Mamá,
¿cómo aprenden a volar los pájaros?
Juan
tiene cinco años, desde la terraza observa con mamá a los pájaros,
admira su capacidad de volar. Es agosto, han llegado las golondrinas
al parque, son aves de paso, consideradas de la buena suerte según
le han contado, controlan la población de las moscas e insectos
voladores. Descansan en árboles grandes y frondosos, allí se
sienten seguras. Comparten espacio con tórtolas, mirlos, gorriones y
todos aquellos pájaros que se escapan de la jaula. Es un refugio
perfecto.
En
sus paseos de la tarde, mamá extiende una toalla en el suelo y se
tumban a mirar el cielo, está alborotado por los sonidos todos los
pájaros, es un concierto de paz y locura,para el que se detiene a
escuchar. Que bien se llevan todos, piensa Juan y nunca chocan, con
lo divertido que sería ver como caen. Incluso los murciélagos
acuden al festín de las ocho, hora en la que la actividad es más
frenética.
Al
principio, le costó distinguir a las golondrinas, había que fijarse
en su color blanco por abajo, negras al volar, sus alas curvas, la
cola en forma de pajarita, tamaño mediano, más grande que un
gorrión pero menos que una tórtola. De vuelo alto, las aves que
estaban más alejadas del suelo.
A
aquel parque también iba un papá con un niño muy raro. Era mayor
que él y sin embargo parecía mucho más pequeño. Su cara era
extraña, a menudo le caía la baba. Al contrario que él, apenas
hablaba y permanecía quieto mucho rato, hasta que su padre le tomaba
la mano y comenzaba a pasear. Mamá le había dicho que era una pena,
ese niño tenía Síndrome de Down.
En
ese instante, un polluelo de gorrión cayó de un árbol. No sabía
volar. Ambos niños corrieron en su busca. Fue Alberto el que con
sumo cuidado lo cogió entre sus manos. A él también le gustaban
mucho los pájaros. Su padre era criador de periquitos, así que
sabía mucho como tratar y coger a una cría.
Juan
sintió mucha rabia, aquel niño que parecía que no estaba allí,
había sido más rápido que él. Sin duda, era un gran observador.
Iba a dar media vuelta cuando Alberto le invitó a coger al gorrión.
Su cara cambió y agradecido le devolvió una gran sonrisa.
Tras
unos momentos de reflexión, decidieron llevarse al polluelo a casa
hasta que aprendiera a volar. Como Juan vivía en frente, se quedara
con el.
Al
entrar en casa, mamá fue a la terraza para dejarlo allí como les
había dicho el papá de Alberto, los gorriones no pueden vivir en
jaulas, se mueren de tristeza. Cual fue su sorpresa, al observar por
el cristal de la puerta que da al balcón, piar a la cría y ver
raudo acudir al padre del gorrión. Parecía muy enfadado piaba con
energía, nervioso volaba del suelo a barandilla, parecía estar
echándole la bronca al pajarito, que suerte por una vez ser humano
pensó Juan. Poco a poco se fue tranquilizando al comprobar que
estaba bien. Con regularidad, le llevaba alimento, aunque la mamá de
Juan le pusiera agua, galletas y migas de pan.
Desde
ese día, Alberto acudía a casa de Juan para pasar un rato y ver
como crecía el pequeño polluelo. En una semana, estuvo listo para
volar. Al principio, fueron pequeños saltos, pero finalmente les
abandonó.
Ambos
niños quedaron entristecidos, ya se habían encariñado con aquel
gorrión tan gracioso, pero lo aceptaron. Al menos se había salvado.
A
partir de aquello, cuando se veían en el parque, jugaban. A veces
Juan se aburría porque su amigo no le hacía mucho caso. Pero su
mamá le enseñó a comprender que debía tener paciencia, aquel niño
era especial y necesitaba tener amigos.
Juan,
era el primer amigo de Alberto. A pesar de haber ido al parque todos
los días y sentarse cerca de otros niños. Las madres les
advertían, con miradas entre miedo y temor, cuando alguno se quedaba
parado frente a él con la curiosidad de querer entender porque era
tan diferente. Aquel niño era muy obediente, les extrañaba
muchísimo.
Al
principio, las madres les observaron con tensión e inquietud, era
raro ver como un niño de cinco años jugaba con Alberto. No ocurría
nada peligroso, al contrario se divertían, así que pronto los demás
niños también comenzaron a jugar con él.
Pronto,
Alberto fue el niño más conocido y querido del parque. Hacia muchas
bromas, era muy cariñoso y pese a tener diez años , podía jugar
con todos.
El
papá de Alberto, se emocionaba... habían pasado tantos años de
soledad, que ver aquello le provocaba lágrimas de alegría que no
podía muchas veces esconder a los demás.
Gracias
a la afición por los pájaros, dos niños diferentes se hicieron
amigos y enseñaron a los demás a aceptar personas que no
comprendemos, pero que si nos esforzamos un poquito, nos caerán muy
bien.
Conocer
a niños diferentes puede ser más divertido que estar aburrido
jugando solo, además siempre hay mucho que aprender de personas que
no sabes como son, sacó Juan de conclusión. Alberto era más
divertido que los pájaros.
-Fin-
Maite
Albarrán Feal
29/08/2014