, ellos eran los que
tenían voz y mando. No hicieron nada por defenderla de su
autoritaria madre que sólo parecía tener obligaciones y
restricciones para la chica.
Gracias
a las escasas pero importantes comunicaciones con su prima conoció
la fecha exacta del fallecimiento de su madre, el veinticinco de
agosto. Virginia la llamó cuando ocurrió, por si quería asistir a
la misa y posterior entierro en el panteón familiar. No respondió,
colgó sin más. Un mes después, estaba allí sin saber lo que
trataba de conseguir con ello. Quizás su conciencia no estaba
tranquila, necesitaba saber como vivió su madre sus últimos días y
si alguna vez la amó. Esperaba que hubiera dejado una carta de
disculpa, que tratara de justificar sus actos, ansiaba descubrir lo
que ella había significado para su madre.
No
tenía ningún documento que la relacionara como hija, así que con
anterioridad tuvo que solicitar el certificado de defunción por
internet en el portal web del Ministerio de Justicia para luego pedir
el certificado de últimas voluntades, en el mismo sitio. Su primera
visita sería al Notario que era poseedor del último testamento.
Caminó
por las calles de la ciudad con paso apretado. Estaba furiosa, como
un animal herido que teme al peligro de cruzarse con una nueva
amenaza. La rabia contenida mucho tiempo afloraba por cada poro de su
piel. Notaba lo susceptible que estaba, un simple empujón o roce con
algún extraño caminante la ponían en situación de alerta. No
sabía como dejar de sentirse así, estaba muy cerca del final y no
sabía controlarse. Cuenta Sandra se decía, como los
niños...diez, nueve, ocho...¡Respira profundamente! Piensa en algo
que te llene de amor...Con una intermitencia regresaba la sensación
de paz.
Cada
año cuando llegaba la fecha de celebración del día de la madre
perdía la conciencia, cayendo en un estado anímico deplorable. Sin
poder evitarlo, se volvía inaccesible durante días. Sin hablar,
tumbada en la cama sin comer o beber, en un profundo trance, del cual
su atento marido lograba rescatarla. Para ello usaba lo único que
servía, amarla y abrazarla sin hacer preguntas.
Lo que
ella guardaba en su interior más profundo es que había sido madre
pero por unos minutos de un tierno bebé. El hecho no se lo confesó
nunca, así que aquella inmensa tristeza la desbordaba porque trataba
de contener el dolor. No hubo alivio ni ayuda psicológica para
superar aquello, ya que ocultaba lo que sucedió. Sabía que las
células de su hijo estaban vivas en su cerebro. Fue el regalo de la
conexión de nueve meses de amor verdadero.
Al
llegar a la Notaría, preguntó por el encargado de entregar las
copias de testamento. Notó que éste la recibía con cierta
aspereza. Intuía que su madre no la habría favorecido, pero lo
necesitaba para justificar el parentesco. No quiso descubrir ante
aquel ser que disfrutaba con el sufrimiento ajeno, la reacción que
le produciría saber su contenido, así que se limitó a cogerlo y
salir con el sobre bajo el brazo. En su mirada pudo percibir que
disfrutaba con la situación. Supo sin duda que lo que contenía
podría ser peor a lo que en un principio había imaginado.
Al
llegar al hotel dejó el sobre sobre la otra cama. Lo apartaba
temerosa, sin querer enfrentarse a la verdad que la aguardaba. Al día
siguiente, fue a solicitar el informe médico de su madre. Necesitaba
saber cómo fueron sus últimos días. Para no escuchar mentiras iba
a valerse del testimonio frío y distante de los médicos.
Al
llegar a atención al paciente, la administrativa la atendió con las
acostumbradas formas de los servicios públicos, donde la frialdad de
trato y falta de empatía se hacían presentes. Le sorprendía a la
funcionaria inquisidora que siendo la hija, no tuviera ningún
documento personal de la fallecida. En ese instante, Sandra le
entregó el sobre del testamento para establecer el vínculo a la
desagradable mujer y esta quiso curiosear más de lo que debía.
-Aquí
pone que es Ud su hija pero también que ha sido desheredada.
-No lo
sabía...-contestó sobrecogida, tratando de reponerse. ¿A caso
importa para establecer la relación familiar?
No le
respondió, sus labios se torcieron a modo de desprecio, se levantó
con brusquedad de la silla con malos modales, quería apabullarla
para lograr una situación de superioridad, Sandra era percibida como
una mujer muy fuerte y valiente. Pero no logró su propósito. Se
atrevía a juzgarla sin conocerla. Su madre la había sentenciado
públicamente como una mala hija que no se merecía nada y por
escrito, eso era lo que los demás iban a pensar.
Sandra
supo disimular, para no añadir un placer a aquella amargada.
Aliviada por conocer el contenido en boca de otro, se atrevió a leer
las hojas que le devolvían. Todo se limitaba a un artículo del
código civil al cual remitía como causa de desheredación.
Regresó
al hotel, debería esperar unos días para obtener su historial
médico. Se dio una ducha caliente tratando de descongestionar su
cabeza. Tomó una pastilla de paracetamol, el dolor comenzaba a ser
insoportable.
Se
recostó en la cama, abstrayéndose de la realidad, iba a quedarse
dormida cuando los recuerdos de su infancia la asaltaron sin piedad.
Estaba en el jardín entretenida arrancado pétalos de rosa de los
rosales, le dolían las manos, al mirarse descubrió los arañazos
que se había hecho al rozar su piel con las defensivas púas de los
tallos, pero estaba absorbida por el olor y suavidad, descubriendo
con curiosidad las múltiples capas de las fragantes rosas, así que
no cesó en su hazaña. De repente, se vio sorprendida por una una
figura que la miraba con seriedad, en su mano sostenía una vara
flexible. Dejó caer su recolecta de la copa de su vestido, tras
escuchar un fuerte grito. Dio un paso atrás y buscó un sitio donde
esconderse. Tenía el vestido blanco manchado con la esencia de los
pétalos. La madre caminó rápido hacia ella, la cogió por los
hombros, sacudiéndola con brusquedad. Sin argumentar palabra, la
tumbó sobre sus rodillas. Sandra veía los zapatos de charol y el
suelo, aguantando entre dientes sin llorar. Pronto las gotas de
sangre salpicaron el pavimento de cerámica azul. Así aprendería,
le propinó una tunda interminable de azotes con su vara de rabo de
toro La soltó cuando aquella enérgica rabia se hubo satisfecho. Se
levantó para ir a por agua oxigenada. Iba a curar sus sangrantes
latigazos en las nalgas.
Su
hermando mayor observaba con pavor la escena desde la ventana que
daba al jardín. Durante días no pudo sentarse en la silla y comía
de pie. Joaquín a escondidas cogía pomadas del botiquín para
aliviar el dolor, trataba que no se infectaran las feas heridas. Su
madre no se preocupó más, no eran tan importantes y se curarían
solas. Poco supo que lo hicieron tras las atenciones y preocupación
de su hermano, fue allí donde descubrió que iba a ser médico. Su
hermana iba a necesitar sus conocimientos para sanar sus heridas en
muchas ocasiones.
Sandra
sacudió la cabeza de lado a lado, se deshizo de aquellos
pensamientos como de una mosca molesta que no deja de incordiar. Los
episodios de violencia se sucedieron durante muchos años en su
infancia. Sólo ella recibía el castigo cruel de manos de su madre.
Sus hermanos estuvieron a salvo por ser varones, su madre los veía
superiores aunque hicieran travesuras, no se atrevía a golpearles.
Una mujer no vale lo que un hombre, es un ser débil, le repetía
constantemente.
Se
quedó embarazada en el instituto de un chico que le gustaba mucho. Se
entregó a la mínima prueba de afecto, sin pensar en ella misma.
Tras conocer su gestación, su madre la sacó del instituto
recluyéndola en casa hasta el momento de dar a luz.
Trataba
de zafarse de los traumáticos recuerdos de infancia cuando llegó el
peor. Estalló como una tormenta inesperada sin que pudiera
detenerlo. Estaba de pie en el comedor frente a su madre, se había
despertado de madrugada con un fuerte dolor de espalda. Al levantarse
de la cama un liquido caliente recorrió sus piernas, sin duda el
momento había llegado. Aquel dolor que le cortaba la respiración y
duraba al principio unos segundos, debían ser las contracciones,
según avanzaba el tiempo se fueron haciendo más intensos. Con
diecisiete años iba a ser madre. Mientras era observada por su madre que estaba sentada en una
silla, parecía rebuscar en un cajón los
papeles para ir al hospital. Había colocado bajo sus pies una vieja
manta de lana con listas de colores que estaba en el jardín, para
que no manchara el suelo. Sandra suplicaba con su mirada que se diera
prisa, pero no se atrevió a reclamarlo en voz alta, aquel niño
tenía prisa e iba nacer en cualquier momento. Tenia las piernas
separadas, jadeaba para poder respirar, se agachó cuando la
contracción se hizo insoportable empujando con su abdomen con todas
sus fuerzas. El tremendo esfuerzo insoportable le obligaron a soltar
un fuerte grito, fue definitivo, Sintió que había expulsado algo.
Miró bajo sus piernas para ver al pequeño cubierto por una
sustancia blanquecina y sangre. Su madre dejo de buscar y corrió
para recoger al bebé que había caído sobre la manta y lo envolvió
en una preciosa toalla de color amarillo adornada con flores grandes.
A los pocos minutos se desprendió la placenta. Quiso caminar hacia
donde estaba su madre, estaba hablando por teléfono, pedía un taxi
urgente. Al acercarse apartó la toalla para ver el rostro del
pequeño, estaba azul.
Fue
ingresada de inmediato para practicar una operación de urgencia. Los
médicos lucharon en el quirófano muchas horas para detener la
hemorragia. Tras recibir una transfusión con varias bolsas de
sangre, lograron estabilizarla. Despertó dos días después en una
habitación sola. Le extrañó no tener a su lado la cunita con el
pequeño Gabriel. Estaba deseando cogerlo, abrazarle y darle el pecho
para que se alimentara. Estaba muy dolorida, así que tocó el timbre
para que le trajeran al bebé.
-Lo
siento mucho, tranquila ahora pasará el médico a informarle de
todo-le contestó una enfermera con excesiva amabilidad.
¿Lo
sentía mucho? ¿Así la felicitaban por ser madre? ¿De qué debía
informarle el médico? Quiso comprender, quizás al caer el bebé al
suelo sufrió algún daño, estaría siendo atendido en neonatos. Eso
debía ser... Aguardó varias horas hasta que el doctor en compañía
de su madre pasaron a visitarla.
-¿Dónde
esta mi hijo? Le preguntó sin poder contener su preocupación.
-Se
recuperará bien. Sandra no podrá tener más hijos, acudió tarde a
dar a luz, debió avisar a su madre, es usted muy joven, no se
preocupe, puede adoptarlos. Lo importante es que conseguimos contener
la hemorragia y salvarla.
A
Sandra no parecía importarle la noticia de ya no poder concebir más,
tenía al pequeño Gabriel. No agradeció que le salvaran la vida,
estaba centrada únicamente en la situación del bebé, esperó
paciente a que el doctor respondiera a su pregunta.
El
doctor finalmente compasivo, tuvo que enfrentar la verdad. Para ello
se acercó y cogiendo sus manos entre las suyas, la miró con afecto
a los ojos para decirle que el bebé no sobrevivió. Si hubieran ido
al hospital, todo hubiera sido diferente.
Sandra
miró a los ojos de su madre recriminándole el haberla obligado a
permanecer en casa. Ahora la crueldad de su alma se hizo presente.
Ella intencionadamente la había retenido para que pariera sola en
casa y por eso nació muerto.
No
delató a su madre. Calló para que no la encerraran el la cárcel
por provocar el fallecimiento de su nieto. Pero un fuego intenso de
odio se encendió en su cuerpo. Después de aquello no volverían a
reencontrarse.
Pidió
ver a su hijo y no pudieron negarle ese derecho. Era precioso un
varón moreno, tenía sus ojos pero estaba tan azul que no parecía
humano. Lo acarició durante una hora aprentándolo contra su pecho.
Estaba frío, ausente. Hubo que sedarla para apartarla de él. Murió
solo sin saber lo que lo amaba y lo mucho que lo iba a querer.
Tras
una semana de estar ingresada recibió una llamada de su madre.
Pasaría a buscarla a las tres cuando le dieran el alta médica. Se
vistió a toda prisa, debía escapar de allí. Mintió a las
enfermeras para que la dejaran marchar.
La
madre se sintió burlada, ya le daría un escarmiento al regresar a
casa, pero no la encontró, supo que había decidido no volver.
Mientras Sandra caminaba sin saber a donde, imaginó su reacción, la
escuchó gritar que era una desagradecida y que no sabía valorar lo
que se había esforzado por salvarla.
Cuando
recibió el informe médico abrió el sobre con mucho más interés
que el del testamento. Necesitaba saber como fueron sus últimos
días. Una terrible enfermedad la asoló por más de tres años. No
paró de reclamar la presencia de su hija para que viniera a
cuidarla. Ninguna de sus llamadas surtió efecto.
Leyó
durante horas sin que aflorara la compasión en su corazón. Su madre
sufrió una enfermedad agónica que la consumió reduciéndose a poca
cosa. En algunos momentos sintió un pequeño alivió ante el dolor
que debió vivir en su cuerpo. La conexión entre madre e hija en su
cerebro no exista desde lo de Gabriel, eliminó todo lazo de unión.
Así
estaba absorta frente a un café que se había quedado frío, en la
cafetería del hospital, cuando un hombre con bata blanca se detuvo
delante de ella. Levantó la vista para decirle algo cortante y
conseguir que se marchara, pero aquel rostro...le era familiar. Sin
duda los años pasaron pero seguía siendo el mismo de antes, su
hermano bondadoso y curativo: Joaquín.
-¿Qué
lees con tanto interés, Sandra? Creía que no te importaba lo más
mínimo, tuvo una muerte lenta y dolorosa, creo que pagó por todos
sus pecados.
-No
esperaba encontrarte, no me hables por favor.
-Debes
perdonar y liberarte de estar carga de una vez. Es pasado, también
hizo cosas buenas.
-¿Las
hizo para ti? Yo solo la recuerdo entre lágrimas y dolor.
-Eres
demasiado dura...
-¿A
quién crees que me parezco?
-¡Sandra,
tú nunca podrás ser como ella! -gritó alterado- Tu eres un ángel
que ha sufrido muchísimo. Renuncié a mi parte de la herencia.
Javier se quedó con todo, también heredó su carácter dominante,
violento y manipulador. Es un monstruo, espero que no encuentre con
quién casarse, la historia se repetiría...
-¿Por
qué me cuentas eso?-balbuceó nerviosa- No tengo familia, sentenció.
-Me
tienes a mí. Te he estado esperando para quererte y abrazarte. Sentí
tanto no poder ayudarte...
-¡Basta,
márchate ya!-le contestó airada, no sabía si también le odiaba.
-¡Te
quiero hermana!-se atrevió a decir en voz baja mientras abandonaba
la mesa- Soy psiquiatra cuando me necesites, llámame. Dejó caer
una tarjeta profesional con su número muy cerca de ella.
Esa
misma tarde se marchó de la ciudad. Rumbo a los brazos de su
comprensivo marido, que la recibió aliviado. Parecía haberse
deshecho de un gran carga. Había dejado atrás el odio,
resentimiento y temor hacia su madre.
Conservó
la tarjeta de su hermano. Cuando llegó el día de la madre tuvo que
hacer esa llamada. El último dolor de su corazón fue sanado con la
ayuda de Joaquín.
Tras
superar todos sus traumas, un día decidió contar a su marido toda
la verdad sobre su pasado. Al terminar la historia, éste la miró a
los ojos enternecido. La abrazó y besó durante horas, tratando de
curar cada recuerdo. ¿Cómo fue capaz de contener tanto dolor en su
interior sin quebrarse? Era una mujer admirable, la amaba aún con
más intensidad que antes.
-Fin-