lunes, 29 de febrero de 2016

Las desventuras de Antía


Tenía doce años cuando Antía descubrió un mundo en su verdadera oscuridad. La leña carbonizada y el olor a desorden lo impregnaba todo. Era un brote de lágrima angustiosa el que se destilaba en el aire y sin embargo nadie notaba su presencia ¿Dónde quedaba el amor al prójimo? Ahora sus ojos no podían ver más allá de la indiferencia que los demás sentían hacia su dolor compartido por muchos chicos del instituto.

Una vez ocurrió un hecho que se le quedó grabado. Una vagabunda de avanzada edad se cayó en mitad de la carretera, quedó inmovilizada a causa del carro desgastado de compra que llevaba al cual se agarró para evitar la caída. Debía resultar muy pesado ya que la anciana lo usaba para llevar sus pertenencias y objetos que encontraba en los contenedores de basura que revisaba. Dos hombres al verla allí tirada, pasaron de largo, en su mirada había desprecio. Disimularon apretando el paso. Su madre y ella se acercaron para ayudar a levantar a la mujer en apuros. Sus manos estaban negras y olía mal. Pero no fue problema para el corazón de su madre. Lo importante era salvar a la anciana que podía ser aplastada por un coche.

Antía observó entonces los ojos sorprendidos de la anciana, eran pequeños y muy brillantes, había un fondo de gratitud en aquella amorosa mirada. Dado su estado de pobreza, suciedad y apariencia no esperaba que ocurriera aquello. Fue una despedida silenciosa.

Cuando le preguntó a su madre por qué la había ayudado le contestó que no podía pasar de largo viendo alguien necesitado de auxilio. Su madre no salió en ningún periódico en el trascurso de buenas acciones. No le importaba, era lo correcto para sentirse bien.

Antía se hallaba en la entrada del instituto, había sido vapuleada por sus amigas de clase. La humillaron y pegaron por diversión, pensó amargamente por qué no había más personas como su madre. La profesora de ciencias estaba segura que las vio cuando le tiraban les pelo y le daban patadas, sin embargo no hizo nada. Entró con su coche y ignoró lo que estaba ocurriendo.

En la calle también era agredida en las ocasiones que se las encontraba de vuelta a casa. Esperaba que la mujer que paseaba el perrito o ese hombre que parecía tan importante con su traje elegante intervinieran para detener el abuso. Pero nadie decía nada, todos observaban lo que ocurría pero pasaban de largo. No era problema suyo.

Si su madre supiera lo que la necesitaba en ese momento... No quería decir nada de lo que estaba ocurriendo. Si mamá intervenía, seguro saldría perjudicada. Lo había visto otras veces. Cuando los padres de algún alumno agredido iban al instituto a quejarse, eran tratados como personas molestas. La Junta Directiva no admitía hablar de acoso o maltrato. Eran cosas de chavales y allí en en Centro todo estaba controlado.

Alguna vez intentó quejarse a algún profesor. Pero le daban la vuelta. La convencían de que no era tan grave y que lo mejor sería que no hiciera caso, que no las tuviera en cuenta, seguro que así dejarían de molestarla. Ellos nunca habían visto nada alarmante.¡Qué malísimo consejo, cómo se notaba que no importaba lo que me está ocurriendo!

Antía era una chica con un pelo precioso, ojos grandes, buena observadora y con un alta autoestima personal. Era dulce y bondadosa al hablar, pero muy independiente. No dudaba en prestar sus apuntes o dejar sus bolis si a alguien se le olvidaban. Sin embargo, nadie parecía querer saber de su terrible problema de acoso. Los demás no la defendían porque temían ser a su vez el blanco de las abusonas. Las reglas eran claras, nada de chivatos. Cada uno se ocupaba de sus asuntos sin meterse en el de los demás.

Quizás si hubiera ido más acompañada no le hubieran perseguido tanto. Después de la clase de deporte las de siempre planearon un ataque en el baño. Allí no había cámaras que grabaran lo que iba a suceder. En plena marea de golpes una profesora diferente entró por casualidad. Al ver lo que estaba ocurriendo, se echó encima de aquellas niñas salvajes y una a una las quitó de encima. Recuperó a Antía que se protegía desde una posición fetal ajena a que todo había terminado. La profesora la levantó y le dio un gran abrazo. Pidió ayuda al profesorado que comprometido por la situación, estuvo forzado a actuar de muy mal agrado. ¡Aquellas cosas no formaban parte de la enseñanza!

Aquellas niñas fueron expulsadas del instituto de manera preventiva. Sus padres advertidos de que debían buscar ayuda profesional. El comportamiento de aquellas niñas debía cambiarse o serían un problema para la sociedad en un futuro. De eso no les quedaba ninguna duda. Al indagar en el asunto, descubrieron que aquellas chicas llevaban mucho tiempo persiguiendo a otras y maltratándolas.

La cariñosa mamá de Antía, al descubrir el tremendo sufrimiento de su hija, se quedó pensativa. Había que crear un equipo en los institutos, liderado por los padres de forma permanente donde los chicos pudieran encontrar apoyo cuando ocurrieran esas cosas. ¡No más silencio y abandono a los derechos de los niños adolescentes!

Ella misma iba a invertir tiempo en crearlo. Harían talleres donde se enseñara los valores de respeto y tolerancia hacia todas las personas, sea cual fuere su condición. Esa era una asignatura pendiente que no se daba en ningún horario de clase.

Su primera idea fue inundar el instituto de lágrimas azules. No le gustó nada al equipo del profesorado la idea trasmitida de que allí era un lugar donde los adolescentes sufrían mucho a causa de que todo eran normas estrictas y no se ejercía la necesaria comprensión del alumnado. Ni la integración de los diferentes chavales dentro del grupo.

Por supuesto que la madre de Antía se cuestionaba lo que era lo importante. Veía profesores ansiosos porque sus alumnos les escucharan pero no decían nada que fijara el interés en la materia. Abrían un libro y se dirigían hacia los que parecían tener interés.¿ Y la comprensión? ¿Y el afecto? ¡Desde la altitud de una montaña de conocimiento no se conquistan planicies en edad de crecer!

¿Quién debe despertar el interés? ¿No eran profesionales de la enseñanza? Sin duda no sabían mostrar sus conocimientos de una manera interesante, eso fallaba. Finalmente recibían lo que daban yse les veía muy desmotivados.

Si había niños que no se defendían en matemáticas, eran ignorados. Si estaban en el instituto, debían saber sumar, restar, multiplicar y dividir. ¿Y sino lo habían aprendido, qué? ¿Acaso no debía ser un lugar dónde aprender lo no aprendido hasta entonces?

Estos mismos alumnos, frustrados, humillados y confundidos eran los que muchas veces resultaban molestos. Ejercían la violencia contra los chicos que envidiaban por tener libros, almuerzo y ser protegidos por sus padres cada día de manera amorosa. A ellos no le importaba fastidiar, siempre acababan en el pasillo o en jefatura de estudios por ser molestos e interrumpir la clase con sus ruidos. Luego en casa, todo eran reprimendas, gritos y castigos.

¿Por qué no se solucionaban los problemas de los niños en clases de aprender a respetarse? ¿Cuándo se hablaba de valores? ¿Cuándo se les preguntaba a los alumnos como se sentían y comprendían sus emociones?

La madre de Antía solicitó por escrito que los niños problemáticos fueran atendidos con prioridad en el equipo psicopedagogo. Para su sorpresa, no había medios. Un sólo profesional para atender demasiados casos apremiantes. Se veía desbordado y optaba por hacer lo mínimo. Había que actuar, así que se le ocurrió una idea.

Habló con la asociación de padres del instituto y juntos hicieron un esfuerzo para contratar a un experto en enseñar las emociones. Los chicos nada sabían de sus sentimientos y tampoco de cómo expresarlos. Era vital impartir talleres para que aprendieran a reconocerse y comprender a los demás, aceptando sus diferencias.

En pocos años, la resolución de los conflictos dentro de aquel instituto fue un ejemplo a admirar. Cuando un chico era violento, asistía una hora cada día al Taller de las emociones. Hasta que comprendía a controlar aquellas cosas que le llevaban a enfurecerse y perder el control. Al recibir la ayuda antes de que existieran problemas de convivencia no explotaba por su malestar interior. La tolerancia y el respeto ejercían de autoridad dentro del instituto.

Quizás Antía sufrió un ligero retraso en la enseñanza de muchas materias, pero aprendió cosas importantísimas para su vida de adulta.

Además se organizaban excursiones a las residencias de la tercera edad. Allí se desarrollaba un clima de entendimiento con ancianos que alegres, recibían la visita de adolescentes comprensivos y afectuosos. También iban a colegios de niños discapacitados y hospitales.

Todos aquellos seres, formaban parte de la sociedad y si el chaval aprendía a respetar y ayudar a los demás, sin duda cuando se encontrara con una persona diferente, no tendría ganas de meterse con ella o burlarse, habría aprendido a valorar las dificultades de manera comprensiva. Entendían los problemas de los ancianos para andar, su cansancio y pérdida de memoria. Por eso si los veían en un autobús no dudaban en cederles el asiento.

Lo que más gustaba a los chicos era visitar la protectora de animales. Muchos eran adoptados por las familias después del paso de los chicos por aquel lugar. Sentirse protectores de animales les hinchaba de grandeza. Hacer cosas buenas les hacía sentir bien.

Al fin, se impartían valores humanos. Antía respiraba libre, contagiada en una ambiente constante de felicidad. Se sentía segura y ya no dudaba que se pudiera ser trasparente. Cuando se aprende a actuar bien y ver que no todo da igual, se cosechan unos frutos extraordinarios de amor al prójimo en corazones jóvenes. ¡Mamá lo había vuelto a lograr!

-FIN-


miércoles, 24 de febrero de 2016

El patito Honorio

El patito Honorio

Honorio era un patito amarillo torpe y soso. Tenía poca gracia al hablar y parecía disfrutar más estando solo. Le costaba seguir las conversaciones de los demás patos y cuando la profesora daba una orden era el último en enterarse. Le decían que era bobo y que estaba en otro lugar. No era bueno en deporte y se centraba sólo en aquellos temas que le resultaban interesantes.

Mientras nadaba en el estanque trataba de no perder el ritmo de la danza, pero si aparecía una hermosa mariposa de colores brillantes, se quedaba mirándola absorto olvidando que debía estar atento a la clase.

Mientras estuvo en la zona de aprendizaje de los pequeños, la situación estuvo controlada. Fue al pasar al estanque de los adolescentes, cuando empezaron sus verdaderos problemas. Allí no había nadie para protegerle. Según los mayores, debía desarrollar algo denominado autonomía personal, era parte del aprendizaje.

Honorio no era autónomo. Necesitaba seguir normas y rutinas para no perderse. Su sentido de la orientación era malo. Así que no le gustaba nada hacer las cosas de diferentes maneras. Su rigidez era mal vista porque no era entendida por los demás. Siempre iba al estanque por el mismo camino sin desviarse lo más mínimo, temía perderse.

Un día tropezó sin querer con otro pato, quiso seguir su camino sin objetar, pero el otro al ver que era una presa fácil que no protestaba se envalentonó y quiso pegarle. Tras unos cuantos aleteos y picotazos, Honorio se marchó llorando. No sabía defenderse, no lo había necesitado nunca.

Dolorido, rabioso y avergonzado por no ser fuerte, se marchó a la cama. Al día siguiente al pasar junto a un grupo de patos para meterse en el estanque, uno de ellos le empujó a propósito. No supo que debía hacer, así que decidió pasar de largo. Aquel grupo de patos valoraron con desprecio la cobardía puesta al descubierto por la manera de comportarse ante los conflictos. Se juntaron para cuchichear con complicidad y los escuchó reír, sin duda planeaban algo divertido.

Otro día se le acercaron dentro de la charca de improviso. Le hicieron preguntas horribles. No supo cómo contestarles, no quería que se enfadaran más, así que sonreía, total no era importante. Hasta que empezaron a pegarle entre todos. Recibió una paliza según le dijeron por ser tonto y feo.

De nuevo se marchó sin quejarse. ¿Cómo iba a enfrentarse a ellos? Sería peor, le pegarían más, mejor sería olvidarlo. No dijo nada a sus papás, seguro que pensarían que el tendría alguna culpa. Aquellos patos debían tener razón, debía ser insoportable su presencia para actuar así, casi le habían convencido de que se merecía todo lo que le hicieran cuando una mariquita que allí estaba le llamó muy enfadada, quería hablarle.

-Oye pato ¿por qué no te defiendes y aceptas que los demás te traten así? No lo comprendo, chico.
-No lo sé, debo hacer algo mal para que los demás no dejen de perseguirme. ¿Verdad?
-Yo te he observado, parece que vas en otra onda, siempre solo. Pero no haces nada que ofenda o provoque a nadie.
-¿Entonces porque me tratan tan mal, dime?
-Porque eres tan bueno que no te defiendes y te muestras sin pantallas de una manera directa, verdadera y honesta. A los falsos les ofende.
-Tengo miedo de que me peguen mariquita. Son muchos y más fuertes.
-¿De verdad lo crees así?
-Sí, estoy convencido de ello.
-Mientras no cambies tu manera de pensar, ellos seguirán creyéndose con el poder. No se trata de que vuelvas agresivo y les ataques. Usa una fuerza superior; tu fortaleza interior.
-Yo no soy fuerte, soy débil no trates de hacerme ver imposibles.
-¿Débil? Un patito sin fuerza no sería capaz de aguantar todo lo que he visto que has soportado sin rechistar. Si a ellos le hubieran hecho la más mínima lo sabría todo el mundo, tú en cambio, has hecho todo lo contrario. Les has dado protección en lugar de vengarte.
-Y si soy tan fuerte como dices, cosa que no creo ¿por qué no les doy miedo yo a ellos?
-Porque cuando te ven sienten tu miedo. Saben que te dejarás dañar y no dirás nada, por vergüenza. Así su maldad quedará encubierta.
-¿Y que debo hacer?
-Cuando vuelvas a recibir una ofensa, por mínima que sea no la ignores. Analízala y combate al que la causa con la palabra o hecho. Nunca más pases de largo sin reaccionar.
-De acuerdo, espero que estés cerca por si necesito tu ayuda.
-Lo estaré, tu sólo sigue mi consejo.

Pasados unos días en los cuales hasta Honorio se había olvidado de la existencia de los otros patos, de nuevo quisieron divertirse a su costa. Comenzó uno dándole una patada. Esta vez, se volvió para protestar. El causante, se envalentonó y quiso pegarle sin mas. Entonces sin saber de donde salía aquel ala Honorio le cruzó la cara y se marchó al estanque sin decir nada.

Los demás patos ante el comportamiento insolente del inocente pato, quisieron darle una lección. Los vio venir agrupados, con paso decidido y leyó en sus alas apretadas sus intenciones de querer maltratarle. Comenzó a gritar ¡Socorro, socorro que me ahogo! Pronto los mayores se tiraron al agua para salvarle.

Los patos juveniles burlados, esperaron otra oportunidad para vengarse. Pero no llegó. Cada vez que los veía cerca y con malas intenciones, giraba sobre sus pasos y gritaba algún peligro inventado. Con el tiempo se olvidaron de él, no era una presa fácil. Había aprendido a defenderse.

La mariquita tenía razón. Era fuerte, sólo debía saber usar una estrategia defensiva ante un posible ataque. Desde ese día, el patito y la mariquita se convirtieron en amigos inseparables.

Siempre existirá alguien a quién no le moleste que seamos diferentes, hay que encontrarlo y compartir una gran amistad.


-FIN-

Ignacio el ratón de juguete

Ignacio el ratón de juguete

Ignacio era un ratón de peluche suave, marrón salvo por el pecho, interior de las orejas y bigotes que eran rosas. Sus ojos grandes de color carbón y pestañas largas rizadas, enternecían de forma instantánea al que lo miraba.

En la habitación siempre parecía estar solo. Envidiaba la formación del ejercito de soldados de plástico, sus canciones, disciplinas y amor a la patria. Eran capaces de compartir espacio con amistad y alegría. Parecían ser muy felices en sus entrenamientos. Los observaba durante largo rato sin atreverse a seguirlos

Pasaba frente al espejo veloz y enfadado, detestaba su imagen. Era ridícula. ¿A quién se le había ocurrido? Un ratón con bigotes rosas. Pensaba que por ser diferente, se burlaban de él, así que detestaba a los demás juguetes.

Las muñecas lo encontraban adorable, salvo cuando se irritaba. No sabía contener su rabia o trasformarla en otra cosa. Deseaba el mal de todos los que le llevaban la contra y si alguien se atrevía a quitarle la razón, comenzaba una batalla de palabras con tanta energía que al contrincante no le quedaba más remedio que abandonar por cansancio. Ignacio no perdonaba que se le hubiera puesto en evidencia y como castigo, dejaba de hablar con el juguete.

Ese era el motivo por el cual en la habitación de los juguetes todos conversaban excepto Ignacio. El pobre ratón se entretenía grabando en su mente con prodigiosa memoria los errores observados en los demás y luego los decía en voz baja. El juguete en cuestión lo escuchaba y al instante se sentía muy triste.

Lejos de sentir felicidad, Ignacio cada día estaba más enfurecido. El poder de dañar, era insuficiente le daba un disfrute soso aumentando la rabia interior. Si el sol salía y tocaba con sus rayos la cabeza entraba en cólera. Las bailarinas ya no se atrevían a dar su espectáculo de danza por las tardes, por el leve sonido de sus zapatillas ya que a él le provocaba un malestar nervioso tal que lo inducia a dar paseos rápidos, idas y venidas a ninguna parte, que trataban de indicar sus intenciones de querer acabar con ellas.

Un día llegó una caja de música. Era un carrusel con caballitos que subían y bajaban al compás de un ritmo relajado. Eran de color rojo brillante, las barras redondas a los cuales estaban sujetos estaban pintadas de color rojo, amarillo y azul. Las pezuñas, crin y cola eran de color dorado. Al ratón le pareció que eran preciosos y quedó encantado. La música le conducía a tener buenos sentimientos y se le despertó unas ganas impacientes por hacer amistad con ellos.

-Caballitos veo que sois nuevos por aquí.¡ Sed bienvenidos en nombre de todos los juguetes!-les dijo con voz segura y solemne, haciéndose el portavoz oficial.
-¡Gracias, ratón de princesas! -Le contestaron los ocho muy contentos.
-¿Por qué me llamáis así?
-Por que tus bigotes rosas dejan ver que debes ser la mascota de alguna princesa de cuento.
-Vaya, no lo había pensado. Eso me gusta. Uhmm...ser el mejor amigo de una princesa, prestigio y poder.
-Los juguetes nos han dicho que no les hablas porque cuando surge un conflicto, acabas marchándote sin perdonarlos jamás.
-Es la única manera que existe-replicó a modo de defensa-
-Entonces¿no quieres ser nuestro amigo?
-Vosotros no me habéis ofendido, de momento.-replicó sembrando una duda.
-Mira ratón, nosotros los caballos no soportamos a los ratones porque nos dan miedo ¿Así por qué debemos ser tus amigos?
¿Miedo de mí? Pero si soy inofensivo. Yo no...Tuvo que interrumpirse al recordar que los demás juguetes al cruzarse con él trataban de ocultarse. Entonces ¿infundo miedo? Pero si soy un poco de color rosa.
-Pero tienes muy mal carácter ¿verdad?
-¿Y cómo podría hacer para no daros miedo? -les dijo aterrorizado ante la idea de quedarse de nuevo solo.

Verás debes poner un cofre esta noche en el jardín a las doce en punto. Estará vacío. En el meterás todos tus sentimientos de ira y rencor que te alejan de los juguetes. Nosotros los percibimos aunque desees ser amable. Así sólo quedará amor en ti y no nos darás miedo.

A Ignacio no le gustaron nada las exigencias de los caballitos. ¿Olvidarse de todas las ofensas? ¿Enterrar el pasado? ¿Disfrutar del presente? Era demasiado. Estuvo meditando un rato. Si se quitaba todo aquel peso ¿que le quedaría? No perdía nada en intentarlo. Pero necesitaba una guía para poder lograrlo. El orgullo le impidió solicitar ayuda a los caballos de nuevo.

Cuando llegó la noche fue al jardín y abrió el cofre vacío, empezó a pensar en los momentos de ofensa con los juguetes. Llegaron las imágenes de las palabras hirientes de las discursiones que rebobinaba en su interior. ¡Olvidar y enterrar! ¡Imposible! ¡No olvidaría esas cosas porque entonces ya no le quedaría sentimiento de ser el más fuerte!

Entonces apareció un escarabajo de color negro que al verlo allí plantado, no dudó en preguntarle. Ignacio le mintió al principio porque pensaba que era un entrometido. Pero tras unos instantes cambió su conducta. Necesitaba ayuda ¿por qué no valerse de un extraño que nada sabía de sus problemas?

-Escarabajo tengo una pregunta para Ud., si no le molesta.
-Dígame, le ayudaré en lo que pueda.
-¿Cómo metería Ud un sentimiento que no reconoce, esconde y nadie ve?
-Le entiendo Ignacio. Ya comprendo porque está aquí. Verá yo primero reconocería ese sentimiento, hablaría con el y le obligaría a mostrarse. Tras eso me plantearía si quiero seguir cerca de algo que me daña y hace daño. Tras elegir estar bien, le pondría un nombre; PASADO. Y seguido lo enterraría en un lugar donde no volviera a estorbarme en el presente, olvidándolo para siempre.

El escarabajo negro con gran sabiduría vino a reforzar las palabras de los caballitos. Ahora sí que iba a dejar esos sentimientos bien lejos. Estaba vacío y dañado a causa de dejar que mandaran en su vida cada día. Los metió en la caja y la enterró bien hondo regresando a la casa.

A la mañana siguiente, al despertar el sol de nuevo parecía querer molestarle. Iba a enfadarse cuando meditó el hecho un segundo. No lo hace a propósito tiene que calentar y dar luz, me quitaré de este lado para que no me de. Luego cuando se encontró con el peluche oso le saludó como si nada. Para su sorpresa le contestó de manera amable. ¡Vaya, que fácil está resultando! Y así uno tras otro, los juguetes volvieron a hablar con él. Pasó una mañana tan agradable, que casi se olvidó de la caja de música.

Su corazón estaba lleno de buenos sentimientos y amor. La energía renovada se reflejaba en su rostro. Así que fue a ver a sus admirados caballos.
Estaban dando vueltas entonando una melodía preciosa. Cuando le vieron, le sonrieron. Se notaba el cambio así podría estar con ellos y vivir en paz.

Desde ese día cuando surgía una cosa que no le gustaba y no podía olvidarla, se iba a enterrar un cofre al jardín, pasándose largas horas fuera hasta que lograba sacar el malestar de su cuerpo y meterlo en un agujero oscuro solo. El remedio le funcionaba y sabía que debía hacerlo si quería estar bien con sus amigos. Al fin y al cabo, era su orgullo el que no le dejaba avanzar.

Aprendió a no dejarlo mandar a la hora de pedir perdón o recibirlo. Todas las disculpas eran válidas. Nadie ni nada era perfecto. Todo era una evolución constante obtenida de la resolución de cada instante. No debía cambiar a los demás, sólo aceptarlos. Con sus errores y aciertos. ¿Acaso no era divertido equivocarse?
-FIN-


sábado, 20 de febrero de 2016

La estrella Olivida y la Solidaridad

La estrella Olivia y la Solidaridad


Había una vez en un hermoso lugar bajo el mar, donde la arena era blanca y el agua de un azul verdoso, una estrella rosada llamada Olivia. Tenía grandes privilegios sobre las demás porque sus padres eran la autoridad. La criaron sin negarle nada, protegiéndola con seis cangrejos de impactantes tenazas y diez caballitos de mar, que velaban en todo momento por su seguridad.

Bastaba con que la bella Olivia deseara cualquier capricho para que los demás seres tuvieran la obligación de satisfacerla.
-A ver vosotras almejas, quiero que toquéis una pieza para que pueda bailar al ritmo de las olas del mar.
-Es que, ahora íbamos a dormir un rato, la noche fue movida y no tuvimos tranquilidad. Luego podríamos tocar una pieza si esos rectos y disciplinados cangrejos que te acompañan les gusta acompañarnos.
-¿Acaso queréis que tenga que repetirlo?
Las cansadas almejas se miraron tratando de ver una reacción que les guiase sobre lo qué hacer. Al final el miedo a desafiarla, les llevó bajar la mirada y obedecer sin rechistar. Comenzó la orquesta de pinzas abrirse y cerrarse al ritmo del baile de las salerosas que danzaban intentando complacer a la joven estrella.

Cuando se hubo cansado de disfrutar, se marchó tras un banco de gambas que pasaba por allí sin despedirse y agradecer esos momentos tan agradables que las pequeñas habían creado para ella sin fuerzas.

Así pasaba los días hasta que vio un cartel que decía: “ Carrera solidaria en favor de los calamares”. Recordaba el suceso. Un grupo número de calamares perdió el sentido del rumbo y acabó suicidándose de forma masiva en la playa. El instinto esta vez no los supo guiar. Las crías supervivientes habían quedado desamparadas. Con los fondos recaudados querían construir guarderías que acogieran a los cientos de pequeños calamares sin papás y hogar.

Los mejillones vivían en sociedad familiar donde la unidad lo era todo. Habían tenido epidemias, sufriendo auténticas mermas de población. Pronto quisieron colaborar. Los mejores atletas entrenarían para disputar la carrera.

La estrella Olivia, estuvo pensativa todo el día. ¿Por qué aquellos cascarones negros querían esforzarse por otros si a ellos no les había afectado el desastre?Ella no ayudaba a nadie y tampoco comprendía el motivo que tenían los demás para hacerlo.

Las sepias también iban a participar. Recaudaron fondos y enviaron a las más rápidas . Las sardinas, salmonetes y boquerones, al enterarse del acontecimiento hicieron lo mismo.

No había una colonia de animales en el mar que no sintiera lástima sincera por aquellos bebés de calamares.

Entonces ocurrió algo inesperado. Las estrellas de mar fueron atacadas por un depredador descontrolado que al no encontrar su alimento original, se aficionó a devorarlas.

Olivia fue defendida por sus escoltas. Dos de ellos fueron baja. Pasó mucho miedo y no tardó mucho en ir tras la protección de sus padres. Para su sorpresa, habían desaparecido. Tras pasar días buscando ayudada por los pececillos, tuvo que aceptar que quizás no volvería a verlos nunca. Debieron ser pillados por sorpresa por los atacantes.

Lloraba desconsolada, lágrimas amargas cuando las gambas quisieron consolarla. Las almejas bailaron con toda la bondad de su corazón y no faltó un animal que quisiera consolarla y hacer más llevadero el sufrimiento de haber perdido a su familia.

-Si quieres Olivia, dejamos la carrera para otro momento.
-No, quiero que se celebre mis padres la organizaron y así debe ser. Ahora entiendo cómo deben sentirse esas crías pequeñas de ojos negros inocentes.

Al llegar el día de la carrera, los peces, gambas, mejillones, almejas, sepias y cangrejos ermitaños estaban preparados en la línea de salida esperando excitados que diera comienzo. Cuando llegó Olivia acompañada por las crías de calamar, sus supervivientes escoltas y los caballitos de mar, el silencio respetuoso se adueñó del lugar.

Queridos amigos del mar, debo deciros que gracias a la Solidaridad, las crías de calamar tendrán sus guarderías y podrán sobrevivir repoblando el mar. Todos aplaudieron orgullosos. También confesar que hasta ayer yo era una niña caprichosa que nada sabía de los problemas de nuestra sociedad. Si alguien me preguntara que es la Solidaridad, le diría que es sentir el sufrimiento de los demás en tu corazón, es la capacidad de amor por los desdichados y hacer lo posible por ayudar. No vale poner excusas, tarde o temprano ocurre algo que nos hace ser infelices. Me habéis amado, consolado y ayudado ahora que estoy sola. Nunca pensé en vosotros como lo hago ahora.

Los animales rompieron en aplausos, lloraban de felicidad ante el reconocimiento y el amor que les daba.

Desde hoy, cada vez que un animal sufra un desastre, encontrará apoyo en mi para consolarle. Seré fuerte y la estrella más feliz del mar solucionando vuestros problemas. ¡Que empiece la carrera! ¡Tres, dos, uno!

Todos salieron corriendo lo más rápido que pudieron. Hubo codazos, empujones y algunos intentaron tomar atajos para llegar el primero. Pero nadie pudo superar a la velocidad de un lenguado juvenil que hizo una gran marca. ¡Cómo les gusta a la los competidores intentar ganar! -pensaba Olivia, transforman toda su energía en conseguirlo.

Olivia le entregó una copa con una perla. El segundo premio lo consiguió una anguila y el tercero fue para un pulpo veloz. Todos quedaron satisfechos con el resultado.

Tras el día de la carrera, cuando de nuevo Olivia se encontraba con las almejas ya no trataba de que la complacieran. Las saludaba y se marchaba con una sonrisa. Era suficiente con el concierto que organizaban los sábados. No quería abusar de los animales. Se ganó el respeto y amor de todos sus súbditos. Era una gran consejera que buscaban para resolver sus problemas.


-FIN-

viernes, 19 de febrero de 2016

Los hermanos Roberto y Eduardo


Los hermanos Roberto y Eduardo

En un aldea de montaña, de caminos estrechos sólo transitables por carros de caballos, nacieron dos únicos niños que pertenecían a la misma familia. Roberto tenía dos años más que Eduardo. Ambos eran morenos, fuertes con ojos grandes. Pero muy diferentes en la manera de resolver sus problemas, por lo que que siempre estaban peleando.

Un día resolvieron los padres a causa de los conflictos ocasionados, someterlos a una dura prueba. Tendrían que sobrevivir una semana en la montaña de lunes a domingo, con unas pequeñas provisiones de pan, tocino y queso. Los demás recursos deberían obtenerlos del medio.

Ambos hermanos aceptaron aquel reto como siempre con diferente actitud. Mientras Roberto no paraba de quejarse de las dificultades que se le plantearían, Eduardo por el contrario, parecía disfrutar con la aventura. La mañana que su padre los condujo a lo alto de la montaña, durante el camino el temeroso Roberto trató de convencerle de que no era necesario aquello.

-Hijos, sois mis únicas alegrías pero pasáis el día enfrentándoos y enfrentando a toda la familia. Debéis resolver vuestros conflictos en esta prueba de supervivencia. Si dentro de una semana vuelvo a veros, estoy convencido de que el problema estará resuelto.
-Pero padre ¿estás seguro de que no moriremos en estas innecesarias calamidades a las cuales nos sometes? ¿Cómo conseguiremos sobrevivir al ataque de los lobos? ¿Qué comeremos cuando se nos acabe lo que nos distes?-Protestó con terquedad de nuevo Roberto.
-No tengo duda de que será como tú dices padre. Nos veremos en una semana-dijo Eduardo con emoción ante la despedida. Ansiaba realizar la hazaña ya que eso mejoraría su autoestima por el orgullo que sentiría su familia.

Indignado y frustrado por no haber conseguido su propósito, al perder de vista la figura del padre el hermano mayor cogió todos los víveres y se marchó olvidándose del otro. Solo es un estúpido si quiere morir, le dejo solo. No hay recursos para los dos. Así que si alguien es valioso para la familia soy yo.

Lejos de enfadarse ante circunstancias tan amargas, Eduardo sonrió. Bueno parece que las cosas han empeorado un poco, pero estoy seguro que si inspecciono un poco la zona, encontraré frutos con los que comer. Pasó dos días sin nada. Pero al tercero el hambre auténtica de su estómago le dotó de una intuición extraordinaria para encontrar un delicioso panal de abejas. Tras saciar sus ganas, siguió caminando. Ante sus ojos se hallaba un nogal. ¡Oh que suerte! Se dio un banquete con las nueces, estaban deliciosas. Más tarde encontró una zarza en el cauce del río de la cual saboreó estupendas moras. Recolectó todos aquellas delicias agradecido por recibir todo aquello que estaba necesitando. Bastaba con que fijara un pensamiento necesario  y éste le venía dado por el medio.

Al cuarto día, se encontró con Roberto. Este se hallaba llorando por lo mal que había hecho su padre dejándolo destinado a la muerte. Eduardo se alegró y no pudo reprimir el impulso de lanzarse con alegría a abrazarle.

-Hermano al fin te encuentro, que hermoso día. Mira lo que he encontrado.
-¿Tienes comida? Yo he estado sin comer desde que nos dejó aquí el padre. Me llevé la bolsa de las provisiones pero al intentar subir más arriba me quedé enganchado en una piedra y tuve que tirar tan fuerte que la mochila se rompió cayendo todas las cosas a un precipicio. Ya veo que  eres el afortunado.
-Debiste ir en mi busca, entre los dos hubiéramos hallado comida antes.
-No quiero salvarme, esto es horrible. Nuestro padre es un monstruo. No sobreviviremos.

Estas cosas decía mientras engullía  las provisiones. Cuando hubo terminado con todo, se fue a acostar en una cama de hojas que tenía cerca.
-Hermano para tener ganas de morir, te has comido todo lo que tenía para sobrevivir en estos días. Debemos buscar algo más ahora que estamos fuertes.
-Ves tú, que sabes donde están. Yo lo he pasado muy mal y debo descansar para recuperarme.

Eduardo indeciso ante como debía actuar ante el egoísmo de su hermano, prosiguió la búsqueda. No podía creerlo, encontró la mochila intacta. Su hermano se había comido todas las cosas. Le había engañado para darle lástima. Se sentó para poder revolver aquel desagradable problema.

Podía hacer dos cosas: ir y pelear por el comportamiento que había tenido o buscar con qué sobrevivir los últimos tres días. Optó por lo más necesario y de nuevo, su perseverancia dio frutos. Encontró un manzano de montaña cargado de pequeñas frutas, rojas y dulces. Aprovechó que llevaba la mochila para poder trasportarlas y justo cuando iba darse la vuelta se encontró cara a cara con un enorme lobo negro.

No quería retroceder, pero el miedo le hizo correr. El lobo le dio un rápido alcance. Roberto al escuchar los gritos desesperados de su hermano, de su saltó se levantó y corrió como el viento guiado por la voz desesperada. Cuando llegó en ese instante el lobo trataba de morder la garganta para dar el golpe final . Roberto cogió una piedra con la que golpear al lobo en la cabeza, lo hizo poniéndose detrás de él ya que no se había percatado de su presencia, tan fuerte que el animal huyó dando alaridos de auténtico dolor.

Eduardo estaba magullado. Había sido mordido en brazos y piernas. El lobo le había desgarrado un muslo. Sin embargo, no se quejaba. Así que Roberto resolvió que lo mejor sería hacer un fuego grande allí mismo para ahuyentar animales hambrientos e ir a buscar agua al nacimiento del río. Lavó las heridas de su hermano y las cubrió con hojas que conocía podían curarlas. Debía evitar que se infectasen por las bacterias de los dientes del animal.

Hirvió las manzanas y alimentó con esta compota al enfermo. Tan preocupado estaba por él, que se olvidó del frío y hambre que estaba pasando. Todo lo que había, debía ser para el más débil. ¿Que diría su padre si al llegar el día de la recogida no aparecía Eduardo?

No hubo quejas. El lastimado Eduardo tuvo fiebres muy altas que el desconocido hermano bajaba con compresas de agua fría.

Llegó el domingo y casi estaba recuperado. Los dos juntos descendieron de la montaña mirándose en cada momento por si alguno necesitaba ayuda del otro.

Cuando el padre los vio descender al séptimo día de la montaña, sintió auténtica lástima. Venían muy desmejorados y flacos. Pero con un ánimo alegre. Lo habían pasado francamente mal, no hacía falta preguntarles, pero en el aire flotaba el amor cómplice de dos muchachos fuertes.

Nada les dijo, solo los abrazó con intensidad. Juntos regresaron a la aldea relatando aquellas cosas buenas que habían compartido. El padre se sentía tan orgulloso de ambos, que disimulaba estar resfriado para ocultar las lágrimas que no podía detener por la felicidad que le trasmitían.

A partir de ese día, cada vez que surgía un conflicto en el cual ambos volvían a alejarse, bastaba con que alguien mencionara la montaña para que se olvidara rápido de esa tontería que estaban convirtiendo en importante. El abrazo y las palabras amables daban tregua al enfado.

-Eduardo sin ti no lo habría conseguido. Me hice fuerte el día que quise ser como tú.
-¡Oh, hermano, aquel feroz lobo me tenía acorralado casi llegaban sus dientes a mi garganta, me hallaba perdido, tú sí que me salvaste, arriesgando tu vida!

El brillo en los ojos de ambos dejaba presente la admiración y profundo respeto que sentían el uno por el otro. Sin duda estar solos les hizo ver lo importante que era tener un hermano en el que apoyarse en momentos desafortunados.



-FIN-

jueves, 18 de febrero de 2016

Lulú se siente triste

Lulú se siente triste


Lulú la mona está falta de ánimo ¿Por qué me siento tan triste? Tengo todo lo que deseo y sin embargo, es como si faltara algo muy importante.

Pasa el día sola mordisqueando plátanos sin ganas. Hasta que ve el grupo de monas pasar, sale tras ellas con gesto imponente.

-¡Buenos días señoras monas!¿Dando una vueltecita a ver que encuentran verdad?

Las monas la saludan de mala gana, saben que pronto ocurrirá.

-¡Hay que ver que bebé más pequeño tiene Ud.,no debe cuidarlo mucho!Por ahí dicen que para criarlos mejor hay que comer hormigas. Vaya, ¿que le ocurrió? Tiene la cabeza deforme.¡ No , no cojas moras de ahí, esas son de mi propiedad!

Tras unos minutos, genera el malestar habitual, así que deciden marcharse aunque saben que están en el lugar más rico en frutos. La mona Lulú tiene guardia allí, vigila los frutos para ella sola. Muchas veces los frutos se pudren ya que nadie se los come, pero a ella le es indiferente. Mejor que sobren a que falten, se dice.

Tras el desayuno, se va a tomar un baño al arroyo. Allí esta mamá pata con sus preciosos patitos. No puede soportar que ensucien el agua donde se quiere bañar. Así que se mete de golpe dando manotadas y gruñendo con ferocidad. Pronto los patitos salen del agua y corren asustados entre las hierbas bajas.

Toma un baño satisfecha en soledad y se seca tumbada al sol. Esta concentrada, piensa donde podrá ir para fastidiar a algún animal. Recuerda que la eriza tuvo una camada de crías, sin duda estarán debajo del viejo bellotero. Corre subida de rama en rama para sorprenderlos en plena búsqueda de comida. Desde arriba les lanza bellotas, le divierte mucho verlos convertirse en bola. Tras un rato, se cansa y se va.

En las ramas de un árbol, se hace una cama para tomar una siesta. Escucha como las ratas salen al final de la tarde a hablar de las cosas del día. No las soporta, siempre hablan de lo mismo. Que si esta necesita una cosa y la otra se la presta, de lo que hizo tal amiga por ayudar a la familia. ¡Qué vida más absurda, con lo fácil que es preocuparse sólo por uno mismo!

Sin darse cuenta, se hunde el colchón de hojas y cae al vacío. Se golpea con todas las ramas y al llegar al suelo recibe un fuerte golpe en seco. Se ha roto un brazo. No puede trepar. Pasa toda la noche sola. Pensando en la mala suerte que tiene, se siente muy desdichada y triste.

A la mañana siguiente, el grupo de monas la encuentra en el camino. Lulú está segura pasaran de largo para comerse toda su reserva de comida ahora que no puede defenderla. No quiere levantar la mirada, se siente humillada por su debilidad. Las monas la observan un buen rato, cuchichean entre ellas y se acercan para hablarle:

-Lulú ¿Que te ha sucedido?
-Tuve mala suerte y mi cama se hundió, ese maldito árbol me la ha jugado. La hice perfecta pero todos me odian y tratan de que me sucedan cosas malas.
-No digas tonterías, anda. Nosotras no te odiamos, más bien no te soportamos. Eres egoísta y nunca haces nada agradable por los demás.
-¿De qué me vale ser agradable y amable? Eso me da trabajo y luego no lo son conmigo.
-Nosotras somos agradables contigo a pesar de que tú eres muy desagradable ¿verdad?
-Pero vosotras sois tontas, por eso os cuesta encontrar comida.
-Te equivocas, actuamos en equipo y tenemos localizadas reservas de bayas, bananas y mangos. Las encontramos gracias a que tú nos hiciste movernos a otros lugares.
-Coméis mangos? Vaya, yo no sabía que los había. Bueno da igual, a mi no me falta comida.
-¿Quieres que te cuidemos hasta que se cure tu brazo?
-¿A cambio de qué?
-A cambio de nada. Sé que te cuesta pensar que queremos ayudarte, pero es tal como te decimos.
-De acuerdo, cuidarme a cambio de nada.

Durante semanas Lulú anduvo observando como actuaban aquel grupo de monas en familia. Se bañaban compartiendo el arroyo con los patos, en perfecta armonía, no era necesario competir para ellas, tenían sitio suficiente. Pasaban el día cantando canciones, peinándose las unas a las otras, recolectando frutos para luego compartirlos. Hasta dormían juntas en una cama enorme que hicieron en el suelo a la cual se arrimaba, sintiendo bienestar y paz.

Cuando su brazo se hubo curado, se quiso marchar, ella estaba mejor sola que con aquel grupo de monas tontas que no sabían más que pensar en los demás.

Pasaron unos días y la tristeza volvió a apoderarse de ella. No tenía ganas de comer y ni tan siquiera disfrutaba fastidiando a los demás. De repente escuchó voces pidiendo auxilio. Era un animal seguro que había caído en una trampa. Cuando se asomó al agujero vio los ojos desesperados de la coneja implorando ayuda. Estiró su brazo para cogerla por las orejas. El animal no se resistió,confió en su destino. La puso sobre la hierba y la observó alejarse acelerada. Parecía estar muy preocupada. Pronto descubrió por qué. En la puerta de su madriguera se veían muchas cabecitas. Al ver a su madre los gazapos se sintieron muy felices. Ella los olisqueó y los condujo al interior con mucha prisa.

Aquel hecho inesperado, le produjo un novedoso placer, se sintió bien ayudando al conejo desconocido a cambio de nada. ¿Fue ella la que hizo semejante estupidez? Sí, se siente orgullosa y no sabe por qué. Sin darse cuenta, repite la forma de actuar como un hábito nuevo adquirido Hace cosas buenas cada día por los demás. Sentirse útil y necesaria, le da sentido a su vivir.

Pronto se habla de ella en todo el bosque. Raro es animal que al encontrarla no se sienta importante. Ella tiene amor para todos y se da porque disfruta invirtiendo su tiempo en el que lo necesita. El corazón le crece y las burbujas de alegría le iluminan el rostro. Trabaja cada día muy duro recolectado frutos para luego dejar algunos en el paso del grupo de monas. ¡A cambio de nada!

¡Que bonito es compartir! Cuanto más tiene más feliz es al compartirlo. Ya ni se acuerda de cómo era antes. La vida le sorprende, es al fin maravillosa.

-FIN-














miércoles, 17 de febrero de 2016

Cómo establecer la autoridad sin caer en el autoritarismo

CÓMO ESTABLECER LA AUTORIDAD SIN CAER EN EL AUTORITARISMO
Autoridad: Facultad o derecho de mandar a personas que están subordinadas.
Autoritarismo: Abuso que hace una persona de su autoridad
El problema de esta sociedad, es que nuestros hijos “nos pueden desde bien pequeños”. Hecho constatado y cierto. Mi hija de dos años recién cumplidos hace cosas muy diferentes estando en la guardería y que yo no conseguí hasta ayer en casa. Fue vergonzoso saber y escuchar la conclusión de su educadora :“no tienes ninguna autoridad sobre ella”.
Tenía miedo a ser demasiado dura. Equivocación. Duele imponer una norma y escucharla llorar. Pero es peor perder la calma porque me resultaba imposible estar tranquila en su compañía. He pasado de pensar “que niña más insoportable tengo" a decir “que mayor se está haciendo y cómo se esfuerza en recoger las cosas, aunque le cueste”. La dejo que me ayude a hacer todas las cosas, así se siente valiosa aunque no las haga bien. Ahora me siento orgullosa de ella y eso que sólo llevo dos días con el cambio de sistema.
Nos cuesta imponer reglas, nosotros mismos disculpamos constantemente todos sus errores. La sobre protección y la incapacidad para establecer reglas, están haciendo una sociedad de niños con síndrome de Emperador que no soportan los padres desde edades muy tempranas, porque se les ha ido de las manos y el niño manda a veces con agresividad para salirse con la suya. Y lo peor es que no saben frustrarse, cuando no consiguen algo, abandonan rápido. No les gusta sufrir para conseguir las cosas. Su perseverancia sólo la tienen para doblegarnos a sus intereses ¿verdad?
¿Es culpa del niño el ser tan insoportable? No. Todos los niños son adorables. Sólo aplican lo que les funciona para conseguir todo lo que quieren. La culpa es nuestra, por permitirlo.
Tras escuchar un enriquecedor programa sobre como mantener la autoridad comparto estas conclusiones:
PERDEMOS LA AUTORIDAD POR:
-Falta de convicción en lo que decimos. ( Cuando le decimos haz esto porque sino verás como se pone tu padre)
-Órdenes contradictorias ( Recoge tu cuarto y luego decirle que no hace falta, que mejor le haces la cama tú)
-Muchas órdenes repetitivas. ( Ves a tu habitación, lávate las manos, recoge los juguetes, ponte el pijama etc)
-Delegar la autoridad ( Pregúntale a tu padre)
-No actuar cuando nos provoca desafiando la norma. Es más fácil dejarle salirse con la suya.
GANAMOS AUTORIDAD AL:
-Generar confianza ( No desvelar públicamente sus cosas feas, no corregirle delante de los demás, se sienten humillados)
-Explicarle las cosas que están bien y que están mal.
-Hablarle a solas y ponerse en su lugar, cuando no cumple una norma.
-Elegir aquellas cosas que necesitamos tener como normas y ser constante para exigirlas. ( Lávate las manos antes de comer) Dándole explicaciones del por qué hay que hacer esas cosas.
-Mantener el respeto.
-Decirles que nos hemos equivocado sin temor. Nos querrán más si ve no siempre tenemos razón en todo.
-No basar la educación en premios o castigos. Hay que establecer valores para construir una persona que será beneficiosa para ella misma y la sociedad. Se aumenta así la autoestima personal. Ejemplo Soy bueno porque le he dado de comer a mi perro, he prestado los juguetes a mi amigo, le he fregado los platos a mi madre etc.
-Las normas establecidas deben ser cumplidas por la decisión de ambos padres, siendo realistas. ( hay que poner la mesa, sacar la basura, ordenar el cuarto etc)
-Hacer sentir al niño parte de la familia porque con su ayuda no podemos pasar. Les hace sentir muy valioso.
-Demostrarles amor con nuestro comportamiento.
-Saber escuchar sus problemas sin juzgarlos en cada momento, aunque tengamos razón. Todo tiene solución.
Ser padres no es tarea fácil y más en estos tiempos que intentamos que tengan una vida mejor y más fácil, pero pensar, nosotros hicimos justo aquellas cosas que nos dijeron que no hiciéramos y dejamos de hacer las que ellos deseaban para nosotros ( estudia para tener una vida más fácil, no seas como yo).
Ellos no son como nosotros. Debemos aceptarlo. Serán como quieran ser. NO existen hijos perfectos a la carta. Así que al al menos salgan educados en valores. Sabiendo perfectamente cuales son las cosas malas y las buenas que deben hacer. Habremos cumplido ¿verdad?

El abuelo Cesáreo

El abuelo Cesáreo

A Cesáreo no le gustaba tener el nombre de su abuelo. Los niños en el colegio se burlaban de él, no paraban de llamarle barbaridades relacionadas con niños deformes. ¿Por qué tuvo que tener un abuelo que se llamara Cesáreo ? Lo detestaba aún sin conocerlo. Vivía en África trataba de proteger a las últimas tribus ocultas en las selvas más intransitables.

Mamá siempre defendía el trabajo de su padre. Lo amaba a pesar de no haberle dedicado mucho tiempo por el trabajo de investigador de sociedades primitivas. Era antropólogo, al principio al escuchar esa palabra pensaba que era un caníbal, pero mamá le sacó de dudas. Las personas que comen carne humana se llaman antropófagos, no antropólogos.

-Cesáreo, debes aprender a defenderte de los ataques de los niños, desarrollar una estrategia para que no te afecte que se burlen de tu nombre. Todos hemos sufrido en el colegio porque se metían con nosotros. Cuando yo era pequeña, decían que no tenia padre porque era tan fea que se había marchado a ver a los descendientes de los monos africanos porque así se olvidaba de mi cara.

-No me consuelas mamá, ves al cole, habla con la profesora. Haz que los castigue y llame a sus padres, quiero que se hunda la Tierra para ellos.

-No voy a hacer eso. Estás frustrado y debes aprender a sufrir. Si no te gusta tu mundo, cámbialo, descubre como hacerlo.

El niño se indignó por la actitud pasiva de su madre. La ignoraba con ira en el comedor mientras jugaba con los dinosaurios. De repente, sonó el timbre. Mamá gritaba...¿qué pasará? Se acercó a la puerta y vio un hombre vestido de explorador, con ropas de color oliva envejecido, llevaba una mochila grande del mismo tono, el pelo largo canoso recogido en una cola, no parecía ser muy alto, llevaba aún las botas llenas de barro rojizo. Los ojos negros expresivos de un intenso brillo le estaban observando con atención. No podía ser, era el abuelo Cesáreo. Lo que le faltaba, ya no saldría de aquel desastre. Se marchó sin presentarse a su habitación para llorar en silencio un día tan horrible.

Al día siguiente, su abuelo estaba como estatua frente a su puerta. Pretendía llevarle al colegio. Los niños al verlo llegar con un personaje tan chocante se rieron con más fuerza. En el recreo le persiguieron sin descanso, era una batalla de todos contra él, la frase se repetía en su cerebro. Su abuelo estaba allí para llevarle a la selva, seguro que iba desnudo persiguiendo monos, comiendo plátanos y hablando con gestos.

Se sentía hundido, ya no le molestaba que le dijeran cosas feas sobre su nombre. Ese problema había pasado a segundo plano. El verdadero problema era tener un abuelo extraño con apariencia de película de Indiana Jones.

La maestra le había pedido al enterarse de la novedad, que su abuelo le ayudara a hacer experimento con fuego en la clase de ciencias. Cuando los niños de la clase escucharon las historias fantásticas de las tribus africanas, de cómo creaban herramientas con la invención de su mente, toda la burla y desprecio se esfumó dando paso a una admiración extraordinaria por el conocimiento sorprendente de aquel hombre. El espectáculo de crear fuego frotando dos palos sobre unas ramitas secas, provocó aplausos, risas y gritos alegres de profundo respeto.

-¡Viva el abuelo Cesáreo! Es el mejor, ¡viva, viva!-se escuchaba en el patio a través de las ventanas.

A la salida de clase, el niño apretó con fuerza la mano de su abuelo. Levantó la mirada para mirar la cara de aquel nuevo héroe. No se mostraba orgulloso, parecía tranquilo como si nada. El levantó la cabeza como una excelencia por tener un abuelo tan genial.

Ya en casa, el abuelo talló maderas africanas que traía en su mochila creando muñecos alegres de madera. Hablaba poco parecía estar concentrado, en silencio el chico admiraba su creatividad. Una idea le perseguía en la cabeza, al fin preguntó: ¿Abuelo crees que algún día podré hacer cosas como tú?

-Te diré un gran secreto que me fue revelado, pequeño. Todo hombre tiene una misión en este mundo, no está escrita en los libros. La competitividad con la que se rige este mundo no hace más que destruirlo, pronto la Naturaleza rugirá con fuerza marcando el fin de muchas cosas creadas por la mano del Hombre. Éste sólo alcanzará el éxito a través de la Creación.

-Abuelo dices cosas muy raras, no las entiendo. Todo lo que he aprendido significa que debo ser el mejor, que no hay muchas oportunidades y sólo serán aprovechadas por los mejores. Debo estudiar y centrarme sólo en mí. Competir y ser el mejor. Así todos estarán pendientes de mi éxito.

-Cesáreo... ¿Eso te hace feliz?

-La verdad es que... Si saco Sobresaliente los niños sienten envidia y se burlan más por ser el empollón. Si soy el mejor y lo demuestro, soy atacado constantemente. No abuelo, no me hace feliz.

-¿Alguna vez te has preocupado en ayudar a algún niño en algún aprieto? ¿Has pensado en cómo se sentirán los demás cuando en materias difíciles para ellos sacas notas excelentes? ¿Has compartido tus éxitos y has valorado las virtudes de otros?

-No, abuelo. Yo solo pienso en mi. Nunca soy capaz de prestar mis cosas. No doy lo que ya no necesito y espero que los demás no se den cuenta de lo buenos que son para aprovechar la oportunidad de llegar primero que ellos.

-¿Cómo crees que puedes ser Creador?

-No sé abuelo, yo no sé pensar en crear cosas. No me veo bueno en nada.

-¿Estás seguro?

-Bueno, me gustaría diseñar coches. Mamá dice que los rompo todos. Necesito investigar cómo están hechos y que hay en el interior.

-Comprendo. Tienes muchas cosas que aprender, querido niño. Vamos a hacer una cosa. Deja de sentirte culpable, vamos a enterrar el PASADO y olvidarlo. A partir de mañana, debes apuntar las cosas buenas que haces por ayudar a los demás y observar el mundo con otros ojos, lejos de las metas que todos tienen como si fueran diseñados en serie. Ninguno de ellos será Creador.

El niño reflexivo se marchó a su habitación. Vio la Luna desde la ventana y le apeteció coger el telescopio del abuelo para ver las estrellas. Pasó horas observando el Universo. Cada vez que volvía a mirar al mismo sitio podía ver que de nuevo aparecían cosas nuevas. Era mejor que ver dibujos en la tele. Cuando estuvo muy cansado, fue a dormir. Toda la noche estuvo soñando con el contenido de las estrellas. Moldeó un traje de gas para poder subir a los Planetas sin necesidad de nave.

Aquella curiosidad lejos de apagarse, fue en aumento. Leía y observaba el Mundo en su estado original sin estar manipulado por la mano del Hombre y concluyó que todo estaba hecho por las mismas materias: plástico, metal, cristal. Cualquier cosa que existía fue creada en un pensamiento. Vaya, se decía, el abuelo tiene razón.

Empezó a estudiar sólo aquellas cosas que le interesaban de verdad. En astronomía se hizo toda una autoridad, sus descubrimientos y conclusiones estuvieron tan justificadas, que pronto las mejores Universidades del país le ofrecieron cargos importantes en sus equipos de investigación.

Cesáreo debía mucho a la visita de su querido abuelo, que le ayudó a valorar lo verdadero. Sólo lo vio unos días en su infancia, pero nunca dejó de escribirle y estar en contacto. Ahora comprendía porqué mamá le quería tanto. Era un hombre lleno de amor y sabiduría, que se dirigía en la vida por caminos diferentes donde la auténtica vida y equilibrio era sentida en toda su verdad.


FIN

martes, 16 de febrero de 2016

La sardina Martita

La sardina Martita


La sardina Martita está blanca. Sus escamas están secas, su color azul decolorado. Se mira ante el espejo y el temor la lleva a preguntar en voz alta a sus papas por el cambio de vitalidad. Ella fue obediente e hizo todo junto con el banco, siempre atenta a las órdenes de la supervivencia, comió lo mismo que las otras y sin embargo la única que enfermó fue ella.

Tuvo cita pronto con el doctor, le dijo muy serio: No sé si te salvarás, pero haré todo lo que pueda por ayudarte. Tu enfermedad es muy grave, se llama cáncer.

Sorprendida por la noticia que confirmaba su flojedad, no tira para atrás. No voy a llorar, seré fuerte. Escucha con tristeza las voces de sus padres se les ha hundido el mar. Aún así le aseguran que podrá con la enfermedad, es un sol que no va a dejar de brillar.

El valor se ve en los ojos redondos y inocentes de sardinita de corta edad. Me voy a salvar. No pensaré en nada más. Todo lo que hasta ahora me parecía importante lo voy a abandonar, tengo que centrarme en amar mucho a mis papás y creer que existe un gran final para mi.

Cada mañana llena su cabecita de canciones, flores, colores juegos y acertijos. No quiere pensar en nada que sea oscuro. Tan absorta vive en el sueño de los cuentos felices, que se viste de princesa con los trajes mas bellos. El tratamiento médico casi se disuelve en las medicinas, esa parte es como si la hubiera hecho desaparecer de su memoria. El dolor no existe y se va cuando la bruja sale a bailar.

Durante meses de profundos cuidados, el médico la felicita: Te has curado, me infundiste mucha confianza con tu determinación, tu carácter alegre y tus ganas de vivir. Te admiro pequeña sardinita te voy a colocar de reina de heroínas de mi consulta. Te doy el premio a la fe en ti misma y la medalla a la Vida.

Martita tiene la piel muy azul, se sonroja. Sus hermosos ojos de algodón, expresan gratitud. No puede reprimir saltar sobre el doctor y darle un fuerte abrazo. Sin su ayuda no estaría de nuevo de color azul. La confianza vuelve a reinar en el banco de sardinas.

El Mar está cubierto por deshechos de plásticos, residuos tóxicos y demás barbaridades que son vertidas sin control. Ignoran la vida aquellos que atentan con peligrosidad contra el agua.

La lucha de la sardinita Martita es la de muchos niños que tienen que enfrentarse a enfermedades terribles desde su corta edad. Recibir todo el valor en vuestro camino que os marcará como héroes y os dará una intensidad de vida que otros jamás podrán ni imaginar. Sólo es un tropiezo que os hará más fuertes que os crezcan las alas de la fe en la vida y que la suerte sea el caballo que os haga vibrar.


Para los niños con cáncer con todo mi reconocimiento.