lunes, 20 de octubre de 2014

Cuquita y las olivitas





Había una vez en un pueblecito tranquilo donde los pájaros del campo se refugiaban para descansar de los cazadores en los jardines y parques, una tórtola turca muy tragona, que le gustaba comer olivas.

Las plazas tenían plantados olivos, así que era fácil, sólo había que esperar a que las olivas estuvieran en su punto.

A Cuquita, la tórtola le gustaba hablar a todas horas y un día al sobrevolar el patio de una casa se cruzó con Junque, una paloma muy educada a la que le tocó saludar, por obligación.
-¡Buenos días!
-¡Güenoosss!
-¿Qué le pasa en la boca señora Cuquita? La noto rara.
-Nada que...-al abrir la boca no pudo evitar que dos olivas maduras le cayeran y fueran a aterrizar a un patio donde se veían macetas y juguetes de niños-

Cuquita al sentir que ya no tenía las olivas, se sintió muy enfadada . Perdió el interés por demostrar la compostura educada, cosa que escandalizó a la paloma charlatana y se fue a posar en el tejado, oteando el suelo con la esperanza de poder recuperarlas. Por más que buscó, no vio sus olivitas así que decepcionada regresó al parque a empezar de nuevo el trabajo.

Aquellas olivas fueron a caer a un arbusto verde que las acogió con mucho amor. Las olivitas, al verse a salvo de la boca de la tórtola respiraron felices y se dispusieron a ahuecar la tierra de la maceta no fuera que aquel pájaro le diera por regresar a buscarlas. El arbusto no le importó compartir espacio y agua, pero les advirtió que para germinar necesitaban algo más.

Aquella noche era Halloween, donde las brujas buenas y malas saldrían a vagar por la ciudad. Los niños estuvieron toda la tarde tocando puertas y pidiendo caramelos, fue inolvidable, sacaron sus disfraces de dar miedo para divirtirse asustándose y gastando bromas.

Las niñas que vivían en la casa donde la tórtola había perdido dos olivas en una maceta, tocaron la puerta de una extraña mujer que en ese instante había localizado al fin el escondite de unos seres muy pequeños mágicos. Éstos en un descuido, aprovecharon la visita de las niñas para meterse dentro de su bolsa de caramelos y poder así huir de la casa de la bruja, que quería cocinarlos para hacerse una crema para las arrugas. Estaba convencida que tenían poderes y ella sólo deseaba volver a ser joven.

Las niñas, dejaron sus bolsas de caramelos y propinas en el patio, en ese momento, la familia “galletita” salieron a esconderse dentro de la misma maceta donde estaba el arbusto conversando con las dos olivas. Los galletitas eran redondos y su cuerpo se parecía el de una galleta dorada, la diferencia es que tenían cabeza, brazos y piernas, un carácter muy divertido y ganas de jugar.

Esa noche la Luna brilló con magia. Conversaron las olivas, los diminutos galletitas y el arbusto sobre lo que podían hacer para que los niños cuidaran de la naturaleza, porque con los tiempos que corrían sólo veían niños destruir árboles y jugar a las consolas. Ya no salían a los jardines y parques a alegrar a los pájaros y árboles como antes con sus risas y buen humor.

Así que entre todos pensaron. Idearon un plan, las galletitas utilizarían su poder mágico en la maceta para ayudar a florecer a las olivitas. Estaban seguros que las niñas, al descubrir el nacimiento de un árbol, lo cuidarían con tal amor, que sería un árbol fuerte y hermoso.

Además, sabían que las niñas eran generosas, las habían observado compartir los caramelos con otros niños cuando estaban dentro de la bolsa, estaban todos convencidos de que encontrarían un lugar donde el olivo nacido creciera fuerte y sano.

Pasaron unos meses hasta que la mamá de la niñas descubrió un crecimiento inusual en la maceta del fondo del patio. Era un olivo hermoso dotado de poderes extraordinarios. Las niñas se dieron cuenta pronto de ello, ya que cuando miraban al olivo, una alegría inmensa inundaba sus corazones, sentían ganas de saltar, cantar y compartir el tiempo con otros niños.

La mamá pensó en regalar el olivo tan especial al colegio, allí había un huerto donde crecería sano y seguro. La alegría que sentían sus hijas al estar cerca, sería trasmitida al resto de niños.

Así lo hizo. En poco tiempo el olivo creció y en la noche de Halloween en lugar de olivas los niños podían recoger de sus ramas, toda clase de dulces y golosinas. Era el premio de la magia de las galletitas que por una noche, transformaban las olivas en chocolatinas, caramelos y gominolas, para que los niños las comieran al llegar al colegio.

Esos dulces eran especiales. Creados por duendes mágicos con forma de galletitas, les daba el poder al ser que los probara de conseguir todo aquello que se corazón deseara. Sólo había una regla; la persona no debía dejar jamás de compartir todo lo bueno con los demás.

Si alguien incumplía la regla de ser generoso y sociable, el hechizo del poder de la buena suerte y prosperidad se esfumaba, dejando a la persona sola con su voluntad para crear lo que quisiera tener.

El olivo de “la buena fortuna” que daba caramelos y dulces en la noche de Halloween se hizo tan famoso, que todos los niños deseaban ir a la escuela con tal de que una de esas golosinas le fuera repartida una vez al año.

También Cuquita, la tórtola se daba buenos atracones con las olivas que sin saberlo ella misma había ayudado a nacer. Se sentía eufórica y tremendamente feliz con aquellas del jardín de la escuela de los niños ¿qué poder tendrían para volverla tan loca?

Los diminutos seres, fundaron una nueva casa en el hueco del olivo. Eran ellos los que con su magia año tras año, transformaban las olivas en dulces. Les divertía vivir en un lugar tan bello, regado con risas y alegrías de tantos niños maravillosos. Era tan fácil hacerlos felices.

-Colorín colorado, este cuento se ha acabado-


Autora@MaiteAlbarrán


Había una vez en un pueblecito tranquilo donde los pájaros del campo se refugiaban para descansar de los cazadores en los jardines y parques, una tórtola turca muy tragona, que le gustaba comer olivas.

Las plazas tenían plantados olivos, así que era fácil, sólo había que esperar a que las olivas estuvieran en su punto.

A Cuquita, la tórtola le gustaba hablar a todas horas y un día al sobrevolar el patio de una casa se cruzó con Junque, una paloma muy educada a la que le tocó saludar, por obligación.
-¡Buenos días!
-¡Güenoosss!
-¿Qué le pasa en la boca señora Cuquita? La noto rara.
-Nada que...-al abrir la boca no pudo evitar que dos olivas maduras le cayeran y fueran a aterrizar a un patio donde se veían macetas y juguetes de niños-

Cuquita al sentir que ya no tenía las olivas, se sintió muy enfadada . Perdió el interés por demostrar la compostura educada, cosa que escandalizó a la paloma charlatana y se fue a posar en el tejado, oteando el suelo con la esperanza de poder recuperarlas. Por más que buscó, no vio sus olivitas así que decepcionada regresó al parque a empezar de nuevo el trabajo.

Aquellas olivas fueron a caer a un arbusto verde que las acogió con mucho amor. Las olivitas, al verse a salvo de la boca de la tórtola respiraron felices y se dispusieron a ahuecar la tierra de la maceta no fuera que aquel pájaro le diera por regresar a buscarlas. El arbusto no le importó compartir espacio y agua, pero les advirtió que para germinar necesitaban algo más.

Aquella noche era Halloween, donde las brujas buenas y malas saldrían a vagar por la ciudad. Los niños estuvieron toda la tarde tocando puertas y pidiendo caramelos, fue inolvidable, sacaron sus disfraces de dar miedo para divirtirse asustándose y gastando bromas.

Las niñas que vivían en la casa donde la tórtola había perdido dos olivas en una maceta, tocaron la puerta de una extraña mujer que en ese instante había localizado al fin el escondite de unos seres muy pequeños mágicos. Éstos en un descuido, aprovecharon la visita de las niñas para meterse dentro de su bolsa de caramelos y poder así huir de la casa de la bruja, que quería cocinarlos para hacerse una crema para las arrugas. Estaba convencida que tenían poderes y ella sólo deseaba volver a ser joven.

Las niñas, dejaron sus bolsas de caramelos y propinas en el patio, en ese momento, la familia “galletita” salieron a esconderse dentro de la misma maceta donde estaba el arbusto conversando con las dos olivas. Los galletitas eran redondos y su cuerpo se parecía el de una galleta dorada, la diferencia es que tenían cabeza, brazos y piernas, un carácter muy divertido y ganas de jugar.

Esa noche la Luna brilló con magia. Conversaron las olivas, los diminutos galletitas y el arbusto sobre lo que podían hacer para que los niños cuidaran de la naturaleza, porque con los tiempos que corrían sólo veían niños destruir árboles y jugar a las consolas. Ya no salían a los jardines y parques a alegrar a los pájaros y árboles como antes con sus risas y buen humor.

Así que entre todos pensaron. Idearon un plan, las galletitas utilizarían su poder mágico en la maceta para ayudar a florecer a las olivitas. Estaban seguros que las niñas, al descubrir el nacimiento de un árbol, lo cuidarían con tal amor, que sería un árbol fuerte y hermoso.

Además, sabían que las niñas eran generosas, las habían observado compartir los caramelos con otros niños cuando estaban dentro de la bolsa, estaban todos convencidos de que encontrarían un lugar donde el olivo nacido creciera fuerte y sano.

Pasaron unos meses hasta que la mamá de la niñas descubrió un crecimiento inusual en la maceta del fondo del patio. Era un olivo hermoso dotado de poderes extraordinarios. Las niñas se dieron cuenta pronto de ello, ya que cuando miraban al olivo, una alegría inmensa inundaba sus corazones, sentían ganas de saltar, cantar y compartir el tiempo con otros niños.

La mamá pensó en regalar el olivo tan especial al colegio, allí había un huerto donde crecería sano y seguro. La alegría que sentían sus hijas al estar cerca, sería trasmitida al resto de niños.

Así lo hizo. En poco tiempo el olivo creció y en la noche de Halloween en lugar de olivas los niños podían recoger de sus ramas, toda clase de dulces y golosinas. Era el premio de la magia de las galletitas que por una noche, transformaban las olivas en chocolatinas, caramelos y gominolas, para que los niños las comieran al llegar al colegio.

Esos dulces eran especiales. Creados por duendes mágicos con forma de galletitas, les daba el poder al ser que los probara de conseguir todo aquello que se corazón deseara. Sólo había una regla; la persona no debía dejar jamás de compartir todo lo bueno con los demás.

Si alguien incumplía la regla de ser generoso y sociable, el hechizo del poder de la buena suerte y prosperidad se esfumaba, dejando a la persona sola con su voluntad para crear lo que quisiera tener.

El olivo de “la buena fortuna” que daba caramelos y dulces en la noche de Halloween se hizo tan famoso, que todos los niños deseaban ir a la escuela con tal de que una de esas golosinas le fuera repartida una vez al año.

También Cuquita, la tórtola se daba buenos atracones con las olivas que sin saberlo ella misma había ayudado a nacer. Se sentía eufórica y tremendamente feliz con aquellas del jardín de la escuela de los niños ¿qué poder tendrían para volverla tan loca?

Los diminutos seres, fundaron una nueva casa en el hueco del olivo. Eran ellos los que con su magia año tras año, transformaban las olivas en dulces. Les divertía vivir en un lugar tan bello, regado con risas y alegrías de tantos niños maravillosos. Era tan fácil hacerlos felices.

-Colorín colorado, este cuento se ha acabado-


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