miércoles, 1 de octubre de 2014

Luis y las cebollas


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Luis y las cebollas
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Mi vida de adolescente estuvo envuelta en capas circulares como las cebollas. Humedad de lloros y lágrimas. Era redondo y blandito. A la edad de doce años, empecé a ser consciente de la complicación que me acarreaba dejar de ser un niño protegido y consentido, ahora debía ser autónomo. Fui feliz en la envoltura de la niñez, viviendo en la ignorancia de tener una un físico exterior poco agradable.

Llevaba gafas y me gustaba comer, pasaba horas picoteando la buena cocina de mamá. Ella me animaba con sus compras inadecuadas de hojaldres y pizzas. Reconozco que era perezoso y no hacia deporte. Tenía un buen perfil de estudiante en el colegio, aunque no me gustaba el esfuerzo. Lo hacia porque era la única manera de conseguir cosas tan ricas como los pasteles de chocolate.

Mi madre vivía obsesionada con su tesoro, la recompensa a años de entrega y dedicación. Menudo futuro me esperaba, teniendo que complacerla. Todo era por mi bien. A ella no le importaba lo físico, sólo el rendimiento académico. Ya crecerás y toda tu gordura se esfumará, no te preocupes hijo, me decía.

Al entrar en el instituto, no me involucré con los demás porque no me pareció interesante tener amigos, preferí vivir en mi mundo. Me importaba poco la gente y prefería esconderme de ella para disfrutar de los atracones de bollos que compraba en la cantina, era feliz a mi manera. Así que pronto, los abusones empezaron a hacer gracias conmigo. Yo era como un pez que parece un tiburón si nada dentro de un banco lleno de peces, pero que si se queda solo, es un bocado visible para todos. Al principio fueron pequeños insultos y collejas, yo era fuerte podía soportarlo, además no era todos los días, pero comenzó a aumentar en frecuencia y en el número de personas que me trataban mal.

Claro que me enfadaba, pero no lo demostraba. Cuando llegaba a casa lo pagaba aún más con la comida. Se convirtió en el consuelo donde descargaba toda mi ansiedad. A mi madre nada decía, seguro que le daba por ir al instituto a defenderme. Sólo lograría que me pegaran más. Era mejor aguantar que ser un chivato.

Hoy lo recuerdo y aún la herida de los golpes retumban en mi interior, siento rabia, odio contra aquellos abusones que tanto mi hicieron sufrir. Yo era su payaso un ser infrahumano al que permitían respirar aunque no se lo mereciera, era una mierda. El miedo inundaba mi cerebro, me paralizaba hasta el pensamiento. La angustia me alteraba el sueño y pasé muchas noches sin dormir cavilando como esquivar todo aquel infierno que ocurría cada día ante los ojos de los demás sin importarles. A veces sufría ataques de terror cuando me quedaba solo por los pasillos. Me pasaba hasta en casa.

Corría, sudaba, mirando a todos lados...pero de nada valía. Si no me cogían en el patio en un rincón sin visibilidad, era en el baño, o en el pasillo. Era consciente de que mi respiración alterada, les enfurecía aún mas, me llamaban el “cerdito llorón”.

A mi madre le gustaba hacer pasteles de cebolla. Cada vez que tenía que partirlas yo la ayudaba. Era el único momento en el podía dejar mis lágrimas correr sin esconderlas. Las cebollas y yo nos complementamos a la perfección. El olor a cebolla me inspiraba seguridad.

Entonces era vulnerable, débil físico y mental muy desgraciado. Le dije un día a mi madre que me comprara unas zapatillas y comencé a salir a correr. Sudaba mucho pero cuando corría, observaba a los demás complacidos, parecían entender mi esfuerzo por cambiar.

Poco a poco, creé un hábito para mis carreras por los parques y mi autoestima fue en aumento. En unos meses de esfuerzo conseguí adelgazar y tener un físico aceptable. Ya no era el centro de las miradas en todos los lugares donde iba. Mi ropa cambió de la XXL a la L. Me fui transformando en otra persona que me gustaba y me caía bien. También mi mente se fue haciendo resistente al igual que mis músculos. Los colores de mi ropa también cambiaron. Antes todo lo que tenía era de color negro o marrón. Ahora tenía pantalones verdes, azules, naranjas y hasta me atrevía con un rosa desgastado.

Los abusones seguían metiéndose conmigo. Ya no era gordo ¿es que estaban ciegos? Ah, serán las gafas, pensé. Me puse lentillas y aún continuaban persiguiéndome para someterme a las humillaciones más dolorosas. Me escupían y me pegaban por sonreír incluso.

Un fuego interno se despertó en mi interior. Ya no iba a seguir consintiendo. Pero ¿cómo parar aquello? El profesor de deporte me ofreció la posibilidad de ser miembro en el equipo de baloncesto. Yo nunca había sido miembro de nada. Lo acepté pensando que pronto unos nuevos abusones caerían sobre mí, pero fue todo lo contrario. Por primera vez, tuve compañeros que me respetaban. En poco tiempo me sentí parte del equipo salvo cuando estaba solo por los pasillos, los abusones seguían persiguiéndome. Hasta que un día los del equipo presenciaron lo que me ocurría en el rincón oscuro del patio. Aquel día quedó grabado en mi memoria para siempre. Mis compañeros acudieron a defenderme y les dieron una buena, hasta yo me atreví a dar algún que otro puñetazo. Fue una liberación de emociones tan grande, que todas las cebollas acudieron a mi en ese instante.

Lloré aquella tarde, noche y muchos días y más noches. Era incontenible mi tristeza.¿Por qué salían tantas lágrimas y ni una palabra? Un día dejé de hacerlo sin mas. Comencé a escribir lo que mi imaginación deseaba. Elegí una profesión que mi madre categorizó de “cutre” con todo lo que ella había hecho para que fuera a la universidad...Pero era mi elección, ya me atrevía a discutir hasta con ella.

La profesión que elegí requería mucha observación, así que me dediqué a diseccionar todas las piezas y aprenderme el nombre de todas las cosas. Leerme el diccionario varias veces no resultó nada interesante. Pero me dio mucho vocabulario nuevo y recursos para lo que quería ser: escritor.

Fin

Autora@Maite Albarrán

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