El tarro del rencor
Había una vez un reino llamado Susabon
donde los habitantes tenían el deber de depositar las heridas del
corazón dentro de un tarro. Los agravios eran escritos en papel y
tinta. Así descargaban los indignados el odio, la ira y el deseo de
venganza en el manifiesto que llevaba por título: RENCOR.
El rey había dado orden de escribir
la ofensa sin dar nombres. Una vez al mes el tarro del rencor se leía
entre los presentes sin que nadie dijera una sola palabra. Luego
todos los secretos del alma ennegrecida eran enterrados en la fosa
profunda custodiada por la serpiente Sipifo. Era de enorme tamaño y
sus terribles colmillos obligaban a olvidar la necesidad de buscar la
ofensa depositada en el interior de aquel tarro.
Allí se guardaban cada día los
anhelos de justicia, muerte, traición, ira, desengaño, desamor...El
tarro tenía un olor pestilente allí se cocinaba con lentitud la
maldad. Era una oscuridad tenebrosa del pensamiento libre de obrar
sin límites.
Se había dado explicaciones claras a
los habitantes cómo proteger su corazón del cambio. Cuando se
sintieran ofendidos por las palabras o hechos de otros seres tenían
que acudir a la habitación del silencio. Allí pasarían horas
meditando cómo realizarían la liberación del dolor escribiendo el
suceso. Una vez puesta en el tarro, esta sería leída en voz alta
para todos y los intervinientes se reconocerían en el acto. Siendo
conscientes del daño causado tomarían medidas para aliviar al
ofendido.
La raíz no debía arraigar en el
interior. Si se negaba su existencia bajo un falso perdón al tiempo
el individuo experimentaba cambios horribles en su lengua. Esta
crecida de forma desmesurada regada con la ira y la venganza. La no
aceptación de la herida fortalecía el avance de la misteriosa
enfermedad. Hasta que era tan larga que colgaba fuera de su boca, por
supuesto era negra.
A pesar de los esfuerzos del rey para
hacer olvidar, sucedían asesinatos, venganzas y tomas de justicia
que provocaban más dolor. La enseñanza que trataba de establecer
era correcta. El rencor fue analizado por doce sabios que pasaron un
año meditando cuales eran los componentes y en qué cantidad se
destilaban para formar la inflexibilidad del ser.
Concluyeron que era un sentimiento
profundo, provocaba síntomas obsesivos de dolor intermitente donde
la locura confundía hasta caer en el victimismo, convirtiendo al
atormentado en esclavo del intermitente odio. Toda su vida giraba en torno a
la venganza. No se conformaba con causar dolor. Repetía y repetía
el acto atacado de la enfermedad del orgullo herido. No veían más
dolor que el suyo, no importaba nada más que satisfacer su deseo de
aplastar al que se atreviera a desafiar su poder.
El rey no iba a permitir que el sol se
tiñera de maldad, por eso el tarro del rencor nunca volvía para
aquellos que quisieran liberar su alma del terrible peso. El pasado
no se recordaba. Se vivía el presente mejorando cada día para no
repetir errores. Pero el ciclo de la vida hacia inevitable que se
generara más y más rencor.
El tarro filtraba a la tierra la
oscuridad. Esta era transportada a ollas enormes en canales
construidos por las brujas del pantano donde el líquido oscuro era
cocido con verrugas de sapos y escamas de lagarto. El aroma
nauseabundo se expandía de nuevo en el aire que era respirado en
todo el reino. Así era como el rencor revolvía al corazón y no le
dejaba olvidar.
Sólo aquellos que habían
aprendido a mirar de frente y caminar, no sentían el tormento del
rencor. El antídoto contra el dolor fue no volver a mirar atrás. Así
lo dijeron los sabios que sabían de las invenciones de las brujas. Eran frutas amargas y se divertían viendo
de nuevo al corazón ennegrecido por el odio.
-FIN-


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