Tenía doce años cuando Antía
descubrió un mundo en su verdadera oscuridad. La leña carbonizada y
el olor a desorden lo impregnaba todo. Era un brote de lágrima
angustiosa el que se destilaba en el aire y sin embargo nadie notaba
su presencia ¿Dónde quedaba el amor al prójimo? Ahora sus ojos no
podían ver más allá de la indiferencia que los demás sentían
hacia su dolor compartido por muchos chicos del instituto.
Una vez ocurrió un hecho que se le
quedó grabado. Una vagabunda de avanzada edad se cayó en mitad de
la carretera, quedó inmovilizada a causa del carro desgastado de
compra que llevaba al cual se agarró para evitar la caída. Debía
resultar muy pesado ya que la anciana lo usaba para llevar sus
pertenencias y objetos que encontraba en los contenedores de basura
que revisaba. Dos hombres al verla allí tirada, pasaron de largo,
en su mirada había desprecio. Disimularon apretando el paso. Su
madre y ella se acercaron para ayudar a levantar a la mujer en
apuros. Sus manos estaban negras y olía mal. Pero no fue problema
para el corazón de su madre. Lo importante era salvar a la anciana
que podía ser aplastada por un coche.
Antía observó entonces los ojos
sorprendidos de la anciana, eran pequeños y muy brillantes, había
un fondo de gratitud en aquella amorosa mirada. Dado su estado de
pobreza, suciedad y apariencia no esperaba que ocurriera aquello. Fue
una despedida silenciosa.
Cuando le preguntó a su madre por qué
la había ayudado le contestó que no podía pasar de largo viendo
alguien necesitado de auxilio. Su madre no salió en ningún
periódico en el trascurso de buenas acciones. No le importaba, era
lo correcto para sentirse bien.
Antía se hallaba en la entrada del
instituto, había sido vapuleada por sus amigas de clase. La
humillaron y pegaron por diversión, pensó amargamente por qué no
había más personas como su madre. La profesora de ciencias estaba
segura que las vio cuando le tiraban les pelo y le daban patadas, sin
embargo no hizo nada. Entró con su coche y ignoró lo que estaba
ocurriendo.
En la calle también era agredida en
las ocasiones que se las encontraba de vuelta a casa. Esperaba que la
mujer que paseaba el perrito o ese hombre que parecía tan importante
con su traje elegante intervinieran para detener el abuso. Pero nadie
decía nada, todos observaban lo que ocurría pero pasaban de largo.
No era problema suyo.
Si su madre supiera lo que la
necesitaba en ese momento... No quería decir nada de lo que estaba
ocurriendo. Si mamá intervenía, seguro saldría perjudicada. Lo
había visto otras veces. Cuando los padres de algún alumno agredido
iban al instituto a quejarse, eran tratados como personas molestas.
La Junta Directiva no admitía hablar de acoso o maltrato. Eran cosas
de chavales y allí en en Centro todo estaba controlado.
Alguna vez intentó quejarse a algún
profesor. Pero le daban la vuelta. La convencían de que no era tan
grave y que lo mejor sería que no hiciera caso, que no las tuviera
en cuenta, seguro que así dejarían de molestarla. Ellos nunca
habían visto nada alarmante.¡Qué malísimo consejo, cómo se
notaba que no importaba lo que me está ocurriendo!
Antía era una chica con un pelo
precioso, ojos grandes, buena observadora y con un alta autoestima
personal. Era dulce y bondadosa al hablar, pero muy independiente. No
dudaba en prestar sus apuntes o dejar sus bolis si a alguien se le
olvidaban. Sin embargo, nadie parecía querer saber de su terrible
problema de acoso. Los demás no la defendían porque temían ser a
su vez el blanco de las abusonas. Las reglas eran claras, nada de
chivatos. Cada uno se ocupaba de sus asuntos sin meterse en el de los
demás.
Quizás si hubiera ido más acompañada
no le hubieran perseguido tanto. Después de la clase de deporte las
de siempre planearon un ataque en el baño. Allí no había cámaras
que grabaran lo que iba a suceder. En plena marea de golpes una
profesora diferente entró por casualidad. Al ver lo que estaba
ocurriendo, se echó encima de aquellas niñas salvajes y una a una
las quitó de encima. Recuperó a Antía que se protegía desde una
posición fetal ajena a que todo había terminado. La profesora la
levantó y le dio un gran abrazo. Pidió ayuda al profesorado que
comprometido por la situación, estuvo forzado a actuar de muy mal
agrado. ¡Aquellas cosas no formaban parte de la enseñanza!
Aquellas niñas fueron expulsadas del
instituto de manera preventiva. Sus padres advertidos de que debían
buscar ayuda profesional. El comportamiento de aquellas niñas debía
cambiarse o serían un problema para la sociedad en un futuro. De eso
no les quedaba ninguna duda. Al indagar en el asunto, descubrieron
que aquellas chicas llevaban mucho tiempo persiguiendo a otras y
maltratándolas.
La cariñosa mamá de Antía, al
descubrir el tremendo sufrimiento de su hija, se quedó pensativa.
Había que crear un equipo en los institutos, liderado por los padres
de forma permanente donde los chicos pudieran encontrar apoyo cuando
ocurrieran esas cosas. ¡No más silencio y abandono a los derechos
de los niños adolescentes!
Ella misma iba a invertir tiempo en
crearlo. Harían talleres donde se enseñara los valores de respeto y
tolerancia hacia todas las personas, sea cual fuere su condición.
Esa era una asignatura pendiente que no se daba en ningún horario de
clase.
Su primera idea fue inundar el
instituto de lágrimas azules. No le gustó nada al equipo del
profesorado la idea trasmitida de que allí era un lugar donde los
adolescentes sufrían mucho a causa de que todo eran normas
estrictas y no se ejercía la necesaria comprensión del alumnado. Ni
la integración de los diferentes chavales dentro del grupo.
Por supuesto que la madre de Antía se
cuestionaba lo que era lo importante. Veía profesores ansiosos
porque sus alumnos les escucharan pero no decían nada que fijara el
interés en la materia. Abrían un libro y se dirigían hacia los que
parecían tener interés.¿ Y la comprensión? ¿Y el afecto? ¡Desde
la altitud de una montaña de conocimiento no se conquistan planicies
en edad de crecer!
¿Quién debe despertar el interés?
¿No eran profesionales de la enseñanza? Sin duda no sabían mostrar
sus conocimientos de una manera interesante, eso fallaba. Finalmente
recibían lo que daban yse les veía muy desmotivados.
Si había niños que no se defendían
en matemáticas, eran ignorados. Si estaban en el instituto, debían
saber sumar, restar, multiplicar y dividir. ¿Y sino lo habían
aprendido, qué? ¿Acaso no debía ser un lugar dónde aprender lo no
aprendido hasta entonces?
Estos mismos alumnos, frustrados,
humillados y confundidos eran los que muchas veces resultaban
molestos. Ejercían la violencia contra los chicos que envidiaban por
tener libros, almuerzo y ser protegidos por sus padres cada día de
manera amorosa. A ellos no le importaba fastidiar, siempre acababan
en el pasillo o en jefatura de estudios por ser molestos e
interrumpir la clase con sus ruidos. Luego en casa, todo eran
reprimendas, gritos y castigos.
¿Por qué no se solucionaban los
problemas de los niños en clases de aprender a respetarse? ¿Cuándo
se hablaba de valores? ¿Cuándo se les preguntaba a los alumnos como
se sentían y comprendían sus emociones?
La madre de Antía solicitó por
escrito que los niños problemáticos fueran atendidos con prioridad
en el equipo psicopedagogo. Para su sorpresa, no había medios. Un
sólo profesional para atender demasiados casos apremiantes. Se veía
desbordado y optaba por hacer lo mínimo. Había que actuar, así que
se le ocurrió una idea.
Habló con la asociación de padres del
instituto y juntos hicieron un esfuerzo para contratar a un experto
en enseñar las emociones. Los chicos nada sabían de sus
sentimientos y tampoco de cómo expresarlos. Era vital impartir
talleres para que aprendieran a reconocerse y comprender a los demás,
aceptando sus diferencias.
En pocos años, la resolución de los
conflictos dentro de aquel instituto fue un ejemplo a admirar. Cuando
un chico era violento, asistía una hora cada día al Taller de las
emociones. Hasta que comprendía a controlar aquellas cosas que le
llevaban a enfurecerse y perder el control. Al recibir la ayuda antes
de que existieran problemas de convivencia no explotaba por su
malestar interior. La tolerancia y el respeto ejercían de autoridad
dentro del instituto.
Quizás Antía sufrió un ligero
retraso en la enseñanza de muchas materias, pero aprendió cosas
importantísimas para su vida de adulta.
Además se organizaban excursiones a
las residencias de la tercera edad. Allí se desarrollaba un clima de
entendimiento con ancianos que alegres, recibían la visita de
adolescentes comprensivos y afectuosos. También iban a colegios de
niños discapacitados y hospitales.
Todos aquellos seres, formaban parte de
la sociedad y si el chaval aprendía a respetar y ayudar a los demás,
sin duda cuando se encontrara con una persona diferente, no tendría
ganas de meterse con ella o burlarse, habría aprendido a valorar las
dificultades de manera comprensiva. Entendían los problemas de los
ancianos para andar, su cansancio y pérdida de memoria. Por eso si
los veían en un autobús no dudaban en cederles el asiento.
Lo que más gustaba a los chicos era
visitar la protectora de animales. Muchos eran adoptados por las
familias después del paso de los chicos por aquel lugar. Sentirse
protectores de animales les hinchaba de grandeza. Hacer cosas buenas
les hacía sentir bien.
Al fin, se impartían valores humanos.
Antía respiraba libre, contagiada en una ambiente constante de
felicidad. Se sentía segura y ya no dudaba que se pudiera ser
trasparente. Cuando se aprende a actuar bien y ver que no todo da
igual, se cosechan unos frutos extraordinarios de amor al prójimo en
corazones jóvenes. ¡Mamá lo había vuelto a lograr!
-FIN-

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