viernes, 19 de septiembre de 2014

La desdicha de la familia de Fermina




Fermina se encontraba mal de ánimo. Había llorado y llorado, noches enteras, cavilando la manera de solucionar el problema. Tanto se había angustiado, que el pelo comenzó a caer sin asomar de nuevo. Al mirarse al espejo, podía darse cuenta de la incipiente calvicie a rodales en algunas zonas, que disimulaba tapándolas con el cabello largo. No había remedio, el director del banco les acababa de informar que ya no podía dilatar el proceso de embargo. Las cuotas de su hipoteca se habían congelado en espera de que obtuvieran ingresos, pero llevaban diez meses en el paro y sólo uno de ellos percibía una ayuda. Cosa del jefe, con la crisis, Fermina trabajó sin contrato y Jeremías había estado asegurado media jornada, aunque cubriera una entera. Sobrevivían con la ayuda de la escasa familia que podía socorrerles y el banco de alimentos. Eran pobres y aunque disimulaban, pronto tendrían que asumirlo.



Sufría tanto por tener que abandonar su casa, que hasta el carácter alegre y dicharachero le había cambiado. No disfrutaba del presente ansiaba el pasado, en el que los dos trabajaban y llegaban a fin de mes. Se encontraba al borde de una severa depresión. Ya no sonreía, la tensión la mantenía entristecida. Casi ni hablaba y cada hora que pasaba era un martirio.
Jeremías, su marido trataba de consolarla, inventaba mil soluciones para verla animada, pero parecía que nada funcionaba... Ella ya no confiaba en una solución a aquel sinvivir.
Cuando iban a la escuela a recoger a Matías y Laura, maquillaban su desazón, sonreían con amabilidad pero evitaban hablar de si mismos y cualquier alusión a sus problemas económicos. Las conversaciones eran mínimas y vacías. Trataban de ocultar a los demás padres su situación, les producía pánico que los supieran tan necesitados. Solían formarse corrillos frente a la puerta del colegio, donde la mayoría hablaba de sus recientes vacaciones de verano, las compras de última hora, los libros, las actividades a las que habían apuntado a sus hijos extraescolares...

Ellos asentían a todo, pero sintiéndose muy frustrados. No podían hacer frente a nada, cuando te quedas sin recursos no te queda mas que callar y disimular. Los niños, aún no sabían que pronto tendrían que abandonar la casa. Así que papá les contó un cuento extraño "mata a la vaca". Había una familia muy pobre que pasaba mucha hambre, se alimentaban todos de una vaca, flaca y desnutrida. Un día, llegó un maestro que quería enseñar una lección a su discípulo, le dijo "mataré la vaca para ayudarles" sacó un cuchillo y mató a la vaca. Al año siguiente, volvieron y esa familia tan pobre, ahora era próspera. La familia les contó como había sucedido esto. Al morir la vaca, pensaron en plantar semillas... como nosotros hijos, abandonaremos esta casa que nos tiene estancados y volveremos a empezar. Hubo un gran silencio, tras el cual se oyeron las risas de los niños que comenzaban a jugar. De repente Laura preguntó a su padre si mamá volvería a sonreír si se iban, el padre le aseguró que todos serían más felices.
Tanto Fermina como Jeremías, habían sido muy caritativos en el pasado, ayudando a ONG'S con contribuciones periódicas, ahora les tocaba ser ayudados así que lejos de pasar más vergüenza, iban a dar la cara mostrando su situación real. Los niños ya se habían dado cuenta de que tenían problemas económicos y lo habían aceptado mucho mejor que ellos. Recibir es algo que es necesario cuando no queda más remedio, les explicó papá.

Así que algún que otro padre les compró libros para los niños. El colegio, contribuyó con becas para el comedor y la asociación de padres con ropa que recogió en una colecta, para familias como la suya.

Fermina poco a poco, recuperó la calma, aceptando la situación que les tocaba vivir. Todo aquello parecía un drama, sin embargo los había unido como familia y enseñado a valorar que lo importante era encontrarse bien.

La casa para el banquero, canturreaban a modo de guasa, riendo y bromeando sobre como iría él en ella dentro de una barca, seguro que se hundiría, como ellos estuvieron a punto de hacerlo. Era el sueño de una vida que se esfumaba, convertido en pesadilla.

El amor y la felicidad, por fin se hizo presente. Al abandonar la casa, dejaron atrás sus miedos y ansiedades. El portazo a una vida llena de vacíos les consoló. Merecían ser felices y ahora que la incertidumbre gobernaba el presente harían todo lo posible para realizar deseos que les produjeran bienestar.

Los abrazos y besos de la familia, fueron un bálsamo para la herida reciente de tener que perder y aceptarlo. Pronto, las cosas volverían a funcionar. Era cuestión de intentarlo.

Se instalaron en un piso provisional que les dejaron para vivir. Allí, Fermina empezó a sentirse bien, sus hijos al verla contenta estaban muy felices. La situación seguía siendo la misma, pero ¿qué era lo importante? sin duda, la vida y el presente.

Para ella tener a sus hijos y marido, aprender a compartir todo, le hizo encontrar nuevas ganas de vivir. La intensidad emotiva de cariño en el núcleo familiar que desarrollaron era tan grande, que muchas personas que tenían trabajo, casa, comenzaron a envidiarles. La fuerza enérgica que emanaban era maravillosa.

Jeremías, revitalizado y positivo, encontró otro trabajo y en poco tiempo fueron de nuevo auto suficientes. Pasaron los años, tuvieron la oportunidad de adquirir otra casa, pero no quisieron. Aquella experiencia de sacrificar sus vidas por algo que mucha gente llama hogar, no quisieron asumirla.

Eran felices, tenían lo necesario para vivir intensamente el presente, sin preocuparme más por las posesiones materiales.

Al final de camino, todo se queda aquí-reflexionaron- ¿entonces para que sufrir?

-Fin- 

Autora@Maite Albarrán 

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