jueves, 18 de febrero de 2016

Lulú se siente triste

Lulú se siente triste


Lulú la mona está falta de ánimo ¿Por qué me siento tan triste? Tengo todo lo que deseo y sin embargo, es como si faltara algo muy importante.

Pasa el día sola mordisqueando plátanos sin ganas. Hasta que ve el grupo de monas pasar, sale tras ellas con gesto imponente.

-¡Buenos días señoras monas!¿Dando una vueltecita a ver que encuentran verdad?

Las monas la saludan de mala gana, saben que pronto ocurrirá.

-¡Hay que ver que bebé más pequeño tiene Ud.,no debe cuidarlo mucho!Por ahí dicen que para criarlos mejor hay que comer hormigas. Vaya, ¿que le ocurrió? Tiene la cabeza deforme.¡ No , no cojas moras de ahí, esas son de mi propiedad!

Tras unos minutos, genera el malestar habitual, así que deciden marcharse aunque saben que están en el lugar más rico en frutos. La mona Lulú tiene guardia allí, vigila los frutos para ella sola. Muchas veces los frutos se pudren ya que nadie se los come, pero a ella le es indiferente. Mejor que sobren a que falten, se dice.

Tras el desayuno, se va a tomar un baño al arroyo. Allí esta mamá pata con sus preciosos patitos. No puede soportar que ensucien el agua donde se quiere bañar. Así que se mete de golpe dando manotadas y gruñendo con ferocidad. Pronto los patitos salen del agua y corren asustados entre las hierbas bajas.

Toma un baño satisfecha en soledad y se seca tumbada al sol. Esta concentrada, piensa donde podrá ir para fastidiar a algún animal. Recuerda que la eriza tuvo una camada de crías, sin duda estarán debajo del viejo bellotero. Corre subida de rama en rama para sorprenderlos en plena búsqueda de comida. Desde arriba les lanza bellotas, le divierte mucho verlos convertirse en bola. Tras un rato, se cansa y se va.

En las ramas de un árbol, se hace una cama para tomar una siesta. Escucha como las ratas salen al final de la tarde a hablar de las cosas del día. No las soporta, siempre hablan de lo mismo. Que si esta necesita una cosa y la otra se la presta, de lo que hizo tal amiga por ayudar a la familia. ¡Qué vida más absurda, con lo fácil que es preocuparse sólo por uno mismo!

Sin darse cuenta, se hunde el colchón de hojas y cae al vacío. Se golpea con todas las ramas y al llegar al suelo recibe un fuerte golpe en seco. Se ha roto un brazo. No puede trepar. Pasa toda la noche sola. Pensando en la mala suerte que tiene, se siente muy desdichada y triste.

A la mañana siguiente, el grupo de monas la encuentra en el camino. Lulú está segura pasaran de largo para comerse toda su reserva de comida ahora que no puede defenderla. No quiere levantar la mirada, se siente humillada por su debilidad. Las monas la observan un buen rato, cuchichean entre ellas y se acercan para hablarle:

-Lulú ¿Que te ha sucedido?
-Tuve mala suerte y mi cama se hundió, ese maldito árbol me la ha jugado. La hice perfecta pero todos me odian y tratan de que me sucedan cosas malas.
-No digas tonterías, anda. Nosotras no te odiamos, más bien no te soportamos. Eres egoísta y nunca haces nada agradable por los demás.
-¿De qué me vale ser agradable y amable? Eso me da trabajo y luego no lo son conmigo.
-Nosotras somos agradables contigo a pesar de que tú eres muy desagradable ¿verdad?
-Pero vosotras sois tontas, por eso os cuesta encontrar comida.
-Te equivocas, actuamos en equipo y tenemos localizadas reservas de bayas, bananas y mangos. Las encontramos gracias a que tú nos hiciste movernos a otros lugares.
-Coméis mangos? Vaya, yo no sabía que los había. Bueno da igual, a mi no me falta comida.
-¿Quieres que te cuidemos hasta que se cure tu brazo?
-¿A cambio de qué?
-A cambio de nada. Sé que te cuesta pensar que queremos ayudarte, pero es tal como te decimos.
-De acuerdo, cuidarme a cambio de nada.

Durante semanas Lulú anduvo observando como actuaban aquel grupo de monas en familia. Se bañaban compartiendo el arroyo con los patos, en perfecta armonía, no era necesario competir para ellas, tenían sitio suficiente. Pasaban el día cantando canciones, peinándose las unas a las otras, recolectando frutos para luego compartirlos. Hasta dormían juntas en una cama enorme que hicieron en el suelo a la cual se arrimaba, sintiendo bienestar y paz.

Cuando su brazo se hubo curado, se quiso marchar, ella estaba mejor sola que con aquel grupo de monas tontas que no sabían más que pensar en los demás.

Pasaron unos días y la tristeza volvió a apoderarse de ella. No tenía ganas de comer y ni tan siquiera disfrutaba fastidiando a los demás. De repente escuchó voces pidiendo auxilio. Era un animal seguro que había caído en una trampa. Cuando se asomó al agujero vio los ojos desesperados de la coneja implorando ayuda. Estiró su brazo para cogerla por las orejas. El animal no se resistió,confió en su destino. La puso sobre la hierba y la observó alejarse acelerada. Parecía estar muy preocupada. Pronto descubrió por qué. En la puerta de su madriguera se veían muchas cabecitas. Al ver a su madre los gazapos se sintieron muy felices. Ella los olisqueó y los condujo al interior con mucha prisa.

Aquel hecho inesperado, le produjo un novedoso placer, se sintió bien ayudando al conejo desconocido a cambio de nada. ¿Fue ella la que hizo semejante estupidez? Sí, se siente orgullosa y no sabe por qué. Sin darse cuenta, repite la forma de actuar como un hábito nuevo adquirido Hace cosas buenas cada día por los demás. Sentirse útil y necesaria, le da sentido a su vivir.

Pronto se habla de ella en todo el bosque. Raro es animal que al encontrarla no se sienta importante. Ella tiene amor para todos y se da porque disfruta invirtiendo su tiempo en el que lo necesita. El corazón le crece y las burbujas de alegría le iluminan el rostro. Trabaja cada día muy duro recolectado frutos para luego dejar algunos en el paso del grupo de monas. ¡A cambio de nada!

¡Que bonito es compartir! Cuanto más tiene más feliz es al compartirlo. Ya ni se acuerda de cómo era antes. La vida le sorprende, es al fin maravillosa.

-FIN-














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