El reencuentro
Lo resolvió como era costumbre en ella, cuando
deseaba hacer su voluntad, no hacia falta más que hacer como que no
había pasado nada. Lo hizo con la muerte pisándole los talones,
tras un dilatado silencio de casi dos años donde no le importó lo
más mínimo la suerte de su hija, mientras disfrutaba de una buena
vida sin sobresaltos. No hizo falta más una simple llamada para
recuperar toda su atención. Esta la recibió sobresaltada, no la
esperaba en aquella calurosa tarde de verano. Pasaron unos segundos
antes de que María se atreviera a contestar, sabía que al hacerlo,
un nuevo capítulo de dolor y traición se abriría .Siempre todo lo
relacionado con su madre, acababa mal. Pero debía darle la
oportunidad de pedir perdón y perdonarla, tratando de dar
explicación coherente al daño que causó tiempo atrás, cuando
inventó un robo de una cantidad de dinero importante de su casa.
Supuestamente María tenía llave y había aprovechado a entrar un
día que se marchó de excursión. Otros de sus múltiples disparates
para dejar humillada a la hija del momento que la hubiera desafiado.
La famosa frase que usaba desde la infancia para dejarlas por los
suelos era compararlas a alimañas desagradecidas ante tus ojos
“cría cuervos y te sacarán los ojos”.
También se hicieron presentes en su mente, las
múltiples llamadas manipuladoras de su hermana, afín al carácter
de su madre, para tratar de ablandarla y que desistiera del
alejamiento tan impropio de una hija, carente de compasión ante una
situación en desventaja como a la que a su madre le tocaba por
primera vez. Debía dejarla entrar en su vida, con la esperanza de
que quizás esa enfermedad tan terrible la hubiera cambiado. ¿Y si
quisiera confesar la verdad de todas sus mentiras? ¿Le pediría
perdón, limpiaría su nombre? El peso de las buenas acciones que
también tuvo, la indujeron a descolgar el teléfono.
Se tragó el dolor que aún no se había disuelto
tras su desencuentro y respondió dejando aislada aquella acusación
injusta pendida del olvido ya que las había alejado por mucho
tiempo. Ahora aquello parecía carecer de importancia. Pero no para
María.
-Tengo un cáncer de páncreas, lo he pasado muy
mal estoy en tratamiento de quimioterapia ¿vas a venir a verme?
-¿Cuándo quieres que vaya?-respondió
ametrallada al sentir que de nuevo caía sin remedio en su voluntad
egoísta.
-Cuando puedas, tengo ganas de veros.
-Iremos el fin de semana-trató disimuladamente de
deshacerse de aquella conversación que estaba de nuevo provocándole
una situación de sentirse fuera de lugar. No confiaba en
ella.¿Quería valerse de su persona ahora que estaba enferma? ¿De
nuevo todo se resumía a su interés personal?
Tras colgar, la voz de su madre sonó en su
cerebro exactamente igual a como la recordaba, quizás había un
pequeño tinte de sufrimiento pero no sabía si hacia ella misma por
su situación o porque la había echado sinceramente de menos.
Rebobinó hacia el momento en el cual sus caminos volvieron a
alejarse. Había exigido a su madre la verdad sobre su padre. Lo hizo
en el preciso momento en el cual presintió que su madre iba a
desaparecer de su vida por un largo periodo. La envidiosa hermana
pequeña de nuevo le había recordado la herida abierta que toda la
vida la enfrentó a su madre. Había fingido para ello, que le dolía
igual que a ella, pero todo fue parte de su juego tramado para
sacarla de la escena, su madre estaba muy pendiente de ella y la
relación se estaba estableciendo. Sabía que si recordaba a María
la traición a su verdadero padre, destruiría el puente que las
empezaba a unir de nuevo.
María conservaba como un tesoro el secreto. Sabía
el nombre de su verdadero padre grabado en su memoria infantil, al
igual que su imagen. Lo había aprendido de manera intuitiva del
buzón de su casa que leía y releía,cuando era niña, suponía que
lo hizo porque empezaron a asaltarle dudas. Éste había fallecido
cuando ella tenía siete u ocho años, entonces no sabía nada de la
muerte y cuando le llegó la noticia por boca de su madre recuerda
que estaba jugando a disfrazarse, su primera emoción fue reír ante
el hecho no comprendido de lo que escuchaba. Él había discutido con
su madre como tantas veces, ella le dijo que debía desaparecer. Se
marchó en su furgoneta citroën de color crema con su perrita, su
única pertenencia quién sabe a dónde. Se había acostumbrado a que
su padre desapareciera cuando llegaba familia, no debía saludarle si
se lo cruzaba por la calle, ni acercarse, nadie le explicó porqué.
A los pocos días de su último viaje con rumbo desconocido, el
definitivo dado que las niñas hacían demasiadas preguntas y
empezaban a comprender, el corazón se le paró y falleció en su
furgoneta solo con la única presencia de su perrita fiel que no le
abandonó durante días. Las palabras de su madre defendiéndose de
que ella no se iba a hacer cargo que lo hiciera su familia de los
gastos de entierro, retumbaban en su cabeza con indignación, se le
grabó aquella escena en la memoria. ¿Acaso no éramos nosotras su
familia? Reflexionó en silencio. Toda una vida creció manteniendo
en su mente aquella historia sin resolver. Recordaba que tras aquel
episodio comprendió lo que significaba la muerte, era un adiós para
siempre sin explicación. Tras la pérdida de su amado padre llegó
el trauma, le afectó al hablar por una temporada tartamudeó, con
los años debía controlarse en momentos de agitación para que la
lengua no se trabara y su cerebro no se conmocionara hacia frases
incoherentes repetitivas.
Recordaba que aquel deterioro de la relación con
su madre se gestó en la adolescencia. La
actitud que tomó a modo de defensa constante la mantuvieron en
guerra, no soportaba sus locuras y carácter dominante. Así que
decidió huir y caer en los brazos protectores de alguien que la
quisiera de verdad, necesitaba sentir amor. Tras casarse con
veintidós años con el primero que se lo ofreció para abandonar
aquella vida de sometimiento. Desde entonces, mantuvo una tensa
relación de desengaños por más de veinte años donde fue difícil
confiar por mucho tiempo en ella. Así que estableció una barrera
para protegerse de sus continuos ataques y actos hirientes, tras los
cuales reconfirmaba la teoría de que no era importante su presencia
en su vida para ella, su madre repetía que “era Juan palomo, ella
se lo guisa, ella se lo come”.
María era una mujer fría en apariencia, incapaz
de compartir sus sentimientos con los demás. Desvalida de cariño,
creció sin llorar. Sólo lograba descubrirse ante aquellos que
amaba. Le costaba establecer una confianza de amistad con las
personas y prefería permanecer alejada del resto. Eso le daba un
aire de misterio que pocos comprendían. No soportaba que le contaran
problemas insignificantes a su modo de haber vivido, ella había
aprendido a no pedir ayuda y creía que los demás debían ser
también así. La soledad y el silencio era un poderoso escudo del
cual lugar que no deseaba desprenderse.
Antes de romper con su madre, momento en extremo
doloroso porque había vuelto a quererla por sus actos bondadosos
acaecidos durante tres meses, estaba confusa, de nuevo todo se
desvanecida como un sueño, le hicieron pensar que era amor de madre.
Le escribió en el whatsap que lo único que
quería de herencia si no se volvían a ver, era saber la verdad
sobre su padre, después bloqueó a su madre. Lo hizo en un momento
en la cual la necesitaba, terminaba de nacer su hija y por un período
de tiempo limitado pareció estar haciendo el papel de madre, casi
estaban a punto de reconocerse afecto cuando de nuevo surgió el
dolor.
Dos de sus hermanas pusieron mucho de su parte,
los momentos compartidos con María era un tiempo que les había sido
arrebatado en atención hacia ellas y estaban deseando verla de nuevo
desaparecer. Ese era el amor de hermanas, el odio sin tregua.
Toda la vida la relación con sus tres hermanas
había sido una batalla campal de celos y envidias, donde cada cual
buscaba en exclusiva la atención de la madre en perjuicio del resto.
La madre gustaba de enfrentarlas se había ocupado de mantenerlas
desunidas. La clave para entender la historia era le malicioso
carácter cambiante de su madre, bastante depresivo que ejercía el
control sobre ellas teniéndolas alejadas y haciendo lo posible para
que se hicieran daño. Era parte de su juego para ser la pieza
central en la cual las demás dependían y necesitaban tener cerca.
No había más familia que ella, así se aseguraba que tarde o
temprano regresaran a buscar un pequeño afecto.
María no pretendió dañar a su madre al
preguntarle por el pasado, sólo buscaba una pequeña verdad, darle
una identidad real a su recuerdo. Su madre lo negó por vez primera y
lo mantuvo con testarudez como única versión creíble, sus hijas
eran del mismo padre, con idéntico apellido. María indignada se
hizo una lanza y estalló con la verdad que estuvo oculta en su
cabeza a la edad de veintiún años. Su padre legítimo el que
constaba en el registro civil tenía sesenta y nueve años cuando
ella nació. Su madre debió casarse con algún interés oculto con
un hombre cuarenta años mayor que ella, quizás buscaba una
protección legal. El hombre al que ella amó y conoció como padre
no llegaba a cincuenta. Ninguna de sus tres hermanas se había
atrevido a preguntarle, sabían como se ponía ante el tema. Así que
la relación que acaba de retomarse entre ellas tras cuatro años en
las que estuvieron separadas por un incidente ocurrido tras un
enfrentamiento provocado por su madre con otra de sus hermanas,
terminó.
Fueron tres meses de contacto entre madre e hija
en el cual María se había atrevido a dejar entrar en su corazón a
su madre, compartiendo los momentos de crianza de su tierna hija
recién nacida. Quiso compartir con ella los problemas personales y
financieros pero notó que ella trazaba una barrera en torno a su
situación. No era de su competencia resolverlos, ni ayudarla. Las
artimañas maliciosas de Susana, la hija pequeña dieron su fruto y
de nuevo estalló el conflicto más cruel entre las dos. En el cual
su madre utilizó un supuesto robo para justificar la separación, de
su desleal hija que la había traicionado. Difundió la noticia a sus
otras hijas como verdadera, a su poca familia incluso entre los
vecinos que la conocían, acorralándola y dejándola totalmente
sola.
María había aprendido a caminar sin protección
toda una vida, pero aquella vez sintió un dolor fulminante en su
corazón. En un momento tan delicado y se atrevía a pisotear su
honestidad con un robo ficticio. Cerca de dos años de silencio y
separación tras el cual María debía olvidar, perdonar y dejarla
machar en paz. Se tragó el resentimiento y perdonó pero el amor no
floreció de nuevo, estaba segura que si se mostraba amorosa le
harían un daño infinito.
La tarde que quedó con su madre, estaba nerviosa.
No sabía lo que se iba a encontrar, esperaba que no utilizara de
nuevo las palabras del robo que quería a todas maneras hacer real,
porque eso harían que se marchara sin mirar atrás.
Cuando miró en la acera cercana a la casa de su
madre no la vio. Tuvo que llamarla por teléfono y verla descolgar
para reconocerla. Disimuló sobrecogida por la nueva imagen que esta
mostraba.
No habían transcurrido dos años para ella sino
veinte, la vejez, el agotamiento y la delgadez que tenía era algo
que le costó encajar. El momento fue tenso, su madre se mantenía
dura como lo fue siempre, sin dejar entrar a nadie en su corazón.
María acudió con su marido y sus hijos. El aire
cortante se hizo presente en la entrevista. Quiso tomar una foto del
encuentro para sacar conclusiones con la observación más tarde. El
rostro desconfiado, hostil y endurecido de su madre no le gustó.
Tras aquel encuentro parecía que poco a poco la
relación podía establecerse, hasta que empezó a utilizar los
mensajes de voz para enfrentar a sus hijas. Era increíble, se estaba
muriendo y seguía haciendo lo mismo.
El carácter bondadoso y humano de María, que
pensaba en todo el mundo, jugaba en su contra. Sabía que sus
hermanas intentarían que se hiciera cargo de su madre enferma ante
su inminente deterioro. Debía protegerse y alejarse antes de que
acabaran con ella.
Debía proteger su vida feliz y a su pequeña del
egoísmo autoritario de su madre. De sobra sabía que de haber
aceptado cuidarla habría dañado a su pequeña con su carácter de
tirana. Nunca soportó a los niños después de cumplir unos cuantos
meses, en cuanto empezaban a moverse y tener autonomía los
detestaba.
María se mantuvo alejada, renunció a cualquier
derecho que pudiera pertenecerle y siguió visitando a su madre. Le
costaba verla morir, caminar hacia tras en una espiral donde una
enfermedad cruel la estaba devorando. El tremendo dolor y agonía la
tenían presa. Que mal final la aguardaba. Aún así se propuso que
no la vería morir.
Dos de sus hermanas se hicieron cargo de su
cuidado, custodiando sus bienes y poniéndole una mujer que la
atendiera veinticuatro horas.
Enterró el hacha de guerra y quiso que su madre
celebrara su último cumpleaños rodeada de sus hijas. Lo consiguió,
fue un día enternecedor, como debe hacerse en las buenas familias,
pero aquello fue un espejismo y pronto la maquinación se puso a
funcionar.
Descubrió unos días antes de morir su madre, que
sus hermanas se habían apoderado de todos bienes, cambiando el
testamento. ¿Por qué hicieron aquello? Ella había renunciado a
todo y era una mujer de palabra. No quería nada de ella puesto que
jamás le había ayudado en vida.
Aquellas perversas mentes la llamaron dos veces
para enfrentarla como mala hija por teléfono. Su madre se iba a
morir y de nuevo el dolor las separaría. No iba permitirlo. Fue a
visitarla por última vez. Su madre al verla, tembló había dicho
barbaridades a todo el mundo sobre ella y de repente los demás
podían ver la verdad.
Se mantuvo en silencio, con los ojos vueltos hacia
el techo, parecía enfadada consigo misma, quizás estuvo sopesando
la última maldad que había planeado para María. Esta al verla en
tan mala situación, no quiso hablarle del cambio de testamento,
estaba allí para dejarla ir en paz. No habría voces enfrentadas, ni
desaires. Estuvo con ella mientras le pusieron dos bolsas de sangre,
la aguja enorme clavada en su debilitado vena de una muñeca sin
carne, la inmensa pena le nubló el corazón.
¿Estaba pagando su madre por los miles de
desaciertos antes de marcharse? Se repuso para no llorar, las
lágrimas no iban con ella. Sabía que iba a ser su última visita.
Las otras hermanas ahora que sabía la verdad tratarían de seguir
enfrentándola para justificar que eran las mejores. No quería que
le dejaran sin paz ante la escasa tranquilidad que la enfermedad le
daba, así que se valió del médico para que la dejaran fuera de
aquello. Él las advirtió, avergonzadas no se atrevieron a actuar
contra María.
Su madre murió y la condenó en un testamento.
Había sido desheredada junto con otra hermana. La confirmación a
sus sospechas estaba cumplida.¿Todo ese dolor valía la pena por
apoderarse de bienes materiales?
El hecho la dejó suspendida en el vacío de la
incomprensión. Engulló la venganza, el odio y dejó que todo
pasara de largo. Llegó la calma y pensó en recabar sus informes
médicos. Trataría de comprender en qué estado se encontraba para
que fuera capaz de hacer algo tan vengativo. Necesitaba comprender su
sufrimiento para justificar el mal. Era todo lo que le quedaba de
ella, la letra que otros escribieron sobre su estado. Debía sacar
conclusiones de allí. Triste, como todo lo fue en torno a ella.
Pero ya no se sentía resentida hacia su madre. La
muerte la había liberado. Tampoco guardaría luto por su pérdida,
María nunca la tuvo a su lado, así que no pudo lamentar que ya no
estuviera.
El futuro se abría ante ella en blanco. La tóxica
familia que había tenido se hundía en el pasado que iba a enterrar
junto a cualquier recuerdo.
No haría nada, perdonar y olvidar, era la mejor
solución. No dejar entrar en su corazón a ninguno de ellos
ocurriera lo que ocurriera, lo tenía claro.
Iba a ser feliz, reencontrarse y tratar de
disfrutar de su vida, esa que nunca supo vivir, porque el miedo y la
tristeza la habían tenido retenida. Darse una oportunidad, quererse
y valorarse perseguir sus sueños y sentirse amada.
Un día encontraría de nuevo a su padre y nunca
más volvería a separarse de él, de eso no había duda.
-Fin-
No hay comentarios:
Publicar un comentario