Fermina se encontraba mal de ánimo. Había llorado y llorado, noches enteras, cavilando la manera de solucionar el problema. Tanto se había angustiado, que el pelo comenzó a caer sin asomar de nuevo. Al mirarse al espejo, podía darse cuenta de la incipiente calvicie a rodales en algunas zonas, que disimulaba tapándolas con el cabello largo. No había remedio, el director del banco les acababa de informar que ya no podía dilatar el proceso de embargo. Las cuotas de su hipoteca se habían congelado en espera de que obtuvieran ingresos, pero llevaban diez meses en el paro y sólo uno de ellos percibía una ayuda. Cosa del jefe, con la crisis, Fermina trabajó sin contrato y Jeremías había estado asegurado media jornada, aunque cubriera una entera. Sobrevivían con la ayuda de la escasa familia que podía socorrerles y el banco de alimentos. Eran pobres y aunque disimulaban, pronto tendrían que asumirlo.
Sufría tanto por tener que abandonar su casa, que hasta el carácter alegre y dicharachero le había cambiado. No disfrutaba del presente ansiaba el pasado, en el que los dos trabajaban y llegaban a fin de mes. Se encontraba al borde de una severa depresión. Ya no sonreía, la tensión la mantenía entristecida. Casi ni hablaba y cada hora que pasaba era un martirio.
Jeremías, su marido trataba de consolarla, inventaba mil soluciones para verla animada, pero parecía que nada funcionaba... Ella ya no confiaba en una solución a aquel sinvivir.
Cuando
iban a la escuela a recoger a Matías y Laura, maquillaban su
desazón, sonreían con amabilidad pero evitaban hablar de si mismos
y cualquier alusión a sus problemas económicos. Las conversaciones
eran mínimas y vacías. Trataban de ocultar a los demás padres su
situación, les producía pánico que los supieran tan necesitados.
Solían formarse corrillos frente a la puerta del colegio, donde la
mayoría hablaba de sus recientes vacaciones de verano, las compras
de última hora, los libros, las actividades a las que habían
apuntado a sus hijos extraescolares...
Ellos
asentían a todo, pero sintiéndose muy frustrados. No podían hacer
frente a nada, cuando te quedas sin recursos no te queda mas que
callar y disimular. Los niños, aún no sabían que pronto tendrían
que abandonar la casa. Así que papá les contó un cuento extraño
"mata a la vaca". Había una familia muy pobre que pasaba
mucha hambre, se alimentaban todos de una vaca, flaca y desnutrida.
Un día, llegó un maestro que quería enseñar una lección a su
discípulo, le dijo "mataré la vaca para ayudarles" sacó
un cuchillo y mató a la vaca. Al año siguiente, volvieron y esa
familia tan pobre, ahora era próspera. La familia les contó como
había sucedido esto. Al morir la vaca, pensaron en plantar
semillas... como nosotros hijos, abandonaremos esta casa que nos
tiene estancados y volveremos a empezar. Hubo un gran silencio, tras
el cual se oyeron las risas de los niños que comenzaban a jugar. De
repente Laura preguntó a su padre si mamá volvería a sonreír si
se iban, el padre le aseguró que todos serían más felices.
Tanto
Fermina como Jeremías, habían sido muy caritativos en el pasado,
ayudando a ONG'S con contribuciones periódicas, ahora les tocaba ser
ayudados así que lejos de pasar más vergüenza, iban a dar la cara
mostrando su situación real. Los niños ya se habían dado cuenta de
que tenían problemas económicos y lo habían aceptado mucho mejor
que ellos. Recibir es algo que es necesario cuando no queda más
remedio, les explicó papá.
Así
que algún que otro padre les compró libros para los niños. El
colegio, contribuyó con becas para el comedor y la asociación de
padres con ropa que recogió en una colecta, para familias como la
suya.
Fermina
poco a poco, recuperó la calma, aceptando la situación que les
tocaba vivir. Todo aquello parecía un drama, sin embargo los había
unido como familia y enseñado a valorar que lo importante era
encontrarse bien.
La
casa para el banquero, canturreaban a modo de guasa, riendo y
bromeando sobre como iría él en ella dentro de una barca, seguro
que se hundiría, como ellos estuvieron a punto de hacerlo. Era el
sueño de una vida que se esfumaba, convertido en pesadilla.
El
amor y la felicidad, por fin se hizo presente. Al abandonar la casa,
dejaron atrás sus miedos y ansiedades. El portazo a una vida llena
de vacíos les consoló. Merecían ser felices y ahora que la
incertidumbre gobernaba el presente harían todo lo posible para
realizar deseos que les produjeran bienestar.
Los
abrazos y besos de la familia, fueron un bálsamo para la herida
reciente de tener que perder y aceptarlo. Pronto, las cosas volverían
a funcionar. Era cuestión de intentarlo.
Se
instalaron en un piso provisional que les dejaron para vivir. Allí,
Fermina empezó a sentirse bien, sus hijos al verla contenta estaban
muy felices. La situación seguía siendo la misma, pero ¿qué era
lo importante? sin duda, la vida y el presente.
Para
ella tener a sus hijos y marido, aprender a compartir todo, le hizo
encontrar nuevas ganas de vivir. La intensidad emotiva de cariño en
el núcleo familiar que desarrollaron era tan grande, que muchas
personas que tenían trabajo, casa, comenzaron a envidiarles. La
fuerza enérgica que emanaban era maravillosa.
Jeremías,
revitalizado y positivo, encontró otro trabajo y en poco tiempo
fueron de nuevo auto suficientes. Pasaron los años, tuvieron la
oportunidad de adquirir otra casa, pero no quisieron. Aquella
experiencia de sacrificar sus vidas por algo que mucha gente llama
hogar, no quisieron asumirla.
Eran
felices, tenían lo necesario para vivir intensamente el presente,
sin preocuparme más por las posesiones materiales.
Al
final de camino, todo se queda aquí-reflexionaron- ¿entonces para
que sufrir?
-Fin-
Autora@Maite Albarrán

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