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Luis
y las cebollas
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Mi
vida de adolescente estuvo envuelta en capas circulares como las
cebollas. Humedad de lloros y lágrimas. Era redondo y blandito. A
la edad de doce años, empecé a ser consciente de la complicación
que me acarreaba dejar de ser un niño protegido y consentido, ahora
debía ser autónomo. Fui feliz en la envoltura de la niñez,
viviendo en la ignorancia de tener una un físico exterior poco
agradable.
Llevaba
gafas y me gustaba comer, pasaba horas picoteando la buena cocina de
mamá. Ella me animaba con sus compras inadecuadas de hojaldres y
pizzas. Reconozco que era perezoso y no hacia deporte. Tenía un buen
perfil de estudiante en el colegio, aunque no me gustaba el esfuerzo.
Lo hacia porque era la única manera de conseguir cosas tan ricas
como los pasteles de chocolate.
Mi
madre vivía obsesionada con su tesoro, la recompensa a años de
entrega y dedicación. Menudo futuro me esperaba, teniendo que
complacerla. Todo era por mi bien. A ella no le importaba lo físico,
sólo el rendimiento académico. Ya crecerás y toda tu gordura se
esfumará, no te preocupes hijo, me decía.
Al
entrar en el instituto, no me involucré con los demás porque no me
pareció interesante tener amigos, preferí vivir en mi mundo. Me
importaba poco la gente y prefería esconderme de ella para disfrutar
de los atracones de bollos que compraba en la cantina, era feliz a mi
manera. Así que pronto, los abusones empezaron a hacer gracias
conmigo. Yo era como un pez que parece un tiburón si nada dentro de
un banco lleno de peces, pero que si se queda solo, es un bocado
visible para todos. Al principio fueron pequeños insultos y
collejas, yo era fuerte podía soportarlo, además no era todos los
días, pero comenzó a aumentar en frecuencia y en el número de
personas que me trataban mal.
Claro
que me enfadaba, pero no lo demostraba. Cuando llegaba a casa lo
pagaba aún más con la comida. Se convirtió en el consuelo donde
descargaba toda mi ansiedad. A mi madre nada decía, seguro que le
daba por ir al instituto a defenderme. Sólo lograría que me pegaran
más. Era mejor aguantar que ser un chivato.
Hoy
lo recuerdo y aún la herida de los golpes retumban en mi interior,
siento rabia, odio contra aquellos abusones que tanto mi hicieron
sufrir. Yo era su payaso un ser infrahumano al que permitían
respirar aunque no se lo mereciera, era una mierda. El miedo inundaba
mi cerebro, me paralizaba hasta el pensamiento. La angustia me
alteraba el sueño y pasé muchas noches sin dormir cavilando como
esquivar todo aquel infierno que ocurría cada día ante los ojos de
los demás sin importarles. A veces sufría ataques de terror cuando
me quedaba solo por los pasillos. Me pasaba hasta en casa.
Corría,
sudaba, mirando a todos lados...pero de nada valía. Si no me cogían
en el patio en un rincón sin visibilidad, era en el baño, o en el
pasillo. Era consciente de que mi respiración alterada, les
enfurecía aún mas, me llamaban el “cerdito llorón”.
A
mi madre le gustaba hacer pasteles de cebolla. Cada vez que tenía
que partirlas yo la ayudaba. Era el único momento en el podía dejar
mis lágrimas correr sin esconderlas. Las cebollas y yo nos
complementamos a la perfección. El olor a cebolla me inspiraba
seguridad.
Entonces
era vulnerable, débil físico y mental muy desgraciado. Le dije un
día a mi madre que me comprara unas zapatillas y comencé a salir a
correr. Sudaba mucho pero cuando corría, observaba a los demás
complacidos, parecían entender mi esfuerzo por cambiar.
Poco
a poco, creé un hábito para mis carreras por los parques y mi
autoestima fue en aumento. En unos meses de esfuerzo conseguí
adelgazar y tener un físico aceptable. Ya no era el centro de las
miradas en todos los lugares donde iba. Mi ropa cambió de la XXL a
la L. Me fui transformando en otra persona que me gustaba y me caía
bien. También mi mente se fue haciendo resistente al igual que mis
músculos. Los colores de mi ropa también cambiaron. Antes todo lo
que tenía era de color negro o marrón. Ahora tenía pantalones
verdes, azules, naranjas y hasta me atrevía con un rosa desgastado.
Los
abusones seguían metiéndose conmigo. Ya no era gordo ¿es que
estaban ciegos? Ah, serán las gafas, pensé. Me puse lentillas y aún
continuaban persiguiéndome para someterme a las humillaciones más
dolorosas. Me escupían y me pegaban por sonreír incluso.
Un
fuego interno se despertó en mi interior. Ya no iba a seguir
consintiendo. Pero ¿cómo parar aquello? El profesor de deporte me
ofreció la posibilidad de ser miembro en el equipo de baloncesto. Yo
nunca había sido miembro de nada. Lo acepté pensando que pronto
unos nuevos abusones caerían sobre mí, pero fue todo lo contrario.
Por primera vez, tuve compañeros que me respetaban. En poco tiempo
me sentí parte del equipo salvo cuando estaba solo por los pasillos,
los abusones seguían persiguiéndome. Hasta que un día los del
equipo presenciaron lo que me ocurría en el rincón oscuro del
patio. Aquel día quedó grabado en mi memoria para siempre. Mis
compañeros acudieron a defenderme y les dieron una buena, hasta yo
me atreví a dar algún que otro puñetazo. Fue una liberación de
emociones tan grande, que todas las cebollas acudieron a mi en ese
instante.
Lloré
aquella tarde, noche y muchos días y más noches. Era incontenible
mi tristeza.¿Por qué salían tantas lágrimas y ni una palabra? Un
día dejé de hacerlo sin mas. Comencé a escribir lo que mi
imaginación deseaba. Elegí una profesión que mi madre categorizó
de “cutre” con todo lo que ella había hecho para que fuera a la
universidad...Pero era mi elección, ya me atrevía a discutir hasta
con ella.
La
profesión que elegí requería mucha observación, así que me
dediqué a diseccionar todas las piezas y aprenderme el nombre de
todas las cosas. Leerme el diccionario varias veces no resultó nada
interesante. Pero me dio mucho vocabulario nuevo y recursos para lo
que quería ser: escritor.
Fin
Autora@Maite Albarrán

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