jueves, 30 de octubre de 2014

La familia de Graciela



Bajo la campaña de “erradicar la pobreza infantil”



La familia de Graciela

Acababa de ser intervenida por cesárea. Aún estaba despertando de la anestesia cuando una sonrisa enorme apareció en sus labios, tras ver a Gabriel, su marido sosteniendo con orgullo a la recién nacida. Se llamará Graciela, dijo con seguridad, por ser el nombre que más se parece a la palabra gratitud, ese sentimiento la invadía de nuevo tras experimentar la aventura de ser madre. Sus tres hijos eran todo su tesoro y en ellos se apoyaba. La fuerza y amor, era todo lo que le importaba se sentía dueña de la felicidad.

Pasaron unos días de estancia en el hospital. Las injerencias y los comentarios acusadores eran apabullantes. Las enfermeras se quejaban de que la gente se lo llevaba todo. Ropa, mantas, pañales, toallas todo el ajuar infantil del hospital. Incómoda por la situación, sintió alivio, los demás también lo hacían ya no tuvo reparo en guardarse una mantita blanca de algodón con letras pintadas con el nombre del centro en la que trajeron envuelta a Graciela a modo de arrullo.

Le sirvieron poca comida y sin sal. Trató de pedir sal, pero las auxiliares de planta le recordaron a modo de guasa que no estaba en un hotel y no disponen de medios. A los cuatro días le dan el alta. Lo agradeció pese a lo que le esperaba, el aire viciado se le hace insoportable de respirar.

Al llegar a casa tardó diez minutos en subir las escaleras hasta el quinto piso, ya que no hay ascensor. Su marido se encargó de subir a la recién nacida y el carrito, en dos veces. Alli la esperaban sus cariñosos hijos; Gines de 8 años y Alberto de 6. Hace frío, es enero y los niños quieren tener un poco de calor. Gabriel coge los dos tiestos de barro y una vela. Introduce la vela dentro de uno y con el otro que tiene un agujero en el fondo para evacuar el agua, tapa el primero Al rato se empieza a sentir la habitación más confortable.

Los niños tienen beca del comedor pero debido a que no hubo ayudas, no tienen libros. Los maestros les dieron una charla a los padres, tienen que hacer un esfuerzo por la educación, pero apenas tienen dinero, Gabriel trabaja no está en paro, pero su jefe le debe varias nóminas por la crisis y cobra de vez en cuando. No quiere marcharse de la empresa porque no va a encontrar nada mejor.

El colegio les queda retirado, pero no tuvieron más remedio, los que había cercanos no tienen comedor. La abuela Asunción, es pensionista y les ayuda con lo que puede, lleva a los niños a la escuela. Los sube al tranvía sin billete, ya le han llamado la atención, pero ella dice que no tienen dinero, el revisor ya trata de evitarla, aunque alguna vez la obliga a bajar para que aprenda a viajar en condiciones. Cuando esto sucede, los niños llegan tarde y cansados de caminar a la escuela, otra lucha tiene que emprender la pobre mujer para conseguir que les abran la puerta, porque sino se quedan sin comer.

En casa se compra leche para los niños, pasta y arroz. De vez en cuando hacen caldos con carcasas de pollo que el carnicero les regala, por haber sido clientes en mejor época.

Los pañales que fueron guardando en la residencia, se acaban. Ana no duda en ingeniar una estrategia de superviviencia. Cuando baja al parque con los niños para que jueguen, observa a las madres pasear con los carritos de bebé. Envía a Ginés provisto de su gran sonrisa y modales a pedir un pañal a la señora para su hermanita. El plan funciona, en unas horas consiguen los pañales diarios.

El calentador de agua se averió hace seis meses, Ana no se atrevió a llamar a nadie, no sabe lo que pasa y no están para reparaciones. A la hora del baño, tiene que calentar una olla tras otra de agua para lavarlos. Tampoco hay lavadora, se rompió el año pasado y Gabriel la vendió al chatarrero por 30€.

En la revisión primera de los quince días, le dan el visto bueno a la bebé. Pero advierten que ha ganado poco peso. Ana no oculta que come mal por la situación y el pediatra, comprensivo le da todas las muestras de leche infantil que tiene en la consulta. Le promete ayuda para la recién llegada.

Algunas tardes se acerca a la biblioteca con los niños en busca de libros y un rato de calor. Cuando intenta sacar algún cuento le advierten que debe devolverlos. Piensa que debe llevar en la frente escrito su pobreza que le arrojan como si tuviera por ello una desesperación oportunista, con lo honrada que es ella...

Esta mañana bajaba con la pequeña y al abrir la puerta del portal se encontró con un chico que llevaba un casco puesto iba a tocar los timbres pero entró directo al cuarto de contadores. Ella le siguió con la mirada y temerosa de lo que pudiera hacer, le preguntó que piso iba a cortar. “El quinto izquierda señora ¿es el suyo? Por hoy haré la vista gorda porque tiene un bebé pero mañana tendré que volver para cortar”

Agradecida subió a casa de Nicolás, el vecino anciano del segundo. Le pedirá prestado cincuenta euros para pagar la luz. Es veintiséis y acaba de cobrar. Ya se lo devolverá cuando Gabriel traiga algo.

Ginés, a la vuelta del colegio le enseña algo. Trae una nota de la profesora escrita en su agenda “ su hijo se lleva todos los días el rollo de papel higiénico, no debe hacerlo porque carecemos de medios en la escuela, dígaselo por favor”. Ana mira a los ojos a su hijo afligida. La propaganda que corta en papeles pequeños es muy dura. Ahora entiende quién trae el rollo de papel. Habla serena con él y le dice que no debe traer más papel de la escuela, ella lo traerá de otro lugar. Acude al centro médico y en el baño ve que los rollos industriales tienen puesto un candado. Coge unos metros de papel, lo enrolla y lo guarda en el bolso. Así tendrán para limpiarse los niños cuando lleguen de la escuela.

A veces va a comprar al super alguna cosa que ve barata. Los niños se paran en el pasillo de los yogures le preguntan: ¿podemos, mamá? Ella con un gesto de ojos les dice que no y ellos desilusionados la siguen sin rechistar. Cuando tiene huevos les hace flanes, pero lo normal es que cenen arroz con leche.

Gabriel llega contento de noche. Trae una noticia en la mano en la cual el Ministerio de Sanidad, servicios sociales e igualdad, anuncia ayudas urgentes para erradicar la pobreza infantil. Es el día de suerte. Ana lo lee con expectación y pronto el ve la desilusión en su mirada.
-¿No crees que nos vayan a ayudar?-pregunta para asegurarse.
-No veo ayudas reales, hablan de erradicar, pero esto es campaña, publicidad y cursos para tener recursos para sustentar a sus familias, no a la nuestra.
-Mujer! Pero...¡hablan de millones destinados a...!
-Como siempre Gabriel, millones que se pierden en el camino. Como máximo nos darán ropa usada para los niños, kilos de galletas de la cruz roja, aceite...quién sabe y por cuánto tiempo. Todo depende de lo que se destine a ayudas alimentarias.
-¡Qué injusticia recibir noticias así, que se desvanecen en la nada! Tendremos que seguir igual. Sin cobrar y sin poder mantenernos con dignidad. Aún recuerdo cuando podíamos llevar a los niños a tomar un helado...

Tras la charla, fueron a la cama y se dieron calor y cariño, como de costumbre. Los niños dormían mientras los dos pensaban lo que harían para sobrevivir un día más en el estado de la pobreza.

-Fin-
Autora@MaiteAlbarrán
Dedicado a todas las familias que cubren las apariencias y tiran para delante con el amor a sus hijos y las inexistentes ayudas a su situación.

miércoles, 29 de octubre de 2014

La confusión de Martina

La confusión de Martina


Martina, la mariquita estaba muy ofuscada. Cada vez que hablaba de sus logros y lo bien que se sentía, los demás cambiaban el tema y se marchaban. Cuando intentaba quedar para tomar un café le contaban todos los planes que tenían para ese día, el tiempo es oro y con las muchas actividades programadas no disponían de hueco para estar en su compañía.

A veces le sonaba el teléfono, era Julita la abeja que necesitaba de nuevo su ayuda. Esta vez se había metido en un lío con la avispa Joaquina, por lo visto hablaba demasiado de la vida sin saber y eso le había molestado, motivo del enfrentamiento.

Como de costumbre, escuchó todas sus quejas y le dio buenos consejos. A veces se preguntaba para que perdía el tiempo porque no le hacia caso. Sólo buscaba que alguien se compadeciera de ella y de lo mucho que sufría.

Estaba tomando el sol en una hoja cuando de repente, Moisés el saltamontes le contó lo triste que estaba porque se le había perdido una sierra de la patita de atrás, luchando por sobrevivir con un pájaro que intentó comérselo. Cuando ella quiso contarle que casi había muerto ahogada y que por suerte se salvó, el pareció no escucharla, ya sabía lo valiente y fuerte que era, eso no le resultaba interesante.

La mariquita Martina era muy sociable con todos los insectos, pero estaba harta de escuchar historias penosas de los demás, que a veces hasta le cambiaban de humor o la enfadaban porque estaban basadas en envidias, celos, complejos e inferioridades que el único propósito que tenían era hacerle daño.

Así que un día fingió que tras un constipado, se había quedado sorda. Cada vez que alguien acudía en busca de su ayuda respondía: “no puedo oírte, me he quedado sorda lo siento”. Al escuchar esto el insecto sorprendido se compadecía desu mala suerte y se marchaba en busca de alguien que pudiera consolarlo.

A los pocos días de estrenar esta estrategia, Martina se sintió mucho más feliz. Se había librado de visitas y conversaciones que no le aportaba nada, sólo disgustos y aflicción. Ella necesitaba sentirse bien y disfrutar de la vida. En la soledad halló mucha paz.

Estaba de nuevo tomando el sol, cuando escuchó cantar a una hormiga voladora. Atraída por lo que cantaba, saludó a la desconocida y pronto, se hicieron amigas.

Todos los días conversaban y se lo pasaban muy bien. No había desgracias, ni comparaciones entre ellas. Los insectos que antes eran amigos de Martina, se paraban intentando recuperar la conversación, pero ella sabía esquivarlos. Cuando comenzaban a contarle cosas desagradables, una horrible tos se apoderaba de ella y no dejaba de toser hasta que el desdichado, abandonaba su intención de abochornarla con nuevas desgracias.

Así consiguió ser feliz, ella era positiva, alegre y dicharachera. Si otros deseaban convertirla en un ser apenado no lo consentiría. Escuchó las criticas de muchos que la utilizaban con maldad para entretener sus lenguas, ahora que no era amiga de nadie. Pero a ella, le dio igual, se acostumbró a escuchar cosas feas sin fundamento y supo encajarlas porque no eran verdad. Hasta se atrevía de reproducir aquellas cosas dichas para herirla y se reía.

Pronto se olvidaron de ella. Era muy envidiada por sus altas cualidades e inteligencia pero al no tenerla presente sus complejos y ganas de aplastarla por así de maravillosa, desaparecieron. Así pudo seleccionar a unos pocos insectos humildes, discretos, seguros y estaban contentos con lo que tenían, y fortalecieron la amistad. Tomaba el sol y nadie le cambiaba el día. Ahora si que era feliz.

Moraleja: Refuerza tu autoestima, vive sin valorar las criticas ajenas y rodéate de personas que te aporten amor y bienestar, hallarás la verdadera felicidad.

-Fin-

Autora@MaiteAlbarrán

martes, 21 de octubre de 2014

La gallina Pitita

La gallina Pitita



Había una vez en una granja pequeña y próspera una joven gallina muy habladora de nombre Pitita. Mientras fue pollita, fue muy feliz picoteando por el campo en busca de lombrices y gusanos, comiendo semillas de trigo que el viento transportaba de los cercanos campos. Hasta que un día presenció como a los pollos los separaban y los introducían en jaulas para llevárselos en un enorme camión. Curiosa preguntó y preguntó, pero ninguna osaba explicar lo que ocurría. Tan pesada se puso que una gallina vieja ponedora, la más preciada del granjero le dijo:

-Se los llevan porque les ha llegado su hora.
-¿Cómoooo?¿qué hora es esa?-preguntó angustiada.
-La de cumplir. Serán carne para los humanos.
-¡Qué horror, no puede ser posible!-exclamó llena de temor.
-Es posible, tú limítate a poner huevos y durarás muchos años como yo.

Pitita siguió hablando sin parar, imitaba al ama llamando al perro Rufo con tal maestría que a veces confundía al animal llamándole y luego escondiéndose para reírse con gusto de aquel estúpido guardián. Así se convirtió en una gallina diferente. Las demás no pensaban, salían a tomar el sol, buscaban gusanos y luego comían del grano que el granjero les ponía. Sin embargo, ella se ponía a cantar y bailar inventando canciones muy divertidas. Era toda una estrella. Pero llegó el día en que el amo la llevó al lugar de la granja reservado para las gallinas ponedoras. Escuchó por primera vez la música ¡oh, que belleza! Le pareció magnífico que mientras las gallinas se esforzaban en poner un huevo se les pusiera música clásica para relajarlas.

De repente llegó la mujer del granjero, en busca de las nuevas puestas. Fue primero directa hacia una gallina que parecía muy nerviosa, se alborotó aún más al ver el brillo de un cuchillo escondido en su cinto.
-A ver Aniceta, llevas unas semana sin poner nada ¿se te acabaron los huevos? Pues servirás para caldo.
-Cococoooooooooooooooooo ahjjjjjj -se escuchó eso fue todo.

El ama retorció el pescuezo de la gallina y la tiró para que todas pudieran observar lo que les ocurriría si no cumplían con su deber. No esperó a que terminaran la puesta, se sentó en un banqueta y allí mismo comenzó a despellejar y quitar las plumas a la pobre Aniceta.

Pitita temblaba tanto que no se atrevió a abrir la boca. Cuando terminó la puesta, observó con pavor que no había sido capaz de poner un sólo huevo y así estuvo intentándolo durante una semana, estresada y miedosa, imploraba al Dios de las gallinas, porque ellas debían tener uno al igual que el ama al que le pedía constantemente cosas que rara vez veía que se cumplieran.

La granjera que era una especialista en valorar a las gallinas, comenzó a dudar de la capacidad de aquella jovenzuela para poner huevos, así que un día le advirtió en un tono muy severo: “o pones huevos, o acabarás en la olla, aunque seas joven y tierna”

Pitita la entendió. Al llegar la noche en el corral, mientras todas se disponían a ahuecar la paja para dormir quiso hablar con sus compañeras, pero la ignoraron con desdén, estaba sentenciada. En lugar de dormir, estuvo lloriqueando con ansiedad, pensaba con fijeza en la idea de que moriría muy pronto. A la mañana siguiente, el granjero fue a buscarla. La cogió mientras dormía en el granero, todas las demás ya estaban fuera picoteando y la llevó al patio de atrás para sacrificarla. La puso de pie encima del taco cilíndrico de madera que usaba para partir la leña. Levantó el hacha e iba a agarrarla del cuello cuando la gallina comenzó a bailar sobre la pequeña tarima y cantar una canción campestre con mucha alegría, de esta manera:

“El sol brilla en la granja del granjero que tendrá buenas cosechas por ser dicharachero. Será rico el buen lechero y comerá perdices el buen granjero.”

El granjero Serafín, al oír a Pitita estas palabras y verla bailar con tanta gracia soltó una gran carcajada. Llamó a voces a su mujer que acudió de mala gana, ya que en ese momento estaba lavando ropa en la pila .
-Mira mujer, lo que dice esta gallina.
-Oh, vaya si es la que no pone huevos -masculló perdiendo el interés.
-Espera no te marches, escucha lo que dice.

La mujer espero unos segundos, Pitita confundida por la hazaña, recordó el cuchillo en manos de la mujer de mal carácter y pronto tarareó:

“La señora granjera no tiene igual sonríe a las gallinas todas las mañanas al despertar, las gallinas contentas al verla no dejan de regalar sus grandes huevos, sabroso manjar”

Bailaba con tanta gracia que los dos comenzaron a reír con ganas como hacía tiempo que no lo hacían. Pasaron la mañana haciendo sus quehaceres, llevándose a Pitita a su lado para que les entretuviera con sus charlas y bailes. Las demás gallinas malhumoradas, sintieron mucha envidia del extraño poder de la gallina hueca, que además de librarse del cuchillo se había convertido en la mascota mimada de los granjeros.

Pitita, por las noches en su cesta junto al fuego del hogar, agradecía el poder hablar. Desde pequeña como era cotilla había sentido más interés por las palabras de los humanos que por los picoteos y critiqueos de las gallinas del corral. Fue así, como aprendió a hablar, lo el baile era un don natural. Llevaba la música dentro.

Moraleja: Si no puedes hacer lo que otros logran por naturaleza para subsistir, idea una estrategia para hacer algo diferente que otros vean imposible, así conseguirás vivir sin que se note tu debilidad.
-Fin-
Autora@MaiteAlbarrán

lunes, 20 de octubre de 2014

Cuquita y las olivitas





Había una vez en un pueblecito tranquilo donde los pájaros del campo se refugiaban para descansar de los cazadores en los jardines y parques, una tórtola turca muy tragona, que le gustaba comer olivas.

Las plazas tenían plantados olivos, así que era fácil, sólo había que esperar a que las olivas estuvieran en su punto.

A Cuquita, la tórtola le gustaba hablar a todas horas y un día al sobrevolar el patio de una casa se cruzó con Junque, una paloma muy educada a la que le tocó saludar, por obligación.
-¡Buenos días!
-¡Güenoosss!
-¿Qué le pasa en la boca señora Cuquita? La noto rara.
-Nada que...-al abrir la boca no pudo evitar que dos olivas maduras le cayeran y fueran a aterrizar a un patio donde se veían macetas y juguetes de niños-

Cuquita al sentir que ya no tenía las olivas, se sintió muy enfadada . Perdió el interés por demostrar la compostura educada, cosa que escandalizó a la paloma charlatana y se fue a posar en el tejado, oteando el suelo con la esperanza de poder recuperarlas. Por más que buscó, no vio sus olivitas así que decepcionada regresó al parque a empezar de nuevo el trabajo.

Aquellas olivas fueron a caer a un arbusto verde que las acogió con mucho amor. Las olivitas, al verse a salvo de la boca de la tórtola respiraron felices y se dispusieron a ahuecar la tierra de la maceta no fuera que aquel pájaro le diera por regresar a buscarlas. El arbusto no le importó compartir espacio y agua, pero les advirtió que para germinar necesitaban algo más.

Aquella noche era Halloween, donde las brujas buenas y malas saldrían a vagar por la ciudad. Los niños estuvieron toda la tarde tocando puertas y pidiendo caramelos, fue inolvidable, sacaron sus disfraces de dar miedo para divirtirse asustándose y gastando bromas.

Las niñas que vivían en la casa donde la tórtola había perdido dos olivas en una maceta, tocaron la puerta de una extraña mujer que en ese instante había localizado al fin el escondite de unos seres muy pequeños mágicos. Éstos en un descuido, aprovecharon la visita de las niñas para meterse dentro de su bolsa de caramelos y poder así huir de la casa de la bruja, que quería cocinarlos para hacerse una crema para las arrugas. Estaba convencida que tenían poderes y ella sólo deseaba volver a ser joven.

Las niñas, dejaron sus bolsas de caramelos y propinas en el patio, en ese momento, la familia “galletita” salieron a esconderse dentro de la misma maceta donde estaba el arbusto conversando con las dos olivas. Los galletitas eran redondos y su cuerpo se parecía el de una galleta dorada, la diferencia es que tenían cabeza, brazos y piernas, un carácter muy divertido y ganas de jugar.

Esa noche la Luna brilló con magia. Conversaron las olivas, los diminutos galletitas y el arbusto sobre lo que podían hacer para que los niños cuidaran de la naturaleza, porque con los tiempos que corrían sólo veían niños destruir árboles y jugar a las consolas. Ya no salían a los jardines y parques a alegrar a los pájaros y árboles como antes con sus risas y buen humor.

Así que entre todos pensaron. Idearon un plan, las galletitas utilizarían su poder mágico en la maceta para ayudar a florecer a las olivitas. Estaban seguros que las niñas, al descubrir el nacimiento de un árbol, lo cuidarían con tal amor, que sería un árbol fuerte y hermoso.

Además, sabían que las niñas eran generosas, las habían observado compartir los caramelos con otros niños cuando estaban dentro de la bolsa, estaban todos convencidos de que encontrarían un lugar donde el olivo nacido creciera fuerte y sano.

Pasaron unos meses hasta que la mamá de la niñas descubrió un crecimiento inusual en la maceta del fondo del patio. Era un olivo hermoso dotado de poderes extraordinarios. Las niñas se dieron cuenta pronto de ello, ya que cuando miraban al olivo, una alegría inmensa inundaba sus corazones, sentían ganas de saltar, cantar y compartir el tiempo con otros niños.

La mamá pensó en regalar el olivo tan especial al colegio, allí había un huerto donde crecería sano y seguro. La alegría que sentían sus hijas al estar cerca, sería trasmitida al resto de niños.

Así lo hizo. En poco tiempo el olivo creció y en la noche de Halloween en lugar de olivas los niños podían recoger de sus ramas, toda clase de dulces y golosinas. Era el premio de la magia de las galletitas que por una noche, transformaban las olivas en chocolatinas, caramelos y gominolas, para que los niños las comieran al llegar al colegio.

Esos dulces eran especiales. Creados por duendes mágicos con forma de galletitas, les daba el poder al ser que los probara de conseguir todo aquello que se corazón deseara. Sólo había una regla; la persona no debía dejar jamás de compartir todo lo bueno con los demás.

Si alguien incumplía la regla de ser generoso y sociable, el hechizo del poder de la buena suerte y prosperidad se esfumaba, dejando a la persona sola con su voluntad para crear lo que quisiera tener.

El olivo de “la buena fortuna” que daba caramelos y dulces en la noche de Halloween se hizo tan famoso, que todos los niños deseaban ir a la escuela con tal de que una de esas golosinas le fuera repartida una vez al año.

También Cuquita, la tórtola se daba buenos atracones con las olivas que sin saberlo ella misma había ayudado a nacer. Se sentía eufórica y tremendamente feliz con aquellas del jardín de la escuela de los niños ¿qué poder tendrían para volverla tan loca?

Los diminutos seres, fundaron una nueva casa en el hueco del olivo. Eran ellos los que con su magia año tras año, transformaban las olivas en dulces. Les divertía vivir en un lugar tan bello, regado con risas y alegrías de tantos niños maravillosos. Era tan fácil hacerlos felices.

-Colorín colorado, este cuento se ha acabado-


Autora@MaiteAlbarrán


Había una vez en un pueblecito tranquilo donde los pájaros del campo se refugiaban para descansar de los cazadores en los jardines y parques, una tórtola turca muy tragona, que le gustaba comer olivas.

Las plazas tenían plantados olivos, así que era fácil, sólo había que esperar a que las olivas estuvieran en su punto.

A Cuquita, la tórtola le gustaba hablar a todas horas y un día al sobrevolar el patio de una casa se cruzó con Junque, una paloma muy educada a la que le tocó saludar, por obligación.
-¡Buenos días!
-¡Güenoosss!
-¿Qué le pasa en la boca señora Cuquita? La noto rara.
-Nada que...-al abrir la boca no pudo evitar que dos olivas maduras le cayeran y fueran a aterrizar a un patio donde se veían macetas y juguetes de niños-

Cuquita al sentir que ya no tenía las olivas, se sintió muy enfadada . Perdió el interés por demostrar la compostura educada, cosa que escandalizó a la paloma charlatana y se fue a posar en el tejado, oteando el suelo con la esperanza de poder recuperarlas. Por más que buscó, no vio sus olivitas así que decepcionada regresó al parque a empezar de nuevo el trabajo.

Aquellas olivas fueron a caer a un arbusto verde que las acogió con mucho amor. Las olivitas, al verse a salvo de la boca de la tórtola respiraron felices y se dispusieron a ahuecar la tierra de la maceta no fuera que aquel pájaro le diera por regresar a buscarlas. El arbusto no le importó compartir espacio y agua, pero les advirtió que para germinar necesitaban algo más.

Aquella noche era Halloween, donde las brujas buenas y malas saldrían a vagar por la ciudad. Los niños estuvieron toda la tarde tocando puertas y pidiendo caramelos, fue inolvidable, sacaron sus disfraces de dar miedo para divirtirse asustándose y gastando bromas.

Las niñas que vivían en la casa donde la tórtola había perdido dos olivas en una maceta, tocaron la puerta de una extraña mujer que en ese instante había localizado al fin el escondite de unos seres muy pequeños mágicos. Éstos en un descuido, aprovecharon la visita de las niñas para meterse dentro de su bolsa de caramelos y poder así huir de la casa de la bruja, que quería cocinarlos para hacerse una crema para las arrugas. Estaba convencida que tenían poderes y ella sólo deseaba volver a ser joven.

Las niñas, dejaron sus bolsas de caramelos y propinas en el patio, en ese momento, la familia “galletita” salieron a esconderse dentro de la misma maceta donde estaba el arbusto conversando con las dos olivas. Los galletitas eran redondos y su cuerpo se parecía el de una galleta dorada, la diferencia es que tenían cabeza, brazos y piernas, un carácter muy divertido y ganas de jugar.

Esa noche la Luna brilló con magia. Conversaron las olivas, los diminutos galletitas y el arbusto sobre lo que podían hacer para que los niños cuidaran de la naturaleza, porque con los tiempos que corrían sólo veían niños destruir árboles y jugar a las consolas. Ya no salían a los jardines y parques a alegrar a los pájaros y árboles como antes con sus risas y buen humor.

Así que entre todos pensaron. Idearon un plan, las galletitas utilizarían su poder mágico en la maceta para ayudar a florecer a las olivitas. Estaban seguros que las niñas, al descubrir el nacimiento de un árbol, lo cuidarían con tal amor, que sería un árbol fuerte y hermoso.

Además, sabían que las niñas eran generosas, las habían observado compartir los caramelos con otros niños cuando estaban dentro de la bolsa, estaban todos convencidos de que encontrarían un lugar donde el olivo nacido creciera fuerte y sano.

Pasaron unos meses hasta que la mamá de la niñas descubrió un crecimiento inusual en la maceta del fondo del patio. Era un olivo hermoso dotado de poderes extraordinarios. Las niñas se dieron cuenta pronto de ello, ya que cuando miraban al olivo, una alegría inmensa inundaba sus corazones, sentían ganas de saltar, cantar y compartir el tiempo con otros niños.

La mamá pensó en regalar el olivo tan especial al colegio, allí había un huerto donde crecería sano y seguro. La alegría que sentían sus hijas al estar cerca, sería trasmitida al resto de niños.

Así lo hizo. En poco tiempo el olivo creció y en la noche de Halloween en lugar de olivas los niños podían recoger de sus ramas, toda clase de dulces y golosinas. Era el premio de la magia de las galletitas que por una noche, transformaban las olivas en chocolatinas, caramelos y gominolas, para que los niños las comieran al llegar al colegio.

Esos dulces eran especiales. Creados por duendes mágicos con forma de galletitas, les daba el poder al ser que los probara de conseguir todo aquello que se corazón deseara. Sólo había una regla; la persona no debía dejar jamás de compartir todo lo bueno con los demás.

Si alguien incumplía la regla de ser generoso y sociable, el hechizo del poder de la buena suerte y prosperidad se esfumaba, dejando a la persona sola con su voluntad para crear lo que quisiera tener.

El olivo de “la buena fortuna” que daba caramelos y dulces en la noche de Halloween se hizo tan famoso, que todos los niños deseaban ir a la escuela con tal de que una de esas golosinas le fuera repartida una vez al año.

También Cuquita, la tórtola se daba buenos atracones con las olivas que sin saberlo ella misma había ayudado a nacer. Se sentía eufórica y tremendamente feliz con aquellas del jardín de la escuela de los niños ¿qué poder tendrían para volverla tan loca?

Los diminutos seres, fundaron una nueva casa en el hueco del olivo. Eran ellos los que con su magia año tras año, transformaban las olivas en dulces. Les divertía vivir en un lugar tan bello, regado con risas y alegrías de tantos niños maravillosos. Era tan fácil hacerlos felices.

-Colorín colorado, este cuento se ha acabado-


viernes, 17 de octubre de 2014

Latidos de almendra


Latidos de almendra

Corazón duro de batalla
bravo desafío a las navajas
armadura de capas de cebolla
envoltura a la curtida almendra
morena, arrugada y seca
blancura de nieve fresca. 

El ángel de estrella
supo arribar al castillo
donde aguarda
un amor de Cúpido.

En mi echaste ancla
paz y aroma de mar
tejiste tu letra a
la sangre y al cuerpo
tu piel me cubre.

Como lobo, aúllas
a la Luna roja
cuando se forjan
rayos de odio
afilados caen
contra mí
alimentados de
envidiosas venganzas.

Espantas el mal
desvanecidos van
los besos húmedos
se sitúan en el Cielo
eres mi amor, mochuelo.

Amas como las arañas
con ocho manos abrazas
lleno de brío de dragón
de suerte tatuada
huyes en silencio
de nublosas palabras.

Ámame en la oscura noche
esta noche
infinitas noches
en la luz de este día
este día
en incontables días.

Vestido de diamante
el corazón te brilla
es de almendra
dulce, impoluta.
Dancen las almas
juntas a la voz
de la música
del ardoroso amor
sabor naranja.

Autor@MaiteAlbarrán

La oscuridad de Sofia



La oscuridad de Sofía

Sofía estaba furiosa. ¿Cómo se atrevía a traicionarla así? Ella que le hubiera amado hasta el final. Un puñal le estaba atravesando el corazón, a sus dieciséis años no entendía que alguien a quién había amado desde la infancia no pudiera quererla.

-Sofía, necesito tiempo-le comunicó Darío -llevamos mucho tiempo juntos, necesito pensar.
-Pero...¿Qué tienes que pensar? Siempre hemos estado juntos desde infantil, con tres años me regalaste un anillo de compromiso.
-¡Ya! Siempre me recuerdas la misma historia, estoy cansado Sofía creo que no tenemos nada en común. He estado contigo acomodado porque no tenía nada que me despertara el interés.
-Ah, así que es eso...¿Hay otra, verdad? ¿Dónde la conociste? Seguro que es una gran zorra que se deja hacer cochinadas...¿Es eso? ¿Quieres que hagamos...?
No pudo terminar la frase, Darío, turbado y molesto, se levantó del banco y se marchó sin despedirse. Ella esperó que se girara para arrepentirse de su decisión pero no lo hizo. Decepcionada, confundida y llena de rabia se marchó a su casa, estuvo llorando sin descanso toda la noche. Siguió acosando a su novio con muchas excusas, utilizó todo tipo de estrategias, desde intentar darle celos a hacerle escenas dramáticas en las que se arrodillaba ante él para que volviera con ella.

Darío tardó en mostrar su nuevo amor. Cuando ella finalmente lo vio acompañado de otra chica, el odio más profundo se dirigió contra los dos. Lo odiaba día y noche, sin descanso, maquinaba formas de causar daños a través de otras personas, inventando mentiras y enredos. Ellos sin embargo parecían inmunes a tus maldades y la ignoraban con desdén.

Pasó muchos años antes de volver a enamorarse de otra persona. Cuando al fin alguien ocupó el corazón, le angustiaba con el recuerdo continuo de lo que había amado a Darío. Tal fue la frustración que llegó a causar en su nuevo novio, que pronto se cansó de ella y la abandonó.

Ella no pudo entender...empezó a revisar su físico ¿qué fallaba? Era guapa, cuidaba su imagen con el deporte regular, inteligente y conversadora, sus amigas le decían que era muy buena amiga y comprensiva. Sólo había un punto negro en su vida: Darío. En cuanto alguien mencionaba el amor, ella se transformaba convertida en el peor ser que pudiera existir, las mayores maldades y maldiciones acudían a su boca.

De nuevo intentó enamorarse de un jugador de ajedrez. Alfredo tenía mucha paciencia y comprensión, no era como los demás. En cuanto empezaba a hablar de Darío todo los hombres la abandonaban ¿qué efecto causaría? ¿sería por celos el motivo por el cual los demás no soportaban que hablara de él? Sin embargo, Sofía sentía que Alfredo no era celoso, con él podía descargar todo ese amor del pasado y volcar su corazón sin que pasara nada. Él lo apuntaba todo en una libreta y así estuvo durante semanas hasta que un día en el que ella se sentía muy feliz, sacó su libreta y leyó en voz alta de esta manera:
“Ella es una zorra, como agita su pelo al viento mientras él sonríe y trata de besar su cuello, es asqueroso ver como se besan, luego se abrazan y se funden en un beso, que repugnancia me dan estos dos. A ella la revolcaría por el barro, le cortaría esa melena rubia y le pincharía esa cara de cerda hasta reventársela. A él, le patearía hasta destrozar su sonrisa, con la de cosas que le di y pasa a mi lado como si no existiera...¡Cerdos, traidores, engendrados en el Infierno! ¡Que la maldición de la mala suerte os persiga mientras viváis! ¡Reiré sobre vuestra tumba, sólo entonces seré feliz! ¡Malditos seáis, vosotros y vuestra descendencia!”

-¡Alfredo! ¿Qué barbaridades me dices? ¿De dónde has sacado eso?-preguntó Sofía sorprendida ante las palabras tan duras llenas de odio que no reconoció como suyas-
-Eres tú, Sofía hablando de tu novio y su traición con aquella chica-contestó él implacable.
-¿Yo hablo así? ¡No puede ser! ¡Esa no soy yo, mientes!-trató de defenderse, confundida por el desconocimiento de su interior, era tan oscuro que ni ella misma podía aceptarlo.
-Di que les has perdonado, comprende que el amor no se puede sentir por obligación. Darío no te quería se acomodó contigo hasta que realmente alguien despertó su interés.
-Tú, eres despreciable ¿cómo te atreves después de todo lo que he sufrido a juzgarme?-sentenció ella derivando el odio hacia él.
-Sin embargo tú, Sofía eres adorable. Una mujer increíble con enormes cualidades. Eres bella, con unos ojos grandes impresionantes y un corazón noble. Tu cuerpo es muy bonito también. Tu carácter fuerte pero soportable. Sólo hay una cosa que te hace ser desagradable en extremo; el rencor.
-¿Rencor? ¿Qué dices? No tengo rencor, ni odio, me hicieron daño-sudaba, se agitaba, estaba confusa, su mente nublada trataba de defenderse de la verdad.
-Acéptalo y deshazte de este rencor, lleva contigo confundiéndote demasiados años. Me amas, estoy seguro, me quieres a mí, pero si sigues alimentando el odio, pronto la inseguridad y los celos harán que trates de dominarme, atarme y al verme perseguido puedo desenamorarme de ti, piénsalo ¿vale?

Alfredo le dio un beso en los labios, cogió su libreta y se marchó dejándola en un estado de sufrimiento y duda muy grande. Ella supo que le quería necesitaba sentir esa amor y hacerlo crecer, como un arbolito al que le da vida y lo riega con mucho cariño cada día. Comprendió por primera vez porque los chicos acababan dejándola. Era un monstruo rencoroso que seguía viviendo en el pasado, alimentado una y otra vez una historia consumida.

Cuando llegó a casa se hizo una tila doble y se marchó a la cama sin cenar. Puso música que tenía grabada del sonido de las olas del mar y se imaginó en una playa desierta sintiendo el sol, el agua y el brillo en un mar azul intenso. Viajó hacia su interior. La imagen de Darío se hizo muy real, estaba acompañado por su novia pero esta vez, reprimió el odio y le dijo “no me quieres, está bien se feliz te perdono, el amor no se puede obligar a sentir, ahora lo entiendo”. Se durmió y al día siguiente sintió mucha paz en su interior.

Alfredo la llamó. Fue tan cariñoso como siempre, quería verla por la tarde. Tomaron un café y de repente él leyó una frase “ los odio, quiero matarlos, no se merecen vivir, después de todo lo que han hecho...”

-Lo comprendo debo olvidarle y lo he hecho, esta noche en mis sueños los he perdonado. Al fin he aceptado que el amor puede aparecer y se puede esfumar. En el caso de Darío creo que nunca existió. Me regaló un anillo con tres años porque yo le gustaba a su madre. Él siempre hacía lo que su madre le ordenaba. Así empezó lo nuestro, la única que se enamoró y creyó en ese amor fui yo-le confesó a modo reflexivo-
-Me alegro Sofía, perdonando y aceptando que otras personas que nos hicieron daño salgan de nuestras vidas podrás ser feliz. Creo que tu amor por mi supera al de Darío, tu capacidad de amar ha superado a tu capacidad de odiar, tu esfuerzo será recompensado. Te vas a convertir en una persona más flexible y con mayor capacidad para aceptar que los demás tomen sus propias decisiones.

Sofía sonreía. Tenían razón, una paz la invadía y un sentimiento de superación personal la acompañaba. Estaba enamorada de Alfredo, lo amaba y él también la quería. ¡El mundo era maravilloso! La fuerza del corazón la acompañaba dándole un impulso y un brillo especial.

Se fundieron en un tierno beso y dieron un paseo por el parque, observando la vida con otros ojos, no les importaba las miradas ajenas, al encontrarlas la satisfacción les invadía. Su amor brillaba tanto que hacia volver la mirada de muchas personas que al encontrar algo tan intenso querían descubrir que historia sostenían esos ojos tan felices y llenos de una pasión arrolladora.

-Fin-

Autora@MaiteAlbarrán


jueves, 9 de octubre de 2014

¡Soraya, no quiere leer!



¡Soraya no quiere leer!
Soraya detestaba leer. Su madre intentaba motivarla. A sus ocho años prefería jugar a la consola, era tan divertido moverse frente a la tele y bailar al ritmo de la wii, después de hacer los aburridísimos deberes.

-¡Los cuentos me aburren mamá! Siempre me cuentas los mismos, el de “la lechera” “los tres cerditos” “la habichuela mágica” “Alicia en el país de las maravillas” “Aladín y la lámpara maravillosa” yo necesito aprender a bailar.
-Hija, está bien que bailes pero no todo el día. Debes reservarte un espacio para leer y aprender a comprender otras vidas que son diferentes a la tuya. A soñar y querer conocer muchas cosas que sólo se aprenden en los libros.
-¿Acaso tú lees? Yo sólo veo que miras libros por fuera y luego los cierras ¿Por qué debo leer yo, mamá? Es aburrido, no me gusta nada.
La madre, avergonzada no supo que contestar en ese momento y pensó en una respuesta que convenciera a su hija. “Claro, Soraya cree que si yo no leo es porque no es interesante lo que está escrito, la verdad es que no tengo tiempo, oh, sueno a excusa para evadirme de la responsabilidad. De acuerdo, haré un esfuerzo y leeré, reflexionó”.

Al día siguiente trajo un libro de la biblioteca. Cuentos novedosos hablaban de la inteligencia emocional. La madre no había escuchado sobre ese tipo de inteligencia y quiso saber más por eso lo eligió. A grandes rasgos comprendió que ser inteligente emocionalmente tenía un perfil de personalidad que suele apoyarse en conductas firmes y seguras. Personas que escuchan y se rodean de personas agradables, desechando lo negativo y el conflicto. Además entienden a los demás y saben ponerse en su lugar (empatía)saben manifestar su opinión y defenderla (asertividad) respetando y comprendiendo que otros pueden opinar diferente, son felices y trasmiten seguridad. Esta inteligencia la sedujo de tal manera que quiso que su hija la tuviera. Leyó que las personas que tenían una buena inteligencia emocional eran maravillosas, el éxito las elevaba, no el triunfo de una vida social llena de superficialidad e intereses repleta de falsedad para cubrir las apariencias, un éxito llamado felicidad personal.

Comenzó a leer un cuento, hablaba de la alegría y de un mundo lleno de cosas maravillosas ¿acaso se podía uno rodear de sólo aquellas cosas que le fueran agradables? Le sorprendió la valentía del protagonista que tuvo que vencer muchas contrariedades para ser lo que realmente quería ;libre, para ejercer su pasión por las montañas.

Otro, que hablaba sobre un cerdito envidioso dominado por las ganas de tener todo lo que veía en otros seres, se pasaba el día frustrado, quería tener alas, nadar como los peces y correr como los galgos de la granja. No quería ser cerdo hasta que vio caer un pájaro abatido por un cazador, un montón de peces cocinados a la lumbre y un galgo reventado por correr demasiado. Entonces comprendió que todos los seres tenían una parte buena en sus vidas y otra no tan buena, debían aceptarlo.

Había otro que narraba como un polluelo de buitre mataba a su hermano a picotazos, por celos. Al querer arrojarlo fuera del nido una patita se quedó enrollada en su plumaje llevándolo tras de si en el vuelo a perecer, ya que el nido estaba en una roca muy alta y en la caída termino aplastado junto a su hermano.

Sufrió el egoísmo de Daniela. Hija única incapaz de socorrer a nadie. Lo tuvo fácil gracias a su madre y cuando ésta se hizo mayor acabó abandonándola a su suerte en un asilo al que no iba ni a visitarla. Esto le pareció horrible ya que se notaba que la madre le dio todo su amor...

Los cuentos le abrieron las emociones de una manera reflexiva. Supo identificar la alegría, tristeza, frustración, felicidad, en ella misma y comprender sus estados de ánimo.

Al leer los cuentos a Soraya, observó que la niña la escuchaba con gran interés. Aquello que ella sentía en ese momento, otros lo sentían... ¿cómo podía ser? Lloró cuando supo que la madre que había querido mucho a su hija y cuidado fue abandonada por ésta, no podía entender a sus ocho años que el amor infinito y desmesurado como el suyo hacia su madre fuera al hacerse mayor traicionado. ¿Qué haría ella sin su madre que todo lo resolvía? Tanto la impactó, que decidió leer a partir de ese momento. Ella aprendería a dominar sus emociones y controlarlas para que el amor fuera el único sentimiento poderoso que dominara con fuerza su vida. Las personas que son amorosas, viven tranquilas y disfrutan de una vida llena de satisfacción y felicidad. ¡Ella quería ser eso de mayor!

-Fin-
Autora@MaiteAlbarrán

martes, 7 de octubre de 2014

La rata Josefina


La rata Josefina


En un lugar del bosque hizo su casa una rata gorda de río. Justo en el camino estrecho, protegido por la vegetación densa e impenetrable, por el cual todos los animales debían de modo obligado pasar para llegar a beber hasta el río.

Josefina era mayor, de bigotes largos y canos, ojos despiertos y empequeñecidos. Llegó y nadie supo de donde vino o cuál era su historia. Era muy habladora y con un carácter dominante. Al principio a sus vecinos, los castores, los conejos y otras ratas les caiga bien. Parecía muy sociable. Era excesivamente cortés, dispuesta ayudar en aquellas situaciones que no requieren ayuda, con el fin de iniciar una conversación repleta de preguntas indiscretas que le eran contestadas en pago a su labor por el auxiliado que se veía obligado a satisfacer.

-¡Buenos días! ¿No es un poco temprano para ir al río? Ayer vino usted más tarde -le dijo al zorro- hoy no encontrará ningún animal allí, los conejos van a las diez a beber agua.

El zorro, astuto de buen oído y memoria, le devolvió el saludo apuntando en su mente la hora en la que una presa fácil y descuidada estaría en el camino hacia el río.

-¡Buenos días! Señora pata, ayer vi a su esposo conversar con una pata muy joven, parecían entenderse muy bien, luego se fueron a nadar juntos.

La señora pata, molesta, le devolvió el saludo, aunque quiso disimular que ya lo sabía, en su interior se instaló una preocupación por la noticia recibida. Ella y sus patitos, fueron a nadar pero no pudo evitar sentir que alguien le había amargado el día. Al llegar el esposo en compañía de su prima Marta, suspiró con gran alivio, la angustia se fue y de nuevo recuperó la alegría. Tuvo unos segundos para pensar en aquella rata deslenguada con mucha aflicción ya que sus comentarios picantes e insinuantes, la habían herido.

Josefina la rata, se sentaba todo el día en la puerta de su casa a observar lo que hacían los demás con gran interés. Sabia en astucias, hacía preguntas capciosas para sacar información sobre dónde iban y con quién. Los animales del bosque, intimidados por su carácter le respondían con educación, trataban inútilmente de esquivar sus molestas preguntas. A ella poco le importaba molestar y criticar una vez se habían marchado.

-Los castores son unos animales destructivos, pasan todo el día royendo árboles que derriban para luego construir diques. Lo dejan todo perdido.. ¿quién necesita eso? Alguien debería decirles que no pueden hacer eso.

La señora coneja, la escuchaba con atención pensaba en lo que diría de ella también roedora, que le gustaba comer raíces y zanahorias de los sembrados cercanos. Tuvo miedo de confesar lo que hacía ante la rata, por si ésta luego la criticaba, así que asintió y se marchó con mucha prisa.

Pero el zorro, no había olvidado lo que le dijo la rata criticona y esperó a que pasaran los conejos a beber al río, tal como ella dijo, a las diez. En un momento, por sorpresa cazó tres y los devoró con mucha ansia. Los que huyeron despavoridos tuvieron que cruzarse con la rata, que al verlos sin saber lo que había ocurrido les quiso parar, pero al instante, comprendió que debían haber sido atacados por el zorro, para huir así, porque allí no había más depredadores.
-Tened más cuidado la próxima vez, ¿fue el zorro el que os dio caza, verdad? Astuto animal, ¿quién le habrá dicho que siempre vais a beber a las diez?

Los conejos supervivientes al escucharla, se indignaron y ataron cabos...¿quién? Sólo la rata cotilla y criticona era capaz de algo así. Así que a partir de ese día iban a beber de noche, cuando la rata se había marchado a descansar.

Josefina, también tuvo problemas con otras ratas, ya que criticaba cualquier cosa que las otras hicieran para mejorar sus viviendas y ponía inconvenientes a todo. Nadie sabía más que ella de todo, era una enterada. Defendía sus argumentos con tal peso que aunque muchas veces eran infundados, conseguía convencer a los demás de que tenía razón.
Su mejor astucia era engañar y envolver. Así que con voz muy dulce, sonrisa agradable trataba de aparentar que estimaba a todo el mundo. Mientras en el interior de su corazón se cocía a fuego lento el egoísmo, la maldad y envidia. Por eso dormía tan mal y le costaba entrar en casa.

Las fuertes lluvias elevaron el caudal del río durante la noche de forma inesperada. Los castores al ver sus presas destruidas avisaron de la crecida a tiempo. Todos intentaron ayudar a su vecino, pero nadie se atrevió a socorrer a la rata, ya que la repulsión y el miedo que infundía su presencia, les hicieron pensar que ya lo haría otro, si total ella siempre se enteraba de todo porque hablaba con todo el mundo.

El agua arrasó todas las casitas de los animales. Los castores tuvieron que volver a construir sus presas. Los conejos las madrigueras, las ratas las cuevas en las raíces de los árboles mas longevos, pronto notaron que el lugar donde Josefina la criticona tenía su casa no había nadie reconstruyéndolo. Como por arte de magia, ella había desaparecido.

Fueron los castores la que la hallaron hinchada, boca abajo, en la orilla cubierta por unas ramas y troncos de algunos árboles que fueron arrancados durante la crecida. La rata criticona no pudo salvarse del agua porque a nadie le pareció necesaria su superviviencia y pereció ahogada.

Moraleja: Trata de vivir respetando a las personas que te rodean y no meterte en criticas malintencionadas hacia otras personas que no conoces. Si tienes algo que decir, dilo de frente y por motivos que crees que arreglaran tu malestar.

-Fin-
Autora@MaiteAlbarrán


jueves, 2 de octubre de 2014

El diario de Daniel




El diario de Daniel

Me hubiera gustado no ser violento, manipulador y cruel. Ser así me convirtió en una persona amargada, negativa, poderosa y dueña de la voluntad de otros. Pero yo no lo sabía, para mi era el rey de mi reino, donde imponía el miedo y la desesperación.

No importa desde donde escribo, lo hago desde el presente. He tenido mucho tiempo para pensar y me han hecho reflexionar sobre hechos de mi pasado. Para algunos podré ser la victima de unas circunstancias con mala suerte, para otras, el cabrón al que querrían ver muerto. Quiero escribir esto consciente de que soy humano y tengo emociones buenas. Mi pasado espero sirva de experiencia para otros que se sientan identificados conmigo y les permita cambiar a tiempo si ya están comportándose como yo lo hice. La vida te juzga dos veces más duro de lo que tú lo haces. Te devuelve las bofetadas tres veces más rápido de lo que eres capaz de dar. La soledad y el silencio, deprimen pero me he perdonado y también lo he hecho con los que me dejaron ser lo que fui. Mi libertad está condicionada a mi comportamiento, no soy libre aún de mi lado oscuro, pero dejaré que mi mente viaje a aquellos momentos en que fui feliz en mi mediocridad.

Yo era un niño travieso que le gustaba salirse con la suya. En casa nunca tenían tiempo para mi. Iba solo a la escuela y regresaba. Mis padres estaban poco, cuando estaban, los gritos, peleas e insultos era lo habitual. Estar cabreado y de mal humor era lo único que observaba de ellos. Papá bebía demasiado, mamá buscaba estrategias para conseguir más dinero y lo que obtenía eran pérdidas del poco que entraba en casa. El bingo era su casa.

No tuve hermanos. Ellos me tenían y parecía que se interesaban por mi, pero no conservo recuerdos en los momentos importantes de mi vida. No me acompañaban al parque, ni a actividades deportivas, no había sonrisas ni palabras amables. Eso sí, me recordaban lo mal que hacía todo y dónde acabaría. Ahora comprendo que me sentenciaron y yo seguí justo el camino que esperaban que siguiera.

Comencé a ser un problema en la escuela a los seis años. La profesora llamaba a mamá, le daba una charla y para casa. Mamá nunca me decía nada. Sólo criticaba a la estúpida esa que se creía que era importante por haber estudiado y no sabía nada de la vida.¿Qué hacía yo? Pegar a los niños por todo. Les quitaba el bollo o el batido que llevaban. Otras, porque hacían caso de todo lo que decía la maestra. Nunca me pasaba nada, así que le fui tomando el gusto a hacer sufrir a los que tenían una vida...sí, ahora lo comprendo, a los que tenían una vida cómoda y feliz. No como la mía, llena de vacíos, carencias afectivas y soledad.

Compraba hamsters para reventarlos. Los perros que encontraba abandonados los sometía a las peores torturas. Llegué a tomarle el gusto a ver el miedo y la súplica en los ojos de los seres a los que infligía dolor. Era bueno por fin el algo.

En la adolescencia fui un chaval peligroso. Todos temían llevarme la contraria. Maltrataba a los de mi grupo para ejercer el control de sus mentes, sólo por el placer de demostrar mi superioridad. Me daba igual las veces que me expulsaban del instituto, tenía que volver y cuando lo hacía, era mucho peor.

La venganza, el odio y las ganas de hacer daño fueron mis herramientas de aprendizaje. ¿Dónde estuvo el amor para mi? ¿dónde la palabra amable, la comprensión, la compasión? ¿acaso no era humano? ¿dónde estaban todos cuando yo sufría en casa y lloraba de impotencia hasta dormirme? ¿dónde?

No era asunto suyo. Pues ellos serían asunto mío. Maltraté sistemáticamente a todos los niños que tenían unos padres estupendos, a los débiles sobre protegidos porque yo no era más que una mierda y a los tontos porque debían espabilar y ser como yo.

Ese monstruo se fue engendrando durante años en la escuela. Yo era ese libro escrito que no llegaría a nada porque no tenía una familia que me apoyara. Los maestros me ignoraron, no era el perfil de alumno a los que les apeteciera ayudar.

No niego que no mereciera los castigos. Pero ahora pienso que ¿por qué no merecí también abrazos y besos?

Mi parte emotiva no se desarrolló. Era una semilla que llevaba dentro pero no dio frutos, estuvo aletargada en el tiempo. Fui un chaval dominado por el descontrol y la impulsividad. Actuaba con violencia y sin remordimientos. Me vengaba, devolvía lo que recibía y cada vez era peor. Era divertido ser malo y que no te pasara nada.

Hoy tengo la oportunidad de comprender mi pasado aceptar lo que fui y lo que hice, dicen las personas que tratan de ayudarme que así podré ser una persona mejor y curarme. ¿De qué? Del odio creció en mí y dominaba mi cuerpo.

La relajación y la reflexión interna, me han abierto los ojos. Escucho música clásica, me encanta el “Adagio de Albinoni”, no lo escribió él, vaya farsa, sino un musicólogo italiano, Remo Giazotto del s. XX que recompuso algunas partituras de él. Este hombre vivió en la sombra siendo un genio de la creación más bella que existe. Creo que aprendió a hacer llorar a los violines y a mí, empiezo a percibir la belleza, la compasión y a comprender los sentimientos del alma.

Que pensarían los demás si supieran que tengo corazón, lo estoy descubriendo. Sobre todo a aquellos a los que dañé disfrutando con lo que hacía. No tenía ni idea del dolor que infringía o sí. Yo era cien por cien dolor y mis manos el fuego que abrasaba y tenía que repartir para no explotar como una bola incendiada.

Fui el acosador, el novio que ninguna madre desea para su hija por como la trata y...

Fui y lo acepto. Pero hoy voy a ser mejor. Me quiero, respeto y acepto. He aprendido a ser humano, nadie me enseñó a reír, a disfrutar y a controlar lo negativo de las neuronas cuando no son mimadas. Los estímulos sobre ellas fueron de desapego y falta de amor, e hicieron un trabajo malo. Pero voy a cambiarlo, puedo cambiarlo y dejar claro que hoy soy un ser maravilloso lleno de amor que trata de amarrar al odio rabioso para que no vuelva nunca más. Amo y espero ser amado.

-Fin-

Autora@Maite Albarrán

miércoles, 1 de octubre de 2014

Luis y las cebollas


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Luis y las cebollas
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Mi vida de adolescente estuvo envuelta en capas circulares como las cebollas. Humedad de lloros y lágrimas. Era redondo y blandito. A la edad de doce años, empecé a ser consciente de la complicación que me acarreaba dejar de ser un niño protegido y consentido, ahora debía ser autónomo. Fui feliz en la envoltura de la niñez, viviendo en la ignorancia de tener una un físico exterior poco agradable.

Llevaba gafas y me gustaba comer, pasaba horas picoteando la buena cocina de mamá. Ella me animaba con sus compras inadecuadas de hojaldres y pizzas. Reconozco que era perezoso y no hacia deporte. Tenía un buen perfil de estudiante en el colegio, aunque no me gustaba el esfuerzo. Lo hacia porque era la única manera de conseguir cosas tan ricas como los pasteles de chocolate.

Mi madre vivía obsesionada con su tesoro, la recompensa a años de entrega y dedicación. Menudo futuro me esperaba, teniendo que complacerla. Todo era por mi bien. A ella no le importaba lo físico, sólo el rendimiento académico. Ya crecerás y toda tu gordura se esfumará, no te preocupes hijo, me decía.

Al entrar en el instituto, no me involucré con los demás porque no me pareció interesante tener amigos, preferí vivir en mi mundo. Me importaba poco la gente y prefería esconderme de ella para disfrutar de los atracones de bollos que compraba en la cantina, era feliz a mi manera. Así que pronto, los abusones empezaron a hacer gracias conmigo. Yo era como un pez que parece un tiburón si nada dentro de un banco lleno de peces, pero que si se queda solo, es un bocado visible para todos. Al principio fueron pequeños insultos y collejas, yo era fuerte podía soportarlo, además no era todos los días, pero comenzó a aumentar en frecuencia y en el número de personas que me trataban mal.

Claro que me enfadaba, pero no lo demostraba. Cuando llegaba a casa lo pagaba aún más con la comida. Se convirtió en el consuelo donde descargaba toda mi ansiedad. A mi madre nada decía, seguro que le daba por ir al instituto a defenderme. Sólo lograría que me pegaran más. Era mejor aguantar que ser un chivato.

Hoy lo recuerdo y aún la herida de los golpes retumban en mi interior, siento rabia, odio contra aquellos abusones que tanto mi hicieron sufrir. Yo era su payaso un ser infrahumano al que permitían respirar aunque no se lo mereciera, era una mierda. El miedo inundaba mi cerebro, me paralizaba hasta el pensamiento. La angustia me alteraba el sueño y pasé muchas noches sin dormir cavilando como esquivar todo aquel infierno que ocurría cada día ante los ojos de los demás sin importarles. A veces sufría ataques de terror cuando me quedaba solo por los pasillos. Me pasaba hasta en casa.

Corría, sudaba, mirando a todos lados...pero de nada valía. Si no me cogían en el patio en un rincón sin visibilidad, era en el baño, o en el pasillo. Era consciente de que mi respiración alterada, les enfurecía aún mas, me llamaban el “cerdito llorón”.

A mi madre le gustaba hacer pasteles de cebolla. Cada vez que tenía que partirlas yo la ayudaba. Era el único momento en el podía dejar mis lágrimas correr sin esconderlas. Las cebollas y yo nos complementamos a la perfección. El olor a cebolla me inspiraba seguridad.

Entonces era vulnerable, débil físico y mental muy desgraciado. Le dije un día a mi madre que me comprara unas zapatillas y comencé a salir a correr. Sudaba mucho pero cuando corría, observaba a los demás complacidos, parecían entender mi esfuerzo por cambiar.

Poco a poco, creé un hábito para mis carreras por los parques y mi autoestima fue en aumento. En unos meses de esfuerzo conseguí adelgazar y tener un físico aceptable. Ya no era el centro de las miradas en todos los lugares donde iba. Mi ropa cambió de la XXL a la L. Me fui transformando en otra persona que me gustaba y me caía bien. También mi mente se fue haciendo resistente al igual que mis músculos. Los colores de mi ropa también cambiaron. Antes todo lo que tenía era de color negro o marrón. Ahora tenía pantalones verdes, azules, naranjas y hasta me atrevía con un rosa desgastado.

Los abusones seguían metiéndose conmigo. Ya no era gordo ¿es que estaban ciegos? Ah, serán las gafas, pensé. Me puse lentillas y aún continuaban persiguiéndome para someterme a las humillaciones más dolorosas. Me escupían y me pegaban por sonreír incluso.

Un fuego interno se despertó en mi interior. Ya no iba a seguir consintiendo. Pero ¿cómo parar aquello? El profesor de deporte me ofreció la posibilidad de ser miembro en el equipo de baloncesto. Yo nunca había sido miembro de nada. Lo acepté pensando que pronto unos nuevos abusones caerían sobre mí, pero fue todo lo contrario. Por primera vez, tuve compañeros que me respetaban. En poco tiempo me sentí parte del equipo salvo cuando estaba solo por los pasillos, los abusones seguían persiguiéndome. Hasta que un día los del equipo presenciaron lo que me ocurría en el rincón oscuro del patio. Aquel día quedó grabado en mi memoria para siempre. Mis compañeros acudieron a defenderme y les dieron una buena, hasta yo me atreví a dar algún que otro puñetazo. Fue una liberación de emociones tan grande, que todas las cebollas acudieron a mi en ese instante.

Lloré aquella tarde, noche y muchos días y más noches. Era incontenible mi tristeza.¿Por qué salían tantas lágrimas y ni una palabra? Un día dejé de hacerlo sin mas. Comencé a escribir lo que mi imaginación deseaba. Elegí una profesión que mi madre categorizó de “cutre” con todo lo que ella había hecho para que fuera a la universidad...Pero era mi elección, ya me atrevía a discutir hasta con ella.

La profesión que elegí requería mucha observación, así que me dediqué a diseccionar todas las piezas y aprenderme el nombre de todas las cosas. Leerme el diccionario varias veces no resultó nada interesante. Pero me dio mucho vocabulario nuevo y recursos para lo que quería ser: escritor.

Fin

Autora@Maite Albarrán

Tomás, el acosador



Eran las ocho menos diez. Jaime no quería llegar tarde, así que se dirigió al aula. Allí estaban los alumnos esperando a entrar, para ser el primer día daba la sensación de que sería un grupo bueno. Él debía ejercer de tutor de primero de secundaria los chicos provenían de una etapa escolar muy diferente, en ésta debían empezar a ser responsables y autónomos. Siguiendo las recomendaciones de la junta de profesores debía detectar las carencias de sus alumnos lo antes posible.

Abrió la puerta, encendió la luz e invitó con voz agradable y cercana a los chicos a entrar tomando asiento donde les apeteciera.

A las ocho y diez, cerró la puerta fue hacia la pizarra y mirando a todos de frente se presentó:

Hola soy Jaime vuestro tutor, profesor de lengua y literatura castellana. Hoy vamos a empezar el curso de una manera diferente os vais a presentar y a continuación, quiero que elijáis otro sitio si no estáis del todo a gusto con el primero que habéis encontrado.

Los chicos se presentaron y a continuación permanecieron cada uno donde estaba. Bien, este grupo no se conoce y no hay lazos entre ellos, perfecto.

Bueno si os sentís cómodos -prosiguió-tomad nota del siguiente ejercicio escrito. Apuntad. Todos sacaron una libreta y bolígrafos excepto tres alumnos que estaban al fondo de la clase, que no se sintieron con ganas de colaborar.

A ver vosotros, los del final, decidme por qué motivo no sacáis la libreta y el bolígrafo, ya.
-Yo no tengo nada, mi madre se olvidó de comprarla.
-Yo tampoco, pero de todas maneras no pienso hacer nada.
-Tú, Jose Vicente ¿verdad? ¿cuál es el motivo por el cual no sacas la libreta?
El chico al oír mencionar su nombre obedeció sin decir nada. En su rostro había una sonrisa divertida. Enseguida supo el profesor que aquel chico que parecía distraído y ausente, era el caso especial del que todos le habían hablado. Uno síndrome raro, no recordaba su nombre, le habían comentado a grandes rasgos que era un chaval con un trastorno de aprendizaje y que tenía que seguir rutinas. Vaya, un problema más para el aula y le había tocado a él. ¡Fenomenal!

Cuando todos tuvieron bolígrafo y papel dictó las preguntas. Bien, el que copie y responda estas preguntas sacará un diez. Primera pregunta, ¿Quién te cae mal a simple vista de esta clase y te gustaría que no estuviera aquí? Segunda pregunta, ¿Qué deberes pondrías tú, para casa? Tercera pregunta, ¿Qué harías si ves que alguien insulta sin motivo?

Los alumnos más soberbios y respondones, con aspecto de vagos, se sonrieron, ¿un diez por responder a esto? Está hecho. Todos los niños terminaron de escribir y Jaime pasó un rato analizando las respuestas.

El síndrome Asperger no había respondido a nada. Era un chico sin mecanismos de defensa que no juzgaba a nadie. Era neutro, se amoldaba a todo sin opinar lo que él sentía. Podría ser una posible victima de acoso.

Los dos chicos del final, uno tenía una letra llena de faltas de ortografía pero era legible su mensaje; le encantaría partirle la cara a todos los tontos empollones, gafotas, árabes y gordos de la clase. El otro, se decantaba por las chicas con granos en la cara y los negros, no los soportaba.

A la pregunta en general que harían si alguien insultaba a otro sin motivo en su presencia respondieron que nada. Bien, estos chicos no actúan si ven que alguien está en peligro. Temen convertirse en las siguientes victimas.

No quería sacar juicios precipitados. En clase, había niños con gafas, otros gruesos y dos árabes. ¿Podría ocurrir que pronto se sintieran acosados?

Su deber era enseñar, no debía preocuparse demasiado por el futuro eran suposiciones nada más. Pero una corazonada grande le decía que pronto tendría problemas en clase.

A los dos meses, le llegó la primera noticia. Jose Vicente, el chico con síndrome Asperger, era insultado y le escupían en los pasillos. Ningún profesor intervenía porque no pedía ayuda, sonreía siempre. Esto era intolerable. Fue a hablar con el chico y no le contó nada. Así que aprovechó una hora de tutoria para sacar información al grupo. Tampoco consiguió nada, nadie se atrevía a hablar. Había un problema y no sabía como abordarlo. El chico en cuestión, era introvertido, andaba solo, lo apuntaba todo en la agenda pero no hacia casi nada en el aula. Parecía no sentir ganas de relacionarse con los demás, pero se notaba que no sabía como hacerlo. Este chico, tiene problemas para conectar, estaba claro. A veces lo escuchaba hablar de insectos, era un tema obsesivo que a nadie parecía interesar pero él no se daba cuenta de ello, proseguía hasta quedarse solo.

Tuvo que verlo con sus propios ojos para descubrirlo. Era Tomás, el chico que no tenía conocimientos para seguir el ritmo de la clase, el acosador. Lo pilló escupiendo a Jose Vicente en el pasillo, mientras lo insultaba a modo de broma con mucha rabia, mientras los otros chicos, lo observaban unos animándole a que siguiera y otros con los ojos de pánico, pensando en que quizás podrían ser ellos las próximas victimas.

Intervino pidiendo ayuda a un profesor de guardia que se quedó en clase con los alumnos mientras se llevaba a Tomas a otra aula. Debía comprender primero antes de tomar una decisión. Comenzó un pequeño interrogatorio sobre el origen de esa conducta agresiva.

-¿Por qué insultas y escupes a este compañero, que te ha hecho?
-Es tonto, le gusta, no ves que se ríe, es mi amigo, era de broma.
-¿Cómo te tratan en casa a ti?
-Mi madre nunca está y cuando llega, me grita. Soy vago, no sé hacer nada, a veces me deja sin comer otras dice que me va a abandonar.
-Y eso te hace sentir odio y rabia ¿verdad? Te gustaría ser querido como Jose Vicente.
-A ese tonto no lo quiere nadie, nada más tienes que ver su cara de …
-¡Basta! Jose Vicente es un niño muy querido. Su madre lo acompaña cada día al colegio, tiene profesores particulares y todo lo que necesita. Cosa que tú no por lo que veo.¿Qué crees que te va a pasar por lo que has hecho?
-Nada, me expulsarán una semana, mi madre se pondrá de los nervios gritará y luego volveré para pegarle aún más. Siempre es así.
-¿Estás acostumbrado a los castigos severos, no?
-Sí, no me afectan ya.
-De acuerdo, no serás expulsado. Te vas a sentar en mi mesa y vas a aprender a tolerar a las demás personas que son diferentes a ti mismo. Te voy a enseñar a quererte y querer a los demás.
-Imposible, yo no soy amigo de los tontos y tampoco de los gordos, son sucios.
-Vas a sentarte al lado de Jose Vicente y copiaras todo lo que yo te diga.
-¿Si no lo hago?
-Serás expulsado y perderás la oportunidad de ser el mejor alumno de mi clase.
-¿Yo? No me engañes, yo no sé nada.
-Puedes aprender otras cosas.
-No me apetece aprender nada. Yo sé suficiente y aquí vengo porque mi madre me obliga.
-¿Qué quieres ser de mayor?
-Albañil como mi padre. Ahora está en paro con la crisis pero cuando tiene trabajo gana mucho dinero.
-Un chico como tú, tan listo podría ser lo que quisiera.
-No tengo libros, ni dinero, no me engañe.
-Yo te dejaré los míos.
-¿De verdad no va a llamar a mi madre? ¿si dejo a ese … me dejará seguir en el instituto?
-Sí.
-Entonces, no volveré a insultarle.

A partir de ese día Tomás dejó tranquilo al chico que no se defendía. Seguía sin gustarle pero había aprendido a tolerarle con sus rarezas. Trabajaba a su ritmo y aunque no sacaba notas brillantes, su autoestima mejoró, ahora se enteraba de todo. Se sentía feliz e integrado. Jaime su tutor, le había enseñado un cuento en el cual todos los chicos que se esfuerzan un poquito llegan donde quieren.

A Tomás le costaba mucho ser constante y disciplinado. Pero su tutor lo ponía de ejemplo en otras clases e incluso, le recordaba en todo momento lo mucho que había hecho por cambiar. Ahora llegaría donde se propusiera.

En el fondo de su corazón había un recuerdo amargo y secreto, ya que nunca lo había confesado a nadie. Durante años en el colegio, Tomás fue acosado por un niño que le quitaba comida en el comedor y le pegaba en el patio. Nunca dijo nada. Pero aprendió a ejercer la violencia, a imponer sus deseos sobre alguien que no se defendiera. Así, acosador, había sido desde que cumplió diez años, pegaba a todos los que no le traían un euro los viernes y los gordos, si tenían gafas o pinta de empollones les pegaba el doble. Ahora tenía doce y comenzaba a comprender que estar enfadado y pagarlo con otros que tienen cosas que él no tenía, no era la solución, es injusto.

Tanto cambió que los remordimientos por su comportamiento pasado, le llevaron a escribir una carta a Jose Vicente pidiéndole perdón. Pero este niño ya le había perdonado, su corazón era muy grande.

-Fin-


Autora@ Maite Albarrán