Federico es un ratón menudo de color
gris y avellana, cara alargada, ojos dulces, grandes, observadores
donde las preguntas se crean en un instante, las trasmite al
intelecto y la boca las arroja con la intención de averiguar la
posible respuesta al enigma. Su mente es un torbellino de querer
descubrir todo, por las noches mira por la ventana a la
Luna,mientras los demás duermen. La ve esplendorosa, hermosa y de un
brillo oscilante entre el blanco de un diente afilado, el amarillo
claro o el ocre amarillento, anaranjado.
Le gusta imaginar que es un queso
devorado por muchos ratones y luego vuelve a emerger renovado. Toda
ella es un queso mágico; fresco y blanco, semi curado cuando es
amarillo sol y curado cuando es arruga vieja y amarillenta, llena de
agujeros.
Un día su amigo Luck, trata de
sacarle de su error, la Luna es un satélite que oscila en torno a la
Tierra por la que es atraída, refleja la luz del Sol, recuerda que
la maestra Lili lo dijo en clase de geografía, pero él siempre
ausente, estaría dibujando la aventura de su viaje. En las viñetas
se veía que una vez allí se daba un tremendo atracón de queso,
cortaba trozos gigantescos que lanzaba al espacio, con la esperanza
de que aterrizasen en la Tierra y fuera fácil su localización, con
lo que esperaba sacar, tendría para años.
En las tardes de invierno, de regreso a
casa, es visible en el cielo antes de anochecer .Federico ensimismado
mira hacia arriba y grita “ Luna bonita, baja chiquita, te daré un
bocado pequeñín, sólo así...” Sonríe juguetón mostrándolo
los dedos muy juntos para que parezca que el bocado será
imperceptible en su inmensidad, con la ilusión de convencerla, pero
ella parece elevarse cada vez más. Entonces, desesperado recorre el
campo, sube la montaña y desde el pico más alto, salta, cayendo por
la ladera y haciéndose daño al rodar. Frustrado, lleno de polvo y
dolorido, se levanta con los ojos entristecidos, se da por vencido,
ya que es imposible alcanzarla. Regresa a casa cabizbajo, no sabe
como llegar allí alto.
Una noche, sueña que está en la
escuela y la maestra le pregunta que quiere ser de mayor.
”conquistador del queso, quiero saborear un trocito ”, ella se
ríe por la ocurrencia y le responde “ menudo sueño el tuyo pues
si tantas ganas tienes de ir a la Luna móntate en un cohete y
viaja...”
En el sueño trata de retener la idea,
de no perder la revelación tan importante. Aquí le llegó la
primera noticia de la existencia de viajes a la Luna. Si hubiera
estado más atento en lugar de soñar, podría haber encontrado la
solución. Sin dudar, a la mañana siguiente envuelve el cepillo de
dientes, un jersey de muda en un hatillo y lo ata al extremo
superior de un palo. Ahora recorrerá el camino que le lleve al
lugar donde despegan los cohetes.
Preguntó en muchos lugares, a veces
fue acogido para pernoctar en una casita de ratones amables, pero
otras al escuchar el motivo de su viaje, lo tomaron por tonto y no le
dejaron más que tomar un trozo de queso y pan, a modo de ayuda pero
con la obligación inmediata de marcharse. Muchas aventuras
arriesgadas tuvo que vivir el ratón Federico antes de llegar.
El solitario sitio donde despegaban los
cohetes era feo, triste y sin vida. Se hallaba en mitad de la nada,
parecía que allí el mundo había dejado de brillar. No había
árboles, ni montañas, ni habitantes, sólo la arena dura y la roca
de una zona muerta abandonada del planeta. Mal augurio pensó, pero
no había llegado tan lejos para rendirse ahora.
Observó unas cuantas noches haciendo
seguimiento de la nave que sería lanzada al espacio, había llegado
a tiempo. Cuando por fin se coló en un cohete espacial que iba a
viajar a la Luna, empezó a intuir que quizás se había equivocado.
No estaba preparado para ese despegue. Sintió como la piel de la
cara se le echaba para atrás y los dientes se apretaban, temblaba
todo su cuerpecito por la velocidad con la que se dirigía al
espacio. Al fin, tras mucho sufrimiento y miedo, aterrizó en el
objetivo. Al salir del cohete ansioso, con el ímpetu de querer verlo
todo, cayó en un cráter del que tuvo que salir votando, miró aquel
lugar gris y oscuro, intentando descubrir un pequeño trozo, aunque
fuera pequeño, pero no se divisaba ni un ápice de queso. No existía
el delicioso olor, no había textura, variedades, colores que desde
la Tierra pudo imaginar. Todo había sido un sueño.
Cuando regresó todos los ratones
quisieron saber de que sabor era el queso de la Luna, también si les
había traído un trozo para probarlo. Él, enamorado de su sueño
aún no quiso alejarlo y fingió que se había dado un tremendo
atracón pero que la Luna le pidió que no revelara el secreto, ya
que entonces desaparecería del Cielo porque podría ser atacada por
cientos de ratones, sino miles. Había que cuidarla porque no era
infinita y tampoco podía crecer.
Cuando los ratones le pedían que
repitiera la historia una y otra vez de su viaje, les hablaba del
delicioso sabor del queso y lo bien que había disfrutado en aquel
lugar, pero les advertía que había tenido que recorrer medio mundo
para comer de un queso que no era superior al que tenían allí sin
tener que hacer tanto esfuerzo.
-Entonces Federico, si el queso que
tenemos aquí es mejor ¿para qué viajaste a la Luna, tan lejos? Por
lo que cuentas pasaste muchas calamidades...-preguntó un pequeño
ratón pensativo-
-Para poder contar que el mejor queso
se haya en este lugar, sino no lo habría sabido nunca ¿ no crees?
El pequeño ratón puso su dedo indice
debajo de su barbilla, meditando la respuesta de Federico, le estaba
pareciendo un ratón torpe, con lo fácil que hubiera sido destapar
el plato y saborear el delicioso queso que tenían...
Moraleja: Cuando persigas
un sueño, no le des una realidad diferente a lo que es, por si pasas
media vida tras él y luego descubres que lo que perseguías lo
tuviste siempre al alcance de tus manos, pero no lo veías porque
querías el brillo ilusorio de otra ensoñación más maravillosa.
Autora@MaiteAlbarran


