viernes, 5 de abril de 2019

La Luna Verde



Fabián estaba sentado frente al doctor, con mirada inquisitiva, tratada de dilucidar la intención verdadera  encubierta en las palabras. Sería más fácil comprender si los servicios eran acordes a la publicitada reputación  como experto en la materia en la elitista sociedad o más bien una atracción de lujo supremo con el que su clínica engatusaba a los pacientes ricos.
 No había dudas en el diagnostico; tenía cáncer de páncreas en avanzado estado de evolución. Aquel comerciante de vida, trataba de envolverle con  esperanzas fatuas, el método era muy similar al que usaba él mismo  en los negocios, por eso le molestaba tanto escucharle.
En ese momento el doctor hablaba de manera elocuente, la mirada fija en los ojos para impresionar y hacerle sentir importante, las manos se levantaban y bajaban tratando de imponer seriedad a la explicación. Existía una posibilidad alta de curación si quería probar un tratamiento novedoso  en fase experimental, podría ser uno de los primeros en recuperarse.
Un frío escalofrío le recorrió la espalda. Estaba acostumbrado a negociar, a aprovechar cualquier mínima oportunidad que estuviera en su camino para ganar dinero, pero aquel doctor se había equivocado de profesión. Estaba jugando con un paciente emotivo que daría lo que fuera por obtener una forma de salvar la vida a cambio por supuesto de una suma inestimable de dinero para financiar el tratamiento. Le costó digerir el tipo de persona que tenía al frente. No se diferenciaba de si mismo y verse en el espejo de un ser depredador, encantador, de sonrisa irresistible que sólo buscaba enriquecerse con artes aprendidas de infundir un miedo atroz, para motivar a su víctima indefensa, le produjo un triste  vacío. Le indignaba aquella serpiente vestida de médico compasivo. Le pidió un poco de agua, tratando de buscar unos segundos para meditar sus palabras. El doctor llamó a su secretaria que en cuestión de segundos le acercó un vaso de agua fresca con una sonrisa muy parecida a la de su jefe. Tras enjuagarse la boca, pudo al fin tratar de defenderse de aquel ser sin escrúpulos que le estaba vendiendo una salvación experimental a precio astronómico.
-Verá, doctor, ud., que es un hombre de mundo.... ¿Puede darme por escrito que a cambio de ese maravilloso tratamiento que sólo ud. conoce voy a salvarme con plena seguridad?
-Pues señor Fabián, los médicos no arriesgamos, está en juego su vida pero los pacientes que se han sometido a nuestro estudio les ha ido muy bien...
-Disculpe de nuevo doctor mi interrupción, soy un hombre de tiempo escaso y ahora más que nunca, temo perderlo. ¿Puede presentarme alguno de sus pacientes que se hayan salvado?
-Pues, eh, en este momento, como le he comentado es una fase experimental de este tratamiento y los pacientes están recibiendo la medicación así que...
-Así que ud. ha puesto un precio elevado a una cortina de humo ¿no es así?-le inquirió sin dejarle proseguir.
-Está equivocado señor Fabián,  nuestro tratamiento funciona y...
-¡Buenos días!
Se levantó del sillón y le dirigió una dura mirada de desprecio para dejar claro que  lo consideraba inservible para su enfermedad. De camino a casa hizo la llamada a su asesor para que buscara en el servicio público de salud al mejor médico que atendiera a pacientes de su dolencia. Era un día gris, llovía y el cielo estaba preso de nubes negras. El tiempo que había empleado en exclusiva  para sus negocios le estaba volviendo la espalda. Siempre pensó que llegaría a envejecer siendo un hombre rico en plenas facultades. Su pensamiento optimista y emprendedor, que tan bien le había funcionado para su día a día, no era válido para proyectar planes de salud. El diagnóstico de cáncer de páncreas evolucionado era su sentencia de muerte, no había cura.
Al llegar  trató de comer algo. Hacía tiempo que no le sentaba bien la comida, pero no había tenido tiempo de ocuparse de aquella cosa insignificante. Idiota, había ignorado las señales de su cuerpo, su tono amarillento y su hinchazón. No quería pensar en su vida vacía de contenido.
Tenía cincuenta años. Soltero y sin hijos. No había tenido tiempo para enamorar a ninguna dama. Las mujeres estuvieron presentes en su vida de una manera interesada. Pagó el precio. No quiso conquistar, seducir, amar...Le fue más fácil dejarse conquistar por hambrientas bellezas que le salían al paso, de la cual no había peligro de enamorarse ya que su fondo era tan falso y carente de fundamento como el suyo propio.
Se sentó en su sofá de cuero atigrado meditando que debía hacer. Tenía que encontrar un proyecto con el cual entusiasmarse. Encendió la tele, unos animales habían sido rescatados de una granja en estado lamentable. En su corazón se le encendió la voluntad  de ayudar.
Pasó toda la noche cavilando el proyecto. Al despertar dio órdenes a todos sus asesores para que liquidaran sus empresas y recogieran el máximo dinero en efectivo.
Hizo llamadas  y pronto tuvo una parcela enorme que había sido una fábrica para remodelarla y convertirla en refugio. Acordó con la protectora que le enviaran  la asna llamada Bala, sería su primer animal acogido salvado de ser sacrificado. Estaba ciega por sus cataratas, era vieja y tenía sarna.
En pocas semanas el refugio estuvo preparado. Había espacios naturales divididos por vallas para los animales que fueran llegando. Le puso  nombre de “La Luna verde”, porque sabía que no existía ninguna fase de la Luna en la cual fuera de ese color. El inventaría esa Luna para los desahuciados, porque debía haber una segunda oportunidad.
El señor Fabián  quiso estar cerca en el proceso de curación de la asna Bala. Se sostenía en la piel y hueso de lo flaca que estaba, sus ojos eran de color tabaco,  mirada huidiza y desconfiada, pero tras varias visitas, percibió que el animal le buscaba para restregar su hocico en su mano con cariño. La operación le devolvió la vista, pero aún debía recuperar peso y terminar de curar sus heridas. Era una asna dulce y cariñosa. Sacó un trozo de pan  y una mazorca de maíz de su maletín para mimarla. La pequeña Bala comió en silencio, mirándole a los ojos con una dulzura encantadora. Tras alimentarla se marchó. Se sentía genial. El amor del animal había penetrado en su duro corazón  fósil de hombre de negocios.
Paseaba por la ciudad fijándose en cualquier detalle que le provocara una reacción emotiva. Pronto encontró lo que buscaba, un perro flaco, de mirada triste, orejas caídas y rabo metido entre las piernas. Estaba muerto de miedo allí sentado, tratando de encontrar su destino. Llamó al perro varias veces, hasta que éste se atrevió a ir hacia él guiado por el hambre. El señor Fabián sacó un poco de pienso de su maletín y una taza donde puso agua de una botella. Había cambiado su cartera de papeles y contratos, por otra con agua y pienso para diversos animales además de un improvisado botiquín. Se había propuesto alimentar su corazón del esquivo amor, al cual había temido acercarse toda su vida. Nunca tuvo la necesidad de afecto y cariño, pero ahora la buscaba con ansiedad. Ahora sólo le importaba  ser feliz en pequeños instantes robados a su enfermedad.
Había comenzado a visitar a un nuevo doctor, al cual tanteó en sus entrevistas para conocer su motivación real. Confiaba estar ante un profesional de la medicina, que se dedicaba con devoción a ayudar a sus pacientes, muchas veces sin esperanza de vida. Debía aliviar el dolor y poner todos los medios a su alcance para mejorar la calidad de vida.
También tuvo tiempo de planificar una reunión de carácter urgente con sus desconocidos familiares, a los cuales sólo veía cuando le invitaban a bodas, bautizos o comuniones. Siempre existía un interés en su presencia, sin duda pensaban en que sería una buena aportación económica para sufragar el convite. Quería informarles de que estaba en plenas facultades mentales, para lo cual un Notario allí presente certificaba sus palabras y su última voluntad para el reparto de sus bienes.
-Pero tío, ¿Vas a darnos tus pertenencias antes de morir? -preguntó una sobrina acongojada que no dudó en enfatizar con un reguero de lágrimas.
-Sobrina, ahórrate las lágrimas, de sobra sé que no soy querido por ninguno de vosotros.
-Pero, bueno, ¡estás equivocado!-irrumpieron casi al unísono los presentes con cierta indignación- nosotros, nosotros...
-No me interrumpáis con cariños fingidos que no me llegan. Os he reunido para informaros de que he sido un hombre poderoso y rico. He recorrido el mundo, disfrutado de mujeres hermosas y poco tiempo para vivir. Por desgracia, no supe centrarme en lo importante. He sido un hombre desdichado e infeliz. Enamorado del poder y el dinero, mi cuerpo se ha enfermado y moriré pronto. No quiero que sufráis mi misma desgracia, despedazándoos por la inmensa fortuna que dejo. Mis únicos herederos serán los animales, han conseguido que encuentre un verdadero sentido a mi vida, ellos no pueden ganarse el sustento y necesitan mi protección.
Salió de la sala haciendo caso omiso a la lluvia de voces melosas, llenas de resentimiento por su cruel decisión. Ellos  esperaban que aquella reunión familiar fuera para hacerles sabedores de su próximo enriquecimiento y resultó ser una burla de su pariente, que ahora quería sentir emociones humanas. ¡Era un ser sin corazón! O así querían verlo bajo la mirada de los ojos inyectados de codicia.
El señor Fabián se sintió aliviado. Sin duda todos los seres humanos pasan su vida tratando de conquistar la suerte que les convierta en seres superiores, donde la riqueza y el poder les pertenezca. Si supieran que esa vida es una farsa donde el corazón se pierde, mordisqueado por el engaño y las palabras envolventes, ninguno desearía perder un sólo día en conquistar el territorio de la frialdad. Les había hecho un gran favor, aunque no supieran verlo.
En el refugio de la Luna verde los animales fueron llegando redirigidos de todos los albergues donde las mascotas no conseguían ser adoptadas. Unos tenían extremidades deformes, otros viejos, gran tamaño, olían mal, un carácter intratable que nada evidenciaba la forma en la que fueron tratados. Excusas y más excusas, para abandonar a seres indefensos a su suerte. La ciudad era un territorio hostil donde a nadie le importaba abandonar a su mascota al mínimo problema que esta pudiera causarle en su vida.
En las noticias el señor Fabián también escuchaba casos de niños que eran abandonados por supersticiones de mala suerte en el continente africano. Mandaba dinero a las Ong's presentes en la zona para que fueran rescatados de semejante tortura, camino a la muerte silenciosa por omisión.
A veces se reía de sus pensamientos sentado en el sofá preferido, tomando una infusión  que le ayudaba relajarse ¿Estaba intentando comprar a la Muerte  con sus actos? Dudó, pero no, estaba haciendo lo contrario, le arrebataba  seres que su único mal era la falta de amor del prójimo. Ya fueran animales o personas. La Muerte le estaría aguardando para hacerle un juicio por su insolencia ¿quién se había creído para quitarle trabajo?
De nuevo caminaba por la ciudad, cuando vio un pequeño gato escondido tras un seto. Era pequeño, estaba sucio, repleto de pulgas, heridas y maullaba con vehemencia. Lo cogió entre sus manos y lo sostuvo hasta el refugio. Del ojo derecho caía una lágrima , se llamaría Llorón.
Tras unos días de tratamiento, el pequeño gato de color canela empezó a ganar peso y a sentirse bien. Cuando veía al señor Fabián se restregaba contra su pantalón y maullaba haciendo círculos a su alrededor hasta que lo cogía entre sus brazos. Luego se sentaba en la hamaca del porche del refugio para acariciar su hermoso pelaje. El gato emitía un sonido y un ronroneo peculiar, le había elegido como amo y se sentía feliz en su compañía.
Todo el amor que los animales adoptados le daban, le llegaba al corazón, se hallaba ansioso de emoción. Cuanto más recibía, más necesitaba. El fondo de su personalidad no podía mudar. Era un hombre que le gustaba acumular riquezas, esta vez era el amor verdadero su mayor posesión.
Un día llegó un niño al albergue, que quería un animal perfecto. Enrique tenía una mano robótica y no aceptaba el defecto. El señor Fabián no dudó en presentarle a Trasto, un pequeño perrito que tenía  ruedas para andar, por su parálisis en las patas traseras a causa de un atropello. El niño al verlo, se enfureció negando con la cabeza, pero bastó que viera lo bien que bailaba al ritmo de la música, para empezar a sonreír. Cuando Trasto se le acercó subiendo sus patas delanteras a las  piernas loco de alegría y le lamió supo que no se llevaría otro animal. Quería a Trasto como mascota, su defecto ya no era importante.
El señor Fabián sonreía de satisfacción plena. Olvidaba su enfermedad terrible mientras amaba...