miércoles, 2 de marzo de 2016

El patito Pipi

El patito Pipi

Había una vez en un hermoso lugar donde la paz reinaba por ser una tierra de abundancia, una mamá que deseaba deshacerse de un patito de juguete.

Su hija pequeña fue perdiendo la serie de patitos de plástico de un juego de pesca. Finalmente había uno que le faltaba un ojo de papel y fue ése el que la niña llevaba consigo en cada momento.

A la madre, no le gustaba nada aquel patito. Era feo y simple, pero ante la insistencia de la niña quiso mejorar su apariencia. Le quitó la otra pegatina en el lugar del ojo y le dibujó dos enormes ojos negros con pestañas rizadas. La niña lo bautizó con Pipi no pipí, la manera de pronunciarlo daba a la palabra un sonido diferente.

La pequeña al verlo, se enamoró de aquel juguete con más afición. Pasaron unos días y de tanto uso, el patito de tantos golpes terminó faltándole un trozo en la cabeza. A la niña no le importó y siguió buscándolo a cada momento.

Pronto a la madre se le ocurrió una gran idea. Le compraría un patito más bonito, con los ojos más grandes y de material blandito. Compró uno, dos y hasta un tercer pato que emitía luces y sonidos esperanzada de que la niña finalmente fuera capaz de tirar su pato estropeado a la basura.

Claro que aceptó a los demás patos. Jugaba con ellos pero siempre elegía a su patito roto. El deterioro del juguete proseguía y terminó rajándose. La madre al observarlo sacó una bolita de plomo que estaba en el interior. El pato estaba partido por la mitad. La niña lo observaba y seguía pensando que era bonito.

Así que la mamá lo juntó con sus manos. Aquella pequeña se puso muy contenta al ver que el pato estaba bien. Fue en busca de fixo y lo pegó. No le importaba el golpe de la cabeza, los trozos de fixo o los ojos pintados por mamá. Seguía queriendo a su pato.

La madre no comprendía lo esencial. Y es que aquel patito había sido reparado por ella para su hija. Eso era lo que la niña recordaba al verlo. El amor de mamá.

Era una batalla perdida la de intentar deshacerse del pato. Daba igual lo que los demás pensaran. Mientras la niña quisiera tener aquel patito, estaría en casa.

La reflexión tan hermosa que sacó fue que su pequeña hija le había dado una lección. Veía con otros ojos mucho más hermosos que los suyos. Donde la fealdad o las cosas rotas pueden arreglarse. Una simpleza de corazón y amor que no debía eliminar, sino fortalecer.

Ella un día dejaría de ser hermosa y sin duda la vejez la alcanzaría ¿Y entonces qué? ¿Su hija debería olvidar a su madre por no ser bella y estar estropeada? Sería un cuento a recordar en otras épocas que la vida traerían sin dudar. Todo puede arreglarse y las líneas por donde se rompió serían el orgullo de la nueva creación obtenida.


-FIN-

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