viernes, 8 de julio de 2016

El reencuentro


 El reencuentro

Lo resolvió como era costumbre en ella, cuando deseaba hacer su voluntad, no hacia falta más que hacer como que no había pasado nada. Lo hizo con la muerte pisándole los talones, tras un dilatado silencio de casi dos años donde no le importó lo más mínimo la suerte de su hija, mientras disfrutaba de una buena vida sin sobresaltos. No hizo falta más una simple llamada para recuperar toda su atención. Esta la recibió sobresaltada, no la esperaba en aquella calurosa tarde de verano. Pasaron unos segundos antes de que María se atreviera a contestar, sabía que al hacerlo, un nuevo capítulo de dolor y traición se abriría .Siempre todo lo relacionado con su madre, acababa mal. Pero debía darle la oportunidad de pedir perdón y perdonarla, tratando de dar explicación coherente al daño que causó tiempo atrás, cuando inventó un robo de una cantidad de dinero importante de su casa. Supuestamente María tenía llave y había aprovechado a entrar un día que se marchó de excursión. Otros de sus múltiples disparates para dejar humillada a la hija del momento que la hubiera desafiado. La famosa frase que usaba desde la infancia para dejarlas por los suelos era compararlas a alimañas desagradecidas ante tus ojos cría cuervos y te sacarán los ojos”.

También se hicieron presentes en su mente, las múltiples llamadas manipuladoras de su hermana, afín al carácter de su madre, para tratar de ablandarla y que desistiera del alejamiento tan impropio de una hija, carente de compasión ante una situación en desventaja como a la que a su madre le tocaba por primera vez. Debía dejarla entrar en su vida, con la esperanza de que quizás esa enfermedad tan terrible la hubiera cambiado. ¿Y si quisiera confesar la verdad de todas sus mentiras? ¿Le pediría perdón, limpiaría su nombre? El peso de las buenas acciones que también tuvo, la indujeron a descolgar el teléfono.

Se tragó el dolor que aún no se había disuelto tras su desencuentro y respondió dejando aislada aquella acusación injusta pendida del olvido ya que las había alejado por mucho tiempo. Ahora aquello parecía carecer de importancia. Pero no para María.
-Tengo un cáncer de páncreas, lo he pasado muy mal estoy en tratamiento de quimioterapia ¿vas a venir a verme?
-¿Cuándo quieres que vaya?-respondió ametrallada al sentir que de nuevo caía sin remedio en su voluntad egoísta.
-Cuando puedas, tengo ganas de veros.
-Iremos el fin de semana-trató disimuladamente de deshacerse de aquella conversación que estaba de nuevo provocándole una situación de sentirse fuera de lugar. No confiaba en ella.¿Quería valerse de su persona ahora que estaba enferma? ¿De nuevo todo se resumía a su interés personal?

Tras colgar, la voz de su madre sonó en su cerebro exactamente igual a como la recordaba, quizás había un pequeño tinte de sufrimiento pero no sabía si hacia ella misma por su situación o porque la había echado sinceramente de menos. Rebobinó hacia el momento en el cual sus caminos volvieron a alejarse. Había exigido a su madre la verdad sobre su padre. Lo hizo en el preciso momento en el cual presintió que su madre iba a desaparecer de su vida por un largo periodo. La envidiosa hermana pequeña de nuevo le había recordado la herida abierta que toda la vida la enfrentó a su madre. Había fingido para ello, que le dolía igual que a ella, pero todo fue parte de su juego tramado para sacarla de la escena, su madre estaba muy pendiente de ella y la relación se estaba estableciendo. Sabía que si recordaba a María la traición a su verdadero padre, destruiría el puente que las empezaba a unir de nuevo.

María conservaba como un tesoro el secreto. Sabía el nombre de su verdadero padre grabado en su memoria infantil, al igual que su imagen. Lo había aprendido de manera intuitiva del buzón de su casa que leía y releía,cuando era niña, suponía que lo hizo porque empezaron a asaltarle dudas. Éste había fallecido cuando ella tenía siete u ocho años, entonces no sabía nada de la muerte y cuando le llegó la noticia por boca de su madre recuerda que estaba jugando a disfrazarse, su primera emoción fue reír ante el hecho no comprendido de lo que escuchaba. Él había discutido con su madre como tantas veces, ella le dijo que debía desaparecer. Se marchó en su furgoneta citroën de color crema con su perrita, su única pertenencia quién sabe a dónde. Se había acostumbrado a que su padre desapareciera cuando llegaba familia, no debía saludarle si se lo cruzaba por la calle, ni acercarse, nadie le explicó porqué. A los pocos días de su último viaje con rumbo desconocido, el definitivo dado que las niñas hacían demasiadas preguntas y empezaban a comprender, el corazón se le paró y falleció en su furgoneta solo con la única presencia de su perrita fiel que no le abandonó durante días. Las palabras de su madre defendiéndose de que ella no se iba a hacer cargo que lo hiciera su familia de los gastos de entierro, retumbaban en su cabeza con indignación, se le grabó aquella escena en la memoria. ¿Acaso no éramos nosotras su familia? Reflexionó en silencio. Toda una vida creció manteniendo en su mente aquella historia sin resolver. Recordaba que tras aquel episodio comprendió lo que significaba la muerte, era un adiós para siempre sin explicación. Tras la pérdida de su amado padre llegó el trauma, le afectó al hablar por una temporada tartamudeó, con los años debía controlarse en momentos de agitación para que la lengua no se trabara y su cerebro no se conmocionara hacia frases incoherentes repetitivas.

Recordaba que aquel deterioro de la relación con su madre se gestó en la adolescencia. La actitud que tomó a modo de defensa constante la mantuvieron en guerra, no soportaba sus locuras y carácter dominante. Así que decidió huir y caer en los brazos protectores de alguien que la quisiera de verdad, necesitaba sentir amor. Tras casarse con veintidós años con el primero que se lo ofreció para abandonar aquella vida de sometimiento. Desde entonces, mantuvo una tensa relación de desengaños por más de veinte años donde fue difícil confiar por mucho tiempo en ella. Así que estableció una barrera para protegerse de sus continuos ataques y actos hirientes, tras los cuales reconfirmaba la teoría de que no era importante su presencia en su vida para ella, su madre repetía que “era Juan palomo, ella se lo guisa, ella se lo come”.

María era una mujer fría en apariencia, incapaz de compartir sus sentimientos con los demás. Desvalida de cariño, creció sin llorar. Sólo lograba descubrirse ante aquellos que amaba. Le costaba establecer una confianza de amistad con las personas y prefería permanecer alejada del resto. Eso le daba un aire de misterio que pocos comprendían. No soportaba que le contaran problemas insignificantes a su modo de haber vivido, ella había aprendido a no pedir ayuda y creía que los demás debían ser también así. La soledad y el silencio era un poderoso escudo del cual lugar que no deseaba desprenderse.

Antes de romper con su madre, momento en extremo doloroso porque había vuelto a quererla por sus actos bondadosos acaecidos durante tres meses, estaba confusa, de nuevo todo se desvanecida como un sueño, le hicieron pensar que era amor de madre.
Le escribió en el whatsap que lo único que quería de herencia si no se volvían a ver, era saber la verdad sobre su padre, después bloqueó a su madre. Lo hizo en un momento en la cual la necesitaba, terminaba de nacer su hija y por un período de tiempo limitado pareció estar haciendo el papel de madre, casi estaban a punto de reconocerse afecto cuando de nuevo surgió el dolor.

Dos de sus hermanas pusieron mucho de su parte, los momentos compartidos con María era un tiempo que les había sido arrebatado en atención hacia ellas y estaban deseando verla de nuevo desaparecer. Ese era el amor de hermanas, el odio sin tregua.

Toda la vida la relación con sus tres hermanas había sido una batalla campal de celos y envidias, donde cada cual buscaba en exclusiva la atención de la madre en perjuicio del resto. La madre gustaba de enfrentarlas se había ocupado de mantenerlas desunidas. La clave para entender la historia era le malicioso carácter cambiante de su madre, bastante depresivo que ejercía el control sobre ellas teniéndolas alejadas y haciendo lo posible para que se hicieran daño. Era parte de su juego para ser la pieza central en la cual las demás dependían y necesitaban tener cerca. No había más familia que ella, así se aseguraba que tarde o temprano regresaran a buscar un pequeño afecto.

María no pretendió dañar a su madre al preguntarle por el pasado, sólo buscaba una pequeña verdad, darle una identidad real a su recuerdo. Su madre lo negó por vez primera y lo mantuvo con testarudez como única versión creíble, sus hijas eran del mismo padre, con idéntico apellido. María indignada se hizo una lanza y estalló con la verdad que estuvo oculta en su cabeza a la edad de veintiún años. Su padre legítimo el que constaba en el registro civil tenía sesenta y nueve años cuando ella nació. Su madre debió casarse con algún interés oculto con un hombre cuarenta años mayor que ella, quizás buscaba una protección legal. El hombre al que ella amó y conoció como padre no llegaba a cincuenta. Ninguna de sus tres hermanas se había atrevido a preguntarle, sabían como se ponía ante el tema. Así que la relación que acaba de retomarse entre ellas tras cuatro años en las que estuvieron separadas por un incidente ocurrido tras un enfrentamiento provocado por su madre con otra de sus hermanas, terminó.

Fueron tres meses de contacto entre madre e hija en el cual María se había atrevido a dejar entrar en su corazón a su madre, compartiendo los momentos de crianza de su tierna hija recién nacida. Quiso compartir con ella los problemas personales y financieros pero notó que ella trazaba una barrera en torno a su situación. No era de su competencia resolverlos, ni ayudarla. Las artimañas maliciosas de Susana, la hija pequeña dieron su fruto y de nuevo estalló el conflicto más cruel entre las dos. En el cual su madre utilizó un supuesto robo para justificar la separación, de su desleal hija que la había traicionado. Difundió la noticia a sus otras hijas como verdadera, a su poca familia incluso entre los vecinos que la conocían, acorralándola y dejándola totalmente sola.

María había aprendido a caminar sin protección toda una vida, pero aquella vez sintió un dolor fulminante en su corazón. En un momento tan delicado y se atrevía a pisotear su honestidad con un robo ficticio. Cerca de dos años de silencio y separación tras el cual María debía olvidar, perdonar y dejarla machar en paz. Se tragó el resentimiento y perdonó pero el amor no floreció de nuevo, estaba segura que si se mostraba amorosa le harían un daño infinito.

La tarde que quedó con su madre, estaba nerviosa. No sabía lo que se iba a encontrar, esperaba que no utilizara de nuevo las palabras del robo que quería a todas maneras hacer real, porque eso harían que se marchara sin mirar atrás.

Cuando miró en la acera cercana a la casa de su madre no la vio. Tuvo que llamarla por teléfono y verla descolgar para reconocerla. Disimuló sobrecogida por la nueva imagen que esta mostraba.

No habían transcurrido dos años para ella sino veinte, la vejez, el agotamiento y la delgadez que tenía era algo que le costó encajar. El momento fue tenso, su madre se mantenía dura como lo fue siempre, sin dejar entrar a nadie en su corazón.

María acudió con su marido y sus hijos. El aire cortante se hizo presente en la entrevista. Quiso tomar una foto del encuentro para sacar conclusiones con la observación más tarde. El rostro desconfiado, hostil y endurecido de su madre no le gustó.

Tras aquel encuentro parecía que poco a poco la relación podía establecerse, hasta que empezó a utilizar los mensajes de voz para enfrentar a sus hijas. Era increíble, se estaba muriendo y seguía haciendo lo mismo.

El carácter bondadoso y humano de María, que pensaba en todo el mundo, jugaba en su contra. Sabía que sus hermanas intentarían que se hiciera cargo de su madre enferma ante su inminente deterioro. Debía protegerse y alejarse antes de que acabaran con ella.

Debía proteger su vida feliz y a su pequeña del egoísmo autoritario de su madre. De sobra sabía que de haber aceptado cuidarla habría dañado a su pequeña con su carácter de tirana. Nunca soportó a los niños después de cumplir unos cuantos meses, en cuanto empezaban a moverse y tener autonomía los detestaba.

María se mantuvo alejada, renunció a cualquier derecho que pudiera pertenecerle y siguió visitando a su madre. Le costaba verla morir, caminar hacia tras en una espiral donde una enfermedad cruel la estaba devorando. El tremendo dolor y agonía la tenían presa. Que mal final la aguardaba. Aún así se propuso que no la vería morir.

Dos de sus hermanas se hicieron cargo de su cuidado, custodiando sus bienes y poniéndole una mujer que la atendiera veinticuatro horas.

Enterró el hacha de guerra y quiso que su madre celebrara su último cumpleaños rodeada de sus hijas. Lo consiguió, fue un día enternecedor, como debe hacerse en las buenas familias, pero aquello fue un espejismo y pronto la maquinación se puso a funcionar.

Descubrió unos días antes de morir su madre, que sus hermanas se habían apoderado de todos bienes, cambiando el testamento. ¿Por qué hicieron aquello? Ella había renunciado a todo y era una mujer de palabra. No quería nada de ella puesto que jamás le había ayudado en vida.

Aquellas perversas mentes la llamaron dos veces para enfrentarla como mala hija por teléfono. Su madre se iba a morir y de nuevo el dolor las separaría. No iba permitirlo. Fue a visitarla por última vez. Su madre al verla, tembló había dicho barbaridades a todo el mundo sobre ella y de repente los demás podían ver la verdad.

Se mantuvo en silencio, con los ojos vueltos hacia el techo, parecía enfadada consigo misma, quizás estuvo sopesando la última maldad que había planeado para María. Esta al verla en tan mala situación, no quiso hablarle del cambio de testamento, estaba allí para dejarla ir en paz. No habría voces enfrentadas, ni desaires. Estuvo con ella mientras le pusieron dos bolsas de sangre, la aguja enorme clavada en su debilitado vena de una muñeca sin carne, la inmensa pena le nubló el corazón.

¿Estaba pagando su madre por los miles de desaciertos antes de marcharse? Se repuso para no llorar, las lágrimas no iban con ella. Sabía que iba a ser su última visita. Las otras hermanas ahora que sabía la verdad tratarían de seguir enfrentándola para justificar que eran las mejores. No quería que le dejaran sin paz ante la escasa tranquilidad que la enfermedad le daba, así que se valió del médico para que la dejaran fuera de aquello. Él las advirtió, avergonzadas no se atrevieron a actuar contra María.

Su madre murió y la condenó en un testamento. Había sido desheredada junto con otra hermana. La confirmación a sus sospechas estaba cumplida.¿Todo ese dolor valía la pena por apoderarse de bienes materiales?

El hecho la dejó suspendida en el vacío de la incomprensión. Engulló la venganza, el odio y dejó que todo pasara de largo. Llegó la calma y pensó en recabar sus informes médicos. Trataría de comprender en qué estado se encontraba para que fuera capaz de hacer algo tan vengativo. Necesitaba comprender su sufrimiento para justificar el mal. Era todo lo que le quedaba de ella, la letra que otros escribieron sobre su estado. Debía sacar conclusiones de allí. Triste, como todo lo fue en torno a ella.

Pero ya no se sentía resentida hacia su madre. La muerte la había liberado. Tampoco guardaría luto por su pérdida, María nunca la tuvo a su lado, así que no pudo lamentar que ya no estuviera.

El futuro se abría ante ella en blanco. La tóxica familia que había tenido se hundía en el pasado que iba a enterrar junto a cualquier recuerdo.

No haría nada, perdonar y olvidar, era la mejor solución. No dejar entrar en su corazón a ninguno de ellos ocurriera lo que ocurriera, lo tenía claro.

Iba a ser feliz, reencontrarse y tratar de disfrutar de su vida, esa que nunca supo vivir, porque el miedo y la tristeza la habían tenido retenida. Darse una oportunidad, quererse y valorarse perseguir sus sueños y sentirse amada.

Un día encontraría de nuevo a su padre y nunca más volvería a separarse de él, de eso no había duda.

-Fin-



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