martes, 23 de septiembre de 2014

El miedo de Cuato



Había una vez, en una granja un gato negro llamado Cuato, de mirada penetrante y observadora. Era perezoso, egoísta y muy miedoso. Se amaba mucho a si mismo, pasaba el día acicalando su pelaje y lamiendo sus patitas con adoración. Sabía ser zalamero, cuando quería conseguir algo, a la hora de comer ronroneaba entre las piernas de su ama, así lograba estar bien alimentado. Los niños a escondidas le guardaban restos de comida, que devoraba con hambre ansiosa. Era un estómago insaciable. Su figura era como un barril con cuatro patas de andar oscilante. Tenía miedo, de los ruidos y sonidos de otros animales que ignoraba con desdén, por lo que prefería observarlos a través de las ventanas sin salir de casa. Cogió por costumbre dormir en la cama de los niños, pero estos se quejaban de que pesaba mucho. Así que el amo, cansado del gato, lo echó una noche a dormir al porche de la casa de madera.

Cuato, al verse solo, comenzó a maullar con desesperación hasta el amanecer, en cuanto el amo abrió la puerta, corrió a esconderse en la despensa. Todas la noches dormía fuera, sus maullidos eran intensos y producían cierta angustia, pero a él no le importaba molestar a los animales, que no se quejaban por escuchar a un gato tan llorón. Una noche la Luna alumbraba el lugar, él como de costumbre lloraba con ahínco y sintió lástima así que le preguntó que le pasaba. Acalorado y angustiado, le contó que tenía mucho miedo de ser comido por las fieras salvajes del bosque que sabía iban a la granja en busca de gallinas, pero como estaban bien cerradas, si los animales hambrientos no encontraban nada, no dudarían en comerse a un gato gordo que no podía defenderse.

La Luna cansada de escuchar el exceso de ego ( la importancia que se daba el gato sobre los demás animales, pecaba de cierta superioridad) se iba a marchar, cuando el gato le suplicó que le llevara, seguro que en su cara redonda se dormiría a gusto y seguro. Lejos de cumplir sus deseos, algo molesta por sus pretensiones, se vio obligada para calmar y ofrecer descanso a los demás animales, a darle un único poder, el de comunicarse con los humanos. Podría hacerlo durante la noche, así si alguna vez se veía en peligro, podría avisar al amo.

El gato tuvo que conformarse, excitado por ese poder tan especial, dejó de maullar ahora se pasaba la noche hablando, a veces leía cuentos que sacaba a escondidas de casa de los niños. Las gallinas horrorizadas, le escuchaban temerosas, leía y repetía aquel en el que un gigante mataba a todas las gallinas que no pusieran huevos de oro. Todos los animales eran desvelados y molestos se tapaban las orejas para minimizar el sonido de la voz de un humano en el cuerpo de un gato. Tanto jaleo armaba que una noche, una zorra lo estaba acechando desde una matas muy cerca de la casa. Cuato, pudo ver el brillo de sus ojos feroces iluminados en la oscuridad y tuvo mucho miedo, era su fin. Gritó y pidió auxilio al amo, pero éste, tenía un dormir muy pesado y no acudió en su ayuda. Así que presa del pánico, sin saber que hacer corrió en dirección a la porquera. De un salto, se plantó en el fango de la cerda Soraya.

La zorra, lejos de amedrentarse le siguió hasta la porquera y esperó a que saliera. Pero pronto lo vio asomar encima de Soraya, ésta rechinaba los dientes en un gesto amenazador, lanzó bocados al aire enganchando a la zorra en su huida en el contra muslo de una pata trasera. Esta emitió un gemido muy quejumbroso y corrió despavorida hacia el bosque. El gato estaba a salvo, seguro que la zorra no volvería a molestarle jamás.

Soraya y Cuato, a partir de ese día, se hicieron muy amigos. La cerda, era muy valiente, admirada por su juicio, hablaba poco pero con mucho conocimiento, además era voluntariosa, dispuesta a ayudar a los demás. Él empezó a sentir cosas diferentes ya no comía tanto, parte de lo que los niños le daban lo guardaba para dárselo a su amiga por la noche. Dormía siempre cerca de ella, así su miedo desapareció, era seguro acurrucarse en el calor de Soraya. Todo iba muy bien, hasta que un día escuchó que el amo estaba pensando en hacer una matanza. ¡Qué horror, quería comerse a Soraya!

Ese día estuvo muy triste, con unos nervios angustiosos en el estómago por lo que iba a pasar. No le preocupaba perder su seguridad de la noche, estaba centrado en el cariño que sentía por la cerda. No sabía que idear para salvarla. Esperó a que llegara la noche para avisar, pero el amo esa noche, fue a cumplir su plan. Así evitaría que los niños escucharan chillar al animal y le impidieran sacrificarla.

Cuando salió en dirección al establo, Cuato le siguió con cautela, justo cuando iba a degollar a la cerda, comenzó a hablar. Al principio, lo hizo implorando por su vida, pero el amo, tenía miedo y le daba ideas. Así que le convenció de que tenía poderes extraordinarios y al preguntarle si sería rico, le dijo que inmensamente, siempre que la mantuviera con vida.

El amo, extrañado y maravillado, quiso comprobar al día siguiente si aquel animal hablaba o lo había soñado. Al ir a ver a la cerda, comprobó que nada decía y justo cuando volvió por la noche para matarla, se volvieron a repetir las palabras en boca del gato.

Extrañado, comprendió que los poderes de la cerda Soraya se activaban de noche, cavilando regresó a la cama con el pensamiento centrado en como hacer negocio de aquel hecho milagroso.

Durante la noche, dos veces por semana, el animal recibía visitas de personas que pagaban para pedirle cosas, necesitaban convencerse de que sus deseos serían cumplidos. El gato Cuato, se hizo un experto en manejar las emociones de las personas. Cuando llegaban a él estaban angustiados y tristes, cuando se iban la felicidad iluminaba sus rostros. Hablaban con sus muertos, con amores que se habían ido, a veces preguntaban sobre el futuro y la suerte, si conocerían el amor o serían ricos. Sus predicciones raramente se veían cumplidas, pero era tan convincente, que las personas seguían visitando a aquella cerda de poderes para les dijera cosas agradables y les resoplara con su aliento de la buena suerte.

Así fue, como Cuato y Soraya, mantuvieron sus vidas unidas, cuando miraban a la Luna, ésta parecía saludarles con unos ojos muy dulces, orgullosa de proteger a unos animales tan divertidos que la entretenían y la hacían reír algunas noches, en sus conversaciones tan razonadas, uno era la voz y la otra el cuerpo al que los humanos habían elegido de consejeros.

-Fin-

Autora@Maite Albarrán

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