miércoles, 2 de agosto de 2017

Los enfados de Marina

Marina no soportaba pagar. Cuando jugaba al pilla-pilla siempre acababa abandonando el juego si la pillaban.

-Es horrible, lo hacen aposta-se decía- no voy a jugar más con ellos, todos son amigos y como a mi no me quieren, van a por mí.

Su madre la observaba desde el banco con preocupación. Veía que su hija no tenía ninguna resistencia a la “frustración” que le producía cuando le tocaba perder. Al principio la consolaba e incluso la premiaba con chuches y mimos. Hasta que Marina se quedó sola sin amigos, prefería tener a su madre y sus premios a los amigos reales que tanto la “enfadaban”.

Fue así que creció sin “habilidades sociales”. Conseguía todo lo que quería sólo tenía que gritar, patalear y mostrar “su ira” descontrolada para doblegar a sus únicos amigos “sus padres”.

Hasta que se hizo mayor y eran tantos los ataques de “rabia” que tenía ante cualquier situación que llegó a no salir de casa. No soportaba que la gente se cruzara en su camino, tampoco tener que esperar en la parada del bus se iba andando, que le pusieran un seis en un examen por dos fallitos de nada...

Abandonó el deporte. Tenía que jugar en equipo y detestaba compartir con los demás, seguir las reglas o se ponían las suyas o no jugaba.

Se sentía fatal, necesitaba tener “amigos” pero todo lo que hacía alejaba a todo el mundo. Lloraba desconsolada en su cuarto sin comprender, hasta que un día...

Sin quererlo se detuvo frente al payaso “Kanto”. Soplaba enormes pompas de jabón y todos los niños querían imitarle. Sintió una gran envidia por un ser tan ridículo que conseguía “sonrisas y admiración”.

Así que comenzó a estudiarlo. Se sentaba alejada a observarle. Quería tener éxito como Kanto. Una tarde un niño derramó un helado de chocolate sobre su pantalón naranja, en lugar de enfadarse el payaso comenzó a soplar pompas y entre risas y más risas, untó toda la bola de chocolate por su ropa. Marina no podía creerlo, algo tan desagradable como estar sucio lo había trasformado en algo divertido. Todos reían sin preocuparse por ello.

Aquel día se quedó grabado en la mente de Marina. Cada vez que alguien hacia algo que la molestaba soplaba pompas aún sin tener pompero. Descubrió una manera de bajar sus ganas de “insultar” a esa persona y comprender que todos podemos equivocarnos “y no pasa nada”.

En la escuela, buscó a las chicas del equipo de baloncesto y se puso a jugar con ellas. Soplaba y resoplaba porque era la peor, pero tras meses de duro entrenamiento fue mejorando. Pronto las chicas la aceptaron y la buscaban como pieza imprescindible para el equipo.

Si en los exámenes la puntuaban bajo, buscaba comprender cual había sido el error. A veces, no vemos en qué nos equivocamos y los pensamientos negativos nos invaden. Estudiaba más horas y se esforzaba el doble, pronto los seises se transformaron en nueves o dieces que sabía que eran la recompensaba a su gran trabajo.

Al fin Marina había aprendido “a soportar la frustración” a perder sin que pasara nada. Sus enfados eran más suaves y podía detectar su enrojecimiento, sudoración de manos, habla rápida y aceleración de pulso a tiempo. Soplaba, soplaba, soplaba... y se alejaba sin ningún pensamiento hasta que todo volvía a la normalidad.

-FIN-



No hay comentarios: