En una tierra aislada dura y seca,
vivía una familia muy pobre. Se dedicaban al cultivo de la tierra
pero obtenían pocas verduras de pequeño tamaño y mal sabor.
El cocodrilo Silijó vivía cerca de
allí en abundancia de alimento. Controlaba un espacio de la gran
charca y disfrutaba feliz de maravillosos baños de sol. El agricultor famélico y triste, se acercaba con sus cubos a recoger agua insalubre con la que regar sus verduras, sin que el gran cocodrilo se molestara
en idear un ataque por sorpresa. No le apetecía comer huesos y
pellejo de pobre. Prefería las hermosas vacas de suculentas carnes
que cruzaban por sus aguas hacia la otra orilla.
Sin embargo observaba atento con cierta
inquietud, el estado lamentable en el cual se hallaba Grimir.
Esperaba que el hombre comprendiera las cosas que hacía mal por si
solo. Así que cuando lo veía, sonreía a manera de burla para
enfrentarle. Pero el hombre estaba tan rendido que no parecía ver
nada.
Hubo una gran tormenta que duró varios
días y arrasó todo. Menos mal que Silijó era grande y pesado, pudo
esconderse a tiempo para no ser arrollado por las aguas turbulentas
que descendían llevándose hasta los árboles mas seguros.
“El pobre que aguante su condición
de ser pobre, será aún más pobre” recordó la enseñanza de su
maestro el gran cocodrilo del pantano. Cuando las cosas volvieron a
estar en orden, esperó con paciencia que apareciera el débil
agricultor a por agua. Lo hizo en un estado aún más lamentable,
como pensaba. Sus ropas estaban rotas y no tenía cubos. De repente
se arrodilló ante el poderoso cocodrilo que como de costumbre tomaba
el sol, le suplicó que le diera muerte, así no tendría que ver a
sus hijos morir de hambre.
Silijó abrió los ojos y no pudiendo
resistir más, se rió a carcajadas.
-No puedo comerte, no serías un
sabroso bocado. Eres un hombre pobre porque te has etiquetado en la
pobreza. Yo soy rico y tengo recursos en esta charca para alimentar a
una gran familia si quisiera tenerla. ¡Te has rendido con mucha
facilidad!
-Te burlas de mi, no valgo ni para ser
engullido por un desagradable y feo cocodrilo como tú. Estoy
maldecido-se quejó dándose pena a si mismo por sus circunstancias.
-Verás flaco y desastroso hombre. Te
explicaré que el estado de pobreza sólo existe en los límites que
pones a tu vida para crecer-le contestó sin sentirse enfurecido
por la palabras degradantes de aquel hombre derrotado.
-¿El estado de pobreza?-meditó-Siempre
fui pobre. Nací en una familia pobre donde apenas teníamos para
comer patatas o alubias, alguna fruta estropeada que traía mi madre
del mercado cuando iba a pedir limosna. No puedo cambiar mi
condición.
-Penoso hombre, deja de llorar y
lamentarte por tu pobreza-replicó sin cambiar su actitud-No deseo
criticar las enseñanzas de tus padres. Pero tuvieron el poder de
convencerte de tu debilidad y eso te ha convertido en lo que eres.
Poniéndote a pedir y comiendo de lo que otros te dan, te conformas
con sobrevivir a duras penas, debes encontrar la manera de crear tu
propio sustento.
-Pero cocodrilo ¿acaso no me viste día
a día recogiendo agua en tu charca para mis hortalizas? -le preguntó
indignado.
-Por supuesto que viniste a buscar
aguas estancadas sin nutrientes para tu cosecha. Alimentaste tu
huerta sin pensar en la necesidad que tenían las plantas de crecer y
hacerse más fuertes. Sólo criaste una cosecha tan pobre y flaca
como tú mismo.
-¡Oh que tonto eres! ¿Y que debí hacer
entonces? Cultivé la tierra que no quería nadie, por ser rocosa y
estar alejada del poblado.
-¡Exacto! Quisiste alimentar a tu
familia con una tierra pobre. ¡Pobre, pobre, pobre! ¿Te das cuenta?todo lo que atraes es pobre.
-¡No es así!-se defendió muy
enfadado Grimir, por vez primera- Quise trabajar una tierra que no
era de nadie, como no tenía dinero para comprar otra, tuve que
conformarme con ésta. Hice lo correcto pero no tengo suerte, eso es
todo.
-Verás testarudo ciego de la pobreza,
si en lugar de elegir una tierra donde no hay agua y precisas andar
varios kilómetros para recoger una de mala calidad hubieras pensado
para qué podría servir esa tierra no serías tan pobre. ¡Debes
aprender a pensar!-le ordenó con una voz imponente.
-Lo cierto es que no debí utilizar la
tierra para el cultivo-aceptó resignado.
-Mira esas hierbas que han crecido tras
la inundación. Pronto estarán secas. Recógelas e imagina lo que
puedes hacer con ellas.
El hombre sorprendido por la idea del
cocodrilo, así lo hizo. Llevó a su familia a recoger todas las
hierbas altas y las amontonó en su cabaña. Durante una semana
estuvo esperando a que se secaran. Las estiró y sus hijos empezaron
a trenzarlas. El juego se convirtió en un entretenimiento para toda
la familia que utilizó su ingenio para diseñar cestas, cuadros y
utensilios variados. Hasta se hicieron sandalias para no andar
descalzos.
Probaron a teñirlas con raíces y
hojas que desprendían color. Estaban tan orgullosos de la creación
que marcharon contentos a la aldea con intención de vender sus
estupendos utensilios.
Los habitantes al verlos llegar con mal
aspecto, estaban sucios y vestían harapos, no quisieron hacer
negocios por si atraían la mala suerte de la pobreza a sus casas.
Pero un comerciante rico no quiso desaprovechar la ocasión de
quedarse con el valioso trabajo de aquella familia.
-Os pagaré la mitad de lo que saque,
dejadme que fije un precio y volved dentro de una semana-Les dijo con
superioridad dado el estado en el cual se encontraban.
-No -dijo Grimir sin saber que era el
mismo el que hablaba-Me pagarás la mitad ahora mismo o yo mismo
venderé mis cestas y utensilios después de darme un buen baño. No
tuve tiempo porque me dediqué al trabajo duro de trenzar y olvidé que
debía presentarme con decencia.
El comerciante que ya codiciaba la
mercancía por su originalidad y belleza, no quiso apretar más por
si aquel orgulloso hombre cumplía con lo que decía. Así que le
adelantó la mitad de un valor estimado muy por debajo del cual
pensaba venderlas. Para la familia de Grimir, fue un comienzo.
Volvieron al hogar después de comprar
comida y ropa nuevas. Se lavaron, acicalaron y volvieron a recoger
las hierbas altas que crecían sin parar, regadas por un agua
subterránea que atravesaba aquella zona.
Grimir quiso agradecer los consejos al
gran cocodrilo Silijó así que de nuevo fue a la charca para verle.
-Eres un gran sabio, me rindo ante tu
poder, eres el más grande y te estaré eternamente agradecido por
perdonar mi vida dándome una solución a mi pobreza.-dijo con voz
temblorosa por la emoción contenida.
-La pobreza es un estado generado por
la falta de creación. Llevo muchos años en esta charca viendo
pobres y escuchando lamentaciones. ¡Todos piden y piden! No buscan
soluciones, no afrentan las vicisitudes con coraje. Se rinden en
espera de compadecer a alguien que resuelva sus problemas. Por eso
nunca dejarán de ser pobres y tener por voz el lamento.
-Ya no soy pobre, amigo, estoy
convencido de que seré rico porque he descubierto cómo abastecer a
mi familia de alimento. Utilizaré aquellas cosas a mi alcance que
puedan ser útiles. No volveré a conformarme con el hambre.
-Así me gusta muchacho, ¡Te veo rico!
Y lo serás aún más. Atraerás hacia ti todas aquellas cosas que
desees. Tu fe es la correcta. Crea y comparte tu creación. Pon un
precio a tu trabajo y espera paciente que los demás quieran
contagiarse por tu genialidad.
Los ojos de Grimir se iluminaron por la
ilusión que despertaba en su corazón saber al fin el camino
correcto. Nunca más se resignaría a pasar hambre y necesidad. Si un
día la hierba alta dejaba de crecer, analizaría otro recurso con el
cual seguir creando cosas para vender.
Pero el negocio de las cestas fue un
éxito. La gente compraba las hermosas cestas por un precio pequeño.
Trabajaron duro y pronto tuvieron su propio puesto en el mercado.
Siguió creciendo y abrió una fábrica
donde trabajaban personas pobres. Les enseño a utilizar su
pensamiento para crear nuevas formas. Fue así como el estado de
abundancia se extendió entre todos los moradores de la aldea.
En el transcurso de los años
desaparecieron los pobres. Todos tenían un trabajo que desarrollar.
La abundancia y prosperidad hicieron que sus habitantes criaran niños
bien alimentados, fuertes y con mucha imaginación, que nada sabían
de la pobreza. Todos cooperaban para crecer y seguir avanzando.
-FIN-