jueves, 9 de octubre de 2014

¡Soraya, no quiere leer!



¡Soraya no quiere leer!
Soraya detestaba leer. Su madre intentaba motivarla. A sus ocho años prefería jugar a la consola, era tan divertido moverse frente a la tele y bailar al ritmo de la wii, después de hacer los aburridísimos deberes.

-¡Los cuentos me aburren mamá! Siempre me cuentas los mismos, el de “la lechera” “los tres cerditos” “la habichuela mágica” “Alicia en el país de las maravillas” “Aladín y la lámpara maravillosa” yo necesito aprender a bailar.
-Hija, está bien que bailes pero no todo el día. Debes reservarte un espacio para leer y aprender a comprender otras vidas que son diferentes a la tuya. A soñar y querer conocer muchas cosas que sólo se aprenden en los libros.
-¿Acaso tú lees? Yo sólo veo que miras libros por fuera y luego los cierras ¿Por qué debo leer yo, mamá? Es aburrido, no me gusta nada.
La madre, avergonzada no supo que contestar en ese momento y pensó en una respuesta que convenciera a su hija. “Claro, Soraya cree que si yo no leo es porque no es interesante lo que está escrito, la verdad es que no tengo tiempo, oh, sueno a excusa para evadirme de la responsabilidad. De acuerdo, haré un esfuerzo y leeré, reflexionó”.

Al día siguiente trajo un libro de la biblioteca. Cuentos novedosos hablaban de la inteligencia emocional. La madre no había escuchado sobre ese tipo de inteligencia y quiso saber más por eso lo eligió. A grandes rasgos comprendió que ser inteligente emocionalmente tenía un perfil de personalidad que suele apoyarse en conductas firmes y seguras. Personas que escuchan y se rodean de personas agradables, desechando lo negativo y el conflicto. Además entienden a los demás y saben ponerse en su lugar (empatía)saben manifestar su opinión y defenderla (asertividad) respetando y comprendiendo que otros pueden opinar diferente, son felices y trasmiten seguridad. Esta inteligencia la sedujo de tal manera que quiso que su hija la tuviera. Leyó que las personas que tenían una buena inteligencia emocional eran maravillosas, el éxito las elevaba, no el triunfo de una vida social llena de superficialidad e intereses repleta de falsedad para cubrir las apariencias, un éxito llamado felicidad personal.

Comenzó a leer un cuento, hablaba de la alegría y de un mundo lleno de cosas maravillosas ¿acaso se podía uno rodear de sólo aquellas cosas que le fueran agradables? Le sorprendió la valentía del protagonista que tuvo que vencer muchas contrariedades para ser lo que realmente quería ;libre, para ejercer su pasión por las montañas.

Otro, que hablaba sobre un cerdito envidioso dominado por las ganas de tener todo lo que veía en otros seres, se pasaba el día frustrado, quería tener alas, nadar como los peces y correr como los galgos de la granja. No quería ser cerdo hasta que vio caer un pájaro abatido por un cazador, un montón de peces cocinados a la lumbre y un galgo reventado por correr demasiado. Entonces comprendió que todos los seres tenían una parte buena en sus vidas y otra no tan buena, debían aceptarlo.

Había otro que narraba como un polluelo de buitre mataba a su hermano a picotazos, por celos. Al querer arrojarlo fuera del nido una patita se quedó enrollada en su plumaje llevándolo tras de si en el vuelo a perecer, ya que el nido estaba en una roca muy alta y en la caída termino aplastado junto a su hermano.

Sufrió el egoísmo de Daniela. Hija única incapaz de socorrer a nadie. Lo tuvo fácil gracias a su madre y cuando ésta se hizo mayor acabó abandonándola a su suerte en un asilo al que no iba ni a visitarla. Esto le pareció horrible ya que se notaba que la madre le dio todo su amor...

Los cuentos le abrieron las emociones de una manera reflexiva. Supo identificar la alegría, tristeza, frustración, felicidad, en ella misma y comprender sus estados de ánimo.

Al leer los cuentos a Soraya, observó que la niña la escuchaba con gran interés. Aquello que ella sentía en ese momento, otros lo sentían... ¿cómo podía ser? Lloró cuando supo que la madre que había querido mucho a su hija y cuidado fue abandonada por ésta, no podía entender a sus ocho años que el amor infinito y desmesurado como el suyo hacia su madre fuera al hacerse mayor traicionado. ¿Qué haría ella sin su madre que todo lo resolvía? Tanto la impactó, que decidió leer a partir de ese momento. Ella aprendería a dominar sus emociones y controlarlas para que el amor fuera el único sentimiento poderoso que dominara con fuerza su vida. Las personas que son amorosas, viven tranquilas y disfrutan de una vida llena de satisfacción y felicidad. ¡Ella quería ser eso de mayor!

-Fin-
Autora@MaiteAlbarrán

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