Fermín
se asustó ante el hecho de desear jugar más con las muñecas de
Tamara, que con sus propios juguetes, si hubiera podido se habría
escondido una, para seguir vistiéndolas, peinándolas y besándolas
en casa, a escondidas. ¡Eran tan bonitas!
Un día
se encontraba jugando en el parque, habían llevado una balón de
fútbol, coches y dinosaurios. Pronto otros niños se sintieron
atraídos por sus juguetes y él los prestó hipnotizado. Era presa
de una excitación desconocida, tenía que agradar a aquellos niños
tan guapos, aún a consta de quedarse sin juguetes. Mientras los
observaba se frotaba las manos, a veces se acercaba para mirarlos más
cerca, su cara reflejaba una sonrisa confiada, se sentía feliz y
lleno de amor.
Tamara
su amiga, entonces se quedaba sola con sus muñecas dando papillas y
biberones en cuando aparecían los amigos de Fermín. A ella le
gustaba mucho estar con él, era muy amable y participativo ya que la
seguía a todas horas con los peinados y paseos que le hacían a sus
muñecas. Entonces podían expresarse de manera cristalina, tenían
cinco años.
La
primera vez que un niño le pegó un puñetazo por darle un beso
inocente, tenía diez años. Fue un acto involuntario, nacido del
corazón, no pudo reprimir el amor que sentía por su compañero de
clase. Pero éste lejos de comprender sintió asco y lo despreció
para siempre. A partir de entonces, comenzó a aceptar la idea
dentro de su cabeza, no se sentía identificado con su sexo, tenía
inclinaciones a sentirse atraído por chicos.
Eso
era algo horrible, pensó debía cambiar. Y durante un tiempo mantuvo
una lucha interna con su yo, de la cual salió muy confundido y
frustrado. Porque no podía dejar de ser quién era. Había nacido
así y sólo si lo aceptaba, conseguía calmar su corazón.
Cuando
Marta su madre, supo el motivo por el cual le habían apaleado entre
cinco chicos se asustó. Su hijo era dulce, sensible, comprensivo y
muy humano. Pero ¿cómo? ¿homosexual? ¿por qué? No le gustó
aceptar aquella verdad. Tuvo que pelear consigo misma para poder
ayudar a Fermín a superar aquello. No iba a repremirle, ni
justificar el castigo. Pensó que si hubiera besado a una niña
seguro que los padres ya estarían diciéndole que con el tiempo
acabaría en boda. La sociedad juzga de manera muy diferente los
mismos actos, precisamente porque sólo se acepta un comportamiento
como el correcto.
Cuando
estuvo preparada, pasó a conversar con él. Primero tuvo que dejar
una espacio de tiempo para que ella misma no el fuera el juez, puesto
que sus palabras podían afectarle de manera brutal. Debía
protegerle, ayudarle a crecer en una identidad diferente.
Tras
la primera charla sincera que le confirmó la sospecha, tuvo que
encontrar el momento de explicárselo a su marido. Los hombres eran
más difíciles de convencer; sentían pavor ante la presencia de
homosexuales, no los aceptaban ni como amigos. Alejo su marido y
padre de Fermín era inflexible.
Escupió,
rompió cosas y se echó a llorar como un niño buscando su regazo.
Aquello lo había deshecho, jamás pensó que le sucedería a él.
Amaba a su hijo y debía aceptar su verdadero ser, en un futuro
tendría por pareja a otro hombre. ¿En su casa? Necesitaba tiempo y
paciencia para asimilar aquel mal trago. ¿Qué había hecho mal para
tener ese castigo?
Mientras
el caos emocional rodeaba a toda la familia, suspendida de la
realidad, había una persona que se sentía al fin libre y feliz:
Fermín. Confesar el fondo de sus sentimientos y buscar el apoyo
familiar, había sido una gran decisión. Necesitaba saber que
aquellas personas que le conocían y querían no iban a cambiar por
que no fuera capaz de amar a las mujeres.
En el
núcleo familiar las opiniones se dividieron. Unos pensaban que
deberían llevarlo a un psiquiatra a valorar, otros que había algo
que no funcionaba bien en su cabeza, sus padres gritaron en conjunto
un ¡basta! Que les llegó a modo de alerta. O aceptaban a su hijo
tal y como era, o jamás volverían a verlos. Tuvieron que ignorar el
hecho y seguir en contacto, pero alejándose cada día más. ¡Era
una vergüenza familiar!
Con el
paso del tiempo, volvió la calma. Ya no se hablaba de aquello en
secreto, se había aceptado y dejado de comentar. Ahora debían
enseñarle a esquivar a las personas que no aceptaban su sexualidad.
Desde que se supo en el colegio lo de aquel beso, no dejaron de
acosarle, escupirle, insultarle y vejarlo en cada ocasión que se
presentaba, siempre a escondidas. Tenía que cambiarse solo en el
vestuario, ya que ningún padre, aceptaba que un homosexual estuviera
cerca de sus hijos.
Lejos
de bajar su autoestima Fermín se sentía cada vez más seguro. Le
amaban y con ese escudo, salía a batallar cada día fuera de casa.
Pasó a resistir ataques visuales de desprecio y rabia, a ser
ignorado de manera conjunta en el ambiente escolar por el colectivo
de chicos. Por suerte Tamara, su amiga de la infancia, no se separó
de él,incluso le defendía. Ella sufría mucho al verlo tan solo,
así que convenció a sus amigas para que le hicieran un hueco en el
grupo del patio. Las chicas pronto descubrieron un niño diferente al
que le tomaron profundo afecto.
Fue
así, como protegido entre las chicas dejó de vivir el acoso. Los
chicos deseaban que las niñas los aceptaran porque sentían una
atracción pre adolescente y ya estaban buscando novias. Así, que
tuvieron que dejarle en paz e ignorarle. No querían parecer malos a
los ojos de las niñas.
Los
años fueron pasando y Fermin aprendió a protegerse. Siempre elegía
grupos de mujeres a las que solía fascinar para relacionarse. Era el
único chico que siempre conseguía estar rodeado de chicas. Ellas se
sentían felices y seguras en su compañía.
Por
supuesto, Fermin eligió una profesión que le apasionaba desde la
infancia, peluquero. Le encantaba la moda y peinar a las mujeres.
Sabía que también podía hacer espectaculares trabajos a hombres,
pero ellos jamás acudían a su peluquería a que les tocara un
homosexual.
Encontró
pareja y fue un hombre feliz. Con capacidad de amar e involucrarse,
sabiendo que cada paso que daba fuera del entorno en el que era
aceptado era un riesgo para su vida. Las amenazas, golpes, siempre
existieron, pero él las ignoraba. Era el pequeño precio que debía
pagar para encajar en una sociedad intolerante a que se debía ganar
individuo tras individuo. No se sentía orgulloso de su
homosexualidad, pero sentía el deber de mostrarse, para cambiar a
una sociedad plena de barreras invisibles.
Era
una persona amable, servicial, comprometida con los demás llena de
amor que demostraba en cada acto, así que el juicio le daba igual.
Si daba amor, recibía amor, así de claro.
Siendo
honesto e identificándose como homesexual, dejaba camino para
liberarse del secreto a otros que como él, no podían cambiar. Eran
hombres con la mente de una mujer.
Finalmente,
su padre se llegó a sentir orgulloso. Ya no le importaba que tuviera
de pareja a un hombre. Toda la gente le quería, era un peluquero de
moda, a la que las mujeres respetaban y admiraban por lo bien que las
dejaba, era un ser especial, con un corazón grande. ¿Podía esperar
más de un hijo?
-Fin-
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