Tres
castañas amargas
Una
gota
de
silencio
me
resume.
Soy
silencio
soy
realidad.
La
mejor palabra
no es
la pronunciada
sino la
que rebota
una y
otra vez
en la
conciencia
humana.
(Maite
Albarrán)
Ha
pasado un año. Las castañas redondas, oscuras, suaves al tacto, de
piel dura y carne blanca vuelven a inundar con el recuerdo de su
dulce sabor este incipiente otoño. Me incita el corazón alborotado
a comprarlas, ruges con furia en mi mente, vuelvo a añorarte.
No he
olvidado tu último regalo, las castañas gallegas. Las trajiste en
avión para nosotras, tus hijas. En el último viaje a tu tierra a
la que regresaste para despedirte, la que te vio nacer, sabiendo que
allí no tenías nada a lo que aferrarte, salvo el olor a castañas y
algún lejano recuerdo de olor a familia.
No me
arrepiento de alejarme de la oscuridad que irradiabas, luz de
tinieblas, no percibías lo confusa que fue tu existencia. Fuerza de
ira fue tu motor a diario para enfrentar, incapaz de vivir en paz,
sólo sembrabas heridas y sufrimiento. Eras un volcán en erupción
donde los sentimientos escupían lava caliente de rencor, soberbia,
orgullo y resentimiento.
El
anuncio de tu terrible enfermedad me hizo prometerme después de dos
años sin saber de ti, que debía mantenerme lejos para no verte
morir, sabía que sería una sinrazón de la cual no quería
contagiarme. No quería terminar odiándote, sí eras grande aunque
perdida, debía mantenerme a salvo y sólo observar.
Ni tú
misma pudiste comprender en qué consistía tener un cáncer
terminal. Ni anticipar la falta que te iba a hacer el amor del que te
mantuviste alejada, sólo interesaba satisfacer el deseo material con
un nuevo deseo, que nada aportaba, pero te entretenía poseer y
poseer, objetos que todos codiciaban. El mal humano es desear y
desear cosas que no sirven más que para seguir ciego ¿verdad?
¿De
qué sirve el dinero ahora? Recuerdo que te pregunté, sin embargo
necesitabas seguir poseyéndolo era todo para ti, todo a lo que te
aferraste durante toda una vida, lo único importante que debías
mantener a tu lado hasta que...no adelantaré la historia.
La
muerte ocurrirá segura pero sin fecha. Cuando viene anunciada por el
reloj de una enfermedad inesperada lo cambia todo, es la peor de
todas las muertes, el elegido se aferra a una vida que no sabe vivir
pero que desea poseer porque se cree de su propiedad y dominio, aún
rabiando. Son desconocidos aún los estragos que a de causar en los
vivos y en los que se van. Yo la he visto, la he mirado a los ojos y
ante ella, todos cambian, les retuerce hasta darse cuenta de lo
importante, lo necesario que es el amor para aceptarla, así no duele
morir.
Ver tu
debilidad me impresionó, no estaba acostumbrada a verte trasformada,
casi ni te reconocí, salvo por la firma constante de un
resentimiento en una sonrisa torcida que me hizo sentir culpable, del
juicio diferente a mis ojos, en el cual yo era la acusada y tú la
victima.
Fuiste
empeorando día a día. Eras una hoja de otoño que pasaba de tener
un fulgor verdoso a estar marrón, crujiente y seca.
Yo te
observaba visita tras visita, intentando olvidarme de esa oscura
enfermedad, tratando de entretener a tus neuronas, sonriendo y
cambiando el tema triste que sonaba en el silencio de tu apagada
casa. Pero tú sólo sabías ser protagonista de un sin fin de
dolores y complicaciones para demandar toda la atención, sin
importarte nada de los demás. Tras la visita mascaba tanta
confusión, que sólo me daba aprovechar mi tiempo, sin saberlo me
enseñabas a valorar esa vida que no es mía y amar
incondicionalmente el placer de estar viva. Yo era una parte de ti,
que se quedaría un tiempo más en este mundo con un final diferente,
o eso me daba fuerzas para enfrentar.
Toda
el agua que bebías era insuficiente para apagar tu sed. Aún
recuerdo la visita angustiosa al hospital donde conocí a tu
momentánea compañera de habitación. Te ingresaron en la planta de
los que sólo esperan morir con dignidad. Atreverme a ir a verte,
ante tu llamada que contesté en mitad de la clase de inglés que
recibía en ese momento fue una decisión emocional, “te morías
decías y querías despedirte”. Cogí el tren entre cortinas de
lágrimas que veía brotar sin explicación, mi corazón te amaba.
Nunca he llorado caminando entre la gente, era imposible contener el
dolor del que era presa. Debía tener una imagen deplorable, porque
todos al verme sentían que algo horrible estaba sucediendo. Lo dejé
todo, el curso, el trabajo para reunirme con tu voz.
Te
creía, vamos que lo creía... esta vez no podías fingir o mentir...
( así lo presentí)
Supe
que te morías, no lo acepté al principio, aún sabiendo que no
había forma de detener a la muerte. Al entrar en la habitación del
hospital, te encontré dormida. Todos lloraban creyéndote muerta. Al
coger tu mano, noté el calor de tus venas. El mismo que en la
infancia me consolaba y trasmitía seguridad, llegó como un recuerdo
desgarrador, porque las circunstancias eran diferentes. Nuestros
cerebros estuvieron conectados de nuevo, no nos alejaba tu
incomprensible manera de ser depresiva, donde destruías, sin saber
lo que hacías, todo lo que amabas. Aquella hostilidad oscura que te
llenaba de rabia por dentro y por fuera, aquella furia de palabras
hirientes contra todo y contra todos fue la que terminó atrapándote
en el silencioso cáncer que se propagó por tus células como un
vino amargo. Tú, que toda tu vida viviste temiendo a la muerte y
matándote de soledad, donde te entretenía un licor y un aire
viciado de tabaco por compañía.
Me
miraste suplicante “me muero”. Tus palabras impactaron de nuevo,
torrente de lágrimas. No querías estar al lado de esa mujer, tu
compañera de habitación, sin familia que no sabíamos lo mal que
estaba . La noche se la llevó atormentándote. Tuve mi primer
acercamiento a la muerte.
Aún
conservo la mirada de aquella extraña mujer que me pidió que le
ayudara a encontrar el cacao entre sus sábanas para sus labios
resecos. Era piel y huesos, de mirada perdida al techo, sin
esperanza. Tuviste otra compañera y al día siguiente falleció
también. Estabas en la planta donde la muerte venía a recoger a las
almas en horas, la última del hospital cerca del Cielo de las
lamentaciones.
Saliste
de aquella habitación, para mi sorpresa ( te morías y querías
despedirte) venciendo a tu achaque ocasional para ser definitivamente
desahuciada. A partir de ese momento se encargaron otros de ti, no
quise verte morir de cerca tras tantos años de alejamiento. Nuestros
caracteres tan diferentes no debían encontrarse, no era momento de
juicios y verdades. Nunca nos comprendimos, esa fue la razón.
Sabes,
tuve que perdonarte sin pedir disculpas como era costumbre en ti, Si
hubiera comprendido la mente humana, las enfermedades que la acechan
sin diagnosticar, si te hubiera aceptado desde la comprensión,
madre, todo hubiera un juego de estrategias para poder tratarte.
Esperé
sin recompensa que fueras capaz de cambiar mentiras y liberarte,
pero una vez creadas se convertían en verdad. Tenías la habilidad
en tu cabeza de hacer por cierta la historia y nadie se atrevía a
dudar de tu relato, porque lo hacías con tanta pasión que revivías
la ofensa con deleite victimista para contarlo hasta aburrir.
Contribuí con mi manera de alejarme en silencio a tu castigo,
sembré ausencia por más de veinte años de continuas disputas
donde no agradecía tus pequeños esfuerzos o compensaciones, no
soportaba tu manera de obtener las cosas. No podía entender tus
ganas de aferrarte al dolor, al sufrimiento como compañía
constante, yo que necesitaba paz y calma.
Sin
duda yo tuve más errores que tú, creyéndome honesta, no me di
cuenta de tu bello corazón oculto entre tinieblas de soledad. Nunca
te dejó tu orgullo doblegarte a pedir perdón por el daño que
causabas, sólo dejabas que pasara el tiempo suficiente para olvidar.
En este final que se anunciaba necesitaba que te marcharas en paz.
Estuve
en todo el proceso de la enfermedad desde mi puesto seguro, la
observación a distancia. Mis visitas fueron de tarde en tarde.
Seguías siendo tú, reclamar toda la atención para ti sin
importarte las necesidades de los demás. Ahora no podía ser, debía
mantenerme bien para seguir siendo la rescatadora de los míos. Y
fueron momentos de mucha adversidad, donde todo se tiñó de negro,
mi vida se convirtió al negro donde el trabajo y la familia me
dañaban, por querer ser feliz donde nadie lo era. Abandoné el
trabajo...nada de oscuridad y dolor.
Pensaba
que diciendo que me dabas igual, conseguiría creerlo, pero no era
así. Estaba profundamente confundida inmersa en el pánico que me
provocaba tu padecimiento diario, sin saber en qué momento
terminaría todo.
Tras
cada visita se me grabaron tus pasos. Te quejabas de manera continua
de que no podías andar. Creo que esa fue una de la pocas verdades
que escuché de ti, las relativas a la enfermedad de tus huesos. Y no
la creí, fíjate pensé que fingías para ganarte un poco de
atención. Ya que el cáncer lo corroe todo, como una rumor
contagioso.
Yo
apenas comprendía lo que te estaba sucediendo, solo deseaba cada
día que alguien llamara anunciando que te habías muerto de repente,
en paz, en lugar de narrar un sufrimiento atroz que soportabas.
Pronto tu agónico deterioro físico y mental, fue ganando
posiciones.
En
apenas unos meses aquella piel fina hidratada y tersa, como el
terciopelo, se tornó en una capa seca, dura y amarillenta donde la
vida era una sombra desvanecida.
Dejaste
de comer, ya no te levantabas. Usabas pañales porque no podías
controlar tus necesidades básicas. Te pusieron una dolorosa sonda,
te negabas a orinarte, el orgullo, ése que te mantuvo alejada del
amor, seguía guiando tus pasos. Solo con el olor desagradable,
fuerte y ácido que contenía aquella bolsa ocre, pegada a tu cama
pude imaginar el desastroso final que estaba ocurriendo en tu
interior. Te estabas pudriendo y tus órganos dejaban de funcionar.
Tus
ojos se quedaban abiertos mirando al techo, perdidos en la nada, te
ibas por momentos a las etapas vividas. Eras como un bebé,
indefenso dependiente y obediente, decías a todo que sí. ¿De
verdad eras tú? no podía creerlo. Regresabas trayendo recuerdos de
tu niñez, donde buscabas agujas para tejer o cosas que habías
perdido. No soportabas no encontrar lo que buscabas y te obsesionabas
hasta encontrarlo, sin descanso, así eras antes, sin embargo ahora
yo no noté presión alguna al no darte esa aguja que necesitabas...
Seguí
tus desvaríos, dándoles forma con contestaciones adecuadas. Las
bolsas de sangre colgaban de una percha. En esa visita a tu casa, la
última te iban a hacer una transfusión. Que tremenda aguja para una
mano donde sólo había venas hueso y piel.
Desde
entonces cada vez que dono sangre, me acuerdo de ti y de personas
como tú que ganan alivio y vida, aunque sea momentáneo.
Mientras
la sangre trasportada a tu interior te daba algo de calor, cogí de
nuevo tu mano apretándola entre la mía. Debajo de tu esternón
estaba la espiga que te estaba devorando. De nuevo la encontré, una
réplica exacta en el dedo meñique, me hubiera gustado apretarla
hasta verla salir y aplastarla, pero esa era la más pequeña entre
tantas extendidas en todo tu cuerpo, de nada hubiera servido ¿verdad?
Estabas
luchando cada minuto robado a la muerte. Era una conquista sin éxito,
a cambio de sufrir temblores, dolores horribles que soportabas,
estabas orgullosa de haber vencido al pronóstico de los médicos que
no dudaron en anunciarte una muerte fulminante. Le sacaste a la vida
seis meses más, como no una luchadora, que no se rindió... jamás.
O quizás que no dio su brazo a torcer.
Siempre
estuvimos impresionados de tu terrible fuerza sobrehumana, no
conocimos nadie como tú, lo conseguías todo, aún corriendo
riesgos innecesarios, así era tu terqueza. Pero esta vez sabíamos
que ya no sería igual. Cogí tu mano y la frialdad de una piedra de
mármol me recorrió. Trate de trasmitirte mi calor, pero fue inútil.
Era la última vez que iba a visitarse, me prometí que no te vería
morir y temblaba porque eso podía suceder en cualquier momento,
llevándome el recuerdo conmigo. No puedo recordarte muerta porque
nunca lo vi.
Con el
corazón encogido, sabiendo de los intereses que se esconden en el
alma humana y lo fácil que es manipular al que sólo desea compañía,
te volví a perdonar siendo consciente de la dureza que tendría tu
último testamento, no me quise defender, daba igual. Te metieron un
Notario cuando ya no tenías voluntad y volviste a ser bebé en tu
lecho con la muerte esperándote, diciendo a todo que sí, para ser
la victima “cría cuervos y te sacarán los ojos”, tu frase.
Convencerte de dejar resentimiento escrito, les fue fácil, era
equivalente a sembrar dolor. Cometieron un error que me ayudó a
pensar que tú no fuiste consciente o te dio igual porque ya nada
importaba, escribir que deseabas ser incinerada, yo que sabía que
siempre quisiste volver al Cielo en el que creías, sólo tú, ahí
no compartimos opinión. Así supe que no fue tu voluntad. Te
agradezco que me alejaras de tanta maldad unida al dinero. ¡Gracias!
Hubiera tenido que seguir atada a un aprendizaje equivocado de
toxicidad familiar.
Debía
haber amor entre nosotras al final del camino para que pudiera
encontrarte en algún momento de la vida y lo hubo, no importan los
bienes, estuve allí, pude besarte en la frente y despedirme con un
volveré pronto, a pesar de saber que no volvería más.
Te
besé en el pelo sin saber que podía haber tanto amor en mi corazón,
sorprendida, no podías dañarme, indefensa, menos mal que el amor
dirigió mis pasos en aquel instante. Así debo recordarte sin duelo
porque sigues conmigo en cada paso.
Ha
pasado más de un año, me atrevo de nuevo a escribir tras la
conmoción del dolor rebotando en cada neurona de mi cerebro.
Fuiste
una mujer luchadora con ideas a veces equivocadas, con su propio
manual de supervivencia y leyes. Dejaste florecer en tu interior
flores oscuras y el dolor creció, la amargura, la venganza y la
traición, olvidando que tú fuiste una tierna flor, de corazón
noble.
Te
convertiste en tu peor enemigo, fustigándote y aniquilando todos sus
sentimientos nobles. La debilidad de necesitar amor, no iba contigo.
Cuando quisiste recibir cariño, sólo quedó el abandono y el
silencio para soportar tu terrible manera de tratar a las personas.
Las
castañas llegaron evocando un sin fin de recuerdos que he debido
despejar de las nubes de lágrimas contenidas y desvanecidas noches
enteras recordándote entre rabia y dolor, donde las dos era la hora
en la que llegabas a mi vida con el dolor de sentirme traicionada por
ti y tu debilidad al consentir aquel cambio de voluntades, del que
voy a liberarme, no es importante, salvo en una parte nunca te
abandoné.
Los
pensamientos obsesivos, las dudas, me tuvieron sumergida en la locura
de no saber actuar. Por tanto no hice nada, salvo dejar pasar el
tiempo. Y también se fueron los sucesos que vinieron detrás para
aumentar la escena dramática. Todos cubiertos de dolor, superados.
Viví
lejos de la dependencia de ti madre, para poder quererte. En el
latido soné y supe que fue tuyo antes de pertenecerme, te adoré sin
palabras, lejos del teatro de las lágrimas. Lloré hacia dentro
desde el silencio de no presentarme ante tus demás hijas, que no
reconozco como carne propia. Las he perdonado en el olvido de no
volver a saber de ellas.
Mi
hijos dulces, me hacen ver la energía que se recibe al tenerlos. Yo
estuve presente en tu mente hasta final, ya fuera para maldecirme con
ira o castigarme, te daba energía verme.
No
asistí a tu entierro. Evitando el enfrentamiento familiar, posesión
del cuerpo y carta de bienes era lo único que había que escribir
para el recuerdo.
Quiero
rendirte homenaje no siendo tú .Me fue complicado deshacer un
aprendizaje equivocado que me dejó en cueros por muchos años sin
saber quién era. Alejo lo negativo, la bronca, la posesión, el
interés. Me mantengo oculta, en calma resolviendo una vida a veces
dulce, otras llena de sobresaltos, donde la fuerza que me guía es la
que aprendí de ti. Incomparable coraje para enfrentar la vida. Yo
espero sembrar amor para vivir, esa es mi verdad.
-FIN-