jueves, 30 de octubre de 2014

La familia de Graciela



Bajo la campaña de “erradicar la pobreza infantil”



La familia de Graciela

Acababa de ser intervenida por cesárea. Aún estaba despertando de la anestesia cuando una sonrisa enorme apareció en sus labios, tras ver a Gabriel, su marido sosteniendo con orgullo a la recién nacida. Se llamará Graciela, dijo con seguridad, por ser el nombre que más se parece a la palabra gratitud, ese sentimiento la invadía de nuevo tras experimentar la aventura de ser madre. Sus tres hijos eran todo su tesoro y en ellos se apoyaba. La fuerza y amor, era todo lo que le importaba se sentía dueña de la felicidad.

Pasaron unos días de estancia en el hospital. Las injerencias y los comentarios acusadores eran apabullantes. Las enfermeras se quejaban de que la gente se lo llevaba todo. Ropa, mantas, pañales, toallas todo el ajuar infantil del hospital. Incómoda por la situación, sintió alivio, los demás también lo hacían ya no tuvo reparo en guardarse una mantita blanca de algodón con letras pintadas con el nombre del centro en la que trajeron envuelta a Graciela a modo de arrullo.

Le sirvieron poca comida y sin sal. Trató de pedir sal, pero las auxiliares de planta le recordaron a modo de guasa que no estaba en un hotel y no disponen de medios. A los cuatro días le dan el alta. Lo agradeció pese a lo que le esperaba, el aire viciado se le hace insoportable de respirar.

Al llegar a casa tardó diez minutos en subir las escaleras hasta el quinto piso, ya que no hay ascensor. Su marido se encargó de subir a la recién nacida y el carrito, en dos veces. Alli la esperaban sus cariñosos hijos; Gines de 8 años y Alberto de 6. Hace frío, es enero y los niños quieren tener un poco de calor. Gabriel coge los dos tiestos de barro y una vela. Introduce la vela dentro de uno y con el otro que tiene un agujero en el fondo para evacuar el agua, tapa el primero Al rato se empieza a sentir la habitación más confortable.

Los niños tienen beca del comedor pero debido a que no hubo ayudas, no tienen libros. Los maestros les dieron una charla a los padres, tienen que hacer un esfuerzo por la educación, pero apenas tienen dinero, Gabriel trabaja no está en paro, pero su jefe le debe varias nóminas por la crisis y cobra de vez en cuando. No quiere marcharse de la empresa porque no va a encontrar nada mejor.

El colegio les queda retirado, pero no tuvieron más remedio, los que había cercanos no tienen comedor. La abuela Asunción, es pensionista y les ayuda con lo que puede, lleva a los niños a la escuela. Los sube al tranvía sin billete, ya le han llamado la atención, pero ella dice que no tienen dinero, el revisor ya trata de evitarla, aunque alguna vez la obliga a bajar para que aprenda a viajar en condiciones. Cuando esto sucede, los niños llegan tarde y cansados de caminar a la escuela, otra lucha tiene que emprender la pobre mujer para conseguir que les abran la puerta, porque sino se quedan sin comer.

En casa se compra leche para los niños, pasta y arroz. De vez en cuando hacen caldos con carcasas de pollo que el carnicero les regala, por haber sido clientes en mejor época.

Los pañales que fueron guardando en la residencia, se acaban. Ana no duda en ingeniar una estrategia de superviviencia. Cuando baja al parque con los niños para que jueguen, observa a las madres pasear con los carritos de bebé. Envía a Ginés provisto de su gran sonrisa y modales a pedir un pañal a la señora para su hermanita. El plan funciona, en unas horas consiguen los pañales diarios.

El calentador de agua se averió hace seis meses, Ana no se atrevió a llamar a nadie, no sabe lo que pasa y no están para reparaciones. A la hora del baño, tiene que calentar una olla tras otra de agua para lavarlos. Tampoco hay lavadora, se rompió el año pasado y Gabriel la vendió al chatarrero por 30€.

En la revisión primera de los quince días, le dan el visto bueno a la bebé. Pero advierten que ha ganado poco peso. Ana no oculta que come mal por la situación y el pediatra, comprensivo le da todas las muestras de leche infantil que tiene en la consulta. Le promete ayuda para la recién llegada.

Algunas tardes se acerca a la biblioteca con los niños en busca de libros y un rato de calor. Cuando intenta sacar algún cuento le advierten que debe devolverlos. Piensa que debe llevar en la frente escrito su pobreza que le arrojan como si tuviera por ello una desesperación oportunista, con lo honrada que es ella...

Esta mañana bajaba con la pequeña y al abrir la puerta del portal se encontró con un chico que llevaba un casco puesto iba a tocar los timbres pero entró directo al cuarto de contadores. Ella le siguió con la mirada y temerosa de lo que pudiera hacer, le preguntó que piso iba a cortar. “El quinto izquierda señora ¿es el suyo? Por hoy haré la vista gorda porque tiene un bebé pero mañana tendré que volver para cortar”

Agradecida subió a casa de Nicolás, el vecino anciano del segundo. Le pedirá prestado cincuenta euros para pagar la luz. Es veintiséis y acaba de cobrar. Ya se lo devolverá cuando Gabriel traiga algo.

Ginés, a la vuelta del colegio le enseña algo. Trae una nota de la profesora escrita en su agenda “ su hijo se lleva todos los días el rollo de papel higiénico, no debe hacerlo porque carecemos de medios en la escuela, dígaselo por favor”. Ana mira a los ojos a su hijo afligida. La propaganda que corta en papeles pequeños es muy dura. Ahora entiende quién trae el rollo de papel. Habla serena con él y le dice que no debe traer más papel de la escuela, ella lo traerá de otro lugar. Acude al centro médico y en el baño ve que los rollos industriales tienen puesto un candado. Coge unos metros de papel, lo enrolla y lo guarda en el bolso. Así tendrán para limpiarse los niños cuando lleguen de la escuela.

A veces va a comprar al super alguna cosa que ve barata. Los niños se paran en el pasillo de los yogures le preguntan: ¿podemos, mamá? Ella con un gesto de ojos les dice que no y ellos desilusionados la siguen sin rechistar. Cuando tiene huevos les hace flanes, pero lo normal es que cenen arroz con leche.

Gabriel llega contento de noche. Trae una noticia en la mano en la cual el Ministerio de Sanidad, servicios sociales e igualdad, anuncia ayudas urgentes para erradicar la pobreza infantil. Es el día de suerte. Ana lo lee con expectación y pronto el ve la desilusión en su mirada.
-¿No crees que nos vayan a ayudar?-pregunta para asegurarse.
-No veo ayudas reales, hablan de erradicar, pero esto es campaña, publicidad y cursos para tener recursos para sustentar a sus familias, no a la nuestra.
-Mujer! Pero...¡hablan de millones destinados a...!
-Como siempre Gabriel, millones que se pierden en el camino. Como máximo nos darán ropa usada para los niños, kilos de galletas de la cruz roja, aceite...quién sabe y por cuánto tiempo. Todo depende de lo que se destine a ayudas alimentarias.
-¡Qué injusticia recibir noticias así, que se desvanecen en la nada! Tendremos que seguir igual. Sin cobrar y sin poder mantenernos con dignidad. Aún recuerdo cuando podíamos llevar a los niños a tomar un helado...

Tras la charla, fueron a la cama y se dieron calor y cariño, como de costumbre. Los niños dormían mientras los dos pensaban lo que harían para sobrevivir un día más en el estado de la pobreza.

-Fin-
Autora@MaiteAlbarrán
Dedicado a todas las familias que cubren las apariencias y tiran para delante con el amor a sus hijos y las inexistentes ayudas a su situación.

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