Homenaje
a Eduardo Punset
El cuento de las ratitas de
laboratorio
Cuenta
el cuentista, que una vez alguien pensó en utilizar unas pequeñas e indefensas
ratitas sanas en un estudio sobre la
depresión, ansiedad y dolor.
Para
ello a los investigadores se les ocurrió lastimar los cerebros de las hermosas
blancas, con intensas descargas que las
dejaban desorientadas, llenos de temor y palpitaciones.
Tal era
el miedo inculcado, que no sabían moverse, todas amontonadas en un rincón se
olvidaban de comer, beber y sus necesidades básicas. Habían perdido las ganas
de disfrutar de estupendos baños y generosas comidas, que antes sí lo hacían.
Sólo
una de ellas, al presentir la descarga se revolvía a sufrir el tormento.
Aguantaba la tentación de buscar abrigo entre las otras, para no quebrarse en
el temblor que le llegaba a través de la piel.
Aguantaba
y se negaba a ser esclava del momento en el cual los investigadores
martirizaban su cerebro, a veces saltaba sorprendida, lograba detener la
electricidad y el daño hacia si misma o las otras compañeras.
Pero
las ratitas seguían presas del miedo, a pesar de no sentir las descargas,
seguían amartillando sus cerebros
incapacitándolas para vivir, para sentir, para ser libres y felices, aún
teniendo los medios más perfectos. Agua, piscina, comida en abundancia, nada
veían salvo la sensación del dolor que era un poderoso recuerdo.
Así una
a una todas fueron muriendo. No las mató el hambre, ni el cansancio, ni la
tristeza, las mató el recuerdo de que alguien podía hacerlas daño. Así se
abandonaron a vivir.
La
única que sobrevivió causando admiración por su fortaleza mental, fue la que se
enfrentó a la corriente y la venció. No
hubo depresión, tormento o tristeza que pudiera con ella.
Los
investigadores hallaron un fármaco en ese momento para combatir la soledad, la
tristeza, la depresión, el desanimo y el tormento.
El
fármaco se bautizó con el nombre de “la senda”. Se recetó en todos los
consultorios, los pacientes sólo recibían un nombre “ el cuento de las cuatro
ratitas” que debían buscar y leer con la atención que no habían hecho de sus
vidas.
Algunos
abandonaban al instante. Sólo querían olvidar el dolor. Otros a hurtadillas
leían una y otra vez la letra. Les sorprendía la fortaleza de la ratita para
aguantar el dolor, el tormento, el enorme sufrimiento y ser capaz de seguir
viviendo como si nada. Había creado su propio camino por el transitar.
Comía,
se bañaba y aprovechaba toda oportunidad que llegara a su alcance, se preparaba cada día para soportar
lo que sabía que llegaría y se mente aislaba ese dolor de tal manera que llegó
a anularlo.
Muchos
pacientes se decidieron a intentar ver su propio camino. Dejaron la medicación
y encontraron diversión aprendiendo nuevas habilidades innatas, que no habían
desarrollado hasta entonces.
Otros
siguieron también su senda, el de las cuatro ratitas, porque eligieron ser una
de ellas.
¿Y tú? ¿Qué
camino quieres seguir? Hagas lo que hagas, la ratita superviviente te ha
ayudado a decidir donde estar, no la olvides, tú eliges la felicidad que deseas
tener.
-FIN-