Los hermanos Roberto y
Eduardo
En un aldea de montaña, de caminos
estrechos sólo transitables por carros de caballos, nacieron dos
únicos niños que pertenecían a la misma familia. Roberto tenía
dos años más que Eduardo. Ambos eran morenos, fuertes con ojos
grandes. Pero muy diferentes en la manera de resolver sus problemas,
por lo que que siempre estaban peleando.
Un día resolvieron los padres a causa
de los conflictos ocasionados, someterlos a una dura prueba. Tendrían
que sobrevivir una semana en la montaña de lunes a domingo, con unas
pequeñas provisiones de pan, tocino y queso. Los demás recursos
deberían obtenerlos del medio.
Ambos hermanos aceptaron aquel reto
como siempre con diferente actitud. Mientras Roberto no paraba de
quejarse de las dificultades que se le plantearían, Eduardo por el
contrario, parecía disfrutar con la aventura. La mañana que su
padre los condujo a lo alto de la montaña, durante el camino el
temeroso Roberto trató de convencerle de que no era necesario
aquello.
-Hijos, sois mis únicas alegrías pero
pasáis el día enfrentándoos y enfrentando a toda la familia.
Debéis resolver vuestros conflictos en esta prueba de supervivencia.
Si dentro de una semana vuelvo a veros, estoy convencido de que el
problema estará resuelto.
-Pero padre ¿estás seguro de que no
moriremos en estas innecesarias calamidades a las cuales nos sometes?
¿Cómo conseguiremos sobrevivir al ataque de los lobos? ¿Qué
comeremos cuando se nos acabe lo que nos distes?-Protestó con
terquedad de nuevo Roberto.
-No tengo duda de que será como tú
dices padre. Nos veremos en una semana-dijo Eduardo con emoción ante
la despedida. Ansiaba realizar la hazaña ya que eso mejoraría su
autoestima por el orgullo que sentiría su familia.
Indignado y frustrado por no haber
conseguido su propósito, al perder de vista la figura del padre el
hermano mayor cogió todos los víveres y se marchó olvidándose del
otro. Solo es un estúpido si quiere morir, le dejo solo. No hay
recursos para los dos. Así que si alguien es valioso para la familia
soy yo.
Lejos de enfadarse ante circunstancias
tan amargas, Eduardo sonrió. Bueno parece que las cosas han
empeorado un poco, pero estoy seguro que si inspecciono un poco la
zona, encontraré frutos con los que comer. Pasó dos días sin
nada. Pero al tercero el hambre auténtica de su estómago le dotó
de una intuición extraordinaria para encontrar un delicioso panal
de abejas. Tras saciar sus ganas, siguió caminando. Ante sus ojos se
hallaba un nogal. ¡Oh que suerte! Se dio un banquete con las nueces,
estaban deliciosas. Más tarde encontró una zarza en el cauce del
río de la cual saboreó estupendas moras. Recolectó todos aquellas
delicias agradecido por recibir todo aquello que estaba necesitando.
Bastaba con que fijara un pensamiento necesario y éste le venía dado
por el medio.
Al cuarto día, se encontró con
Roberto. Este se hallaba llorando por lo mal que había hecho su
padre dejándolo destinado a la muerte. Eduardo se alegró y no pudo
reprimir el impulso de lanzarse con alegría a abrazarle.
-Hermano al fin te encuentro, que
hermoso día. Mira lo que he encontrado.
-¿Tienes comida? Yo he estado sin
comer desde que nos dejó aquí el padre. Me llevé la bolsa de las
provisiones pero al intentar subir más arriba me quedé enganchado
en una piedra y tuve que tirar tan fuerte que la mochila se rompió
cayendo todas las cosas a un precipicio. Ya veo que eres el
afortunado.
-Debiste ir en mi busca, entre los dos
hubiéramos hallado comida antes.
-No quiero salvarme, esto es horrible.
Nuestro padre es un monstruo. No sobreviviremos.
Estas cosas decía mientras engullía las provisiones. Cuando hubo terminado con todo, se fue a
acostar en una cama de hojas que tenía cerca.
-Hermano para tener ganas de morir, te
has comido todo lo que tenía para sobrevivir en estos días. Debemos
buscar algo más ahora que estamos fuertes.
-Ves tú, que sabes donde están. Yo lo
he pasado muy mal y debo descansar para recuperarme.
Eduardo indeciso ante como debía
actuar ante el egoísmo de su hermano, prosiguió la búsqueda. No
podía creerlo, encontró la mochila intacta. Su hermano se había
comido todas las cosas. Le había engañado para darle lástima. Se
sentó para poder revolver aquel desagradable problema.
Podía hacer dos cosas: ir y pelear
por el comportamiento que había tenido o buscar con qué sobrevivir
los últimos tres días. Optó por lo más necesario y de nuevo, su
perseverancia dio frutos. Encontró un manzano de montaña cargado de
pequeñas frutas, rojas y dulces. Aprovechó que llevaba la mochila
para poder trasportarlas y justo cuando iba darse la vuelta se
encontró cara a cara con un enorme lobo negro.
No quería retroceder, pero el miedo le
hizo correr. El lobo le dio un rápido alcance. Roberto al escuchar
los gritos desesperados de su hermano, de su saltó se levantó y
corrió como el viento guiado por la voz desesperada. Cuando llegó
en ese instante el lobo trataba de morder la garganta para dar el
golpe final . Roberto cogió una piedra con la que golpear
al lobo en la cabeza, lo hizo poniéndose detrás de él ya que no se
había percatado de su presencia, tan fuerte que el animal huyó dando
alaridos de auténtico dolor.
Eduardo estaba magullado. Había sido
mordido en brazos y piernas. El lobo le había desgarrado un muslo.
Sin embargo, no se quejaba. Así que Roberto resolvió que lo mejor
sería hacer un fuego grande allí mismo para ahuyentar animales hambrientos e ir a buscar agua al
nacimiento del río. Lavó las heridas de su hermano y las cubrió
con hojas que conocía podían curarlas. Debía evitar que se infectasen por las bacterias de los dientes del animal.
Hirvió las manzanas y alimentó con
esta compota al enfermo. Tan preocupado estaba por él, que se olvidó
del frío y hambre que estaba pasando. Todo lo que había, debía ser
para el más débil. ¿Que diría su padre si al llegar el día de la
recogida no aparecía Eduardo?
No hubo quejas. El lastimado Eduardo
tuvo fiebres muy altas que el desconocido hermano bajaba con
compresas de agua fría.
Llegó el domingo y casi estaba
recuperado. Los dos juntos descendieron de la montaña mirándose en
cada momento por si alguno necesitaba ayuda del otro.
Cuando el padre los vio descender al
séptimo día de la montaña, sintió auténtica lástima. Venían
muy desmejorados y flacos. Pero con un ánimo alegre. Lo habían
pasado francamente mal, no hacía falta preguntarles, pero en el aire
flotaba el amor cómplice de dos muchachos fuertes.
Nada les dijo, solo los abrazó con
intensidad. Juntos regresaron a la aldea relatando aquellas cosas
buenas que habían compartido. El padre se sentía tan orgulloso de
ambos, que disimulaba estar resfriado para ocultar las lágrimas que
no podía detener por la felicidad que le trasmitían.
A partir de ese día, cada vez que
surgía un conflicto en el cual ambos volvían a alejarse, bastaba
con que alguien mencionara la montaña para que se olvidara rápido de esa tontería que estaban convirtiendo en importante. El abrazo y las
palabras amables daban tregua al enfado.
-Eduardo sin ti no lo habría
conseguido. Me hice fuerte el día que quise ser como tú.
-¡Oh, hermano, aquel feroz lobo me
tenía acorralado casi llegaban sus dientes a mi garganta, me hallaba
perdido, tú sí que me salvaste, arriesgando tu vida!
El brillo en los ojos de ambos dejaba
presente la admiración y profundo respeto que sentían el uno por el
otro. Sin duda estar solos les hizo ver lo importante que era tener
un hermano en el que apoyarse en momentos desafortunados.
-FIN-

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