Había
una vez, en una calle transitada por miles de pies, con olor a
hambre, suciedad y perfume de clase que trata de imponer su
posición con una fragancia exquisita que anuncie la presencia tras
su paso, un pequeño hombre, flaco, consumido, surcado de arrugas.
Elaboraba en un rincón de la acera juguetes con latas de hojalata.
Sonreía y saludaba a todo el que fijaba la mirada con timidez en
él, captaba ese corto instante para dar lo mejor . Sorprendía a la
gente con la fuerza de su corazón, lleno de amor y gratitud
desinteresada. Con el tiempo, afianzó amistades y había personas
que le compraban sus latas, por recibir algún consejo de aquel viejo
tan luchador.
Domingo,
que así se llamaba el artesano de latas, hablaba del amor, lo mucho
que había sentido a lo largo de su vida la caricia de esa sensación.
Al hacerlo, sus ojos se iluminaban por unos instantes llenos de una
fuerza arrebatadora e intensa, plena de recuerdos de su mujer. Hacia
muchos años que un cáncer se la llevó, fue fulminante, pero el no
lloraba por no tenerla. Se emocionaba y saltaban las lágrimas de
felicidad al recordar lo mucho que se amaron.
Mientras
esto ocurría en la acera, Joaquín cavilaba en su despacho las
andaduras del anciano. Lo veía todos los días al salir de la
oficina. Lo escuchaba desde hacia tiempo con atención, al principio
fue una simple curiosidad oír sus relatos de felicidad, pero aquel
viejo hablaba de sentimientos, emociones que en sus sesenta años de
vida no había tenido.
Tal
obsesión inundaba su mente, que ya no dormía. El viejo y el amor,
caminaban en un caballo rojo que le llenaba de ira. Era director,
tras muchos años de enredos y trampas, sacrificios y falta de
escrúpulos había conseguido columpiarse en el éxito. Ganaba mucho
dinero eludiendo las normas con sutileza, amasó y engañó a mucha
gente, tenía amigos influyentes tan ávaros como él y sin embargo,
a pesar de disfrutar de todas las riquezas materiales jamás sintió
aquellas emociones que el viejo Domingo coleccionaba en su mente.
¿Cómo podía ser? El era rico, tenía poder, comía en los mejores
restaurantes, viajaba, tenía compañía mujeres impresionantes,
inteligentes, reinas de la belleza más sublime y sin embargo no
podía acallar el eco del vacío interior que carcomía su vida
cuando reflexionaba sobre sus logros. Ni el yate, el apartamento de
lujo, el chalet en la sierra en el silencio de la más bella montaña,
podían comparar un minuto de intensidad que sólo tenía al escuchar
las historias de aquel pobre viejo, mientras esperaba que cambiara el
color del semáforo.
El
orgullo le impedía mirarle a la cara. No podía permitirse el bajar
de su nivel social y conversar con Domingo. Así que con una feroz
ansiedad, ideó un plan. Enviaría a su secretaria bajo el más
estricto secreto a contactar una entrevista en su oficina con la
intención de adquirir sus juguetes para niños del tercer mundo. Era
sagaz en sus inventivas, sabía que algo así lo motivaría, él que
estaba tan lleno de compasión y amor por los demás.
Domingo
se presentó con sus latas. Su chándal y zapatillas sencillas
ofendía el lujo del despacho, decorado con derroche y descaro. Al
entrar, Domingo no sintió admiración por aquellas cosas, muy
tranquilo miró a Joaquín a la cara y al momento una gran sonrisa
iluminó su rostro. Era demasiado, de nuevo esa gran sonrisa llena de
afecto, Joaquín analizó con cuidado al viejo. No podía soportar
que no sintiera intimidación, deseo de su poder. Ahora no había
forma de aparentar superioridad, el viejo lo había dejado indefenso,
no podía ni quería disimular su hastío por la vida y directo le
preguntó sin más :
¿Por
qué sonríes, viejo?
-No
podría explicarlo...
¿Eres
feliz en tu miseria?
-Muy
feliz
-No
puede ser, no tienes nada para atraer a los demás.
-No
tengo las cosas que tu disfrutas, pero atraigo a los demás.
-Mientes,
eres un farsante que pasa la vida agujereando latas que no valen nada
como tú.
-La
prueba es que tu me amas.
-Ja,ja,ja...
eres despreciable ¿amor a ti? Te traje para reírme de tus historias
y para decirte que haré que salgas de mi calle, no quiero soportar
mas tus historias de amor.
-¿Te
molesta el amor?
-Me
daña, sí, yo anduve toda una vida y no lo conseguí nunca.
-¿Que
diste?
-Algo
de lo que gané y sin embargo, nadie me quiso como a ti.
-¿Diste
amor?
-¿Que
es el amor, viejo? Explícamelo porque no lo entiendo.
-El
amor Joaquín es interesarte por los demás, masticar el odio dos
veces antes de hacerlo asomar a tus labios, es compartir y querer
dejar huella en la piel de las personas.
-Menuda
estupidez, háblame de ella.
-¿Ella?es
ella, lo suponía, no puedes más que pensar en ella.
-¿Cómo
murió?
-Murió
en mis brazos, amándome.
-Deja
de mentir, nunca te quiso nadie.
-Ella
era mi sol, me lo dió todo y dejó un sol brillante en mi corazón,
lleno de tanta fuerza que cada día comparto su amor para que la
gente se ilumine con su luz.
-¡Quiero
sentir, viejo! Quiero sentir, lo que sientes tú, ¡enséñame!
-Si
quieres sentir, tendrás que valorar que es lo importante...
-¿Lo
importante? Es mantener todas mis riquezas.
-¡No!
Lo importante es sentir, recuerda.
-Estúpido
viejo, lárgate de mi oficina, nada me aportas con tus ideas locas.
Joaquín
se levantó volviéndose con arrogancia y aguardando a que el Domingo
se marchara herido en la humillación por su despreciable
comportamiento. Sin embargo no se fue. Esperó con paciencia a que
Joaquín no tuviera más remedio que enfrentar la mirada de nuevo y
al girarse, se encontró con su enorme sonrisa y un adiós amigable.
Al
quedarse solo Joaquín sintió miedo. El viejo le dejaba indefenso
como a un bebé. Sus armas hirientes no servían con la humildad y
gentileza de este ser tan lleno de...amor. Eso era la capa que lo
envolvía un inmenso amor hacia todas las cosas. Los bolsillos de
Domingo estaban vacíos y su corazón era grande.
Las
latas se quedaron allí, no se las pagó. Así que ansioso trató de
abordar de nuevo al viejo en la calle, pero no lo encontró. Alguien
le dijo que lo hallaron muerto una noche, sujetaba entre sus manos la
foto de su mujer. Con un mensaje de entregársela a él
personalmente. Al contemplarla, sintió por primera vez afecto hacia
ellos. Eran dos luces llenas de entrega que brillaban con una
intensidad cegadora.
El
viejo le dejó el amor en un retrato, porque por detrás de la foto
ponía “ para Joaquín el director, no dejes de admirar lo que no
supiste hallar”.
Joaquín,
sin entender por qué puso aquella foto sobre su mesa. Ya no le
interesaba admirar los caprichos que había por su despacho. Cada vez
que los miraba sonreía y esa misma sonrisa le fue llenando el
corazón de una magia especial.
Estaba
aprendiendo a valorar el amor. ¿Podría al fin encontrarlo? ¿Podría?
Fin
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