Fabián
estaba sentado frente al doctor, con mirada inquisitiva, tratada de dilucidar la
intención verdadera encubierta en las
palabras. Sería más fácil comprender si los servicios eran acordes a la publicitada reputación como experto en
la materia en la elitista sociedad o más bien una atracción de lujo supremo con
el que su clínica engatusaba a los pacientes ricos.
No había dudas en el diagnostico; tenía cáncer
de páncreas en avanzado estado de evolución. Aquel comerciante de vida, trataba
de envolverle con esperanzas fatuas, el método era muy similar al que usaba
él mismo en los negocios, por eso le
molestaba tanto escucharle.
En ese
momento el doctor hablaba de manera elocuente, la mirada fija en los ojos para
impresionar y hacerle sentir importante, las manos se levantaban y bajaban
tratando de imponer seriedad a la explicación. Existía una posibilidad alta de
curación si quería probar un tratamiento novedoso en fase experimental, podría ser uno de los
primeros en recuperarse.
Un frío
escalofrío le recorrió la espalda. Estaba acostumbrado a negociar, a aprovechar
cualquier mínima oportunidad que estuviera en su camino para ganar dinero, pero
aquel doctor se había equivocado de profesión. Estaba jugando con un paciente
emotivo que daría lo que fuera por obtener una forma de salvar la vida a cambio
por supuesto de una suma inestimable de dinero para financiar el tratamiento.
Le costó digerir el tipo de persona que tenía al frente. No se diferenciaba de
si mismo y verse en el espejo de un ser depredador, encantador, de sonrisa
irresistible que sólo buscaba enriquecerse con artes aprendidas de infundir un
miedo atroz, para motivar a su víctima indefensa, le produjo un triste vacío. Le indignaba aquella serpiente vestida
de médico compasivo. Le pidió un poco de agua, tratando de buscar unos segundos
para meditar sus palabras. El doctor llamó a su secretaria que en cuestión de
segundos le acercó un vaso de agua fresca con una sonrisa muy parecida a la de
su jefe. Tras enjuagarse la boca, pudo al fin tratar de defenderse de aquel ser
sin escrúpulos que le estaba vendiendo una salvación experimental a precio
astronómico.
-Verá,
doctor, ud., que es un hombre de mundo.... ¿Puede darme por escrito que a
cambio de ese maravilloso tratamiento que sólo ud. conoce voy a salvarme con
plena seguridad?
-Pues señor
Fabián, los médicos no arriesgamos, está en juego su vida pero los pacientes
que se han sometido a nuestro estudio les ha ido muy bien...
-Disculpe de
nuevo doctor mi interrupción, soy un hombre de tiempo escaso y ahora más que
nunca, temo perderlo. ¿Puede presentarme alguno de sus pacientes que se hayan
salvado?
-Pues, eh,
en este momento, como le he comentado es una fase experimental de este
tratamiento y los pacientes están recibiendo la medicación así que...
-Así que ud.
ha puesto un precio elevado a una cortina de humo ¿no es así?-le inquirió sin
dejarle proseguir.
-Está
equivocado señor Fabián, nuestro
tratamiento funciona y...
-¡Buenos
días!
Se levantó
del sillón y le dirigió una dura mirada de desprecio para dejar claro que lo consideraba inservible para su enfermedad.
De camino a casa hizo la llamada a su asesor para que buscara en el servicio
público de salud al mejor médico que atendiera a pacientes de su dolencia. Era
un día gris, llovía y el cielo estaba preso de nubes negras. El tiempo que
había empleado en exclusiva para sus
negocios le estaba volviendo la espalda. Siempre pensó que llegaría a envejecer
siendo un hombre rico en plenas facultades. Su pensamiento optimista y
emprendedor, que tan bien le había funcionado para su día a día, no era válido
para proyectar planes de salud. El diagnóstico de cáncer de páncreas
evolucionado era su sentencia de muerte, no había cura.
Al
llegar trató de comer algo. Hacía tiempo
que no le sentaba bien la comida, pero no había tenido tiempo de ocuparse de
aquella cosa insignificante. Idiota, había ignorado las señales de su cuerpo,
su tono amarillento y su hinchazón. No quería pensar en su vida vacía de
contenido.
Tenía
cincuenta años. Soltero y sin hijos. No había tenido tiempo para enamorar a
ninguna dama. Las mujeres estuvieron presentes en su vida de una manera
interesada. Pagó el precio. No quiso conquistar, seducir, amar...Le fue más
fácil dejarse conquistar por hambrientas bellezas que le salían al paso, de la
cual no había peligro de enamorarse ya que su fondo era tan falso y carente de
fundamento como el suyo propio.
Se sentó en
su sofá de cuero atigrado meditando que debía hacer. Tenía que encontrar un
proyecto con el cual entusiasmarse. Encendió la tele, unos animales habían sido
rescatados de una granja en estado lamentable. En su corazón se le encendió la
voluntad de ayudar.
Pasó toda la
noche cavilando el proyecto. Al despertar dio órdenes a todos sus asesores para
que liquidaran sus empresas y recogieran el máximo dinero en efectivo.
Hizo
llamadas y pronto tuvo una parcela
enorme que había sido una fábrica para remodelarla y convertirla en refugio.
Acordó con la protectora que le enviaran
la asna llamada Bala, sería su primer animal acogido salvado de ser
sacrificado. Estaba ciega por sus cataratas, era vieja y tenía sarna.
En pocas
semanas el refugio estuvo preparado. Había espacios naturales divididos por
vallas para los animales que fueran llegando. Le puso nombre de “La Luna verde”, porque sabía que
no existía ninguna fase de la Luna en la cual fuera de ese color. El inventaría
esa Luna para los desahuciados, porque debía haber una segunda oportunidad.
El señor Fabián quiso estar cerca en el proceso de curación de
la asna Bala. Se sostenía en la piel y hueso de lo flaca que estaba, sus ojos
eran de color tabaco, mirada huidiza y
desconfiada, pero tras varias visitas, percibió que el animal le buscaba para
restregar su hocico en su mano con cariño. La operación le devolvió la vista,
pero aún debía recuperar peso y terminar de curar sus heridas. Era una asna
dulce y cariñosa. Sacó un trozo de pan y
una mazorca de maíz de su maletín para mimarla. La pequeña Bala comió en
silencio, mirándole a los ojos con una dulzura encantadora. Tras alimentarla se
marchó. Se sentía genial. El amor del animal había penetrado en su duro
corazón fósil de hombre de negocios.
Paseaba por
la ciudad fijándose en cualquier detalle que le provocara una reacción emotiva.
Pronto encontró lo que buscaba, un perro flaco, de mirada triste, orejas caídas
y rabo metido entre las piernas. Estaba muerto de miedo allí sentado, tratando
de encontrar su destino. Llamó al perro varias veces, hasta que éste se atrevió
a ir hacia él guiado por el hambre. El señor Fabián sacó un poco de pienso de
su maletín y una taza donde puso agua de una botella. Había cambiado su cartera
de papeles y contratos, por otra con agua y pienso para diversos animales
además de un improvisado botiquín. Se había propuesto alimentar su corazón del
esquivo amor, al cual había temido acercarse toda su vida. Nunca tuvo la
necesidad de afecto y cariño, pero ahora la buscaba con ansiedad. Ahora sólo le
importaba ser feliz en pequeños instantes
robados a su enfermedad.
Había
comenzado a visitar a un nuevo doctor, al cual tanteó en sus entrevistas para
conocer su motivación real. Confiaba estar ante un profesional de la medicina,
que se dedicaba con devoción a ayudar a sus pacientes, muchas veces sin
esperanza de vida. Debía aliviar el dolor y poner todos los medios a su alcance
para mejorar la calidad de vida.
También tuvo
tiempo de planificar una reunión de carácter urgente con sus desconocidos
familiares, a los cuales sólo veía cuando le invitaban a bodas, bautizos o
comuniones. Siempre existía un interés en su presencia, sin duda pensaban en
que sería una buena aportación económica para sufragar el convite. Quería
informarles de que estaba en plenas facultades mentales, para lo cual un Notario
allí presente certificaba sus palabras y su última voluntad para el reparto de
sus bienes.
-Pero tío,
¿Vas a darnos tus pertenencias antes de morir? -preguntó una sobrina acongojada
que no dudó en enfatizar con un reguero de lágrimas.
-Sobrina,
ahórrate las lágrimas, de sobra sé que no soy querido por ninguno de vosotros.
-Pero,
bueno, ¡estás equivocado!-irrumpieron casi al unísono los presentes con cierta
indignación- nosotros, nosotros...
-No me interrumpáis
con cariños fingidos que no me llegan. Os he reunido para informaros de que he
sido un hombre poderoso y rico. He recorrido el mundo, disfrutado de mujeres
hermosas y poco tiempo para vivir. Por desgracia, no supe centrarme en lo
importante. He sido un hombre desdichado e infeliz. Enamorado del poder y el
dinero, mi cuerpo se ha enfermado y moriré pronto. No quiero que sufráis mi
misma desgracia, despedazándoos por la inmensa fortuna que dejo. Mis únicos
herederos serán los animales, han conseguido que encuentre un verdadero sentido
a mi vida, ellos no pueden ganarse el sustento y necesitan mi protección.
Salió de la
sala haciendo caso omiso a la lluvia de voces melosas, llenas de resentimiento
por su cruel decisión. Ellos esperaban que
aquella reunión familiar fuera para hacerles sabedores de su próximo
enriquecimiento y resultó ser una burla de su pariente, que ahora quería sentir
emociones humanas. ¡Era un ser sin corazón! O así querían verlo bajo la mirada
de los ojos inyectados de codicia.
El señor
Fabián se sintió aliviado. Sin duda todos los seres humanos pasan su vida
tratando de conquistar la suerte que les convierta en seres superiores, donde
la riqueza y el poder les pertenezca. Si supieran que esa vida es una farsa
donde el corazón se pierde, mordisqueado por el engaño y las palabras envolventes, ninguno desearía perder un sólo día en conquistar el territorio
de la frialdad. Les había hecho un gran favor, aunque no supieran verlo.
En el
refugio de la Luna verde los animales fueron llegando redirigidos de todos los
albergues donde las mascotas no conseguían ser adoptadas. Unos tenían
extremidades deformes, otros viejos, gran tamaño, olían mal, un carácter
intratable que nada evidenciaba la forma en la que fueron tratados. Excusas y
más excusas, para abandonar a seres indefensos a su suerte. La ciudad era un
territorio hostil donde a nadie le importaba abandonar a su mascota al mínimo
problema que esta pudiera causarle en su vida.
En las
noticias el señor Fabián también escuchaba casos de niños que eran abandonados
por supersticiones de mala suerte en el continente africano. Mandaba dinero a
las Ong's presentes en la zona para que fueran rescatados de semejante tortura, camino a la muerte silenciosa por omisión.
A veces se
reía de sus pensamientos sentado en el sofá preferido, tomando una infusión que le ayudaba relajarse ¿Estaba intentando comprar a la Muerte con sus actos? Dudó, pero no, estaba haciendo
lo contrario, le arrebataba seres que su
único mal era la falta de amor del prójimo. Ya fueran animales o personas. La Muerte
le estaría aguardando para hacerle un juicio por su insolencia ¿quién se había
creído para quitarle trabajo?
De nuevo
caminaba por la ciudad, cuando vio un pequeño gato escondido tras un seto. Era
pequeño, estaba sucio, repleto de pulgas, heridas y maullaba con vehemencia. Lo
cogió entre sus manos y lo sostuvo hasta el refugio. Del ojo derecho caía una
lágrima , se llamaría Llorón.
Tras unos
días de tratamiento, el pequeño gato de color canela empezó a ganar peso y a
sentirse bien. Cuando veía al señor Fabián se restregaba contra su pantalón y
maullaba haciendo círculos a su alrededor hasta que lo cogía entre sus brazos.
Luego se sentaba en la hamaca del porche del refugio para acariciar su hermoso
pelaje. El gato emitía un sonido y un ronroneo peculiar, le había
elegido como amo y se sentía feliz en su compañía.
Todo el amor
que los animales adoptados le daban, le llegaba al corazón, se hallaba
ansioso de emoción. Cuanto más recibía, más necesitaba. El fondo de su
personalidad no podía mudar. Era un hombre que le gustaba acumular riquezas,
esta vez era el amor verdadero su mayor posesión.
Un día llegó
un niño al albergue, que quería un animal perfecto. Enrique tenía una mano robótica y no
aceptaba el defecto. El señor Fabián no dudó en presentarle a Trasto, un
pequeño perrito que tenía ruedas para
andar, por su parálisis en las patas traseras a causa de un atropello. El niño
al verlo, se enfureció negando con la cabeza, pero bastó que viera lo bien que
bailaba al ritmo de la música, para empezar a sonreír. Cuando Trasto se le acercó
subiendo sus patas delanteras a las piernas loco de alegría y le lamió supo que
no se llevaría otro animal. Quería a Trasto como mascota, su defecto ya no era
importante.
El señor
Fabián sonreía de satisfacción plena. Olvidaba su enfermedad terrible mientras
amaba...