viernes, 12 de septiembre de 2014

El artesano del amor




Había una vez, en una calle transitada por miles de pies, con olor a hambre, suciedad y perfume de clase que trata de imponer su posición con una fragancia exquisita que anuncie la presencia tras su paso, un pequeño hombre, flaco, consumido, surcado de arrugas. Elaboraba en un rincón de la acera juguetes con latas de hojalata. Sonreía y saludaba a todo el que fijaba la mirada con timidez en él, captaba ese corto instante para dar lo mejor . Sorprendía a la gente con la fuerza de su corazón, lleno de amor y gratitud desinteresada. Con el tiempo, afianzó amistades y había personas que le compraban sus latas, por recibir algún consejo de aquel viejo tan luchador.

Domingo, que así se llamaba el artesano de latas, hablaba del amor, lo mucho que había sentido a lo largo de su vida la caricia de esa sensación. Al hacerlo, sus ojos se iluminaban por unos instantes llenos de una fuerza arrebatadora e intensa, plena de recuerdos de su mujer. Hacia muchos años que un cáncer se la llevó, fue fulminante, pero el no lloraba por no tenerla. Se emocionaba y saltaban las lágrimas de felicidad al recordar lo mucho que se amaron.

Mientras esto ocurría en la acera, Joaquín cavilaba en su despacho las andaduras del anciano. Lo veía todos los días al salir de la oficina. Lo escuchaba desde hacia tiempo con atención, al principio fue una simple curiosidad oír sus relatos de felicidad, pero aquel viejo hablaba de sentimientos, emociones que en sus sesenta años de vida no había tenido.

Tal obsesión inundaba su mente, que ya no dormía. El viejo y el amor, caminaban en un caballo rojo que le llenaba de ira. Era director, tras muchos años de enredos y trampas, sacrificios y falta de escrúpulos había conseguido columpiarse en el éxito. Ganaba mucho dinero eludiendo las normas con sutileza, amasó y engañó a mucha gente, tenía amigos influyentes tan ávaros como él y sin embargo, a pesar de disfrutar de todas las riquezas materiales jamás sintió aquellas emociones que el viejo Domingo coleccionaba en su mente. ¿Cómo podía ser? El era rico, tenía poder, comía en los mejores restaurantes, viajaba, tenía compañía mujeres impresionantes, inteligentes, reinas de la belleza más sublime y sin embargo no podía acallar el eco del vacío interior que carcomía su vida cuando reflexionaba sobre sus logros. Ni el yate, el apartamento de lujo, el chalet en la sierra en el silencio de la más bella montaña, podían comparar un minuto de intensidad que sólo tenía al escuchar las historias de aquel pobre viejo, mientras esperaba que cambiara el color del semáforo.

El orgullo le impedía mirarle a la cara. No podía permitirse el bajar de su nivel social y conversar con Domingo. Así que con una feroz ansiedad, ideó un plan. Enviaría a su secretaria bajo el más estricto secreto a contactar una entrevista en su oficina con la intención de adquirir sus juguetes para niños del tercer mundo. Era sagaz en sus inventivas, sabía que algo así lo motivaría, él que estaba tan lleno de compasión y amor por los demás.

Domingo se presentó con sus latas. Su chándal y zapatillas sencillas ofendía el lujo del despacho, decorado con derroche y descaro. Al entrar, Domingo no sintió admiración por aquellas cosas, muy tranquilo miró a Joaquín a la cara y al momento una gran sonrisa iluminó su rostro. Era demasiado, de nuevo esa gran sonrisa llena de afecto, Joaquín analizó con cuidado al viejo. No podía soportar que no sintiera intimidación, deseo de su poder. Ahora no había forma de aparentar superioridad, el viejo lo había dejado indefenso, no podía ni quería disimular su hastío por la vida y directo le preguntó sin más :

¿Por qué sonríes, viejo?
-No podría explicarlo...
¿Eres feliz en tu miseria?
-Muy feliz
-No puede ser, no tienes nada para atraer a los demás.
-No tengo las cosas que tu disfrutas, pero atraigo a los demás.
-Mientes, eres un farsante que pasa la vida agujereando latas que no valen nada como tú.
-La prueba es que tu me amas.
-Ja,ja,ja... eres despreciable ¿amor a ti? Te traje para reírme de tus historias y para decirte que haré que salgas de mi calle, no quiero soportar mas tus historias de amor.
-¿Te molesta el amor?
-Me daña, sí, yo anduve toda una vida y no lo conseguí nunca.
-¿Que diste?
-Algo de lo que gané y sin embargo, nadie me quiso como a ti.
-¿Diste amor?
-¿Que es el amor, viejo? Explícamelo porque no lo entiendo.
-El amor Joaquín es interesarte por los demás, masticar el odio dos veces antes de hacerlo asomar a tus labios, es compartir y querer dejar huella en la piel de las personas.
-Menuda estupidez, háblame de ella.
-¿Ella?es ella, lo suponía, no puedes más que pensar en ella.
-¿Cómo murió?
-Murió en mis brazos, amándome.
-Deja de mentir, nunca te quiso nadie.
-Ella era mi sol, me lo dió todo y dejó un sol brillante en mi corazón, lleno de tanta fuerza que cada día comparto su amor para que la gente se ilumine con su luz.
-¡Quiero sentir, viejo! Quiero sentir, lo que sientes tú, ¡enséñame!
-Si quieres sentir, tendrás que valorar que es lo importante...
-¿Lo importante? Es mantener todas mis riquezas.
-¡No! Lo importante es sentir, recuerda.
-Estúpido viejo, lárgate de mi oficina, nada me aportas con tus ideas locas.

Joaquín se levantó volviéndose con arrogancia y aguardando a que el Domingo se marchara herido en la humillación por su despreciable comportamiento. Sin embargo no se fue. Esperó con paciencia a que Joaquín no tuviera más remedio que enfrentar la mirada de nuevo y al girarse, se encontró con su enorme sonrisa y un adiós amigable.

Al quedarse solo Joaquín sintió miedo. El viejo le dejaba indefenso como a un bebé. Sus armas hirientes no servían con la humildad y gentileza de este ser tan lleno de...amor. Eso era la capa que lo envolvía un inmenso amor hacia todas las cosas. Los bolsillos de Domingo estaban vacíos y su corazón era grande.

Las latas se quedaron allí, no se las pagó. Así que ansioso trató de abordar de nuevo al viejo en la calle, pero no lo encontró. Alguien le dijo que lo hallaron muerto una noche, sujetaba entre sus manos la foto de su mujer. Con un mensaje de entregársela a él personalmente. Al contemplarla, sintió por primera vez afecto hacia ellos. Eran dos luces llenas de entrega que brillaban con una intensidad cegadora.

El viejo le dejó el amor en un retrato, porque por detrás de la foto ponía “ para Joaquín el director, no dejes de admirar lo que no supiste hallar”.

Joaquín, sin entender por qué puso aquella foto sobre su mesa. Ya no le interesaba admirar los caprichos que había por su despacho. Cada vez que los miraba sonreía y esa misma sonrisa le fue llenando el corazón de una magia especial.

Estaba aprendiendo a valorar el amor. ¿Podría al fin encontrarlo? ¿Podría?

Fin

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