Había una vez en un pueblecito
tranquilo donde los pájaros del campo se refugiaban para descansar
de los cazadores en los jardines y parques, una tórtola turca muy
tragona, que le gustaba comer olivas.
Las plazas tenían plantados olivos,
así que era fácil, sólo había que esperar a que las olivas
estuvieran en su punto.
A Cuquita, la tórtola le gustaba
hablar a todas horas y un día al sobrevolar el patio de una casa se
cruzó con Junque, una paloma muy educada a la que le tocó saludar,
por obligación.
-¡Buenos días!
-¡Güenoosss!
-¿Qué le pasa en la boca señora
Cuquita? La noto rara.
-Nada que...-al abrir la boca no pudo
evitar que dos olivas maduras le cayeran y fueran a aterrizar a un
patio donde se veían macetas y juguetes de niños-
Cuquita al sentir que ya no tenía las
olivas, se sintió muy enfadada . Perdió el interés por demostrar
la compostura educada, cosa que escandalizó a la paloma charlatana
y se fue a posar en el tejado, oteando el suelo con la esperanza de
poder recuperarlas. Por más que buscó, no vio sus olivitas así que
decepcionada regresó al parque a empezar de nuevo el trabajo.
Aquellas olivas fueron a caer a un
arbusto verde que las acogió con mucho amor. Las olivitas, al verse
a salvo de la boca de la tórtola respiraron felices y se dispusieron
a ahuecar la tierra de la maceta no fuera que aquel pájaro le diera
por regresar a buscarlas. El arbusto no le importó compartir espacio
y agua, pero les advirtió que para germinar necesitaban algo más.
Aquella noche era Halloween, donde
las brujas buenas y malas saldrían a vagar por la ciudad. Los niños
estuvieron toda la tarde tocando puertas y pidiendo caramelos, fue
inolvidable, sacaron sus disfraces de dar miedo para divirtirse
asustándose y gastando bromas.
Las niñas que vivían en la casa donde
la tórtola había perdido dos olivas en una maceta, tocaron la
puerta de una extraña mujer que en ese instante había localizado al
fin el escondite de unos seres muy pequeños mágicos. Éstos en un
descuido, aprovecharon la visita de las niñas para meterse dentro de
su bolsa de caramelos y poder así huir de la casa de la bruja, que
quería cocinarlos para hacerse una crema para las arrugas. Estaba
convencida que tenían poderes y ella sólo deseaba volver a ser
joven.
Las niñas, dejaron sus bolsas de
caramelos y propinas en el patio, en ese momento, la familia
“galletita” salieron a esconderse dentro de la misma maceta
donde estaba el arbusto conversando con las dos olivas. Los
galletitas eran redondos y su cuerpo se parecía el de una galleta
dorada, la diferencia es que tenían cabeza, brazos y piernas, un
carácter muy divertido y ganas de jugar.
Esa noche la Luna brilló con magia.
Conversaron las olivas, los diminutos galletitas y el arbusto sobre
lo que podían hacer para que los niños cuidaran de la naturaleza,
porque con los tiempos que corrían sólo veían niños destruir
árboles y jugar a las consolas. Ya no salían a los jardines y
parques a alegrar a los pájaros y árboles como antes con sus risas
y buen humor.
Así que entre todos pensaron. Idearon
un plan, las galletitas utilizarían su poder mágico en la maceta
para ayudar a florecer a las olivitas. Estaban seguros que las niñas,
al descubrir el nacimiento de un árbol, lo cuidarían con tal amor,
que sería un árbol fuerte y hermoso.
Además, sabían que las niñas eran
generosas, las habían observado compartir los caramelos con otros
niños cuando estaban dentro de la bolsa, estaban todos convencidos
de que encontrarían un lugar donde el olivo nacido creciera fuerte y
sano.
Pasaron unos meses hasta que la mamá
de la niñas descubrió un crecimiento inusual en la maceta del fondo
del patio. Era un olivo hermoso dotado de poderes extraordinarios.
Las niñas se dieron cuenta pronto de ello, ya que cuando miraban al
olivo, una alegría inmensa inundaba sus corazones, sentían ganas de
saltar, cantar y compartir el tiempo con otros niños.
La mamá pensó en regalar el olivo tan
especial al colegio, allí había un huerto donde crecería sano y
seguro. La alegría que sentían sus hijas al estar cerca, sería
trasmitida al resto de niños.
Así lo hizo. En poco tiempo el olivo
creció y en la noche de Halloween en lugar de olivas los niños
podían recoger de sus ramas, toda clase de dulces y golosinas. Era
el premio de la magia de las galletitas que por una noche,
transformaban las olivas en chocolatinas, caramelos y gominolas, para
que los niños las comieran al llegar al colegio.
Esos dulces eran especiales. Creados
por duendes mágicos con forma de galletitas, les daba el poder al
ser que los probara de conseguir todo aquello que se corazón
deseara. Sólo había una regla; la persona no debía dejar jamás de
compartir todo lo bueno con los demás.
Si alguien incumplía la regla de ser
generoso y sociable, el hechizo del poder de la buena suerte y
prosperidad se esfumaba, dejando a la persona sola con su voluntad
para crear lo que quisiera tener.
El olivo de “la buena fortuna” que
daba caramelos y dulces en la noche de Halloween se hizo tan famoso,
que todos los niños deseaban ir a la escuela con tal de que una de
esas golosinas le fuera repartida una vez al año.
También Cuquita, la tórtola se daba
buenos atracones con las olivas que sin saberlo ella misma había
ayudado a nacer. Se sentía eufórica y tremendamente feliz con
aquellas del jardín de la escuela de los niños ¿qué poder
tendrían para volverla tan loca?
Los diminutos seres, fundaron una nueva
casa en el hueco del olivo. Eran ellos los que con su magia año tras
año, transformaban las olivas en dulces. Les divertía vivir en un
lugar tan bello, regado con risas y alegrías de tantos niños
maravillosos. Era tan fácil hacerlos felices.
-Colorín colorado, este cuento se ha
acabado-
Había una vez en un pueblecito
tranquilo donde los pájaros del campo se refugiaban para descansar
de los cazadores en los jardines y parques, una tórtola turca muy
tragona, que le gustaba comer olivas.
Las plazas tenían plantados olivos,
así que era fácil, sólo había que esperar a que las olivas
estuvieran en su punto.
A Cuquita, la tórtola le gustaba
hablar a todas horas y un día al sobrevolar el patio de una casa se
cruzó con Junque, una paloma muy educada a la que le tocó saludar,
por obligación.
-¡Buenos días!
-¡Güenoosss!
-¿Qué le pasa en la boca señora
Cuquita? La noto rara.
-Nada que...-al abrir la boca no pudo
evitar que dos olivas maduras le cayeran y fueran a aterrizar a un
patio donde se veían macetas y juguetes de niños-
Cuquita al sentir que ya no tenía las
olivas, se sintió muy enfadada . Perdió el interés por demostrar
la compostura educada, cosa que escandalizó a la paloma charlatana
y se fue a posar en el tejado, oteando el suelo con la esperanza de
poder recuperarlas. Por más que buscó, no vio sus olivitas así que
decepcionada regresó al parque a empezar de nuevo el trabajo.
Aquellas olivas fueron a caer a un
arbusto verde que las acogió con mucho amor. Las olivitas, al verse
a salvo de la boca de la tórtola respiraron felices y se dispusieron
a ahuecar la tierra de la maceta no fuera que aquel pájaro le diera
por regresar a buscarlas. El arbusto no le importó compartir espacio
y agua, pero les advirtió que para germinar necesitaban algo más.
Aquella noche era Halloween, donde
las brujas buenas y malas saldrían a vagar por la ciudad. Los niños
estuvieron toda la tarde tocando puertas y pidiendo caramelos, fue
inolvidable, sacaron sus disfraces de dar miedo para divirtirse
asustándose y gastando bromas.
Las niñas que vivían en la casa donde
la tórtola había perdido dos olivas en una maceta, tocaron la
puerta de una extraña mujer que en ese instante había localizado al
fin el escondite de unos seres muy pequeños mágicos. Éstos en un
descuido, aprovecharon la visita de las niñas para meterse dentro de
su bolsa de caramelos y poder así huir de la casa de la bruja, que
quería cocinarlos para hacerse una crema para las arrugas. Estaba
convencida que tenían poderes y ella sólo deseaba volver a ser
joven.
Las niñas, dejaron sus bolsas de
caramelos y propinas en el patio, en ese momento, la familia
“galletita” salieron a esconderse dentro de la misma maceta
donde estaba el arbusto conversando con las dos olivas. Los
galletitas eran redondos y su cuerpo se parecía el de una galleta
dorada, la diferencia es que tenían cabeza, brazos y piernas, un
carácter muy divertido y ganas de jugar.
Esa noche la Luna brilló con magia.
Conversaron las olivas, los diminutos galletitas y el arbusto sobre
lo que podían hacer para que los niños cuidaran de la naturaleza,
porque con los tiempos que corrían sólo veían niños destruir
árboles y jugar a las consolas. Ya no salían a los jardines y
parques a alegrar a los pájaros y árboles como antes con sus risas
y buen humor.
Así que entre todos pensaron. Idearon
un plan, las galletitas utilizarían su poder mágico en la maceta
para ayudar a florecer a las olivitas. Estaban seguros que las niñas,
al descubrir el nacimiento de un árbol, lo cuidarían con tal amor,
que sería un árbol fuerte y hermoso.
Además, sabían que las niñas eran
generosas, las habían observado compartir los caramelos con otros
niños cuando estaban dentro de la bolsa, estaban todos convencidos
de que encontrarían un lugar donde el olivo nacido creciera fuerte y
sano.
Pasaron unos meses hasta que la mamá
de la niñas descubrió un crecimiento inusual en la maceta del fondo
del patio. Era un olivo hermoso dotado de poderes extraordinarios.
Las niñas se dieron cuenta pronto de ello, ya que cuando miraban al
olivo, una alegría inmensa inundaba sus corazones, sentían ganas de
saltar, cantar y compartir el tiempo con otros niños.
La mamá pensó en regalar el olivo tan
especial al colegio, allí había un huerto donde crecería sano y
seguro. La alegría que sentían sus hijas al estar cerca, sería
trasmitida al resto de niños.
Así lo hizo. En poco tiempo el olivo
creció y en la noche de Halloween en lugar de olivas los niños
podían recoger de sus ramas, toda clase de dulces y golosinas. Era
el premio de la magia de las galletitas que por una noche,
transformaban las olivas en chocolatinas, caramelos y gominolas, para
que los niños las comieran al llegar al colegio.
Esos dulces eran especiales. Creados
por duendes mágicos con forma de galletitas, les daba el poder al
ser que los probara de conseguir todo aquello que se corazón
deseara. Sólo había una regla; la persona no debía dejar jamás de
compartir todo lo bueno con los demás.
Si alguien incumplía la regla de ser
generoso y sociable, el hechizo del poder de la buena suerte y
prosperidad se esfumaba, dejando a la persona sola con su voluntad
para crear lo que quisiera tener.
El olivo de “la buena fortuna” que
daba caramelos y dulces en la noche de Halloween se hizo tan famoso,
que todos los niños deseaban ir a la escuela con tal de que una de
esas golosinas le fuera repartida una vez al año.
También Cuquita, la tórtola se daba
buenos atracones con las olivas que sin saberlo ella misma había
ayudado a nacer. Se sentía eufórica y tremendamente feliz con
aquellas del jardín de la escuela de los niños ¿qué poder
tendrían para volverla tan loca?
Los diminutos seres, fundaron una nueva
casa en el hueco del olivo. Eran ellos los que con su magia año tras
año, transformaban las olivas en dulces. Les divertía vivir en un
lugar tan bello, regado con risas y alegrías de tantos niños
maravillosos. Era tan fácil hacerlos felices.
-Colorín colorado, este cuento se ha
acabado-


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