Marina
no soportaba pagar. Cuando jugaba al pilla-pilla siempre acababa
abandonando el juego si la pillaban.
-Es
horrible, lo hacen aposta-se decía- no voy a jugar más con ellos,
todos son amigos y como a mi no me quieren, van a por mí.
Su
madre la observaba desde el banco con preocupación. Veía que su
hija no tenía ninguna resistencia a la “frustración” que
le producía cuando le tocaba perder. Al principio la consolaba e
incluso la premiaba con chuches y mimos. Hasta que Marina se quedó
sola sin amigos, prefería tener a su madre y sus premios a los
amigos reales que tanto la “enfadaban”.
Fue
así que creció sin “habilidades sociales”. Conseguía
todo lo que quería sólo tenía que gritar, patalear y mostrar
“su ira” descontrolada para
doblegar a sus únicos amigos “sus padres”.
Hasta
que se hizo mayor y eran tantos los ataques de “rabia”
que tenía ante cualquier situación que llegó a no salir de casa.
No soportaba que la gente se cruzara en su camino, tampoco tener que
esperar en la parada del bus se iba andando, que le pusieran un seis
en un examen por dos fallitos de nada...
Abandonó
el deporte. Tenía que jugar en equipo y detestaba compartir con los
demás, seguir las reglas o se ponían las suyas o no jugaba.
Se
sentía fatal, necesitaba tener “amigos”
pero todo lo que hacía alejaba a todo el mundo. Lloraba desconsolada
en su cuarto sin comprender, hasta que un día...
Sin
quererlo se detuvo frente al payaso “Kanto”. Soplaba enormes
pompas de jabón y todos los niños querían imitarle. Sintió una
gran envidia por un
ser tan ridículo que conseguía “sonrisas y admiración”.
Así
que comenzó a estudiarlo. Se sentaba alejada a observarle. Quería
tener éxito como Kanto. Una tarde un niño derramó un helado de
chocolate sobre su pantalón naranja, en lugar de enfadarse el payaso
comenzó a soplar pompas y entre risas y más risas, untó toda la
bola de chocolate por su ropa. Marina no podía creerlo, algo tan
desagradable como estar sucio lo había trasformado en algo
divertido. Todos reían sin preocuparse por ello.
Aquel
día se quedó grabado en la mente de Marina. Cada vez que alguien
hacia algo que la molestaba soplaba pompas aún sin tener pompero.
Descubrió una manera de bajar sus ganas de “insultar”
a esa persona y comprender que
todos podemos equivocarnos “y no pasa nada”.
En
la escuela, buscó a las chicas del equipo de baloncesto y se puso a
jugar con ellas. Soplaba y resoplaba porque era la peor,
pero tras meses de duro entrenamiento fue mejorando. Pronto las
chicas la aceptaron y la buscaban como pieza imprescindible para el
equipo.
Si
en los exámenes la puntuaban bajo, buscaba comprender cual había
sido el error. A veces, no vemos en qué nos equivocamos y los
pensamientos negativos nos invaden. Estudiaba más horas y se
esforzaba el doble, pronto los seises se transformaron en nueves o
dieces que sabía que eran la recompensaba a su gran trabajo.
Al
fin Marina había aprendido “a soportar la frustración”
a perder sin que pasara nada. Sus enfados eran más suaves y podía
detectar su enrojecimiento, sudoración de manos, habla rápida y
aceleración de pulso a tiempo. Soplaba, soplaba, soplaba... y se
alejaba sin ningún pensamiento hasta que todo volvía a la
normalidad.
-FIN-
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