lunes, 7 de marzo de 2016

El tarro del rencor

 El tarro del rencor

Había una vez un reino llamado Susabon donde los habitantes tenían el deber de depositar las heridas del corazón dentro de un tarro. Los agravios eran escritos en papel y tinta. Así descargaban los indignados el odio, la ira y el deseo de venganza en el manifiesto que llevaba por título: RENCOR.


El rey había dado orden de escribir la ofensa sin dar nombres. Una vez al mes el tarro del rencor se leía entre los presentes sin que nadie dijera una sola palabra. Luego todos los secretos del alma ennegrecida eran enterrados en la fosa profunda custodiada por la serpiente Sipifo. Era de enorme tamaño y sus terribles colmillos obligaban a olvidar la necesidad de buscar la ofensa depositada en el interior de aquel tarro.

Allí se guardaban cada día los anhelos de justicia, muerte, traición, ira, desengaño, desamor...El tarro tenía un olor pestilente allí se cocinaba con lentitud la maldad. Era una oscuridad tenebrosa del pensamiento libre de obrar sin límites.

Se había dado explicaciones claras a los habitantes cómo proteger su corazón del cambio. Cuando se sintieran ofendidos por las palabras o hechos de otros seres tenían que acudir a la habitación del silencio. Allí pasarían horas meditando cómo realizarían la liberación del dolor escribiendo el suceso. Una vez puesta en el tarro, esta sería leída en voz alta para todos y los intervinientes se reconocerían en el acto. Siendo conscientes del daño causado tomarían medidas para aliviar al ofendido.

La raíz no debía arraigar en el interior. Si se negaba su existencia bajo un falso perdón al tiempo el individuo experimentaba cambios horribles en su lengua. Esta crecida de forma desmesurada regada con la ira y la venganza. La no aceptación de la herida fortalecía el avance de la misteriosa enfermedad. Hasta que era tan larga que colgaba fuera de su boca, por supuesto era negra.

A pesar de los esfuerzos del rey para hacer olvidar, sucedían asesinatos, venganzas y tomas de justicia que provocaban más dolor. La enseñanza que trataba de establecer era correcta. El rencor fue analizado por doce sabios que pasaron un año meditando cuales eran los componentes y en qué cantidad se destilaban para formar la inflexibilidad del ser.

Concluyeron que era un sentimiento profundo, provocaba síntomas obsesivos de dolor intermitente donde la locura confundía hasta caer en el victimismo, convirtiendo al atormentado en esclavo del intermitente odio. Toda su vida giraba en torno a la venganza. No se conformaba con causar dolor. Repetía y repetía el acto atacado de la enfermedad del orgullo herido. No veían más dolor que el suyo, no importaba nada más que satisfacer su deseo de aplastar al que se atreviera a desafiar su poder.

El rey no iba a permitir que el sol se tiñera de maldad, por eso el tarro del rencor nunca volvía para aquellos que quisieran liberar su alma del terrible peso. El pasado no se recordaba. Se vivía el presente mejorando cada día para no repetir errores. Pero el ciclo de la vida hacia inevitable que se generara más y más rencor.

El tarro filtraba a la tierra la oscuridad. Esta era transportada a ollas enormes en canales construidos por las brujas del pantano donde el líquido oscuro era cocido con verrugas de sapos y escamas de lagarto. El aroma nauseabundo se expandía de nuevo en el aire que era respirado en todo el reino. Así era como el rencor revolvía al corazón y no le dejaba olvidar.

Sólo aquellos que habían aprendido a mirar de frente y caminar, no sentían el tormento del rencor. El antídoto contra el dolor fue no volver a mirar atrás. Así lo dijeron los sabios que sabían de las invenciones  de las brujas. Eran  frutas amargas y se divertían viendo de nuevo al corazón ennegrecido por el odio.

-FIN-

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