domingo, 28 de septiembre de 2014

Las emes de Alberto

Las emes de Alberto
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Alberto era consciente de la posibilidad de ser descubierto. Le gustaba correr el riesgo, era agradable triunfar en ojos ajenos, captar la felicidad que todos manifestaban y sorpresa por su invención tan realista, capaz de pasar por verdad.

No todo el mundo se lo perdonaba como su madre, pero era feliz de cualquier modo, prefería ser un tipo con suerte efímera, a un fracasado cansado de darse golpes contra el cristal.
Consiguió su objetivo, el trabajo de profesor de lengua en una academia modesta. A partir de ahora, daría clases particulares a niños de primaria. No debía ser demasiado difícil hacerlo,se decía para adquirir seguridad, él había estudiado hasta bachiller así que podría resolver sus dudas sin problema. En cuanto al director de la academia, tardaría un tiempo en comprobar su currículum, con un poco de suerte, sus títulos falsificados no serían descubiertos.
Estaba muy convencido de ello. Ya había creado un nuevo cuento. Pronto en casa lo volverían a respetar por su éxito. Le solían criticar su madre y hermana, ya que a sus veinticinco años rara vez conseguía mantener un empleo. Su madre, siempre le decía que debía cambiar, dejar de ser un cuentista, lo deseaba todo rápido y no tiene paciencia para dejar que lleguen las cosas. Pero él se desmotivaba con facilidad si no conseguía su objetivo en poco tiempo, así que como no sabía como hacerlo y prefería mantener su estilo de vida; fácil y cómodo.
En la academia, al principio el director con toda confianza le dejó trabajar a su aire, pero pronto descubrió errores nada perdonables en el nuevo profesor. Tenía dificultades para ayudar a sus alumnos. Se evadía del tema, falto de paciencia y recursos, desviaba la hora de clase a temas que le eran más divertidos, como el fútbol o los concursos televisivos. Alberto, parecía no darse cuenta del recelo que despertaban sus historias infladas de mentiras.
Cuando iba al gimnasio, contaba para conseguir la máxima atención, que competía como deportista de élite. Al indagar los compañeros en la actividad, no dudaba en asegurar que era nadador clasificado con el mejor tiempo para los campeonatos. La casualidad hizo que un nadador profesional le felicitara preguntándole sobre los tiempos obtenidos y estilo. Alberto sin saber que argumentar, se sonrojó entonces, dubitativo, decidió marcharse, quedando en evidencia ante los demás.
Este hecho, provocó rechazo y malestar entre sus compañeros deportivos, que pasaron de la admiración al molesto enojo de tener que saludarle, así que se esforzaban en evitarle. Disimuladamente, cambió de gimnasio para proseguir su cadena de mentiras.
Tuvo el consuelo de su novia, Elena. Le recordaba a menudo lo enamorada que estaba de él. Quiso tenerla mimada y consentida, le regaló un anillo de diamantes, todas las semanas la llevaba a los mejores hoteles. Ella creía que era piloto y por eso disponía de tanto dinero. La verdad era que había agotado el crédito de sus tarjetas, pero era tan bonito que pensara tan bien de él y se sintiera dichosa por el trabajo bien remunerado que tenía, que no pensaba que pasaría cuando no pudiera invitarla más.
Un día, vió a su novia salir de una tienda corriendo, que alegría pensó, pero observó pronto que tenía demasiada prisa. La llamó, pero ella no le oyó, se alejó. Una dependienta desesperada trató de alcanzarla. ¡Ladrona, vuelve aquí! escuchó... Estupefacto, decide marchar en otra dirección. ¡Que vergüenza! ¿A Elena le gusta robar? Bueno, no es tan grave, el también hace cosas extrañas.

Pero la confianza sobre ella estaba en alerta máxima. No le dijo nada al recogerla, pero cuando la llevaba de regreso, decidió seguirla. Para su sorpresa, no vivía allí, estaba claro, sacó unas llaves del bolso y fue hacia otro lugar. Al acercarse al portal, leyó los timbres y pudo ver el nombre de ella junto a otro un nombre. No dudó en tocar y preguntó por ella. “No aún no ha llegado, espere, parece que está abriendo la puerta Elena, cariño”...Alberto ya no escuchaba. Se alejó con el corazón destrozado. Era tan grande la desilusión, que no quiso verla más. Pronto descubrió que no era la única mentira que había en su vida. Al llegar a casa encontró a su madre con otro hombre.

Las mentiras tienen las patitas muy cortas Alberto”. La frase en la boca de su madre pareció indigestársele. ¿Cómo puede haberle hecho eso? Bueno ella era viuda, pero siempre dijo que estaba sola.

Sin encontrar descanso ni paz, se marchó sin rumbo, sin saber cómo, llegó a un lugar solitario. Allí en la pasarela frente al mar, soplaba el aire frío. El cielo parecía parte de su tormento, con nubes grises revueltas. Contemplando aquel espectáculo sombrío sólo había un viejo, flaco, consumido en sus pensamientos, con un brillo extraño en los ojos quiso desnudarle con la mirada.

-¿Que te ocurre muchacho? ¿se derrumbó el mundo sobre ti?-preguntó con voz sonora.
-Que más te da, déjame tranquilo viejo.
-Pareces decepcionado de la vida.
-Todo está podrido viejo, todo el mundo miente y engaña.
-¿Y tú lo haces?
-¿Yo? Lo justo-dudó, nervioso-
-¡Mientes! Entonces,recibes lo que das, muchacho.
-Es diferente, con mis mentiras hago feliz a mucha gente.
-Mira chaval, las mentiras no hacen feliz a nadie. Son decepciones que caminan haciendo ruido con zapatos de cristal. En cuanto menos te lo esperes, se rompen y vas descalzo. Mejor tener unos zapatos normales que unos que se van a desintegrar ¿no crees?
-Me fue bien, todo iba bien, ellos, ellos me mintieron y...-objetó a modo de defensa reflexionado añadió-tienes razón, recibí lo que di, lo mismo que sembré, recogí.
-Me alegra que lo aceptes amigo. ¿Qué piensas hacer ahora?
-No lo sé.
-Puedes volver a empezar si aceptas que tus mentiras te llevaron a más mentiras y ello a fracasar.
-Me cuesta aceptarlo, pero lo haré. Quiero volver a empezar de cero.

Dicho esto, se volvió despidiéndose del viejo con una ligera sonrisa llena de amargura. Regresó a casa y perdonó a su madre. Fue a la academia y se despidió. A partir de entonces, fue feliz.

En poco tiempo encontró un trabajo como vendedor de enciclopedias, con el arte que tenía para convencer, era buen conversador, pronto se convirtió en un hombre de éxito.

Al fin Alberto se sentía realizado. Conoció una nueva chica, sensata e inteligente que le aportó bienestar a su vida. No era tan apasionante como antes sin las fantasías y excesos de lujo, pero mucho más satisfactoria. Ahora no debía inventar, sólo disfrutar.

De noche, soñaba con las ”emes” de mentiras, de ojos enormes alejarse y ser engullidas en una tormenta de nieve en las montañas. ¡Qué suerte!

Fin

Autora@MaiteAlbarrán

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