domingo, 17 de julio de 2016

El corazón del Sol con dibujos de Marcela Busso

El corazón del Sol


Había una vez una solitaria estrella que empezó a tener sentimientos. Disfrutaba haciendo cosas desinteresadas por los demás. La consecuencia de ello fue que generó en su interior gran energía capaz de iluminar  un planeta que le pareció simpático. Notó que en el centro de si misma se formaba un corazón. Ella nada sabía de su imponente forma, hasta que las nubes le susurraron que en la Tierra la llamaban el rey Sol.

Así giraba en torno al planeta atraída por las muchas cosas que hacían sus moradores. Iluminaba por turnos ya que ni el podía estar en todas partes. Cuando desaparecía el cielo se oscurecía y llegaba la noche. Así pasó muchos años hasta que un día descubrió que su corazón comenzaba a fallar. Había dado mucho calor sin descanso y estaba agotada. Las nubes que eran tiernas y delicadas, rompieron a llorar desconsoladas inundando la Tierra de agua, los colores del arco iris se formaron para hacerlas olvidar el sufrimiento ante la inminente muerte del Sol.


Los sapos y ranas saltaban y chapoteaban alegres en el río, aplaudían a las nubes pidiendo más agua cuando agudizando un poco el oído supieron del angustioso problema. Como eran luchadores y tenían habilidades para superar pruebas, hicieron una asamblea. En ella convocaron a todos los habitantes del río y tras debatir un rato, encontraron la forma de ayudar al Sol.
A los cangrejos del río de fuertes tenazas, les fue encargado remover las arenas del lecho para hallar las pequeñas pepitas de oro. Las ranas, sapos y peces las tomarían en la boca acercándolas a la orilla.

Una vez allí, las hormigas que habían cortado grandes hojas se encargaron de rellenarlas. Las arañas tejedoras las envolvieron en paquetes sellados. Las ardillas esperaban impacientes el momento de coger los bultos del tamaño de una nuez entre sus dientes para llevarlas a la cabaña del bosque donde vivía un relojero.




Una vez allí, tocaron a la puerta golpeando con los paquetes. Salió un malhumorado hombre que al verlas, se quedó extrañado.

-Señor relojero, necesitamos su ayuda, tiene que construir un nuevo corazón de oro para el Sol-dijo la portavoz de las mismas.
-Eso es una estupidez, el Sol no precisa de semejante cosa.-replicó enfadado porque pensaba que le estaban gastando una broma.
-Mírelo bien y verá que luce poco. Está enfermo. ¡Debe creerlo! Suplicaron con lágrimas los animales reunidos en espera de una respuesta.

Moisés al ver llorar a las ranas, sapos, cangrejos, hormigas y ardillas con tanta tristeza, se sintió contagiado por la pena. No podía negarse, además sería una oportunidad de crear un corazón de oro. Tras desenvolver una hoja apreció el grado de  pureza de las pepitas. Nunca en sus años de profesión vio unas tan bellas y relucientes.

Estuvo trabajando ilusionado toda la noche. Cuando se asomaba para ver si aquellos animalillos seguían allí, el brillo de sus ojos atentos en la oscuridad le respondían. Desde afuera se escucharon los golpes de martillo y el crepitar del horno.  Aún no había amanecido del todo, cuando salió de la cabaña luciendo entre sus manos un hermoso corazón de oro.

-Viva el relojero, lo ha creado- gritaron eufóricos-¡Ahora debes dejarlo en esa tarima!-le ordenaron los animales- El Sol encontrará la forma de recogerlo.


El hombre que no tenía ningún interés en quedárselo, así lo hizo. Aunque tuvo dudas por si algún inoportuno ladrón atraído por su inmenso brillo se lo llevara. Pero como no le pertenecía, se limitó a entrar en la casa y esperar el desenlace.





Al aparecer el Sol sobre aquel lugar, vio sobre el taco de madera el corazón de oro. Iluminó con sus rayos con toda intensidad y unas manos pequeñas tomaron el regalo.

Moisés que estaba observando desde la ventana, no podía creer lo sucedido. Había construido con sus maños el corazón del Sol.

Con el nuevo corazón de oro latiendo en su pecho, notó que volvía a funcionar pleno de felicidad. Como era muy agradecido, convirtió la tarima con sus rayos en oro para el relojero por su magnífico trabajo.



El huraño relojero que nunca había recibido premio alguno por su esfuerzo, sintió que su rostro se inundaba de lágrimas. No sabía si lo estaba soñando. Primero había sido convencido para trabajar gratis por un equipo los animales y ahora recibía una desmesurada recompensa del mismo Sol. Su corazón afligido de emoción, estaba inundado de sentimientos de amor y gratitud hacia todos.

Salió muy contento de su cabaña hacia la tarima. Cortó el oro según lo necesitaba y pasó el día haciendo pequeños corazoncitos. Al día siguiente los llevó al escaparate de su tienda en el pueblo. La gente al verlos se sentía atraída al instante por el deseo de comprarlos de bonitos que eran. Así que entraban para preguntar el precio.

Entonces Moíses dejaba que eligieran uno. Luego los envolvía olvidando mencionar el precio, la gratitud y sorpresa inundaban el rostro del afortunado.¡ Era increíble que el relojero Moisés estuviera regalando corazones de oro!

El pequeño corazón de oro al ser desenvuelto en la mano del poseedor, desaparecía. Se colaba en el interior iluminado desde ese momento al ser. Fue así como las personas amables dispuestas a hacer cosas buenas por los demás consiguieron tener un corazón de oro.

¿Te gustaría tener uno?


-FIN-






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