jueves, 25 de septiembre de 2014

La serpiente Juanita


Había una vez, un serpiente muy astuta, le gustaba hablar y convencer a los demás de que era bondadosa. Al principio, hacia favores, como cuando ayudó a un pájaro que tenía por costumbre anidar en el suelo a esconder los huevos. Controlando su instinto, conseguía que los animales no estuvieran alerta.

Juanita, que así se llamaba, podía pasearse por la selva sin que los demás animales sintieran miedo de su presencia. Con un amor fingido y unos ojos encantadores, cuando nadie la observaba, atrapaba a los animales indefensos en un ataque mortal.
Desaparecer en la selva, es algo natural, si no tienes cuidado o comes o eres comido. La serpiente, que le gustaba ser respetada, aseguraba a todos que ahora en su vejez, se alimentaba de caracoles y cangrejos de río, incluso comía hierbas para evitar sacrificar animales.
La señora pata, tenía dieciséis hermosos patitos. Dejaba que Juanita la acompañase a nadar al remanso del río, allí los patitos jugaban y se divertían, vigilados por la atenta serpiente que les decía que tuvieran cuidado, cuando se alejaban hacia la corriente.
Cuando los pollitos estuvieron gorditos de buen comer, empezaron a desaparecer uno a uno. Mamá pata, no podía entender que era lo que les ocurría, porque cuando bajaban al río eran escoltados por Juanita. Los ataques sucedían cuando ella dormía una pequeña siesta en la tranquilidad de las frescas hierbas.
La serpiente sigilosa se arrastraba entonces, llamaba a un pollito que la obedecía y de un bocado lo engullía sin dejar rastro.
La técnica de cazar que había desarrollado Juanita, era traicionera. Primero, se ganaba la confianza de una madre y sus crías, luego, de manera astuta y silenciosa convencía a alguna para que se acercara y ¡zas! Era comida.
Las palabras de la arrastrada serpiente eran muy dulces, convincentes y amistosas. Pero si te fijabas bien, cuando ella pensaba que no la mirabas, un brillo feroz asomaba a sus ojos.
Todas las madres, desconsoladas lloraban las pérdidas de sus crías, entonces Juanita, lloraba con ellas, fingía tan bien, que a veces, las madres se sorprendían de que pudiera tener unos sentimientos tan nobles.
En su interior, la serpiente se sentía muy sola. Ella era un depredador y tenía que comer y atacar por sorpresa. Eso de querer hacer amigos era algo que la mataba. Una rabia poderosa la atormentaba, era lo que no quería ser; sociable.
El malestar que tenía era difícil de ocultar. Gritaba, se enfadaba por todo y su ferocidad era cada vez más manifiesta. Hasta que un día, la impaciencia la puso en evidencia. Iba a engullir un pollo de un ave, cuando la madre gritó horrorizada.
Tuvo que huir para evitar los picotazos de todas las aves. Al marcharse del lugar, se sintió aún más sola. Vagó por la selva en busca de un nuevo lugar para comenzar, cuando lo encontró ya no le apeteció engañar. Ahora cazaría como antes.
Le costaba más trabajo conseguir una presa, pero disfrutaba de la comida sin ocultarse del placer que le producía la captura. Ella era un ser depredador, que no tenía amigos porque no sabía relacionarse con los demás. Lo único que le importaba era cazar y descansar. A veces, sentía envidia de la unión de mamá pato y sus patitos. Pero debía aceptar lo que era y proseguir su camino.
No era agradable, pero cuando se tumbaba al sol, encontraba otras serpientes que tampoco eran agradables y hablaban sobre lo difícil que se habían puesto los tiempos y lo listo que eran los ratones.
Juanita, era más feliz ahora que no intentaba ser sociable, respetada y admirada por su bondad. Ella era un ser creado para equilibrar la naturaleza y comer lo que se excedía en producción.
Cuando el cocodrilo se lo explicó, lo comprendió todo. Eso sí, tras la conversación tuvo que huir de una boca que no dudó en perseguirla hasta que desapareció en la selva. Es que al cocodrilo pronto se le olvidaba la conversación y su instinto hambruno, al ser corto de vista, le llevaba a atacar a todo lo que se moviera ante su presencia.
Bueno, pensó soy un ser despreciable porque me arrastro y ataco a los animales, pero equilibro la naturaleza, sin mí no habría alimento para todos los patos y pájaros que crían. Los ratones, conejos roen todo, yo también los controlo para que puedan tener suficiente comida. Me necesitan, soy un ser controlador, estupendo y maravilloso.
Desde aquel momento de reflexión, Juanita fue la serpiente que sonreía antes de matar. Equilibro sólo equilibro, se decía.
Moraleja: A veces es mejor comprender lo que somos y aceptarlo, sino podemos cambiar nuestra naturaleza, debemos encontrar un lugar o personas que quieran estar con nosotros, porque nuestra presencia y forma de ser es comprendida y no les resulta insoportable. Si no puedes cambiar, trasmite que te acepten, sino lo consigues, sigue buscando hasta encontrar quién pueda quererte.

Autora@Maite Albarrán

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