La Ramita Ramírez
Cuando llegó el momento de la poda,
los árboles frondosos cargados de ramas tupidas donde apenas lograba
asomar un rayo de sol, parecían estar temerosos del desastroso
final. Sin embargo, en el árbol más verde y joven, en el segunda
rama empezando por el tronco, se hallaba la Ramita Ramirez jubilosa.
Lejos de sentir el miedo desatado por contagio de las demás ramas
ante aquella incertidumbre, se sentía feliz ante la oportunidad de
vivir separada del árbol, su intuición le decía que tras la nada
vendría la oportunidad del cambio.
Durante años, se mantuvo atenta en la
contemplación de la vida humana. Las voces de los niños correteando
entre los árboles de laurel de Indias al cual pertenecía, fueron
el único entretenimiento. Los pequeños solían arrancar hojas de
las ramas más bajas para hacer comida para las hormigas o guiados
por sus madres para pintar con acuarelas hermosos dibujos con hojas.
Numerosas familias de gorriones,
tórtolas, palomas y demás pájaros, la mayoría campestres se
habían refugiado en aquellos enormes árboles de la ciudad. El
tronco liso de color grisáceo del laurel de Indias hacia contraste
con la enorme forma oval que el árbol iba adquiriendo, sus raíces
sobresalían dando la sensación de que aquel árbol quisiera pronto
caminar.
Cuando el jardinero cortó las ramas
que excedían de peso del árbol, ninguna tuvo voluntad para pensar
que se iniciaba un nuevo camino para ellas, aquella catástrofe era
el fin de sus vidas. No sobrevivirían sin el manantial de salvia que
discurría a través de ellas en el laberinto de túneles infinitos.
-No tengáis miedo compañeras, vamos a
tener la oportunidad de convertirnos en aquello que queramos ser -se
alzó una voz alentadora ante muchos gritos y lamentos, intentando
infundir ánimo-
-¿Quién se atreve a hablar así?
-dijo una rama rolliza, fuerte y poderosa que estaba muy enfadada con
lo sucedido.
-Soy yo, la Ramita Ramirez señora,
creo que estamos destinadas a algo grande y mejor, hasta hora,
siempre estuvimos unidas al árbol y no pudimos elegir ni un sólo
momento de nuestras vidas.
-Eres una rama tonta, sin el árbol no
somos nada-contestó la directora de aquella orquesta de quejas y
lamentos- vamos a morir.
La ramita Ramirez, confusa ante el
funeral de aquellas ramas quejicosas, desafió a las palabras con
valor, abrió grande los ojos y observó por primera vez el mundo,
dando la espalda a las cosas que le ataban allí. Tal era su fe, que
le crecieron al instante patas y manos con las que manejarse. No
podía convencer a sus compañeras con que existía algo mejor, se
negaban a comprobarlo. Se alejó en silencio, llena de pesar le
hubiera gustado continuar con ellas.
Pronto llegó la noche y se refugió
cerca del arroyo. No tuvo miedo, ella era decisión y energía, una
fuerza extraordinaria reflejaba la vida en su interior. A la mañana
siguiente al despertar, pudo observar como un erizo trataba de cruzar
la charca. Se notaba miedoso y dudaba a cada instante, no deseaba
meterse en el agua. Casi iba a abandonar su propósito cuando Ramita
Ramirez intervino voluntariosa para ayudarle. Le propuso que cruzara
sobre ella cuando se hubiera tumbado. La extremidad de su tronco
asomaba en las dos orillas, así que era el puente perfecto.
El solitario erizo, sintió confianza
hacia la desconocida rama que con tanto cariño y seguridad le había
ofrecido ayuda en una situación complicada. Y así consiguió su
objetivo. Al llegar al otro extremo del agua volvió la cabeza para
mirarla fijamente unos instantes, la ramita pudo ver un reflejo de la
enorme gratitud sentida en el corazón del erizo, una gran
satisfacción personal sorprendió a la rama perdida en la
contemplación de aquellos ojos redondos y negros. Se sentía muy
feliz por ser útil y pensar en los demás.
El sol lucia con brillantez y le gustó
quedarse a modo de puente entre las dos orillas, quería ver para
cuántos seres sería una bendición ese día. Pronto, apareció un
ejército de hormigas laboriosas topando con que existía un nuevo
puente para cruzar. Ya no tendrían que arriesgarse y navegar en
hojas. Con menos esfuerzo llegaron a los frutos caídos de los
árboles de la otra orilla. También atravesaron conejos y ardillas.
Allí se había instalado Ramita
Ramírez por ser necesaria, hasta que llegó un niño con un perro de
pelo largo muy juguetón.
-¡Este palo es perfecto para ti Lacky,
corre, ves y traímelo!
El perro corrió a recoger el trozo de
rama lanzado con fuerza por el niño y se lo llevó para que se lo
lanzara de nuevo.
-Oh! Esto es horrible... Estoy llena de
babas y mordiscos. Espero que pronto este niño y su perro se
marchen. Ya no me gusta ser útil a los demás.
La Ramita Ramirez se sintió manipulada
y casi arrepentida de haberse expuesto tanto a la mano del Hombre.
Estuvo todo el día malhumorada envuelta en babas y mordiscos.
Cuando el chico se hubo cansado, lejos de dejarla tirada se la llevó
a casa.
En el hogar, escuchó voces amables y
por unas horas aquel perro baboso se olvidó de que existía.
Cuando todos dormían se atrevió a
sacar sus patitas y se puso a investigar la casa. Allí vivían dos
niños, los padres, un perro y un enorme gato. Parecían ser buenos,
se mantuvo allí por una corazonada, lejos de obedecer a su instinto
de supervivencia que le decía que se alejase lo más rápido de
allí, necesitaba ver que ocurría al día siguiente.
El niño que llevaba al perro tropezó
al levantarse con ella y la dejó sobre la mesilla. Su hermano que
era ciego de nacimiento la tocó al rozar con sus dedos el borde de
la mesilla, notó que era extraño el objeto y la cogió entre sus
manos palpando cada trozo, trataba de imaginar que sería.
-Alberto, es sólo una simple rama que
encontré en el bosque, a Lacky le gusta mucho que se la lance.-le
dijo Juan al ver que se entretenía demasiado excitado tratando de
averiguar que era aquello.
-No es una rama cualquiera, tiene
vida.- predijo el niño dotado de un poder especial que le hacía
percibir cosas maravillosas. Será mi amiga.
-Dices muchas tonterías, pero te la
regalo, es tuya, Lacky volverá a jugar con sus pelotas de tenis-le
contestó un poco indignado al ver que decía cosas absurdas. Sólo
era una rama insignificante como otras.
Alberto cogió su navaja afilada y
comenzó a tallar aquella rama mordisqueada. El resultado fue
inesperado. Consiguió un hombre pequeñito de madera. Tras pulirlo
con una lima de metal para dejarlo suave, lo pintó con barniz
incoloro. Estuvo todo el día hablando con aquel ser creado con la
ilusión de sus manos. Al llegar la noche la Luna obró el milagro.
Un rayito pequeño de luz iluminó la
mesilla en la cual se hallaba en pie la Ramita Ramirez. Cerca pudo
observar a una araña laboriosa inmersa en una importante misión,
con sus ocho patas tejía una tela brillante de plata. Cuando estuvo
hecha, unas pequeñas e ingeniosas hormigas, ansiaban colaborar. Con
mucha dedicación y esmero, cortaron las piezas del traje, luego un
caracol pasó por cada línea para unir de modo definitivo las
partes.
El resultado fue sensacional. La Ramita
lloraba de felicidad, viendo como todos aquellos seres se habían
esforzado por hacerle un traje.
Ahora era como un hombrecito
brillante, pronto tuvo hasta voz tierna y agradable. Estaba tan
contenta que saltó sobre la cama del niño y le susurró al oído:
-Despierta, mira en qué me he
convertido gracias a ti, mi amigo.
Alberto lo escuchó, soñoliento abrió
los ojos y pudo ver al hombrecillo brillante de color de Luna que
había tallado bailando muy contento sobre su pecho.
-No puede ser, soy ciego, no debería
verte.
-Sigues siendo ciego para los demás,
pero me diste una parte de di y eres el único que puede ver que me
muevo y tengo vida, soy la Ramita Ramirez, para servirte.
-Oh, eso es fantástico...¿entonces
serás mi guía a partir de ahora?
-Por supuesto, nada me llena más de
amor que quedarme contigo y serte útil, seré tu mejor apoyo,
amigo.-le contestó con gratitud por todo lo que había hecho por
convertirlo en algo valioso.
La felicidad que se despertó en aquel
niño aislado y solitario, que apenas comprendía un mundo en
tinieblas fue duradera. Al fin se sentía seguro. Podía percibir
las emociones humanas en el rostro de su amigo. Comprendía lo que
era la gratitud y amistad. Lo hermoso que eran los ojos iluminados
con ilusión con alegría. Ramita Ramírez representaba todo lo bueno
que quería tener cerca.
Todas las noches que la Luna iluminaba
la estancia, el hombrecito brillaba recuperando la vida, haciendo
dichoso a Alberto. Sin duda hubo una gran historia para ella. La
imaginó y el destino la atrajo a su vida. A veces se preguntaba un
poco triste ¿qué habrá sido de aquellas ramas?
FIN

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