Eran
las ocho menos diez. Jaime no quería llegar tarde, así que se
dirigió al aula. Allí estaban los alumnos esperando a entrar, para
ser el primer día daba la sensación de que sería un grupo bueno.
Él debía ejercer de tutor de primero de secundaria los chicos
provenían de una etapa escolar muy diferente, en ésta debían
empezar a ser responsables y autónomos. Siguiendo las
recomendaciones de la junta de profesores debía detectar las
carencias de sus alumnos lo antes posible.
Abrió
la puerta, encendió la luz e invitó con voz agradable y cercana a
los chicos a entrar tomando asiento donde les apeteciera.
A
las ocho y diez, cerró la puerta fue hacia la pizarra y mirando a
todos de frente se presentó:
Hola
soy Jaime vuestro tutor, profesor de lengua y literatura castellana.
Hoy vamos a empezar el curso de una manera diferente os vais a
presentar y a continuación, quiero que elijáis otro sitio si no
estáis del todo a gusto con el primero que habéis encontrado.
Los
chicos se presentaron y a continuación permanecieron cada uno donde
estaba. Bien, este grupo no se conoce y no hay lazos entre ellos,
perfecto.
Bueno
si os sentís cómodos -prosiguió-tomad nota del siguiente
ejercicio escrito. Apuntad. Todos sacaron una libreta y bolígrafos
excepto tres alumnos que estaban al fondo de la clase, que no se
sintieron con ganas de colaborar.
A
ver vosotros, los del final, decidme por qué motivo no sacáis la
libreta y el bolígrafo, ya.
-Yo
no tengo nada, mi madre se olvidó de comprarla.
-Yo
tampoco, pero de todas maneras no pienso hacer nada.
-Tú,
Jose Vicente ¿verdad? ¿cuál es el motivo por el cual no sacas la
libreta?
El
chico al oír mencionar su nombre obedeció sin decir nada. En su
rostro había una sonrisa divertida. Enseguida supo el profesor que
aquel chico que parecía distraído y ausente, era el caso especial
del que todos le habían hablado. Uno síndrome raro, no recordaba su
nombre, le habían comentado a grandes rasgos que era un chaval con
un trastorno de aprendizaje y que tenía que seguir rutinas. Vaya, un
problema más para el aula y le había tocado a él. ¡Fenomenal!
Cuando
todos tuvieron bolígrafo y papel dictó las preguntas. Bien, el que
copie y responda estas preguntas sacará un diez. Primera pregunta,
¿Quién te cae mal a simple vista de esta clase y te gustaría que
no estuviera aquí? Segunda pregunta, ¿Qué deberes pondrías tú,
para casa? Tercera pregunta, ¿Qué harías si ves que alguien
insulta sin motivo?
Los
alumnos más soberbios y respondones, con aspecto de vagos, se
sonrieron, ¿un diez por responder a esto? Está hecho. Todos los
niños terminaron de escribir y Jaime pasó un rato analizando las
respuestas.
El
síndrome Asperger no había respondido a nada. Era un chico sin
mecanismos de defensa que no juzgaba a nadie. Era neutro, se amoldaba
a todo sin opinar lo que él sentía. Podría ser una posible victima
de acoso.
Los
dos chicos del final, uno tenía una letra llena de faltas de
ortografía pero era legible su mensaje; le encantaría partirle la
cara a todos los tontos empollones, gafotas, árabes y gordos de la
clase. El otro, se decantaba por las chicas con granos en la cara y
los negros, no los soportaba.
A
la pregunta en general que harían si alguien insultaba a otro sin
motivo en su presencia respondieron que nada. Bien, estos chicos no
actúan si ven que alguien está en peligro. Temen convertirse en las
siguientes victimas.
No
quería sacar juicios precipitados. En clase, había niños con
gafas, otros gruesos y dos árabes. ¿Podría ocurrir que pronto se
sintieran acosados?
Su
deber era enseñar, no debía preocuparse demasiado por el futuro
eran suposiciones nada más. Pero una corazonada grande le decía que
pronto tendría problemas en clase.
A
los dos meses, le llegó la primera noticia. Jose Vicente, el chico
con síndrome Asperger, era insultado y le escupían en los pasillos.
Ningún profesor intervenía porque no pedía ayuda, sonreía
siempre. Esto era intolerable. Fue a hablar con el chico y no le
contó nada. Así que aprovechó una hora de tutoria para sacar
información al grupo. Tampoco consiguió nada, nadie se atrevía a
hablar. Había un problema y no sabía como abordarlo. El chico en
cuestión, era introvertido, andaba solo, lo apuntaba todo en la
agenda pero no hacia casi nada en el aula. Parecía no sentir ganas
de relacionarse con los demás, pero se notaba que no sabía como
hacerlo. Este chico, tiene problemas para conectar, estaba claro. A
veces lo escuchaba hablar de insectos, era un tema obsesivo que a
nadie parecía interesar pero él no se daba cuenta de ello,
proseguía hasta quedarse solo.
Tuvo
que verlo con sus propios ojos para descubrirlo. Era Tomás, el
chico que no tenía conocimientos para seguir el ritmo de la clase,
el acosador. Lo pilló escupiendo a Jose Vicente en el pasillo,
mientras lo insultaba a modo de broma con mucha rabia, mientras los
otros chicos, lo observaban unos animándole a que siguiera y otros
con los ojos de pánico, pensando en que quizás podrían ser ellos
las próximas victimas.
Intervino
pidiendo ayuda a un profesor de guardia que se quedó en clase con
los alumnos mientras se llevaba a Tomas a otra aula. Debía
comprender primero antes de tomar una decisión. Comenzó un pequeño
interrogatorio sobre el origen de esa conducta agresiva.
-¿Por
qué insultas y escupes a este compañero, que te ha hecho?
-Es
tonto, le gusta, no ves que se ríe, es mi amigo, era de broma.
-¿Cómo
te tratan en casa a ti?
-Mi
madre nunca está y cuando llega, me grita. Soy vago, no sé hacer
nada, a veces me deja sin comer otras dice que me va a abandonar.
-Y
eso te hace sentir odio y rabia ¿verdad? Te gustaría ser querido
como Jose Vicente.
-A
ese tonto no lo quiere nadie, nada más tienes que ver su cara de …
-¡Basta!
Jose Vicente es un niño muy querido. Su madre lo acompaña cada día
al colegio, tiene profesores particulares y todo lo que necesita.
Cosa que tú no por lo que veo.¿Qué crees que te va a pasar por lo
que has hecho?
-Nada,
me expulsarán una semana, mi madre se pondrá de los nervios gritará
y luego volveré para pegarle aún más. Siempre es así.
-¿Estás
acostumbrado a los castigos severos, no?
-Sí,
no me afectan ya.
-De
acuerdo, no serás expulsado. Te vas a sentar en mi mesa y vas a
aprender a tolerar a las demás personas que son diferentes a ti
mismo. Te voy a enseñar a quererte y querer a los demás.
-Imposible,
yo no soy amigo de los tontos y tampoco de los gordos, son sucios.
-Vas
a sentarte al lado de Jose Vicente y copiaras todo lo que yo te diga.
-¿Si
no lo hago?
-Serás
expulsado y perderás la oportunidad de ser el mejor alumno de mi
clase.
-¿Yo?
No me engañes, yo no sé nada.
-Puedes
aprender otras cosas.
-No
me apetece aprender nada. Yo sé suficiente y aquí vengo porque mi
madre me obliga.
-¿Qué
quieres ser de mayor?
-Albañil
como mi padre. Ahora está en paro con la crisis pero cuando tiene
trabajo gana mucho dinero.
-Un
chico como tú, tan listo podría ser lo que quisiera.
-No
tengo libros, ni dinero, no me engañe.
-Yo
te dejaré los míos.
-¿De
verdad no va a llamar a mi madre? ¿si dejo a ese … me dejará
seguir en el instituto?
-Sí.
-Entonces,
no volveré a insultarle.
A
partir de ese día Tomás dejó tranquilo al chico que no se
defendía. Seguía sin gustarle pero había aprendido a tolerarle con
sus rarezas. Trabajaba a su ritmo y aunque no sacaba notas
brillantes, su autoestima mejoró, ahora se enteraba de todo. Se
sentía feliz e integrado. Jaime su tutor, le había enseñado un
cuento en el cual todos los chicos que se esfuerzan un poquito llegan
donde quieren.
A
Tomás le costaba mucho ser constante y disciplinado. Pero su tutor
lo ponía de ejemplo en otras clases e incluso, le recordaba en todo
momento lo mucho que había hecho por cambiar. Ahora llegaría donde
se propusiera.
En
el fondo de su corazón había un recuerdo amargo y secreto, ya que
nunca lo había confesado a nadie. Durante años en el colegio, Tomás
fue acosado por un niño que le quitaba comida en el comedor y le
pegaba en el patio. Nunca dijo nada. Pero aprendió a ejercer la
violencia, a imponer sus deseos sobre alguien que no se defendiera.
Así, acosador, había sido desde que cumplió diez años, pegaba a
todos los que no le traían un euro los viernes y los gordos, si
tenían gafas o pinta de empollones les pegaba el doble. Ahora tenía
doce y comenzaba a comprender que estar enfadado y pagarlo con otros
que tienen cosas que él no tenía, no era la solución, es injusto.
Tanto
cambió que los remordimientos por su comportamiento pasado, le
llevaron a escribir una carta a Jose Vicente pidiéndole perdón.
Pero este niño ya le había perdonado, su corazón era muy grande.
-Fin-
Autora@ Maite Albarrán
No hay comentarios:
Publicar un comentario