lunes, 15 de febrero de 2016

La Ramita Ramírez



La Ramita Ramírez

Cuando llegó el momento de la poda, los árboles frondosos cargados de ramas tupidas donde apenas lograba asomar un rayo de sol, parecían estar temerosos del desastroso final. Sin embargo, en el árbol más verde y joven, en el segunda rama empezando por el tronco, se hallaba la Ramita Ramirez jubilosa. Lejos de sentir el miedo desatado por contagio de las demás ramas ante aquella incertidumbre, se sentía feliz ante la oportunidad de vivir separada del árbol, su intuición le decía que tras la nada vendría la oportunidad del cambio.

Durante años, se mantuvo atenta en la contemplación de la vida humana. Las voces de los niños correteando entre los árboles de laurel de Indias al cual pertenecía, fueron el único entretenimiento. Los pequeños solían arrancar hojas de las ramas más bajas para hacer comida para las hormigas o guiados por sus madres para pintar con acuarelas hermosos dibujos con hojas.

Numerosas familias de gorriones, tórtolas, palomas y demás pájaros, la mayoría campestres se habían refugiado en aquellos enormes árboles de la ciudad. El tronco liso de color grisáceo del laurel de Indias hacia contraste con la enorme forma oval que el árbol iba adquiriendo, sus raíces sobresalían dando la sensación de que aquel árbol quisiera pronto caminar.

Cuando el jardinero cortó las ramas que excedían de peso del árbol, ninguna tuvo voluntad para pensar que se iniciaba un nuevo camino para ellas, aquella catástrofe era el fin de sus vidas. No sobrevivirían sin el manantial de salvia que discurría a través de ellas en el laberinto de túneles infinitos.

-No tengáis miedo compañeras, vamos a tener la oportunidad de convertirnos en aquello que queramos ser -se alzó una voz alentadora ante muchos gritos y lamentos, intentando infundir ánimo-
-¿Quién se atreve a hablar así? -dijo una rama rolliza, fuerte y poderosa que estaba muy enfadada con lo sucedido.
-Soy yo, la Ramita Ramirez señora, creo que estamos destinadas a algo grande y mejor, hasta hora, siempre estuvimos unidas al árbol y no pudimos elegir ni un sólo momento de nuestras vidas.

-Eres una rama tonta, sin el árbol no somos nada-contestó la directora de aquella orquesta de quejas y lamentos- vamos a morir.

La ramita Ramirez, confusa ante el funeral de aquellas ramas quejicosas, desafió a las palabras con valor, abrió grande los ojos y observó por primera vez el mundo, dando la espalda a las cosas que le ataban allí. Tal era su fe, que le crecieron al instante patas y manos con las que manejarse. No podía convencer a sus compañeras con que existía algo mejor, se negaban a comprobarlo. Se alejó en silencio, llena de pesar le hubiera gustado continuar con ellas.

Pronto llegó la noche y se refugió cerca del arroyo. No tuvo miedo, ella era decisión y energía, una fuerza extraordinaria reflejaba la vida en su interior. A la mañana siguiente al despertar, pudo observar como un erizo trataba de cruzar la charca. Se notaba miedoso y dudaba a cada instante, no deseaba meterse en el agua. Casi iba a abandonar su propósito cuando Ramita Ramirez intervino voluntariosa para ayudarle. Le propuso que cruzara sobre ella cuando se hubiera tumbado. La extremidad de su tronco asomaba en las dos orillas, así que era el puente perfecto.

El solitario erizo, sintió confianza hacia la desconocida rama que con tanto cariño y seguridad le había ofrecido ayuda en una situación complicada. Y así consiguió su objetivo. Al llegar al otro extremo del agua volvió la cabeza para mirarla fijamente unos instantes, la ramita pudo ver un reflejo de la enorme gratitud sentida en el corazón del erizo, una gran satisfacción personal sorprendió a la rama perdida en la contemplación de aquellos ojos redondos y negros. Se sentía muy feliz por ser útil y pensar en los demás.

El sol lucia con brillantez y le gustó quedarse a modo de puente entre las dos orillas, quería ver para cuántos seres sería una bendición ese día. Pronto, apareció un ejército de hormigas laboriosas topando con que existía un nuevo puente para cruzar. Ya no tendrían que arriesgarse y navegar en hojas. Con menos esfuerzo llegaron a los frutos caídos de los árboles de la otra orilla. También atravesaron conejos y ardillas.

Allí se había instalado Ramita Ramírez por ser necesaria, hasta que llegó un niño con un perro de pelo largo muy juguetón.

-¡Este palo es perfecto para ti Lacky, corre, ves y traímelo!

El perro corrió a recoger el trozo de rama lanzado con fuerza por el niño y se lo llevó para que se lo lanzara de nuevo.

-Oh! Esto es horrible... Estoy llena de babas y mordiscos. Espero que pronto este niño y su perro se marchen. Ya no me gusta ser útil a los demás.

La Ramita Ramirez se sintió manipulada y casi arrepentida de haberse expuesto tanto a la mano del Hombre. Estuvo todo el día malhumorada envuelta en babas y mordiscos. Cuando el chico se hubo cansado, lejos de dejarla tirada se la llevó a casa.

En el hogar, escuchó voces amables y por unas horas aquel perro baboso se olvidó de que existía.

Cuando todos dormían se atrevió a sacar sus patitas y se puso a investigar la casa. Allí vivían dos niños, los padres, un perro y un enorme gato. Parecían ser buenos, se mantuvo allí por una corazonada, lejos de obedecer a su instinto de supervivencia que le decía que se alejase lo más rápido de allí, necesitaba ver que ocurría al día siguiente.

El niño que llevaba al perro tropezó al levantarse con ella y la dejó sobre la mesilla. Su hermano que era ciego de nacimiento la tocó al rozar con sus dedos el borde de la mesilla, notó que era extraño el objeto y la cogió entre sus manos palpando cada trozo, trataba de imaginar que sería.

-Alberto, es sólo una simple rama que encontré en el bosque, a Lacky le gusta mucho que se la lance.-le dijo Juan al ver que se entretenía demasiado excitado tratando de averiguar que era aquello.

-No es una rama cualquiera, tiene vida.- predijo el niño dotado de un poder especial que le hacía percibir cosas maravillosas. Será mi amiga.

-Dices muchas tonterías, pero te la regalo, es tuya, Lacky volverá a jugar con sus pelotas de tenis-le contestó un poco indignado al ver que decía cosas absurdas. Sólo era una rama insignificante como otras.

Alberto cogió su navaja afilada y comenzó a tallar aquella rama mordisqueada. El resultado fue inesperado. Consiguió un hombre pequeñito de madera. Tras pulirlo con una lima de metal para dejarlo suave, lo pintó con barniz incoloro. Estuvo todo el día hablando con aquel ser creado con la ilusión de sus manos. Al llegar la noche la Luna obró el milagro.

Un rayito pequeño de luz iluminó la mesilla en la cual se hallaba en pie la Ramita Ramirez. Cerca pudo observar a una araña laboriosa inmersa en una importante misión, con sus ocho patas tejía una tela brillante de plata. Cuando estuvo hecha, unas pequeñas e ingeniosas hormigas, ansiaban colaborar. Con mucha dedicación y esmero, cortaron las piezas del traje, luego un caracol pasó por cada línea para unir de modo definitivo las partes.

El resultado fue sensacional. La Ramita lloraba de felicidad, viendo como todos aquellos seres se habían esforzado por hacerle un traje.
Ahora era como un hombrecito brillante, pronto tuvo hasta voz tierna y agradable. Estaba tan contenta que saltó sobre la cama del niño y le susurró al oído:

-Despierta, mira en qué me he convertido gracias a ti, mi amigo.

Alberto lo escuchó, soñoliento abrió los ojos y pudo ver al hombrecillo brillante de color de Luna que había tallado bailando muy contento sobre su pecho.

-No puede ser, soy ciego, no debería verte.

-Sigues siendo ciego para los demás, pero me diste una parte de di y eres el único que puede ver que me muevo y tengo vida, soy la Ramita Ramirez, para servirte.
-Oh, eso es fantástico...¿entonces serás mi guía a partir de ahora?

-Por supuesto, nada me llena más de amor que quedarme contigo y serte útil, seré tu mejor apoyo, amigo.-le contestó con gratitud por todo lo que había hecho por convertirlo en algo valioso.

La felicidad que se despertó en aquel niño aislado y solitario, que apenas comprendía un mundo en tinieblas fue duradera. Al fin se sentía seguro. Podía percibir las emociones humanas en el rostro de su amigo. Comprendía lo que era la gratitud y amistad. Lo hermoso que eran los ojos iluminados con ilusión con alegría. Ramita Ramírez representaba todo lo bueno que quería tener cerca.


Todas las noches que la Luna iluminaba la estancia, el hombrecito brillaba recuperando la vida, haciendo dichoso a Alberto. Sin duda hubo una gran historia para ella. La imaginó y el destino la atrajo a su vida. A veces se preguntaba un poco triste ¿qué habrá sido de aquellas ramas?


FIN


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