Ignacio el ratón de
juguete
Ignacio era un ratón de peluche suave,
marrón salvo por el pecho, interior de las orejas y bigotes que
eran rosas. Sus ojos grandes de color carbón y pestañas largas
rizadas, enternecían de forma instantánea al que lo miraba.
En la habitación siempre parecía
estar solo. Envidiaba la formación del ejercito de soldados de
plástico, sus canciones, disciplinas y amor a la patria. Eran
capaces de compartir espacio con amistad y alegría. Parecían ser
muy felices en sus entrenamientos. Los observaba durante largo rato
sin atreverse a seguirlos
Pasaba frente al espejo veloz y
enfadado, detestaba su imagen. Era ridícula. ¿A quién se le había
ocurrido? Un ratón con bigotes rosas. Pensaba que por ser
diferente, se burlaban de él, así que detestaba a los demás
juguetes.
Las muñecas lo encontraban adorable,
salvo cuando se irritaba. No sabía contener su rabia o trasformarla
en otra cosa. Deseaba el mal de todos los que le llevaban la contra y
si alguien se atrevía a quitarle la razón, comenzaba una batalla de
palabras con tanta energía que al contrincante no le quedaba más
remedio que abandonar por cansancio. Ignacio no perdonaba que se le
hubiera puesto en evidencia y como castigo, dejaba de hablar con el
juguete.
Ese era el motivo por el cual en la
habitación de los juguetes todos conversaban excepto Ignacio. El
pobre ratón se entretenía grabando en su mente con prodigiosa
memoria los errores observados en los demás y luego los decía en
voz baja. El juguete en cuestión lo escuchaba y al instante se
sentía muy triste.
Lejos de sentir felicidad, Ignacio cada
día estaba más enfurecido. El poder de dañar, era insuficiente le
daba un disfrute soso aumentando la rabia interior. Si el sol salía
y tocaba con sus rayos la cabeza entraba en cólera. Las bailarinas
ya no se atrevían a dar su espectáculo de danza por las tardes, por
el leve sonido de sus zapatillas ya que a él le provocaba un
malestar nervioso tal que lo inducia a dar paseos rápidos, idas y
venidas a ninguna parte, que trataban de indicar sus intenciones de
querer acabar con ellas.
Un día llegó una caja de música.
Era un carrusel con caballitos que subían y bajaban al compás de
un ritmo relajado. Eran de color rojo brillante, las barras redondas
a los cuales estaban sujetos estaban pintadas de color rojo, amarillo
y azul. Las pezuñas, crin y cola eran de color dorado. Al ratón le
pareció que eran preciosos y quedó encantado. La música le
conducía a tener buenos sentimientos y se le despertó unas ganas
impacientes por hacer amistad con ellos.
-Caballitos veo que sois nuevos por
aquí.¡ Sed bienvenidos en nombre de todos los juguetes!-les dijo
con voz segura y solemne, haciéndose el portavoz oficial.
-¡Gracias, ratón de princesas! -Le
contestaron los ocho muy contentos.
-¿Por qué me llamáis así?
-Por que tus bigotes rosas dejan ver
que debes ser la mascota de alguna princesa de cuento.
-Vaya, no lo había pensado. Eso me
gusta. Uhmm...ser el mejor amigo de una princesa, prestigio y poder.
-Los juguetes nos han dicho que no les
hablas porque cuando surge un conflicto, acabas marchándote sin
perdonarlos jamás.
-Es la única manera que existe-replicó
a modo de defensa-
-Entonces¿no quieres ser nuestro
amigo?
-Vosotros no me habéis ofendido, de
momento.-replicó sembrando una duda.
-Mira ratón, nosotros los caballos no
soportamos a los ratones porque nos dan miedo ¿Así por qué debemos
ser tus amigos?
¿Miedo de mí? Pero si soy inofensivo.
Yo no...Tuvo que interrumpirse al recordar que los demás juguetes al
cruzarse con él trataban de ocultarse. Entonces ¿infundo miedo?
Pero si soy un poco de color rosa.
-Pero tienes muy mal carácter ¿verdad?
-¿Y cómo podría hacer para no daros
miedo? -les dijo aterrorizado ante la idea de quedarse de nuevo solo.
Verás debes poner un cofre esta noche
en el jardín a las doce en punto. Estará vacío. En el meterás
todos tus sentimientos de ira y rencor que te alejan de los juguetes.
Nosotros los percibimos aunque desees ser amable. Así sólo quedará
amor en ti y no nos darás miedo.
A Ignacio no le gustaron nada las
exigencias de los caballitos. ¿Olvidarse de todas las ofensas?
¿Enterrar el pasado? ¿Disfrutar del presente? Era demasiado. Estuvo
meditando un rato. Si se quitaba todo aquel peso ¿que le quedaría?
No perdía nada en intentarlo. Pero necesitaba una guía para poder
lograrlo. El orgullo le impidió solicitar ayuda a los caballos de
nuevo.
Cuando llegó la noche fue al jardín y
abrió el cofre vacío, empezó a pensar en los momentos de ofensa
con los juguetes. Llegaron las imágenes de las palabras hirientes de
las discursiones que rebobinaba en su interior. ¡Olvidar y
enterrar! ¡Imposible! ¡No olvidaría esas cosas porque entonces ya
no le quedaría sentimiento de ser el más fuerte!
Entonces apareció un escarabajo de
color negro que al verlo allí plantado, no dudó en preguntarle.
Ignacio le mintió al principio porque pensaba que era un
entrometido. Pero tras unos instantes cambió su conducta. Necesitaba
ayuda ¿por qué no valerse de un extraño que nada sabía de sus
problemas?
-Escarabajo tengo una pregunta para
Ud., si no le molesta.
-Dígame, le ayudaré en lo que pueda.
-¿Cómo metería Ud un sentimiento que
no reconoce, esconde y nadie ve?
-Le entiendo Ignacio. Ya comprendo
porque está aquí. Verá yo primero reconocería ese sentimiento,
hablaría con el y le obligaría a mostrarse. Tras eso me plantearía
si quiero seguir cerca de algo que me daña y hace daño. Tras elegir
estar bien, le pondría un nombre; PASADO. Y seguido lo enterraría
en un lugar donde no volviera a estorbarme en el presente,
olvidándolo para siempre.
El escarabajo negro con gran sabiduría
vino a reforzar las palabras de los caballitos. Ahora sí que iba a
dejar esos sentimientos bien lejos. Estaba vacío y dañado a causa de dejar que mandaran en su vida cada día. Los metió en la caja y la
enterró bien hondo regresando a la casa.
A la mañana siguiente, al despertar el
sol de nuevo parecía querer molestarle. Iba a enfadarse cuando
meditó el hecho un segundo. No lo hace a propósito tiene que
calentar y dar luz, me quitaré de este lado para que no me de.
Luego cuando se encontró con el peluche oso le saludó como si nada.
Para su sorpresa le contestó de manera amable. ¡Vaya, que fácil
está resultando! Y así uno tras otro, los juguetes volvieron a
hablar con él. Pasó una mañana tan agradable, que casi se olvidó
de la caja de música.
Su corazón estaba lleno de buenos
sentimientos y amor. La energía renovada se reflejaba en su rostro.
Así que fue a ver a sus admirados caballos.
Estaban dando vueltas entonando una
melodía preciosa. Cuando le vieron, le sonrieron. Se notaba el
cambio así podría estar con ellos y vivir en paz.
Desde ese día cuando surgía una cosa
que no le gustaba y no podía olvidarla, se iba a enterrar un cofre
al jardín, pasándose largas horas fuera hasta que lograba sacar el
malestar de su cuerpo y meterlo en un agujero oscuro solo. El remedio
le funcionaba y sabía que debía hacerlo si quería estar bien con
sus amigos. Al fin y al cabo, era su orgullo el que no le dejaba
avanzar.
Aprendió a no dejarlo mandar a la hora
de pedir perdón o recibirlo. Todas las disculpas eran válidas.
Nadie ni nada era perfecto. Todo era una evolución constante
obtenida de la resolución de cada instante. No debía cambiar a los
demás, sólo aceptarlos. Con sus errores y aciertos. ¿Acaso no era
divertido equivocarse?
-FIN-

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