Este cuento, lo escribo con algo más que el corazón con la terrible emoción de pensar que ayudaré a sentirse comprendido a aquellos seres que no lo fueron en su momento o quizás hoy estén sufriendo por la diferencia de ser esta etiqueta u la otra.
Para todos mis seres especiales que son rechazados por sus maneras de comportarse o sus juegos absurdos.
No dejeís que la desconfianza, odio y rencor os convierta en seres negativos y os guíe por este camino muy maravilloso de la vida, cuando llegamos a comprender sus reglas.
Para el que no lo entienda, espero le ayude a comprender...
Sin etiquetas queda, hablo del que pueda ser así.
Un abrazo a los niños, adolescentes, adultos que están ahí, en la intermitencia de funcionar y dejar de hacerlo...
Ernesto tiene tres años, acaba de empezar en la escuela y ya comienza a sentirse mal. Está nervioso, desobedece a todo y por las noches, llora. Mamá comienza a estar preocupada, lleva un mes asistiendo a clase de infantil y su profesora les ha citado para el viernes, según le envió en una nota “necesita hablar urgentemente con los padres”
-Ernesto,
otra vez? Te he dicho que hay que recoger los juguetes... ahora
tenemos que pintar la ficha- le ordenó la maestra muy alterada,
parecía que aquel niño era sordo, no hacía caso a nada. Mientras
él se comía las uñas, sentía el dolor de una manera diferente
porque llegaba a hacerse sangre sin darse cuenta.
-Niños,
ahora vamos a salir al patio... como de costumbre, salían al patio y
sólo cuando la profesora llamaba a “Ernesto”, el acudía a
formar fila.
-Niños,
vamos a clase- decía tras tocar la sirena- Todos los niños se
organizaban en la fila agarrándose del babi y Ernesto los observaba
sin hablar, desde el parque. La profesora entraba con los niños en
el aula, teniendo que pedir ayuda a otra maestra de guardia para
acudir a buscar a Ernesto. Lo encontraba tranquilo jugando solo en el
tobogán. Tras la regañina, lo cogía de la mano y lo llevaba a
clase.
El
día de la reunión, la maestra les preguntó si Ernesto era sordo,
los padres asustados, negaron esa posibilidad y tras una charla en la
que la profesora les acusó de carecer de disciplina y normas,
abandonaron impotentes el aula. No sabían lo que hacían mal.
Mamá
reflexionó mucho sobre la forma de educarle, se hizo un examen muy
minucioso de comportamiento, concluyó en si de algo podía acusarles
era de amar a su hijo. Tenían la paciencia y las ganas de ayudar a
crecer a aquel niño tan travieso, que aquella profesora no podía
desarrollar.
El
niño tardó en hablar y comunicarse con corrección. Era bruto,
cuando quería algo lo cogía y no le importaba a quién
perteneciera. Jugaba solo y no necesitaba relacionarse con otros
niños, en consecuencia, siempre estaba viviendo las aventuras en
solitario.
Pasaron
los años y nadie detectó nada. Los profesores se limitaban a hacer
un informe confidencial sobre los padres. No sabían establecer
normas y en consecuencia aquel niño era rebelde, indisciplinado y no
se podía soportar.
Año
tras año, la escuela se fue convirtiendo en un lugar hostil al que
debían llevar a su hijo. Con lo feliz que era en casa cuando nadie
le molestaba... Ellos asumieron su enseñanza. Sabía leer, sumar,
restar y les escuchaba a ellos porque le comprendían.
A
la edad de ocho años, Ernesto era un niño solitario. Casi ninguno
de los compañeros de su clase quería jugar con él. No es que
Ernesto no quisiera jugar en equipo, es que olvidaba las normas o se
saltaba los turnos, en consecuencia los demás niños lo ignoraban.
Tenía tantas ganas de tener amigos que incluso comenzó a regalar
sus cosas. Pero tampoco sirvió porque si no les daba algo, los demás
no querían aguantar sus bromas.
Los
profesores lo conocían bien. Era un niño que parecía estar en el
aula pero desconectado de todo, estaba ausente. Llevaba sus tareas
siempre terminadas, sacaba buenos resultados, pero sin embargo en las
horas que estaba en el aula se dedicaba a mirar por la ventana,
observar como los demás trabajaban mientras él pinchaba su goma o
molestaba a algún compañero para que jugara a algo.
Era
un niño indisciplinado, rebelde y con ausencia de normas de
conducta, hacia lo que quería... o eso pensaban los demás.
Los
padres de Ernesto empezaron a cuestionarse si realmente lo estaban
educando bien. Era un niño muy dependiente de ellos, carecía de
autonomía y hacia todo lo que se le ordenaba, pero si no se lo
decían todos los días, no sabía que tenía que hacer.
Alguien
les recomendó acudir a un psicólogo que lo derivó a un psiquiatra.
Ernesto fue diagnosticado con un trastorno de crecimiento sin
especificar y déficit de atención. Todos aquellos problemas era
porque su cerebro no funcionaba como los demás.
La
doctora “comprensión” les explicó la manera de pensar era como
una línea que se corta continuamente y se le olvida como
seguir...
era una deficiencia que sólo con mucha paciencia y rutinas podría
sobrellevar. Su rigidez mental y su carencia de empatía le habían
convertido en un ser frustrado y solitario. Los silencios y su habla
hacia aquellos punto de interés hacia lo que el quería, hicieron de
el un niño que solo era escuchado por sus padres.
Mamá
leyó mucho sobre el tema, quería con tantas fuerzas ayudar a
encajar a su hijo que en lugar de ayudar, lo estropeó todo. Siempre
lo defendía y le obligaba a hacer todo lo que él no quería.
Cuando
cumplió doce años, era un adolescente con el “no “por sistema.
No participaba en nada y sus padres comenzaron a dejarle hacer lo que
quisiera, se sentían muy culpables. Sólo era feliz cuando jugaba a
la consola.
En
el mundo de los videojuegos, el sonido y las imágenes le atraían de
una manera incontrolada. Era fácil ser bueno, si te mataban,
empezaba el juego de nuevo y había tantas oportunidades de hacer las
cosas bien que pronto cambió el mundo real por la irrealidad de los
juegos.
Dejó
de ir al instituto. Allí nadie le comprendía. Sus profesores lo
calificaban de tonto y de no cumplir las normas. Mamá ya no se
molestaba en decir aquello que él tenía. Nadie sabia de qué
hablaba. Para los demás, era una madre obsesionada con su hijo que
les explicaba algo muy raro que no entendían.
A
los catorce años estaba en casa sin ir a la escuela. La enseñanza
no era para él. No podía comprender y aprender como los demás. “El
sistema no tiene recursos para vosotros escuchaba muchas veces, con
los recortes...”
Mamá
lo observaba con tristeza. Si ella hubiera dispuesto de ese dinero
para clases particulares, de lo suficiente para acudir al
psicólogo... Si hubiera hecho talleres de habilidades sociales, su
vida habría sido tan diferente...
Un
día todo cambió. Decidieron dejar de lamentarse y sentirse
responsables. Papá asumió que aún les quedaban muchas cosas que
hacer. Apuntó a Ernesto a nadar, sabía que tendría que negociar
unas horas de consola para que lo hiciera, pero valía la pena
intentarlo. Volvió a matricular a Ernesto en la escuela y le dejó
hacer aquello que realmente quería, al ritmo que pudiera aguantar.
Daba igual si aprobaba o suspendía, ahora sólo aprendería a
escuchar y hacer lo que pudiera hacer. Sin duda, debía recuperar su
autoestima y para ello, los estudios debían ser lo último que a sus
padres les preocupara. Era más importante que estuviera en el
instituto, que sus calificaciones. Si estaba ausente o no hacía
nada, ellos seguirían motivándole.
Lo
importante era recuperar a Ernesto, sacarle de su aislamiento. La
opinión de los demás ya no les importaba. Serían el motor de su
vida hasta que el aprendiera a ponerse metas y alcanzarlas.
Fin
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