viernes, 22 de julio de 2016

Fermín y la homosexualidad



Fermín se asustó ante el hecho de desear jugar más con las muñecas de Tamara, que con sus propios juguetes, si hubiera podido se habría escondido una, para seguir vistiéndolas, peinándolas y besándolas en casa, a escondidas. ¡Eran tan bonitas!

Un día se encontraba jugando en el parque, habían llevado una balón de fútbol, coches y dinosaurios. Pronto otros niños se sintieron atraídos por sus juguetes y él los prestó hipnotizado. Era presa de una excitación desconocida, tenía que agradar a aquellos niños tan guapos, aún a consta de quedarse sin juguetes. Mientras los observaba se frotaba las manos, a veces se acercaba para mirarlos más cerca, su cara reflejaba una sonrisa confiada, se sentía feliz y lleno de amor.

Tamara su amiga, entonces se quedaba sola con sus muñecas dando papillas y biberones en cuando aparecían los amigos de Fermín. A ella le gustaba mucho estar con él, era muy amable y participativo ya que la seguía a todas horas con los peinados y paseos que le hacían a sus muñecas. Entonces podían expresarse de manera cristalina, tenían cinco años.

La primera vez que un niño le pegó un puñetazo por darle un beso inocente, tenía diez años. Fue un acto involuntario, nacido del corazón, no pudo reprimir el amor que sentía por su compañero de clase. Pero éste lejos de comprender sintió asco y lo despreció para siempre. A partir de entonces, comenzó a aceptar la idea dentro de su cabeza, no se sentía identificado con su sexo, tenía inclinaciones a sentirse atraído por chicos.
Eso era algo horrible, pensó debía cambiar. Y durante un tiempo mantuvo una lucha interna con su yo, de la cual salió muy confundido y frustrado. Porque no podía dejar de ser quién era. Había nacido así y sólo si lo aceptaba, conseguía calmar su corazón.

Cuando Marta su madre, supo el motivo por el cual le habían apaleado entre cinco chicos se asustó. Su hijo era dulce, sensible, comprensivo y muy humano. Pero ¿cómo? ¿homosexual? ¿por qué? No le gustó aceptar aquella verdad. Tuvo que pelear consigo misma para poder ayudar a Fermín a superar aquello. No iba a repremirle, ni justificar el castigo. Pensó que si hubiera besado a una niña seguro que los padres ya estarían diciéndole que con el tiempo acabaría en boda. La sociedad juzga de manera muy diferente los mismos actos, precisamente porque sólo se acepta un comportamiento como el correcto.

Cuando estuvo preparada, pasó a conversar con él. Primero tuvo que dejar una espacio de tiempo para que ella misma no el fuera el juez, puesto que sus palabras podían afectarle de manera brutal. Debía protegerle, ayudarle a crecer en una identidad diferente.

Tras la primera charla sincera que le confirmó la sospecha, tuvo que encontrar el momento de explicárselo a su marido. Los hombres eran más difíciles de convencer; sentían pavor ante la presencia de homosexuales, no los aceptaban ni como amigos. Alejo su marido y padre de Fermín era inflexible.

Escupió, rompió cosas y se echó a llorar como un niño buscando su regazo. Aquello lo había deshecho, jamás pensó que le sucedería a él. Amaba a su hijo y debía aceptar su verdadero ser, en un futuro tendría por pareja a otro hombre. ¿En su casa? Necesitaba tiempo y paciencia para asimilar aquel mal trago. ¿Qué había hecho mal para tener ese castigo?

Mientras el caos emocional rodeaba a toda la familia, suspendida de la realidad, había una persona que se sentía al fin libre y feliz: Fermín. Confesar el fondo de sus sentimientos y buscar el apoyo familiar, había sido una gran decisión. Necesitaba saber que aquellas personas que le conocían y querían no iban a cambiar por que no fuera capaz de amar a las mujeres.

En el núcleo familiar las opiniones se dividieron. Unos pensaban que deberían llevarlo a un psiquiatra a valorar, otros que había algo que no funcionaba bien en su cabeza, sus padres gritaron en conjunto un ¡basta! Que les llegó a modo de alerta. O aceptaban a su hijo tal y como era, o jamás volverían a verlos. Tuvieron que ignorar el hecho y seguir en contacto, pero alejándose cada día más. ¡Era una vergüenza familiar!

Con el paso del tiempo, volvió la calma. Ya no se hablaba de aquello en secreto, se había aceptado y dejado de comentar. Ahora debían enseñarle a esquivar a las personas que no aceptaban su sexualidad. Desde que se supo en el colegio lo de aquel beso, no dejaron de acosarle, escupirle, insultarle y vejarlo en cada ocasión que se presentaba, siempre a escondidas. Tenía que cambiarse solo en el vestuario, ya que ningún padre, aceptaba que un homosexual estuviera cerca de sus hijos.

Lejos de bajar su autoestima Fermín se sentía cada vez más seguro. Le amaban y con ese escudo, salía a batallar cada día fuera de casa. Pasó a resistir ataques visuales de desprecio y rabia, a ser ignorado de manera conjunta en el ambiente escolar por el colectivo de chicos. Por suerte Tamara, su amiga de la infancia, no se separó de él,incluso le defendía. Ella sufría mucho al verlo tan solo, así que convenció a sus amigas para que le hicieran un hueco en el grupo del patio. Las chicas pronto descubrieron un niño diferente al que le tomaron profundo afecto.

Fue así, como protegido entre las chicas dejó de vivir el acoso. Los chicos deseaban que las niñas los aceptaran porque sentían una atracción pre adolescente y ya estaban buscando novias. Así, que tuvieron que dejarle en paz e ignorarle. No querían parecer malos a los ojos de las niñas.

Los años fueron pasando y Fermin aprendió a protegerse. Siempre elegía grupos de mujeres a las que solía fascinar para relacionarse. Era el único chico que siempre conseguía estar rodeado de chicas. Ellas se sentían felices y seguras en su compañía.

Por supuesto, Fermin eligió una profesión que le apasionaba desde la infancia, peluquero. Le encantaba la moda y peinar a las mujeres. Sabía que también podía hacer espectaculares trabajos a hombres, pero ellos jamás acudían a su peluquería a que les tocara un homosexual.

Encontró pareja y fue un hombre feliz. Con capacidad de amar e involucrarse, sabiendo que cada paso que daba fuera del entorno en el que era aceptado era un riesgo para su vida. Las amenazas, golpes, siempre existieron, pero él las ignoraba. Era el pequeño precio que debía pagar para encajar en una sociedad intolerante a que se debía ganar individuo tras individuo. No se sentía orgulloso de su homosexualidad, pero sentía el deber de mostrarse, para cambiar a una sociedad plena de barreras invisibles.

Era una persona amable, servicial, comprometida con los demás llena de amor que demostraba en cada acto, así que el juicio le daba igual. Si daba amor, recibía amor, así de claro.

Siendo honesto e identificándose como homesexual, dejaba camino para liberarse del secreto a otros que como él, no podían cambiar. Eran hombres con la mente de una mujer.

Finalmente, su padre se llegó a sentir orgulloso. Ya no le importaba que tuviera de pareja a un hombre. Toda la gente le quería, era un peluquero de moda, a la que las mujeres respetaban y admiraban por lo bien que las dejaba, era un ser especial, con un corazón grande. ¿Podía esperar más de un hijo?

-Fin-




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