El corazón del Sol
Había
una vez una solitaria estrella que empezó a tener sentimientos.
Disfrutaba haciendo cosas desinteresadas por los demás. La
consecuencia de ello fue que generó en su interior gran energía
capaz de iluminar un planeta que le pareció simpático. Notó
que en el centro de si misma se formaba un corazón. Ella nada sabía
de su imponente forma, hasta que las nubes le susurraron que en la
Tierra la llamaban el rey Sol.
Así
giraba en torno al planeta atraída por las muchas cosas que hacían
sus moradores. Iluminaba por turnos ya que ni el podía estar en
todas partes. Cuando desaparecía el cielo se oscurecía y llegaba la
noche. Así pasó muchos años hasta que un día descubrió que su
corazón comenzaba a fallar. Había dado mucho calor sin descanso y
estaba agotada. Las nubes que eran tiernas y delicadas, rompieron a
llorar desconsoladas inundando la Tierra de agua, los colores del
arco iris se formaron para hacerlas olvidar el sufrimiento ante la
inminente muerte del Sol.
Los
sapos y ranas saltaban y chapoteaban alegres en el río, aplaudían a
las nubes pidiendo más agua cuando agudizando un poco el oído
supieron del angustioso problema. Como eran luchadores y tenían
habilidades para superar pruebas, hicieron una asamblea. En ella
convocaron a todos los habitantes del río y tras debatir un rato,
encontraron la forma de ayudar al Sol.
A
los cangrejos del río de fuertes tenazas, les fue encargado remover
las arenas del lecho para hallar las pequeñas pepitas de oro. Las
ranas, sapos y peces las tomarían en la boca acercándolas a la
orilla.
Una
vez allí, las hormigas que habían cortado grandes hojas se
encargaron de rellenarlas. Las arañas tejedoras las envolvieron en
paquetes sellados. Las ardillas esperaban impacientes el momento de
coger los bultos del tamaño de una nuez entre sus dientes para
llevarlas a la cabaña del bosque donde vivía un relojero.

Una
vez allí, tocaron a la puerta golpeando con los paquetes. Salió un
malhumorado hombre que al verlas, se quedó extrañado.
-Señor
relojero, necesitamos su ayuda, tiene que construir un nuevo corazón
de oro para el Sol-dijo la portavoz de las mismas.
-Eso
es una estupidez, el Sol no precisa de semejante cosa.-replicó
enfadado porque pensaba que le estaban gastando una broma.
-Mírelo
bien y verá que luce poco. Está enfermo. ¡Debe creerlo! Suplicaron
con lágrimas los animales reunidos en espera de una respuesta.
Moisés
al ver llorar a las ranas, sapos, cangrejos, hormigas y ardillas con
tanta tristeza, se sintió contagiado por la pena. No podía negarse,
además sería una oportunidad de crear un corazón de oro. Tras
desenvolver una hoja apreció el grado de pureza de las
pepitas. Nunca en sus años de profesión vio unas tan bellas y
relucientes.
Estuvo
trabajando ilusionado toda la noche. Cuando se asomaba para ver si
aquellos animalillos seguían allí, el brillo de sus ojos atentos en
la oscuridad le respondían. Desde afuera se escucharon los golpes de
martillo y el crepitar del horno. Aún no había amanecido del
todo, cuando salió de la cabaña luciendo entre sus manos un hermoso
corazón de oro.
-Viva
el relojero, lo ha creado- gritaron eufóricos-¡Ahora debes dejarlo
en esa tarima!-le ordenaron los animales- El Sol encontrará la forma
de recogerlo.
El
hombre que no tenía ningún interés en quedárselo, así lo hizo.
Aunque tuvo dudas por si algún inoportuno ladrón atraído por su
inmenso brillo se lo llevara. Pero como no le pertenecía, se limitó
a entrar en la casa y esperar el desenlace.
Al
aparecer el Sol sobre aquel lugar, vio sobre el taco de madera el
corazón de oro. Iluminó con sus rayos con toda intensidad y unas
manos pequeñas tomaron el regalo.
Moisés
que estaba observando desde la ventana, no podía creer lo sucedido.
Había construido con sus maños el corazón del Sol.
Con
el nuevo corazón de oro latiendo en su pecho, notó que volvía a
funcionar pleno de felicidad. Como era muy agradecido, convirtió la
tarima con sus rayos en oro para el relojero por su magnífico
trabajo.
El
huraño relojero que nunca había recibido premio alguno por su
esfuerzo, sintió que su rostro se inundaba de lágrimas. No sabía
si lo estaba soñando. Primero había sido convencido para trabajar
gratis por un equipo los animales y ahora recibía una desmesurada
recompensa del mismo Sol. Su corazón afligido de emoción, estaba
inundado de sentimientos de amor y gratitud hacia todos.
Salió
muy contento de su cabaña hacia la tarima. Cortó el oro según lo
necesitaba y pasó el día haciendo pequeños corazoncitos. Al día
siguiente los llevó al escaparate de su tienda en el pueblo. La
gente al verlos se sentía atraída al instante por el deseo de
comprarlos de bonitos que eran. Así que entraban para preguntar el
precio.
Entonces
Moíses dejaba que eligieran uno. Luego los envolvía olvidando
mencionar el precio, la gratitud y sorpresa inundaban el rostro del
afortunado.¡ Era increíble que el relojero Moisés estuviera
regalando corazones de oro!
El
pequeño corazón de oro al ser desenvuelto en la mano del poseedor,
desaparecía. Se colaba en el interior iluminado desde ese momento al
ser. Fue así como las personas amables dispuestas a hacer cosas
buenas por los demás consiguieron tener un corazón de oro.
¿Te
gustaría tener uno?
-FIN-



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