Había
una vez, en una granja un gato negro llamado Cuato, de mirada
penetrante y observadora. Era perezoso, egoísta y muy miedoso. Se
amaba mucho a si mismo, pasaba el día acicalando su pelaje y
lamiendo sus patitas con adoración. Sabía ser zalamero, cuando
quería conseguir algo, a la hora de comer ronroneaba entre las
piernas de su ama, así lograba estar bien alimentado. Los niños a
escondidas le guardaban restos de comida, que devoraba con hambre
ansiosa. Era un estómago insaciable. Su figura era como un barril
con cuatro patas de andar oscilante. Tenía miedo, de los ruidos y
sonidos de otros animales que ignoraba con desdén, por lo que
prefería observarlos a través de las ventanas sin salir de casa.
Cogió por costumbre dormir en la cama de los niños, pero estos se
quejaban de que pesaba mucho. Así que el amo, cansado del gato, lo
echó una noche a dormir al porche de la casa de madera.
Cuato,
al verse solo, comenzó a maullar con desesperación hasta el
amanecer, en cuanto el amo abrió la puerta, corrió a esconderse en
la despensa. Todas la noches dormía fuera, sus maullidos eran
intensos y producían cierta angustia, pero a él no le importaba
molestar a los animales, que no se quejaban por escuchar a un gato
tan llorón. Una noche la Luna alumbraba el lugar, él como de
costumbre lloraba con ahínco y sintió lástima así que le
preguntó que le pasaba. Acalorado y angustiado, le contó que tenía
mucho miedo de ser comido por las fieras salvajes del bosque que
sabía iban a la granja en busca de gallinas, pero como estaban bien
cerradas, si los animales hambrientos no encontraban nada, no
dudarían en comerse a un gato gordo que no podía defenderse.
La
Luna cansada de escuchar el exceso de ego ( la importancia que se
daba el gato sobre los demás animales, pecaba de cierta
superioridad) se iba a marchar, cuando el gato le suplicó que le
llevara, seguro que en su cara redonda se dormiría a gusto y
seguro. Lejos de cumplir sus deseos, algo molesta por sus
pretensiones, se vio obligada para calmar y ofrecer descanso a los
demás animales, a darle un único poder, el de comunicarse con los
humanos. Podría hacerlo durante la noche, así si alguna vez se veía
en peligro, podría avisar al amo.
El
gato tuvo que conformarse, excitado por ese poder tan especial, dejó
de maullar ahora se pasaba la noche hablando, a veces leía cuentos
que sacaba a escondidas de casa de los niños. Las gallinas
horrorizadas, le escuchaban temerosas, leía y repetía aquel en el
que un gigante mataba a todas las gallinas que no pusieran huevos de
oro. Todos los animales eran desvelados y molestos se tapaban las
orejas para minimizar el sonido de la voz de un humano en el cuerpo
de un gato. Tanto jaleo armaba que una noche, una zorra lo estaba
acechando desde una matas muy cerca de la casa. Cuato, pudo ver el
brillo de sus ojos feroces iluminados en la oscuridad y tuvo mucho
miedo, era su fin. Gritó y pidió auxilio al amo, pero éste, tenía
un dormir muy pesado y no acudió en su ayuda. Así que presa del
pánico, sin saber que hacer corrió en dirección a la porquera. De
un salto, se plantó en el fango de la cerda Soraya.
La
zorra, lejos de amedrentarse le siguió hasta la porquera y esperó a
que saliera. Pero pronto lo vio asomar encima de Soraya, ésta
rechinaba los dientes en un gesto amenazador, lanzó bocados al aire
enganchando a la zorra en su huida en el contra muslo de una pata
trasera. Esta emitió un gemido muy quejumbroso y corrió despavorida
hacia el bosque. El gato estaba a salvo, seguro que la zorra no
volvería a molestarle jamás.
Soraya
y Cuato, a partir de ese día, se hicieron muy amigos. La cerda, era
muy valiente, admirada por su juicio, hablaba poco pero con mucho
conocimiento, además era voluntariosa, dispuesta a ayudar a los
demás. Él empezó a sentir cosas diferentes ya no comía tanto,
parte de lo que los niños le daban lo guardaba para dárselo a su
amiga por la noche. Dormía siempre cerca de ella, así su miedo
desapareció, era seguro acurrucarse en el calor de Soraya. Todo iba
muy bien, hasta que un día escuchó que el amo estaba pensando en
hacer una matanza. ¡Qué horror, quería comerse a Soraya!
Ese
día estuvo muy triste, con unos nervios angustiosos en el estómago
por lo que iba a pasar. No le preocupaba perder su seguridad de la
noche, estaba centrado en el cariño que sentía por la cerda. No
sabía que idear para salvarla. Esperó a que llegara la noche para
avisar, pero el amo esa noche, fue a cumplir su plan. Así evitaría
que los niños escucharan chillar al animal y le impidieran
sacrificarla.
Cuando
salió en dirección al establo, Cuato le siguió con cautela, justo
cuando iba a degollar a la cerda, comenzó a hablar. Al principio, lo
hizo implorando por su vida, pero el amo, tenía miedo y le daba
ideas. Así que le convenció de que tenía poderes extraordinarios y
al preguntarle si sería rico, le dijo que inmensamente, siempre que
la mantuviera con vida.
El
amo, extrañado y maravillado, quiso comprobar al día siguiente si
aquel animal hablaba o lo había soñado. Al ir a ver a la cerda,
comprobó que nada decía y justo cuando volvió por la noche para
matarla, se volvieron a repetir las palabras en boca del gato.
Extrañado,
comprendió que los poderes de la cerda Soraya se activaban de noche,
cavilando regresó a la cama con el pensamiento centrado en como
hacer negocio de aquel hecho milagroso.
Durante
la noche, dos veces por semana, el animal recibía visitas de
personas que pagaban para pedirle cosas, necesitaban convencerse de
que sus deseos serían cumplidos. El gato Cuato, se hizo un experto
en manejar las emociones de las personas. Cuando llegaban a él
estaban angustiados y tristes, cuando se iban la felicidad iluminaba
sus rostros. Hablaban con sus muertos, con amores que se habían
ido, a veces preguntaban sobre el futuro y la suerte, si conocerían
el amor o serían ricos. Sus predicciones raramente se veían
cumplidas, pero era tan convincente, que las personas seguían
visitando a aquella cerda de poderes para les dijera cosas agradables
y les resoplara con su aliento de la buena suerte.
Así
fue, como Cuato y Soraya, mantuvieron sus vidas unidas, cuando
miraban a la Luna, ésta parecía saludarles con unos ojos muy
dulces, orgullosa de proteger a unos animales tan divertidos que la
entretenían y la hacían reír algunas noches, en sus
conversaciones tan razonadas, uno era la voz y la otra el cuerpo al
que los humanos habían elegido de consejeros.
-Fin-
Autora@Maite Albarrán

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