Bajo la campaña de “erradicar la
pobreza infantil”
La familia de
Graciela
Acababa de ser intervenida por cesárea.
Aún estaba despertando de la anestesia cuando una sonrisa enorme
apareció en sus labios, tras ver a Gabriel, su marido sosteniendo
con orgullo a la recién nacida. Se llamará Graciela, dijo con
seguridad, por ser el nombre que más se parece a la palabra
gratitud, ese sentimiento la invadía de nuevo tras experimentar la
aventura de ser madre. Sus tres hijos eran todo su tesoro y en ellos
se apoyaba. La fuerza y amor, era todo lo que le importaba se sentía
dueña de la felicidad.
Pasaron unos días de estancia en el
hospital. Las injerencias y los comentarios acusadores eran
apabullantes. Las enfermeras se quejaban de que la gente se lo
llevaba todo. Ropa, mantas, pañales, toallas todo el ajuar infantil
del hospital. Incómoda por la situación, sintió alivio, los demás
también lo hacían ya no tuvo reparo en guardarse una mantita blanca
de algodón con letras pintadas con el nombre del centro en la que
trajeron envuelta a Graciela a modo de arrullo.
Le sirvieron poca comida y sin sal.
Trató de pedir sal, pero las auxiliares de planta le recordaron a
modo de guasa que no estaba en un hotel y no disponen de medios. A
los cuatro días le dan el alta. Lo agradeció pese a lo que le
esperaba, el aire viciado se le hace insoportable de respirar.
Al llegar a casa tardó diez minutos
en subir las escaleras hasta el quinto piso, ya que no hay ascensor.
Su marido se encargó de subir a la recién nacida y el carrito, en
dos veces. Alli la esperaban sus cariñosos hijos; Gines de 8 años
y Alberto de 6. Hace frío, es enero y los niños quieren tener un
poco de calor. Gabriel coge los dos tiestos de barro y una vela.
Introduce la vela dentro de uno y con el otro que tiene un agujero en
el fondo para evacuar el agua, tapa el primero Al rato se empieza a
sentir la habitación más confortable.
Los niños tienen beca del comedor
pero debido a que no hubo ayudas, no tienen libros. Los maestros les
dieron una charla a los padres, tienen que hacer un esfuerzo por la
educación, pero apenas tienen dinero, Gabriel trabaja no está en
paro, pero su jefe le debe varias nóminas por la crisis y cobra de
vez en cuando. No quiere marcharse de la empresa porque no va a
encontrar nada mejor.
El colegio les queda retirado, pero no
tuvieron más remedio, los que había cercanos no tienen comedor. La
abuela Asunción, es pensionista y les ayuda con lo que puede, lleva
a los niños a la escuela. Los sube al tranvía sin billete, ya le
han llamado la atención, pero ella dice que no tienen dinero, el
revisor ya trata de evitarla, aunque alguna vez la obliga a bajar
para que aprenda a viajar en condiciones. Cuando esto sucede, los
niños llegan tarde y cansados de caminar a la escuela, otra lucha
tiene que emprender la pobre mujer para conseguir que les abran la
puerta, porque sino se quedan sin comer.
En casa se compra leche para los niños,
pasta y arroz. De vez en cuando hacen caldos con carcasas de pollo
que el carnicero les regala, por haber sido clientes en mejor época.
Los pañales que fueron guardando en la
residencia, se acaban. Ana no duda en ingeniar una estrategia de
superviviencia. Cuando baja al parque con los niños para que
jueguen, observa a las madres pasear con los carritos de bebé. Envía
a Ginés provisto de su gran sonrisa y modales a pedir un pañal a la
señora para su hermanita. El plan funciona, en unas horas consiguen
los pañales diarios.
El calentador de agua se averió hace
seis meses, Ana no se atrevió a llamar a nadie, no sabe lo que pasa
y no están para reparaciones. A la hora del baño, tiene que
calentar una olla tras otra de agua para lavarlos. Tampoco hay
lavadora, se rompió el año pasado y Gabriel la vendió al
chatarrero por 30€.
En la revisión primera de los quince
días, le dan el visto bueno a la bebé. Pero advierten que ha ganado
poco peso. Ana no oculta que come mal por la situación y el
pediatra, comprensivo le da todas las muestras de leche infantil que
tiene en la consulta. Le promete ayuda para la recién llegada.
Algunas tardes se acerca a la
biblioteca con los niños en busca de libros y un rato de calor.
Cuando intenta sacar algún cuento le advierten que debe devolverlos.
Piensa que debe llevar en la frente escrito su pobreza que le arrojan
como si tuviera por ello una desesperación oportunista, con lo
honrada que es ella...
Esta mañana bajaba con la pequeña y
al abrir la puerta del portal se encontró con un chico que llevaba
un casco puesto iba a tocar los timbres pero entró directo al cuarto
de contadores. Ella le siguió con la mirada y temerosa de lo que
pudiera hacer, le preguntó que piso iba a cortar. “El quinto
izquierda señora ¿es el suyo? Por hoy haré la vista gorda porque
tiene un bebé pero mañana tendré que volver para cortar”
Agradecida subió a casa de Nicolás,
el vecino anciano del segundo. Le pedirá prestado cincuenta euros
para pagar la luz. Es veintiséis y acaba de cobrar. Ya se lo
devolverá cuando Gabriel traiga algo.
Ginés, a la vuelta del colegio le
enseña algo. Trae una nota de la profesora escrita en su agenda “
su hijo se lleva todos los días el rollo de papel higiénico, no
debe hacerlo porque carecemos de medios en la escuela, dígaselo por
favor”. Ana mira a los ojos a su hijo afligida. La propaganda que
corta en papeles pequeños es muy dura. Ahora entiende quién trae el
rollo de papel. Habla serena con él y le dice que no debe traer más
papel de la escuela, ella lo traerá de otro lugar. Acude al centro
médico y en el baño ve que los rollos industriales tienen puesto un
candado. Coge unos metros de papel, lo enrolla y lo guarda en el
bolso. Así tendrán para limpiarse los niños cuando lleguen de la
escuela.
A veces va a comprar al super alguna
cosa que ve barata. Los niños se paran en el pasillo de los yogures
le preguntan: ¿podemos, mamá? Ella con un gesto de ojos les dice
que no y ellos desilusionados la siguen sin rechistar. Cuando tiene
huevos les hace flanes, pero lo normal es que cenen arroz con leche.
Gabriel llega contento de noche. Trae
una noticia en la mano en la cual el Ministerio de Sanidad, servicios
sociales e igualdad, anuncia ayudas urgentes para erradicar la
pobreza infantil. Es el día de suerte. Ana lo lee con expectación y
pronto el ve la desilusión en su mirada.
-¿No crees que nos vayan a
ayudar?-pregunta para asegurarse.
-No veo ayudas reales, hablan de
erradicar, pero esto es campaña, publicidad y cursos para tener
recursos para sustentar a sus familias, no a la nuestra.
-Mujer! Pero...¡hablan de millones
destinados a...!
-Como siempre Gabriel, millones que se
pierden en el camino. Como máximo nos darán ropa usada para los
niños, kilos de galletas de la cruz roja, aceite...quién sabe y por
cuánto tiempo. Todo depende de lo que se destine a ayudas
alimentarias.
-¡Qué injusticia recibir noticias
así, que se desvanecen en la nada! Tendremos que seguir igual. Sin
cobrar y sin poder mantenernos con dignidad. Aún recuerdo cuando
podíamos llevar a los niños a tomar un helado...
Tras la charla, fueron a la cama y se
dieron calor y cariño, como de costumbre. Los niños dormían
mientras los dos pensaban lo que harían para sobrevivir un día más
en el estado de la pobreza.
-Fin-
Autora@MaiteAlbarránDedicado a todas las familias que cubren las apariencias y tiran para delante con el amor a sus hijos y las inexistentes ayudas a su situación.








