El abuelo Cesáreo
A Cesáreo no le gustaba tener el
nombre de su abuelo. Los niños en el colegio se burlaban de él, no
paraban de llamarle barbaridades relacionadas con niños deformes.
¿Por qué tuvo que tener un abuelo que se llamara Cesáreo ? Lo
detestaba aún sin conocerlo. Vivía en África trataba de proteger
a las últimas tribus ocultas en las selvas más intransitables.
Mamá siempre defendía el trabajo de
su padre. Lo amaba a pesar de no haberle dedicado mucho tiempo por el
trabajo de investigador de sociedades primitivas. Era antropólogo,
al principio al escuchar esa palabra pensaba que era un caníbal,
pero mamá le sacó de dudas. Las personas que comen carne humana se
llaman antropófagos, no antropólogos.
-Cesáreo, debes aprender a defenderte
de los ataques de los niños, desarrollar una estrategia para que no
te afecte que se burlen de tu nombre. Todos hemos sufrido en el
colegio porque se metían con nosotros. Cuando yo era pequeña,
decían que no tenia padre porque era tan fea que se había marchado
a ver a los descendientes de los monos africanos porque así se
olvidaba de mi cara.
-No me consuelas mamá, ves al cole,
habla con la profesora. Haz que los castigue y llame a sus padres,
quiero que se hunda la Tierra para ellos.
-No voy a hacer eso. Estás frustrado y
debes aprender a sufrir. Si no te gusta tu mundo, cámbialo, descubre
como hacerlo.
El niño se indignó por la actitud
pasiva de su madre. La ignoraba con ira en el comedor mientras jugaba
con los dinosaurios. De repente, sonó el timbre. Mamá
gritaba...¿qué pasará? Se acercó a la puerta y vio un hombre
vestido de explorador, con ropas de color oliva envejecido, llevaba
una mochila grande del mismo tono, el pelo largo canoso recogido en
una cola, no parecía ser muy alto, llevaba aún las botas llenas de
barro rojizo. Los ojos negros expresivos de un intenso brillo le
estaban observando con atención. No podía ser, era el abuelo
Cesáreo. Lo que le faltaba, ya no saldría de aquel desastre. Se
marchó sin presentarse a su habitación para llorar en silencio un
día tan horrible.
Al día siguiente, su abuelo estaba
como estatua frente a su puerta. Pretendía llevarle al colegio. Los
niños al verlo llegar con un personaje tan chocante se rieron con
más fuerza. En el recreo le persiguieron sin descanso, era una
batalla de todos contra él, la frase se repetía en su cerebro. Su
abuelo estaba allí para llevarle a la selva, seguro que iba desnudo
persiguiendo monos, comiendo plátanos y hablando con gestos.
Se sentía hundido, ya no le molestaba
que le dijeran cosas feas sobre su nombre. Ese problema había pasado
a segundo plano. El verdadero problema era tener un abuelo extraño
con apariencia de película de Indiana Jones.
La maestra le había pedido al
enterarse de la novedad, que su abuelo le ayudara a hacer experimento
con fuego en la clase de ciencias. Cuando los niños de la clase
escucharon las historias fantásticas de las tribus africanas, de
cómo creaban herramientas con la invención de su mente, toda la
burla y desprecio se esfumó dando paso a una admiración
extraordinaria por el conocimiento sorprendente de aquel hombre. El
espectáculo de crear fuego frotando dos palos sobre unas ramitas
secas, provocó aplausos, risas y gritos alegres de profundo respeto.
-¡Viva el abuelo Cesáreo! Es el
mejor, ¡viva, viva!-se escuchaba en el patio a través de las
ventanas.
A la salida de clase, el niño apretó
con fuerza la mano de su abuelo. Levantó la mirada para mirar la
cara de aquel nuevo héroe. No se mostraba orgulloso, parecía
tranquilo como si nada. El levantó la cabeza como una excelencia
por tener un abuelo tan genial.
Ya en casa, el abuelo talló maderas
africanas que traía en su mochila creando muñecos alegres de
madera. Hablaba poco parecía estar concentrado, en silencio el
chico admiraba su creatividad. Una idea le perseguía en la cabeza,
al fin preguntó: ¿Abuelo crees que algún día podré hacer cosas
como tú?
-Te diré un gran secreto que me fue
revelado, pequeño. Todo hombre tiene una misión en este mundo, no
está escrita en los libros. La competitividad con la que se rige
este mundo no hace más que destruirlo, pronto la Naturaleza rugirá
con fuerza marcando el fin de muchas cosas creadas por la mano del
Hombre. Éste sólo alcanzará el éxito a través de la Creación.
-Abuelo dices cosas muy raras, no las
entiendo. Todo lo que he aprendido significa que debo ser el mejor,
que no hay muchas oportunidades y sólo serán aprovechadas por los
mejores. Debo estudiar y centrarme sólo en mí. Competir y ser el
mejor. Así todos estarán pendientes de mi éxito.
-Cesáreo... ¿Eso te hace feliz?
-La verdad es que... Si saco
Sobresaliente los niños sienten envidia y se burlan más por ser el
empollón. Si soy el mejor y lo demuestro, soy atacado
constantemente. No abuelo, no me hace feliz.
-¿Alguna vez te has preocupado en
ayudar a algún niño en algún aprieto? ¿Has pensado en cómo se
sentirán los demás cuando en materias difíciles para ellos sacas
notas excelentes? ¿Has compartido tus éxitos y has valorado las
virtudes de otros?
-No, abuelo. Yo solo pienso en mi.
Nunca soy capaz de prestar mis cosas. No doy lo que ya no necesito y
espero que los demás no se den cuenta de lo buenos que son para
aprovechar la oportunidad de llegar primero que ellos.
-¿Cómo crees que puedes ser Creador?
-No sé abuelo, yo no sé pensar en
crear cosas. No me veo bueno en nada.
-¿Estás seguro?
-Bueno, me gustaría diseñar coches.
Mamá dice que los rompo todos. Necesito investigar cómo están
hechos y que hay en el interior.
-Comprendo. Tienes muchas cosas que
aprender, querido niño. Vamos a hacer una cosa. Deja de sentirte
culpable, vamos a enterrar el PASADO y olvidarlo. A partir de mañana,
debes apuntar las cosas buenas que haces por ayudar a los demás y
observar el mundo con otros ojos, lejos de las metas que todos tienen
como si fueran diseñados en serie. Ninguno de ellos será Creador.
El niño reflexivo se marchó a su
habitación. Vio la Luna desde la ventana y le apeteció coger el
telescopio del abuelo para ver las estrellas. Pasó horas observando
el Universo. Cada vez que volvía a mirar al mismo sitio podía ver
que de nuevo aparecían cosas nuevas. Era mejor que ver dibujos en la
tele. Cuando estuvo muy cansado, fue a dormir. Toda la noche estuvo
soñando con el contenido de las estrellas. Moldeó un traje de gas
para poder subir a los Planetas sin necesidad de nave.
Aquella curiosidad lejos de apagarse,
fue en aumento. Leía y observaba el Mundo en su estado original sin
estar manipulado por la mano del Hombre y concluyó que todo estaba
hecho por las mismas materias: plástico, metal, cristal. Cualquier
cosa que existía fue creada en un pensamiento. Vaya, se decía, el
abuelo tiene razón.
Empezó a estudiar sólo aquellas cosas
que le interesaban de verdad. En astronomía se hizo toda una
autoridad, sus descubrimientos y conclusiones estuvieron tan
justificadas, que pronto las mejores Universidades del país le
ofrecieron cargos importantes en sus equipos de investigación.
Cesáreo debía mucho a la visita de su
querido abuelo, que le ayudó a valorar lo verdadero. Sólo lo vio
unos días en su infancia, pero nunca dejó de escribirle y estar en
contacto. Ahora comprendía porqué mamá le quería tanto. Era un
hombre lleno de amor y sabiduría, que se dirigía en la vida por
caminos diferentes donde la auténtica vida y equilibrio era sentida
en toda su verdad.
FIN

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