La
oscuridad de Sofía
Sofía estaba furiosa. ¿Cómo se
atrevía a traicionarla así? Ella que le hubiera amado hasta el
final. Un puñal le estaba atravesando el corazón, a sus dieciséis
años no entendía que alguien a quién había amado desde la
infancia no pudiera quererla.
-Sofía, necesito tiempo-le comunicó
Darío -llevamos mucho tiempo juntos, necesito pensar.
-Pero...¿Qué tienes que pensar?
Siempre hemos estado juntos desde infantil, con tres años me
regalaste un anillo de compromiso.
-¡Ya! Siempre me recuerdas la misma
historia, estoy cansado Sofía creo que no tenemos nada en común. He
estado contigo acomodado porque no tenía nada que me despertara el
interés.
-Ah, así que es eso...¿Hay otra,
verdad? ¿Dónde la conociste? Seguro que es una gran zorra que se
deja hacer cochinadas...¿Es eso? ¿Quieres que hagamos...?
No pudo terminar la frase, Darío,
turbado y molesto, se levantó del banco y se marchó sin despedirse.
Ella esperó que se girara para arrepentirse de su decisión pero no
lo hizo. Decepcionada, confundida y llena de rabia se marchó a su
casa, estuvo llorando sin descanso toda la noche. Siguió acosando a
su novio con muchas excusas, utilizó todo tipo de estrategias, desde
intentar darle celos a hacerle escenas dramáticas en las que se
arrodillaba ante él para que volviera con ella.
Darío tardó en mostrar su nuevo
amor. Cuando ella finalmente lo vio acompañado de otra chica, el
odio más profundo se dirigió contra los dos. Lo odiaba día y
noche, sin descanso, maquinaba formas de causar daños a través de
otras personas, inventando mentiras y enredos. Ellos sin embargo
parecían inmunes a tus maldades y la ignoraban con desdén.
Pasó muchos años antes de volver a
enamorarse de otra persona. Cuando al fin alguien ocupó el corazón,
le angustiaba con el recuerdo continuo de lo que había amado a
Darío. Tal fue la frustración que llegó a causar en su nuevo
novio, que pronto se cansó de ella y la abandonó.
Ella no pudo entender...empezó a
revisar su físico ¿qué fallaba? Era guapa, cuidaba su imagen con
el deporte regular, inteligente y conversadora, sus amigas le decían
que era muy buena amiga y comprensiva. Sólo había un punto negro en
su vida: Darío. En cuanto alguien mencionaba el amor, ella se
transformaba convertida en el peor ser que pudiera existir, las
mayores maldades y maldiciones acudían a su boca.
De nuevo intentó enamorarse de un
jugador de ajedrez. Alfredo tenía mucha paciencia y comprensión, no
era como los demás. En cuanto empezaba a hablar de Darío todo los
hombres la abandonaban ¿qué efecto causaría? ¿sería por celos el
motivo por el cual los demás no soportaban que hablara de él? Sin
embargo, Sofía sentía que Alfredo no era celoso, con él podía
descargar todo ese amor del pasado y volcar su corazón sin que
pasara nada. Él lo apuntaba todo en una libreta y así estuvo
durante semanas hasta que un día en el que ella se sentía muy
feliz, sacó su libreta y leyó en voz alta de esta manera:
“Ella es una zorra, como agita su
pelo al viento mientras él sonríe y trata de besar su cuello, es
asqueroso ver como se besan, luego se abrazan y se funden en un beso,
que repugnancia me dan estos dos. A ella la revolcaría por el barro,
le cortaría esa melena rubia y le pincharía esa cara de cerda hasta
reventársela. A él, le patearía hasta destrozar su sonrisa, con la
de cosas que le di y pasa a mi lado como si no existiera...¡Cerdos,
traidores, engendrados en el Infierno! ¡Que la maldición de la mala
suerte os persiga mientras viváis! ¡Reiré sobre vuestra tumba,
sólo entonces seré feliz! ¡Malditos seáis, vosotros y vuestra
descendencia!”
-¡Alfredo! ¿Qué barbaridades me
dices? ¿De dónde has sacado eso?-preguntó Sofía sorprendida ante
las palabras tan duras llenas de odio que no reconoció como suyas-
-Eres tú, Sofía hablando de tu novio
y su traición con aquella chica-contestó él implacable.
-¿Yo hablo así? ¡No puede ser! ¡Esa
no soy yo, mientes!-trató de defenderse, confundida por el
desconocimiento de su interior, era tan oscuro que ni ella misma
podía aceptarlo.
-Di que les has perdonado, comprende
que el amor no se puede sentir por obligación. Darío no te quería
se acomodó contigo hasta que realmente alguien despertó su interés.
-Tú, eres despreciable ¿cómo te
atreves después de todo lo que he sufrido a juzgarme?-sentenció
ella derivando el odio hacia él.
-Sin embargo tú, Sofía eres adorable.
Una mujer increíble con enormes cualidades. Eres bella, con unos
ojos grandes impresionantes y un corazón noble. Tu cuerpo es muy
bonito también. Tu carácter fuerte pero soportable. Sólo hay una
cosa que te hace ser desagradable en extremo; el rencor.
-¿Rencor? ¿Qué dices? No tengo
rencor, ni odio, me hicieron daño-sudaba, se agitaba, estaba
confusa, su mente nublada trataba de defenderse de la verdad.
-Acéptalo y deshazte de este rencor,
lleva contigo confundiéndote demasiados años. Me amas, estoy
seguro, me quieres a mí, pero si sigues alimentando el odio, pronto
la inseguridad y los celos harán que trates de dominarme, atarme y
al verme perseguido puedo desenamorarme de ti, piénsalo ¿vale?
Alfredo le dio un beso en los labios,
cogió su libreta y se marchó dejándola en un estado de sufrimiento
y duda muy grande. Ella supo que le quería necesitaba sentir esa
amor y hacerlo crecer, como un arbolito al que le da vida y lo riega
con mucho cariño cada día. Comprendió por primera vez porque los
chicos acababan dejándola. Era un monstruo rencoroso que seguía
viviendo en el pasado, alimentado una y otra vez una historia
consumida.
Cuando llegó a casa se hizo una tila
doble y se marchó a la cama sin cenar. Puso música que tenía
grabada del sonido de las olas del mar y se imaginó en una playa
desierta sintiendo el sol, el agua y el brillo en un mar azul
intenso. Viajó hacia su interior. La imagen de Darío se hizo muy
real, estaba acompañado por su novia pero esta vez, reprimió el
odio y le dijo “no me quieres, está bien se feliz te perdono, el
amor no se puede obligar a sentir, ahora lo entiendo”. Se durmió y
al día siguiente sintió mucha paz en su interior.
Alfredo la llamó. Fue tan cariñoso
como siempre, quería verla por la tarde. Tomaron un café y de
repente él leyó una frase “ los odio, quiero matarlos, no se
merecen vivir, después de todo lo que han hecho...”
-Lo comprendo debo olvidarle y lo he
hecho, esta noche en mis sueños los he perdonado. Al fin he aceptado
que el amor puede aparecer y se puede esfumar. En el caso de Darío
creo que nunca existió. Me regaló un anillo con tres años porque
yo le gustaba a su madre. Él siempre hacía lo que su madre le
ordenaba. Así empezó lo nuestro, la única que se enamoró y creyó
en ese amor fui yo-le confesó a modo reflexivo-
-Me alegro Sofía, perdonando y
aceptando que otras personas que nos hicieron daño salgan de
nuestras vidas podrás ser feliz. Creo que tu amor por mi supera al
de Darío, tu capacidad de amar ha superado a tu capacidad de odiar,
tu esfuerzo será recompensado. Te vas a convertir en una persona más
flexible y con mayor capacidad para aceptar que los demás tomen sus
propias decisiones.
Sofía sonreía. Tenían razón, una
paz la invadía y un sentimiento de superación personal la
acompañaba. Estaba enamorada de Alfredo, lo amaba y él también la
quería. ¡El mundo era maravilloso! La fuerza del corazón la
acompañaba dándole un impulso y un brillo especial.
Se fundieron en un tierno beso y dieron
un paseo por el parque, observando la vida con otros ojos, no les
importaba las miradas ajenas, al encontrarlas la satisfacción les
invadía. Su amor brillaba tanto que hacia volver la mirada de muchas
personas que al encontrar algo tan intenso querían descubrir que
historia sostenían esos ojos tan felices y llenos de una pasión
arrolladora.
-Fin-
Autora@MaiteAlbarrán

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