El patito Pipi
Había una vez en un hermoso lugar
donde la paz reinaba por ser una tierra de abundancia, una mamá que
deseaba deshacerse de un patito de juguete.
Su hija pequeña fue perdiendo la serie
de patitos de plástico de un juego de pesca. Finalmente había uno
que le faltaba un ojo de papel y fue ése el que la niña llevaba
consigo en cada momento.
A la madre, no le gustaba nada aquel
patito. Era feo y simple, pero ante la insistencia de la niña quiso
mejorar su apariencia. Le quitó la otra pegatina en el lugar del ojo
y le dibujó dos enormes ojos negros con pestañas rizadas. La niña
lo bautizó con Pipi no pipí, la manera de pronunciarlo daba a la
palabra un sonido diferente.
La pequeña al verlo, se enamoró de
aquel juguete con más afición. Pasaron unos días y de tanto uso,
el patito de tantos golpes terminó faltándole un trozo en la
cabeza. A la niña no le importó y siguió buscándolo a cada
momento.
Pronto a la madre se le ocurrió una
gran idea. Le compraría un patito más bonito, con los ojos más
grandes y de material blandito. Compró uno, dos y hasta un tercer
pato que emitía luces y sonidos esperanzada de que la niña
finalmente fuera capaz de tirar su pato estropeado a la basura.
Claro que aceptó a los demás patos.
Jugaba con ellos pero siempre elegía a su patito roto. El deterioro
del juguete proseguía y terminó rajándose. La madre al observarlo
sacó una bolita de plomo que estaba en el interior. El pato estaba
partido por la mitad. La niña lo observaba y seguía pensando que
era bonito.
Así que la mamá lo juntó con sus
manos. Aquella pequeña se puso muy contenta al ver que el pato
estaba bien. Fue en busca de fixo y lo pegó. No le importaba el
golpe de la cabeza, los trozos de fixo o los ojos pintados por mamá.
Seguía queriendo a su pato.
La madre no comprendía lo esencial. Y
es que aquel patito había sido reparado por ella para su hija. Eso
era lo que la niña recordaba al verlo. El amor de mamá.
Era una batalla perdida la de intentar
deshacerse del pato. Daba igual lo que los demás pensaran. Mientras
la niña quisiera tener aquel patito, estaría en casa.
La reflexión tan hermosa que sacó fue
que su pequeña hija le había dado una lección. Veía con otros
ojos mucho más hermosos que los suyos. Donde la fealdad o las cosas
rotas pueden arreglarse. Una simpleza de corazón y amor que no debía
eliminar, sino fortalecer.
Ella un día dejaría de ser hermosa y
sin duda la vejez la alcanzaría ¿Y entonces qué? ¿Su hija debería
olvidar a su madre por no ser bella y estar estropeada? Sería un
cuento a recordar en otras épocas que la vida traerían sin dudar.
Todo puede arreglarse y las líneas por donde se rompió serían el
orgullo de la nueva creación obtenida.
-FIN-

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