viernes, 19 de febrero de 2016

Los hermanos Roberto y Eduardo


Los hermanos Roberto y Eduardo

En un aldea de montaña, de caminos estrechos sólo transitables por carros de caballos, nacieron dos únicos niños que pertenecían a la misma familia. Roberto tenía dos años más que Eduardo. Ambos eran morenos, fuertes con ojos grandes. Pero muy diferentes en la manera de resolver sus problemas, por lo que que siempre estaban peleando.

Un día resolvieron los padres a causa de los conflictos ocasionados, someterlos a una dura prueba. Tendrían que sobrevivir una semana en la montaña de lunes a domingo, con unas pequeñas provisiones de pan, tocino y queso. Los demás recursos deberían obtenerlos del medio.

Ambos hermanos aceptaron aquel reto como siempre con diferente actitud. Mientras Roberto no paraba de quejarse de las dificultades que se le plantearían, Eduardo por el contrario, parecía disfrutar con la aventura. La mañana que su padre los condujo a lo alto de la montaña, durante el camino el temeroso Roberto trató de convencerle de que no era necesario aquello.

-Hijos, sois mis únicas alegrías pero pasáis el día enfrentándoos y enfrentando a toda la familia. Debéis resolver vuestros conflictos en esta prueba de supervivencia. Si dentro de una semana vuelvo a veros, estoy convencido de que el problema estará resuelto.
-Pero padre ¿estás seguro de que no moriremos en estas innecesarias calamidades a las cuales nos sometes? ¿Cómo conseguiremos sobrevivir al ataque de los lobos? ¿Qué comeremos cuando se nos acabe lo que nos distes?-Protestó con terquedad de nuevo Roberto.
-No tengo duda de que será como tú dices padre. Nos veremos en una semana-dijo Eduardo con emoción ante la despedida. Ansiaba realizar la hazaña ya que eso mejoraría su autoestima por el orgullo que sentiría su familia.

Indignado y frustrado por no haber conseguido su propósito, al perder de vista la figura del padre el hermano mayor cogió todos los víveres y se marchó olvidándose del otro. Solo es un estúpido si quiere morir, le dejo solo. No hay recursos para los dos. Así que si alguien es valioso para la familia soy yo.

Lejos de enfadarse ante circunstancias tan amargas, Eduardo sonrió. Bueno parece que las cosas han empeorado un poco, pero estoy seguro que si inspecciono un poco la zona, encontraré frutos con los que comer. Pasó dos días sin nada. Pero al tercero el hambre auténtica de su estómago le dotó de una intuición extraordinaria para encontrar un delicioso panal de abejas. Tras saciar sus ganas, siguió caminando. Ante sus ojos se hallaba un nogal. ¡Oh que suerte! Se dio un banquete con las nueces, estaban deliciosas. Más tarde encontró una zarza en el cauce del río de la cual saboreó estupendas moras. Recolectó todos aquellas delicias agradecido por recibir todo aquello que estaba necesitando. Bastaba con que fijara un pensamiento necesario  y éste le venía dado por el medio.

Al cuarto día, se encontró con Roberto. Este se hallaba llorando por lo mal que había hecho su padre dejándolo destinado a la muerte. Eduardo se alegró y no pudo reprimir el impulso de lanzarse con alegría a abrazarle.

-Hermano al fin te encuentro, que hermoso día. Mira lo que he encontrado.
-¿Tienes comida? Yo he estado sin comer desde que nos dejó aquí el padre. Me llevé la bolsa de las provisiones pero al intentar subir más arriba me quedé enganchado en una piedra y tuve que tirar tan fuerte que la mochila se rompió cayendo todas las cosas a un precipicio. Ya veo que  eres el afortunado.
-Debiste ir en mi busca, entre los dos hubiéramos hallado comida antes.
-No quiero salvarme, esto es horrible. Nuestro padre es un monstruo. No sobreviviremos.

Estas cosas decía mientras engullía  las provisiones. Cuando hubo terminado con todo, se fue a acostar en una cama de hojas que tenía cerca.
-Hermano para tener ganas de morir, te has comido todo lo que tenía para sobrevivir en estos días. Debemos buscar algo más ahora que estamos fuertes.
-Ves tú, que sabes donde están. Yo lo he pasado muy mal y debo descansar para recuperarme.

Eduardo indeciso ante como debía actuar ante el egoísmo de su hermano, prosiguió la búsqueda. No podía creerlo, encontró la mochila intacta. Su hermano se había comido todas las cosas. Le había engañado para darle lástima. Se sentó para poder revolver aquel desagradable problema.

Podía hacer dos cosas: ir y pelear por el comportamiento que había tenido o buscar con qué sobrevivir los últimos tres días. Optó por lo más necesario y de nuevo, su perseverancia dio frutos. Encontró un manzano de montaña cargado de pequeñas frutas, rojas y dulces. Aprovechó que llevaba la mochila para poder trasportarlas y justo cuando iba darse la vuelta se encontró cara a cara con un enorme lobo negro.

No quería retroceder, pero el miedo le hizo correr. El lobo le dio un rápido alcance. Roberto al escuchar los gritos desesperados de su hermano, de su saltó se levantó y corrió como el viento guiado por la voz desesperada. Cuando llegó en ese instante el lobo trataba de morder la garganta para dar el golpe final . Roberto cogió una piedra con la que golpear al lobo en la cabeza, lo hizo poniéndose detrás de él ya que no se había percatado de su presencia, tan fuerte que el animal huyó dando alaridos de auténtico dolor.

Eduardo estaba magullado. Había sido mordido en brazos y piernas. El lobo le había desgarrado un muslo. Sin embargo, no se quejaba. Así que Roberto resolvió que lo mejor sería hacer un fuego grande allí mismo para ahuyentar animales hambrientos e ir a buscar agua al nacimiento del río. Lavó las heridas de su hermano y las cubrió con hojas que conocía podían curarlas. Debía evitar que se infectasen por las bacterias de los dientes del animal.

Hirvió las manzanas y alimentó con esta compota al enfermo. Tan preocupado estaba por él, que se olvidó del frío y hambre que estaba pasando. Todo lo que había, debía ser para el más débil. ¿Que diría su padre si al llegar el día de la recogida no aparecía Eduardo?

No hubo quejas. El lastimado Eduardo tuvo fiebres muy altas que el desconocido hermano bajaba con compresas de agua fría.

Llegó el domingo y casi estaba recuperado. Los dos juntos descendieron de la montaña mirándose en cada momento por si alguno necesitaba ayuda del otro.

Cuando el padre los vio descender al séptimo día de la montaña, sintió auténtica lástima. Venían muy desmejorados y flacos. Pero con un ánimo alegre. Lo habían pasado francamente mal, no hacía falta preguntarles, pero en el aire flotaba el amor cómplice de dos muchachos fuertes.

Nada les dijo, solo los abrazó con intensidad. Juntos regresaron a la aldea relatando aquellas cosas buenas que habían compartido. El padre se sentía tan orgulloso de ambos, que disimulaba estar resfriado para ocultar las lágrimas que no podía detener por la felicidad que le trasmitían.

A partir de ese día, cada vez que surgía un conflicto en el cual ambos volvían a alejarse, bastaba con que alguien mencionara la montaña para que se olvidara rápido de esa tontería que estaban convirtiendo en importante. El abrazo y las palabras amables daban tregua al enfado.

-Eduardo sin ti no lo habría conseguido. Me hice fuerte el día que quise ser como tú.
-¡Oh, hermano, aquel feroz lobo me tenía acorralado casi llegaban sus dientes a mi garganta, me hallaba perdido, tú sí que me salvaste, arriesgando tu vida!

El brillo en los ojos de ambos dejaba presente la admiración y profundo respeto que sentían el uno por el otro. Sin duda estar solos les hizo ver lo importante que era tener un hermano en el que apoyarse en momentos desafortunados.



-FIN-

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