domingo, 27 de agosto de 2017

Tres castañas amargas

Tres castañas amargas

Una gota
de silencio
me resume.

Soy
silencio
soy
realidad.

La mejor palabra
no es la pronunciada
sino la que rebota
una y otra vez
en la conciencia
humana.
(Maite Albarrán)

Ha pasado un año. Las castañas redondas, oscuras, suaves al tacto, de piel dura y carne blanca vuelven a inundar con el recuerdo de su dulce sabor este incipiente otoño. Me incita el corazón alborotado a comprarlas, ruges con furia en mi mente, vuelvo a añorarte.

No he olvidado tu último regalo, las castañas gallegas. Las trajiste en avión para nosotras, tus hijas. En el último viaje a tu tierra a la que regresaste para despedirte, la que te vio nacer, sabiendo que allí no tenías nada a lo que aferrarte, salvo el olor a castañas y algún lejano recuerdo de olor a familia.

No me arrepiento de alejarme de la oscuridad que irradiabas, luz de tinieblas, no percibías lo confusa que fue tu existencia. Fuerza de ira fue tu motor a diario para enfrentar, incapaz de vivir en paz, sólo sembrabas heridas y sufrimiento. Eras un volcán en erupción donde los sentimientos escupían lava caliente de rencor, soberbia, orgullo y resentimiento.

El anuncio de tu terrible enfermedad me hizo prometerme después de dos años sin saber de ti, que debía mantenerme lejos para no verte morir, sabía que sería una sinrazón de la cual no quería contagiarme. No quería terminar odiándote, sí eras grande aunque perdida, debía mantenerme a salvo y sólo observar.

Ni tú misma pudiste comprender en qué consistía tener un cáncer terminal. Ni anticipar la falta que te iba a hacer el amor del que te mantuviste alejada, sólo interesaba satisfacer el deseo material con un nuevo deseo, que nada aportaba, pero te entretenía poseer y poseer, objetos que todos codiciaban. El mal humano es desear y desear cosas que no sirven más que para seguir ciego ¿verdad?
¿De qué sirve el dinero ahora? Recuerdo que te pregunté, sin embargo necesitabas seguir poseyéndolo era todo para ti, todo a lo que te aferraste durante toda una vida, lo único importante que debías mantener a tu lado hasta que...no adelantaré la historia.

La muerte ocurrirá segura pero sin fecha. Cuando viene anunciada por el reloj de una enfermedad inesperada lo cambia todo, es la peor de todas las muertes, el elegido se aferra a una vida que no sabe vivir pero que desea poseer porque se cree de su propiedad y dominio, aún rabiando. Son desconocidos aún los estragos que a de causar en los vivos y en los que se van. Yo la he visto, la he mirado a los ojos y ante ella, todos cambian, les retuerce hasta darse cuenta de lo importante, lo necesario que es el amor para aceptarla, así no duele morir.

Ver tu debilidad me impresionó, no estaba acostumbrada a verte trasformada, casi ni te reconocí, salvo por la firma constante de un resentimiento en una sonrisa torcida que me hizo sentir culpable, del juicio diferente a mis ojos, en el cual yo era la acusada y tú la victima.

Fuiste empeorando día a día. Eras una hoja de otoño que pasaba de tener un fulgor verdoso a estar marrón, crujiente y seca.
Yo te observaba visita tras visita, intentando olvidarme de esa oscura enfermedad, tratando de entretener a tus neuronas, sonriendo y cambiando el tema triste que sonaba en el silencio de tu apagada casa. Pero tú sólo sabías ser protagonista de un sin fin de dolores y complicaciones para demandar toda la atención, sin importarte nada de los demás. Tras la visita mascaba tanta confusión, que sólo me daba aprovechar mi tiempo, sin saberlo me enseñabas a valorar esa vida que no es mía y amar incondicionalmente el placer de estar viva. Yo era una parte de ti, que se quedaría un tiempo más en este mundo con un final diferente, o eso me daba fuerzas para enfrentar.

Toda el agua que bebías era insuficiente para apagar tu sed. Aún recuerdo la visita angustiosa al hospital donde conocí a tu momentánea compañera de habitación. Te ingresaron en la planta de los que sólo esperan morir con dignidad. Atreverme a ir a verte, ante tu llamada que contesté en mitad de la clase de inglés que recibía en ese momento fue una decisión emocional, “te morías decías y querías despedirte”. Cogí el tren entre cortinas de lágrimas que veía brotar sin explicación, mi corazón te amaba. Nunca he llorado caminando entre la gente, era imposible contener el dolor del que era presa. Debía tener una imagen deplorable, porque todos al verme sentían que algo horrible estaba sucediendo. Lo dejé todo, el curso, el trabajo para reunirme con tu voz.

Te creía, vamos que lo creía... esta vez no podías fingir o mentir... ( así lo presentí)
Supe que te morías, no lo acepté al principio, aún sabiendo que no había forma de detener a la muerte. Al entrar en la habitación del hospital, te encontré dormida. Todos lloraban creyéndote muerta. Al coger tu mano, noté el calor de tus venas. El mismo que en la infancia me consolaba y trasmitía seguridad, llegó como un recuerdo desgarrador, porque las circunstancias eran diferentes. Nuestros cerebros estuvieron conectados de nuevo, no nos alejaba tu incomprensible manera de ser depresiva, donde destruías, sin saber lo que hacías, todo lo que amabas. Aquella hostilidad oscura que te llenaba de rabia por dentro y por fuera, aquella furia de palabras hirientes contra todo y contra todos fue la que terminó atrapándote en el silencioso cáncer que se propagó por tus células como un vino amargo. Tú, que toda tu vida viviste temiendo a la muerte y matándote de soledad, donde te entretenía un licor y un aire viciado de tabaco por compañía.

Me miraste suplicante “me muero”. Tus palabras impactaron de nuevo, torrente de lágrimas. No querías estar al lado de esa mujer, tu compañera de habitación, sin familia que no sabíamos lo mal que estaba . La noche se la llevó atormentándote. Tuve mi primer acercamiento a la muerte.

Aún conservo la mirada de aquella extraña mujer que me pidió que le ayudara a encontrar el cacao entre sus sábanas para sus labios resecos. Era piel y huesos, de mirada perdida al techo, sin esperanza. Tuviste otra compañera y al día siguiente falleció también. Estabas en la planta donde la muerte venía a recoger a las almas en horas, la última del hospital cerca del Cielo de las lamentaciones.

Saliste de aquella habitación, para mi sorpresa ( te morías y querías despedirte) venciendo a tu achaque ocasional para ser definitivamente desahuciada. A partir de ese momento se encargaron otros de ti, no quise verte morir de cerca tras tantos años de alejamiento. Nuestros caracteres tan diferentes no debían encontrarse, no era momento de juicios y verdades. Nunca nos comprendimos, esa fue la razón.

Sabes, tuve que perdonarte sin pedir disculpas como era costumbre en ti, Si hubiera comprendido la mente humana, las enfermedades que la acechan sin diagnosticar, si te hubiera aceptado desde la comprensión, madre, todo hubiera un juego de estrategias para poder tratarte.

Esperé sin recompensa que fueras capaz de cambiar mentiras y liberarte, pero una vez creadas se convertían en verdad. Tenías la habilidad en tu cabeza de hacer por cierta la historia y nadie se atrevía a dudar de tu relato, porque lo hacías con tanta pasión que revivías la ofensa con deleite victimista para contarlo hasta aburrir. Contribuí con mi manera de alejarme en silencio a tu castigo, sembré ausencia por más de veinte años de continuas disputas donde no agradecía tus pequeños esfuerzos o compensaciones, no soportaba tu manera de obtener las cosas. No podía entender tus ganas de aferrarte al dolor, al sufrimiento como compañía constante, yo que necesitaba paz y calma.

Sin duda yo tuve más errores que tú, creyéndome honesta, no me di cuenta de tu bello corazón oculto entre tinieblas de soledad. Nunca te dejó tu orgullo doblegarte a pedir perdón por el daño que causabas, sólo dejabas que pasara el tiempo suficiente para olvidar. En este final que se anunciaba necesitaba que te marcharas en paz.

Estuve en todo el proceso de la enfermedad desde mi puesto seguro, la observación a distancia. Mis visitas fueron de tarde en tarde. Seguías siendo tú, reclamar toda la atención para ti sin importarte las necesidades de los demás. Ahora no podía ser, debía mantenerme bien para seguir siendo la rescatadora de los míos. Y fueron momentos de mucha adversidad, donde todo se tiñó de negro, mi vida se convirtió al negro donde el trabajo y la familia me dañaban, por querer ser feliz donde nadie lo era. Abandoné el trabajo...nada de oscuridad y dolor.

Pensaba que diciendo que me dabas igual, conseguiría creerlo, pero no era así. Estaba profundamente confundida inmersa en el pánico que me provocaba tu padecimiento diario, sin saber en qué momento terminaría todo.

Tras cada visita se me grabaron tus pasos. Te quejabas de manera continua de que no podías andar. Creo que esa fue una de la pocas verdades que escuché de ti, las relativas a la enfermedad de tus huesos. Y no la creí, fíjate pensé que fingías para ganarte un poco de atención. Ya que el cáncer lo corroe todo, como una rumor contagioso.

Yo apenas comprendía lo que te estaba sucediendo, solo deseaba cada día que alguien llamara anunciando que te habías muerto de repente, en paz, en lugar de narrar un sufrimiento atroz que soportabas. Pronto tu agónico deterioro físico y mental, fue ganando posiciones.

En apenas unos meses aquella piel fina hidratada y tersa, como el terciopelo, se tornó en una capa seca, dura y amarillenta donde la vida era una sombra desvanecida.

Dejaste de comer, ya no te levantabas. Usabas pañales porque no podías controlar tus necesidades básicas. Te pusieron una dolorosa sonda, te negabas a orinarte, el orgullo, ése que te mantuvo alejada del amor, seguía guiando tus pasos. Solo con el olor desagradable, fuerte y ácido que contenía aquella bolsa ocre, pegada a tu cama pude imaginar el desastroso final que estaba ocurriendo en tu interior. Te estabas pudriendo y tus órganos dejaban de funcionar.

Tus ojos se quedaban abiertos mirando al techo, perdidos en la nada, te ibas por momentos a las etapas vividas. Eras como un bebé, indefenso dependiente y obediente, decías a todo que sí. ¿De verdad eras tú? no podía creerlo. Regresabas trayendo recuerdos de tu niñez, donde buscabas agujas para tejer o cosas que habías perdido. No soportabas no encontrar lo que buscabas y te obsesionabas hasta encontrarlo, sin descanso, así eras antes, sin embargo ahora yo no noté presión alguna al no darte esa aguja que necesitabas...

Seguí tus desvaríos, dándoles forma con contestaciones adecuadas. Las bolsas de sangre colgaban de una percha. En esa visita a tu casa, la última te iban a hacer una transfusión. Que tremenda aguja para una mano donde sólo había venas hueso y piel.

Desde entonces cada vez que dono sangre, me acuerdo de ti y de personas como tú que ganan alivio y vida, aunque sea momentáneo.

Mientras la sangre trasportada a tu interior te daba algo de calor, cogí de nuevo tu mano apretándola entre la mía. Debajo de tu esternón estaba la espiga que te estaba devorando. De nuevo la encontré, una réplica exacta en el dedo meñique, me hubiera gustado apretarla hasta verla salir y aplastarla, pero esa era la más pequeña entre tantas extendidas en todo tu cuerpo, de nada hubiera servido ¿verdad?
Estabas luchando cada minuto robado a la muerte. Era una conquista sin éxito, a cambio de sufrir temblores, dolores horribles que soportabas, estabas orgullosa de haber vencido al pronóstico de los médicos que no dudaron en anunciarte una muerte fulminante. Le sacaste a la vida seis meses más, como no una luchadora, que no se rindió... jamás. O quizás que no dio su brazo a torcer.

Siempre estuvimos impresionados de tu terrible fuerza sobrehumana, no conocimos nadie como tú, lo conseguías todo, aún corriendo riesgos innecesarios, así era tu terqueza. Pero esta vez sabíamos que ya no sería igual. Cogí tu mano y la frialdad de una piedra de mármol me recorrió. Trate de trasmitirte mi calor, pero fue inútil. Era la última vez que iba a visitarse, me prometí que no te vería morir y temblaba porque eso podía suceder en cualquier momento, llevándome el recuerdo conmigo. No puedo recordarte muerta porque nunca lo vi.

Con el corazón encogido, sabiendo de los intereses que se esconden en el alma humana y lo fácil que es manipular al que sólo desea compañía, te volví a perdonar siendo consciente de la dureza que tendría tu último testamento, no me quise defender, daba igual. Te metieron un Notario cuando ya no tenías voluntad y volviste a ser bebé en tu lecho con la muerte esperándote, diciendo a todo que sí, para ser la victima “cría cuervos y te sacarán los ojos”, tu frase. Convencerte de dejar resentimiento escrito, les fue fácil, era equivalente a sembrar dolor. Cometieron un error que me ayudó a pensar que tú no fuiste consciente o te dio igual porque ya nada importaba, escribir que deseabas ser incinerada, yo que sabía que siempre quisiste volver al Cielo en el que creías, sólo tú, ahí no compartimos opinión. Así supe que no fue tu voluntad. Te agradezco que me alejaras de tanta maldad unida al dinero. ¡Gracias! Hubiera tenido que seguir atada a un aprendizaje equivocado de toxicidad familiar.

Debía haber amor entre nosotras al final del camino para que pudiera encontrarte en algún momento de la vida y lo hubo, no importan los bienes, estuve allí, pude besarte en la frente y despedirme con un volveré pronto, a pesar de saber que no volvería más.

Te besé en el pelo sin saber que podía haber tanto amor en mi corazón, sorprendida, no podías dañarme, indefensa, menos mal que el amor dirigió mis pasos en aquel instante. Así debo recordarte sin duelo porque sigues conmigo en cada paso.


Ha pasado más de un año, me atrevo de nuevo a escribir tras la conmoción del dolor rebotando en cada neurona de mi cerebro.

Fuiste una mujer luchadora con ideas a veces equivocadas, con su propio manual de supervivencia y leyes. Dejaste florecer en tu interior flores oscuras y el dolor creció, la amargura, la venganza y la traición, olvidando que tú fuiste una tierna flor, de corazón noble.

Te convertiste en tu peor enemigo, fustigándote y aniquilando todos sus sentimientos nobles. La debilidad de necesitar amor, no iba contigo. Cuando quisiste recibir cariño, sólo quedó el abandono y el silencio para soportar tu terrible manera de tratar a las personas.

Las castañas llegaron evocando un sin fin de recuerdos que he debido despejar de las nubes de lágrimas contenidas y desvanecidas noches enteras recordándote entre rabia y dolor, donde las dos era la hora en la que llegabas a mi vida con el dolor de sentirme traicionada por ti y tu debilidad al consentir aquel cambio de voluntades, del que voy a liberarme, no es importante, salvo en una parte nunca te abandoné.

Los pensamientos obsesivos, las dudas, me tuvieron sumergida en la locura de no saber actuar. Por tanto no hice nada, salvo dejar pasar el tiempo. Y también se fueron los sucesos que vinieron detrás para aumentar la escena dramática. Todos cubiertos de dolor, superados.

Viví lejos de la dependencia de ti madre, para poder quererte. En el latido soné y supe que fue tuyo antes de pertenecerme, te adoré sin palabras, lejos del teatro de las lágrimas. Lloré hacia dentro desde el silencio de no presentarme ante tus demás hijas, que no reconozco como carne propia. Las he perdonado en el olvido de no volver a saber de ellas.

Mi hijos dulces, me hacen ver la energía que se recibe al tenerlos. Yo estuve presente en tu mente hasta final, ya fuera para maldecirme con ira o castigarme, te daba energía verme.

No asistí a tu entierro. Evitando el enfrentamiento familiar, posesión del cuerpo y carta de bienes era lo único que había que escribir para el recuerdo.

Quiero rendirte homenaje no siendo tú .Me fue complicado deshacer un aprendizaje equivocado que me dejó en cueros por muchos años sin saber quién era. Alejo lo negativo, la bronca, la posesión, el interés. Me mantengo oculta, en calma resolviendo una vida a veces dulce, otras llena de sobresaltos, donde la fuerza que me guía es la que aprendí de ti. Incomparable coraje para enfrentar la vida. Yo espero sembrar amor para vivir, esa es mi verdad.


-FIN-

domingo, 20 de agosto de 2017

Venciendo fobias

TRATAMIENTO EMPLEADO PARA VENCER LA FOBIA

Tengo la suerte de entender “el problema de una persona con fobia.” Al principio, durante años pasó desapercibido “incomprendido” pero tras las mismas reacciones repetidas en diferentes personas soy capaz de darme cuenta de todo.

Las fobias no desaparecen con una varita mágica y  combinado explosivo de medicación que los expertos en la materia recetan porque los pacientes dicen “mejorar”. Es como untar de aceite algo que necesita ser aceite, me explico no hay mejor medicina que la que uno mismo se da a través de saber lo que realmente necesita.

Volviendo a mi propia experiencia diré que las fobias se vencen, es posible. El mejor tratamiento es el amor. Cuando la persona fóbica es amada y entendida confía en ese guía.

He debido ser dura, veréis que no dije “ te comprendo y consuelo” así no hubiera solucionado el problema. Lo habría empeorado y convertido en un aprendizaje negativo de la persona para no vencer sus miedos. Recompensando su debilidad y favoreciendo que no salga de su zona donde se siente segura, aunque no feliz.

No queriendo más que compartir de lo que ha funcionado, diré cómo ha funcionado y qué tratamiento he aplicado( cambio de conducta) para resolver la fobia presentada.

Fobia al agua del mar :

Tratamiento empleado: exposición gradual y progresiva al agua, durante pequeños segundos, minutos y ratos durante periodos de intervalo de 7 días, durante dos meses habiendo obtenido que la pequeña de tres años me lleve ella al agua y quiera permanecer dentro de ella en mi compañía por espacio de más de media hora.

El primer día de playa no la expuse al agua, ni lo siguientes. Mirar el agua desde lejos le hacia pensar en que “quería regresar a casa”. Aunque sí jugaba a bañar a su muñeca que siempre la acompañaba a la playa en un cubo. Cuando se hubo acostumbrado a estar allí, observando a los demás bañarse durante semanas, la metí, lloraba y gritaba pero la metí unos segundos. A la primera que expuse fue a su muñeca, lanzándola al agua, ella tuvo que acercarse a la orilla a salvarla de que se la llevara el agua. Fui exponiéndola al agua en breves baños, a veces de espaldas al mar, para que no viera lo que le daba “miedo” Actué con normalidad, sujetándola de la mano y saliendo tranquilamente del mar cuando el agua le llegaba a las rodillas. Nada de sobre protección, no había nada que temer aunque ella creyera que sí, la entendía pero no la protegí de un peligro imaginario.

Fui sorprendiéndome de los cambios positivos. Observé la forma de cambiar de actitud, ya hubiera olas y mala mar. Ella accedía a ir al agua. Aunque temblara, se aferrara a mi cuello o en algunas ocasiones hasta llegara a vomitar. La exposición la hice de pequeños minutos, primero en la orilla y más tarde donde cubría.

Han pasado dos meses y es capaz de ir ella sola a buscar juguetes, mojarlos y volver al sitio para traer otro. Sigue sintiendo cierto miedo pero controlado. El último día, su muñeca se quedó en casa, ya no era necesaria su presencia en la playa. Fue la prueba de que "ya no temía ir a la playa"

La niña adora el agua, le gusta tanto que no quería salir de ella y se lo estaba perdiendo...

A partir de septiembre la apuntaré a cursos de natación, para que siga avanzando.

Siguiente miedo vencido. Fobia a las gotas en los ojos.

Hace unos días tuvimos que ir al médico. Tras un examen previo, donde no se dejó tocar, el doctor decidió usar un líquido amarillo y una lámpara de luz azul para ver si tenía conjuntivitis.

Tuve que sujetarla de pies y brazos. Vinieron tres enfermeros y dos médicos. Nos recetaron un colirio.

El primer día tuve que sujetarla, entre gritos y pataleos, le lavé con suero y le puse colirio. Seguí constante, convenciéndola de que no pasaba nada. Poco a poco, fue cambiando y hoy es ella la que se levanta para pedirme que le ponga una gota en cada cojo, se tumba en la cama y cierra fuertemente los ojos, desde arriba le llega una gota a cada uno, no se restriega y pide su recompensa “una chuche”

Cada vez que ella “tiene una fobia” la ayudo a vencerla. La enfrentamos poco a poco. Entiendo su miedo exagerado, sus cambios físicos ( palpitaciones, sudores, temblores, defensa) pero no me dejo vencer por ello. Si siente que no pasa nada una y otra vez, llega a convencerse de que “la exposición al miedo” no la daña. Así se vence una fobia, enfrentándola gradualmente.

Es fácil hacerlo cuando son pequeños. Nosotros somos su influencia y su guía. Con mayores también funciona. Hay que hacer exactamente lo mismo, obligarles a enfrentarse a los que evitan o temen, ya sea personas, medicinas, visitas etc.

Se puede obligar sin “refuerzos negativos” o sea castigo, que no haga las cosas por un temor mayor al que deseamos que enfrente, sino siempre estará presente “el miedo”. Lo que realmente funciona es el “refuerzo positivo” o recompensas pequeñas a sus avances.

Ejemplo:


Si vas y te sometes a lo que temes conseguirás algo que deseas. La recompensa debe ser tan pequeña como su esfuerzo. Para seguir motivándolos a avanzar. Espero que un día, este aprendizaje le valga para aplicarse ella misma su forma de enfrentar los miedos.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Los enfados de Marina

Marina no soportaba pagar. Cuando jugaba al pilla-pilla siempre acababa abandonando el juego si la pillaban.

-Es horrible, lo hacen aposta-se decía- no voy a jugar más con ellos, todos son amigos y como a mi no me quieren, van a por mí.

Su madre la observaba desde el banco con preocupación. Veía que su hija no tenía ninguna resistencia a la “frustración” que le producía cuando le tocaba perder. Al principio la consolaba e incluso la premiaba con chuches y mimos. Hasta que Marina se quedó sola sin amigos, prefería tener a su madre y sus premios a los amigos reales que tanto la “enfadaban”.

Fue así que creció sin “habilidades sociales”. Conseguía todo lo que quería sólo tenía que gritar, patalear y mostrar “su ira” descontrolada para doblegar a sus únicos amigos “sus padres”.

Hasta que se hizo mayor y eran tantos los ataques de “rabia” que tenía ante cualquier situación que llegó a no salir de casa. No soportaba que la gente se cruzara en su camino, tampoco tener que esperar en la parada del bus se iba andando, que le pusieran un seis en un examen por dos fallitos de nada...

Abandonó el deporte. Tenía que jugar en equipo y detestaba compartir con los demás, seguir las reglas o se ponían las suyas o no jugaba.

Se sentía fatal, necesitaba tener “amigos” pero todo lo que hacía alejaba a todo el mundo. Lloraba desconsolada en su cuarto sin comprender, hasta que un día...

Sin quererlo se detuvo frente al payaso “Kanto”. Soplaba enormes pompas de jabón y todos los niños querían imitarle. Sintió una gran envidia por un ser tan ridículo que conseguía “sonrisas y admiración”.

Así que comenzó a estudiarlo. Se sentaba alejada a observarle. Quería tener éxito como Kanto. Una tarde un niño derramó un helado de chocolate sobre su pantalón naranja, en lugar de enfadarse el payaso comenzó a soplar pompas y entre risas y más risas, untó toda la bola de chocolate por su ropa. Marina no podía creerlo, algo tan desagradable como estar sucio lo había trasformado en algo divertido. Todos reían sin preocuparse por ello.

Aquel día se quedó grabado en la mente de Marina. Cada vez que alguien hacia algo que la molestaba soplaba pompas aún sin tener pompero. Descubrió una manera de bajar sus ganas de “insultar” a esa persona y comprender que todos podemos equivocarnos “y no pasa nada”.

En la escuela, buscó a las chicas del equipo de baloncesto y se puso a jugar con ellas. Soplaba y resoplaba porque era la peor, pero tras meses de duro entrenamiento fue mejorando. Pronto las chicas la aceptaron y la buscaban como pieza imprescindible para el equipo.

Si en los exámenes la puntuaban bajo, buscaba comprender cual había sido el error. A veces, no vemos en qué nos equivocamos y los pensamientos negativos nos invaden. Estudiaba más horas y se esforzaba el doble, pronto los seises se transformaron en nueves o dieces que sabía que eran la recompensaba a su gran trabajo.

Al fin Marina había aprendido “a soportar la frustración” a perder sin que pasara nada. Sus enfados eran más suaves y podía detectar su enrojecimiento, sudoración de manos, habla rápida y aceleración de pulso a tiempo. Soplaba, soplaba, soplaba... y se alejaba sin ningún pensamiento hasta que todo volvía a la normalidad.

-FIN-