lunes, 29 de febrero de 2016

Las desventuras de Antía


Tenía doce años cuando Antía descubrió un mundo en su verdadera oscuridad. La leña carbonizada y el olor a desorden lo impregnaba todo. Era un brote de lágrima angustiosa el que se destilaba en el aire y sin embargo nadie notaba su presencia ¿Dónde quedaba el amor al prójimo? Ahora sus ojos no podían ver más allá de la indiferencia que los demás sentían hacia su dolor compartido por muchos chicos del instituto.

Una vez ocurrió un hecho que se le quedó grabado. Una vagabunda de avanzada edad se cayó en mitad de la carretera, quedó inmovilizada a causa del carro desgastado de compra que llevaba al cual se agarró para evitar la caída. Debía resultar muy pesado ya que la anciana lo usaba para llevar sus pertenencias y objetos que encontraba en los contenedores de basura que revisaba. Dos hombres al verla allí tirada, pasaron de largo, en su mirada había desprecio. Disimularon apretando el paso. Su madre y ella se acercaron para ayudar a levantar a la mujer en apuros. Sus manos estaban negras y olía mal. Pero no fue problema para el corazón de su madre. Lo importante era salvar a la anciana que podía ser aplastada por un coche.

Antía observó entonces los ojos sorprendidos de la anciana, eran pequeños y muy brillantes, había un fondo de gratitud en aquella amorosa mirada. Dado su estado de pobreza, suciedad y apariencia no esperaba que ocurriera aquello. Fue una despedida silenciosa.

Cuando le preguntó a su madre por qué la había ayudado le contestó que no podía pasar de largo viendo alguien necesitado de auxilio. Su madre no salió en ningún periódico en el trascurso de buenas acciones. No le importaba, era lo correcto para sentirse bien.

Antía se hallaba en la entrada del instituto, había sido vapuleada por sus amigas de clase. La humillaron y pegaron por diversión, pensó amargamente por qué no había más personas como su madre. La profesora de ciencias estaba segura que las vio cuando le tiraban les pelo y le daban patadas, sin embargo no hizo nada. Entró con su coche y ignoró lo que estaba ocurriendo.

En la calle también era agredida en las ocasiones que se las encontraba de vuelta a casa. Esperaba que la mujer que paseaba el perrito o ese hombre que parecía tan importante con su traje elegante intervinieran para detener el abuso. Pero nadie decía nada, todos observaban lo que ocurría pero pasaban de largo. No era problema suyo.

Si su madre supiera lo que la necesitaba en ese momento... No quería decir nada de lo que estaba ocurriendo. Si mamá intervenía, seguro saldría perjudicada. Lo había visto otras veces. Cuando los padres de algún alumno agredido iban al instituto a quejarse, eran tratados como personas molestas. La Junta Directiva no admitía hablar de acoso o maltrato. Eran cosas de chavales y allí en en Centro todo estaba controlado.

Alguna vez intentó quejarse a algún profesor. Pero le daban la vuelta. La convencían de que no era tan grave y que lo mejor sería que no hiciera caso, que no las tuviera en cuenta, seguro que así dejarían de molestarla. Ellos nunca habían visto nada alarmante.¡Qué malísimo consejo, cómo se notaba que no importaba lo que me está ocurriendo!

Antía era una chica con un pelo precioso, ojos grandes, buena observadora y con un alta autoestima personal. Era dulce y bondadosa al hablar, pero muy independiente. No dudaba en prestar sus apuntes o dejar sus bolis si a alguien se le olvidaban. Sin embargo, nadie parecía querer saber de su terrible problema de acoso. Los demás no la defendían porque temían ser a su vez el blanco de las abusonas. Las reglas eran claras, nada de chivatos. Cada uno se ocupaba de sus asuntos sin meterse en el de los demás.

Quizás si hubiera ido más acompañada no le hubieran perseguido tanto. Después de la clase de deporte las de siempre planearon un ataque en el baño. Allí no había cámaras que grabaran lo que iba a suceder. En plena marea de golpes una profesora diferente entró por casualidad. Al ver lo que estaba ocurriendo, se echó encima de aquellas niñas salvajes y una a una las quitó de encima. Recuperó a Antía que se protegía desde una posición fetal ajena a que todo había terminado. La profesora la levantó y le dio un gran abrazo. Pidió ayuda al profesorado que comprometido por la situación, estuvo forzado a actuar de muy mal agrado. ¡Aquellas cosas no formaban parte de la enseñanza!

Aquellas niñas fueron expulsadas del instituto de manera preventiva. Sus padres advertidos de que debían buscar ayuda profesional. El comportamiento de aquellas niñas debía cambiarse o serían un problema para la sociedad en un futuro. De eso no les quedaba ninguna duda. Al indagar en el asunto, descubrieron que aquellas chicas llevaban mucho tiempo persiguiendo a otras y maltratándolas.

La cariñosa mamá de Antía, al descubrir el tremendo sufrimiento de su hija, se quedó pensativa. Había que crear un equipo en los institutos, liderado por los padres de forma permanente donde los chicos pudieran encontrar apoyo cuando ocurrieran esas cosas. ¡No más silencio y abandono a los derechos de los niños adolescentes!

Ella misma iba a invertir tiempo en crearlo. Harían talleres donde se enseñara los valores de respeto y tolerancia hacia todas las personas, sea cual fuere su condición. Esa era una asignatura pendiente que no se daba en ningún horario de clase.

Su primera idea fue inundar el instituto de lágrimas azules. No le gustó nada al equipo del profesorado la idea trasmitida de que allí era un lugar donde los adolescentes sufrían mucho a causa de que todo eran normas estrictas y no se ejercía la necesaria comprensión del alumnado. Ni la integración de los diferentes chavales dentro del grupo.

Por supuesto que la madre de Antía se cuestionaba lo que era lo importante. Veía profesores ansiosos porque sus alumnos les escucharan pero no decían nada que fijara el interés en la materia. Abrían un libro y se dirigían hacia los que parecían tener interés.¿ Y la comprensión? ¿Y el afecto? ¡Desde la altitud de una montaña de conocimiento no se conquistan planicies en edad de crecer!

¿Quién debe despertar el interés? ¿No eran profesionales de la enseñanza? Sin duda no sabían mostrar sus conocimientos de una manera interesante, eso fallaba. Finalmente recibían lo que daban yse les veía muy desmotivados.

Si había niños que no se defendían en matemáticas, eran ignorados. Si estaban en el instituto, debían saber sumar, restar, multiplicar y dividir. ¿Y sino lo habían aprendido, qué? ¿Acaso no debía ser un lugar dónde aprender lo no aprendido hasta entonces?

Estos mismos alumnos, frustrados, humillados y confundidos eran los que muchas veces resultaban molestos. Ejercían la violencia contra los chicos que envidiaban por tener libros, almuerzo y ser protegidos por sus padres cada día de manera amorosa. A ellos no le importaba fastidiar, siempre acababan en el pasillo o en jefatura de estudios por ser molestos e interrumpir la clase con sus ruidos. Luego en casa, todo eran reprimendas, gritos y castigos.

¿Por qué no se solucionaban los problemas de los niños en clases de aprender a respetarse? ¿Cuándo se hablaba de valores? ¿Cuándo se les preguntaba a los alumnos como se sentían y comprendían sus emociones?

La madre de Antía solicitó por escrito que los niños problemáticos fueran atendidos con prioridad en el equipo psicopedagogo. Para su sorpresa, no había medios. Un sólo profesional para atender demasiados casos apremiantes. Se veía desbordado y optaba por hacer lo mínimo. Había que actuar, así que se le ocurrió una idea.

Habló con la asociación de padres del instituto y juntos hicieron un esfuerzo para contratar a un experto en enseñar las emociones. Los chicos nada sabían de sus sentimientos y tampoco de cómo expresarlos. Era vital impartir talleres para que aprendieran a reconocerse y comprender a los demás, aceptando sus diferencias.

En pocos años, la resolución de los conflictos dentro de aquel instituto fue un ejemplo a admirar. Cuando un chico era violento, asistía una hora cada día al Taller de las emociones. Hasta que comprendía a controlar aquellas cosas que le llevaban a enfurecerse y perder el control. Al recibir la ayuda antes de que existieran problemas de convivencia no explotaba por su malestar interior. La tolerancia y el respeto ejercían de autoridad dentro del instituto.

Quizás Antía sufrió un ligero retraso en la enseñanza de muchas materias, pero aprendió cosas importantísimas para su vida de adulta.

Además se organizaban excursiones a las residencias de la tercera edad. Allí se desarrollaba un clima de entendimiento con ancianos que alegres, recibían la visita de adolescentes comprensivos y afectuosos. También iban a colegios de niños discapacitados y hospitales.

Todos aquellos seres, formaban parte de la sociedad y si el chaval aprendía a respetar y ayudar a los demás, sin duda cuando se encontrara con una persona diferente, no tendría ganas de meterse con ella o burlarse, habría aprendido a valorar las dificultades de manera comprensiva. Entendían los problemas de los ancianos para andar, su cansancio y pérdida de memoria. Por eso si los veían en un autobús no dudaban en cederles el asiento.

Lo que más gustaba a los chicos era visitar la protectora de animales. Muchos eran adoptados por las familias después del paso de los chicos por aquel lugar. Sentirse protectores de animales les hinchaba de grandeza. Hacer cosas buenas les hacía sentir bien.

Al fin, se impartían valores humanos. Antía respiraba libre, contagiada en una ambiente constante de felicidad. Se sentía segura y ya no dudaba que se pudiera ser trasparente. Cuando se aprende a actuar bien y ver que no todo da igual, se cosechan unos frutos extraordinarios de amor al prójimo en corazones jóvenes. ¡Mamá lo había vuelto a lograr!

-FIN-


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