Lulú se siente triste
Lulú la mona está falta de ánimo
¿Por qué me siento tan triste? Tengo todo lo que deseo y sin
embargo, es como si faltara algo muy importante.
Pasa el día sola mordisqueando
plátanos sin ganas. Hasta que ve el grupo de monas pasar, sale tras
ellas con gesto imponente.
-¡Buenos días señoras monas!¿Dando
una vueltecita a ver que encuentran verdad?
Las monas la saludan de mala gana,
saben que pronto ocurrirá.
-¡Hay que ver que bebé más pequeño
tiene Ud.,no debe cuidarlo mucho!Por ahí dicen que para criarlos
mejor hay que comer hormigas. Vaya, ¿que le ocurrió? Tiene la
cabeza deforme.¡ No , no cojas moras de ahí, esas son de mi
propiedad!
Tras unos minutos, genera el malestar
habitual, así que deciden marcharse aunque saben que están en el
lugar más rico en frutos. La mona Lulú tiene guardia allí, vigila
los frutos para ella sola. Muchas veces los frutos se pudren ya que
nadie se los come, pero a ella le es indiferente. Mejor que sobren a
que falten, se dice.
Tras el desayuno, se va a tomar un baño
al arroyo. Allí esta mamá pata con sus preciosos patitos. No puede
soportar que ensucien el agua donde se quiere bañar. Así que se
mete de golpe dando manotadas y gruñendo con ferocidad. Pronto los
patitos salen del agua y corren asustados entre las hierbas bajas.
Toma un baño satisfecha en soledad y
se seca tumbada al sol. Esta concentrada, piensa donde podrá ir
para fastidiar a algún animal. Recuerda que la eriza tuvo una camada
de crías, sin duda estarán debajo del viejo bellotero. Corre subida
de rama en rama para sorprenderlos en plena búsqueda de comida.
Desde arriba les lanza bellotas, le divierte mucho verlos convertirse
en bola. Tras un rato, se cansa y se va.
En las ramas de un árbol, se hace una
cama para tomar una siesta. Escucha como las ratas salen al final de
la tarde a hablar de las cosas del día. No las soporta, siempre
hablan de lo mismo. Que si esta necesita una cosa y la otra se la
presta, de lo que hizo tal amiga por ayudar a la familia. ¡Qué vida
más absurda, con lo fácil que es preocuparse sólo por uno mismo!
Sin darse cuenta, se hunde el colchón
de hojas y cae al vacío. Se golpea con todas las ramas y al llegar
al suelo recibe un fuerte golpe en seco. Se ha roto un brazo. No
puede trepar. Pasa toda la noche sola. Pensando en la mala suerte que
tiene, se siente muy desdichada y triste.
A la mañana siguiente, el grupo de
monas la encuentra en el camino. Lulú está segura pasaran de largo
para comerse toda su reserva de comida ahora que no puede defenderla.
No quiere levantar la mirada, se siente humillada por su debilidad.
Las monas la observan un buen rato, cuchichean entre ellas y se
acercan para hablarle:
-Lulú ¿Que te ha sucedido?
-Tuve mala suerte y mi cama se hundió,
ese maldito árbol me la ha jugado. La hice perfecta pero todos me
odian y tratan de que me sucedan cosas malas.
-No digas tonterías, anda. Nosotras no
te odiamos, más bien no te soportamos. Eres egoísta y nunca haces
nada agradable por los demás.
-¿De qué me vale ser agradable y
amable? Eso me da trabajo y luego no lo son conmigo.
-Nosotras somos agradables contigo a
pesar de que tú eres muy desagradable ¿verdad?
-Pero vosotras sois tontas, por eso os
cuesta encontrar comida.
-Te equivocas, actuamos en equipo y
tenemos localizadas reservas de bayas, bananas y mangos. Las
encontramos gracias a que tú nos hiciste movernos a otros lugares.
-Coméis mangos? Vaya, yo no sabía que
los había. Bueno da igual, a mi no me falta comida.
-¿Quieres que te cuidemos hasta que se
cure tu brazo?
-¿A cambio de qué?
-A cambio de nada. Sé que te cuesta
pensar que queremos ayudarte, pero es tal como te decimos.
-De acuerdo, cuidarme a cambio de nada.
Durante semanas Lulú anduvo observando
como actuaban aquel grupo de monas en familia. Se bañaban
compartiendo el arroyo con los patos, en perfecta armonía, no era
necesario competir para ellas, tenían sitio suficiente. Pasaban el
día cantando canciones, peinándose las unas a las otras,
recolectando frutos para luego compartirlos. Hasta dormían juntas en
una cama enorme que hicieron en el suelo a la cual se arrimaba,
sintiendo bienestar y paz.
Cuando su brazo se hubo curado, se
quiso marchar, ella estaba mejor sola que con aquel grupo de monas
tontas que no sabían más que pensar en los demás.
Pasaron unos días y la tristeza volvió
a apoderarse de ella. No tenía ganas de comer y ni tan siquiera
disfrutaba fastidiando a los demás. De repente escuchó voces
pidiendo auxilio. Era un animal seguro que había caído en una
trampa. Cuando se asomó al agujero vio los ojos desesperados de la
coneja implorando ayuda. Estiró su brazo para cogerla por las
orejas. El animal no se resistió,confió en su destino. La puso
sobre la hierba y la observó alejarse acelerada. Parecía estar muy
preocupada. Pronto descubrió por qué. En la puerta de su madriguera
se veían muchas cabecitas. Al ver a su madre los gazapos se
sintieron muy felices. Ella los olisqueó y los condujo al interior
con mucha prisa.
Aquel hecho inesperado, le produjo un
novedoso placer, se sintió bien ayudando al conejo desconocido a
cambio de nada. ¿Fue ella la que hizo semejante estupidez? Sí, se
siente orgullosa y no sabe por qué. Sin darse cuenta, repite la
forma de actuar como un hábito nuevo adquirido Hace cosas buenas
cada día por los demás. Sentirse útil y necesaria, le da sentido a
su vivir.
Pronto se habla de ella en todo el
bosque. Raro es animal que al encontrarla no se sienta importante.
Ella tiene amor para todos y se da porque disfruta invirtiendo su
tiempo en el que lo necesita. El corazón le crece y las burbujas de
alegría le iluminan el rostro. Trabaja cada día muy duro
recolectado frutos para luego dejar algunos en el paso del grupo de
monas. ¡A cambio de nada!
¡Que bonito es compartir! Cuanto más
tiene más feliz es al compartirlo. Ya ni se acuerda de cómo era
antes. La vida le sorprende, es al fin maravillosa.
-FIN-

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