Marta
acababa de romper todas las fotos. Se había enfadado pero no lo
quería reconocer. La ira la dominaba, una energía descontrolada
había acelerado el pulso, ahora sólo tenía malos pensamientos de
sus compañeros de equipo. No la comprendían y nunca le dejaban
acabar lo que quería decir. Era como si no importara nada su
opinión. No se quejaba, esa confusión la llevaba a llorar durante
horas en soledad, luego fingía de nuevo que estaba bien hasta que un
nuevo ataque la descontrolaba, llena de rabia durante días.
No
comía relajada, masticaba con prisa inundada de un humor irascible.
Ni su madre entendía el comportamiento tan defensivo. Todo eran
quejas contra los demás. Estaba muy susceptible, la cosa más mínima
la hacía entrar en conflicto.
-Mamá,
¿dónde está mi libro de matemáticas? No sabes donde dejas las
cosas. Estoy harta de que entres en mi habitación...
-Hija,
lo cogiste tú, no sé donde andará.
-¿Yo?
-la ira la invadía- tu eres la culpable de todo. Ahora llegaré de
nuevo tarde al instituto.
-¡Marta,
basta! búscalo verás como si te calmas lo encuentras antes.
El
portazo sonó tras de si. De nuevo notó que una energía
arrebatadora la impulsaba a actuar rápido. Tropezó en el portal con
un vecino al que empujó sin darse cuenta.
Al
llegar a la parada de bus le faltaba la cartera, de nuevo la cólera
se apoderó de ella, enrojecida contenía la emoción de querer
estallar maldiciendo el mundo, pero lejos de hacerlo regresó a casa.
En el suelo del portal estaba su cartera.
Con
los ojos llenos de lágrimas, sufría la impotencia de ver que todo
lo que hacia le salía mal. Llegó tarde al instituto, primera
bronca, luego los amigos de nuevo no la dejaron ni hablar y de nuevo
a casa.
Su
malestar la estaba transformando, hablaba a gritos. No escuchaba y
nada le interesaba, salvo estar sola.
No
descansaba, siempre los malos pensamientos la abordaban.
Un
día conoció a Maribel. El encuentro fue casual en la biblioteca.
Ambas salían cuando de pronto se sonrieron, se habían estado
observando un rato antes y intuitivamente se caían bien.
Maribel
era una chica muy tranquila y relajada, que inspiraba confianza. Al
percatarse de que su nueva amiga hablaba muy deprisa y mascullaba las
palabras con tensión, le comentó que podrían hacer unas clases de
relajación porque mejoraría su concentración en el estudio.
Marta,
era incapaz de relajarse, tras unos minutos de intentarlo comenzó un
nuevo ataque de ira sin saber porque. Esta vez con ayuda de Maribel
reconoció que se había enfadado, lo aceptó porque lo había notado
y cuando reflexionó por el motivo, al preguntarle a su mente porque
se sentía así, la respuesta fue que no controlaba la emoción, todo
en ella era fuerza e impulso. Habló con su enfado y le dijo que
debía tener paciencia para lograr las cosas. Sin saber cómo, poco a
poco consiguió estar calmada y llegar a un punto de relajación
maravilloso.
Cuando
volvió a encontrarse con sus amigos, de nuevo no la dejaron hablar,
antes de enfadarse, pensó que debía cambiar de ambiente.
A
partir de aquel día las charlas con Maribel fueron en aumento. Cada
vez se sentía mas segura y contenta. Ya no gritaba y dormía muy a
gusto. Había comprendido que debía canalizar su energía y darse
cuenta de que si algo la alteraba de una manera hiriente debía
cambiarlo.
Fin
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