miércoles, 22 de julio de 2020

El cuento de las ratitas de laboratorio

Homenaje a Eduardo Punset

El cuento de las ratitas de laboratorio

Cuenta el cuentista, que una vez alguien pensó en utilizar unas pequeñas e indefensas ratitas  sanas en un estudio sobre la depresión, ansiedad y dolor.

Para ello a los investigadores se les ocurrió lastimar los cerebros de las hermosas blancas, con intensas  descargas que las dejaban desorientadas, llenos de temor y palpitaciones.

Tal era el miedo inculcado, que no sabían moverse, todas amontonadas en un rincón se olvidaban de comer, beber y sus necesidades básicas. Habían perdido las ganas de disfrutar de estupendos baños y generosas comidas, que antes sí lo hacían.

Sólo una de ellas, al presentir la descarga se revolvía a sufrir el tormento. Aguantaba la tentación de buscar abrigo entre las otras, para no quebrarse en el temblor que le llegaba a través de la piel.

Aguantaba y se negaba a ser esclava del momento en el cual los investigadores martirizaban su cerebro, a veces saltaba sorprendida, lograba detener la electricidad y el daño hacia si misma o las otras compañeras.

Pero las ratitas seguían presas del miedo, a pesar de no sentir las descargas, seguían amartillando sus cerebros  incapacitándolas para vivir, para sentir, para ser libres y felices, aún teniendo los medios más perfectos. Agua, piscina, comida en abundancia, nada veían salvo la sensación del dolor que era un poderoso recuerdo.

Así una a una todas fueron muriendo. No las mató el hambre, ni el cansancio, ni la tristeza, las mató el recuerdo de que alguien podía hacerlas daño. Así se abandonaron a vivir.

La única que sobrevivió causando admiración por su fortaleza mental, fue la que se enfrentó a  la corriente y la venció. No hubo depresión, tormento o tristeza que pudiera con ella.

Los investigadores hallaron un fármaco en ese momento para combatir la soledad, la tristeza, la depresión, el desanimo y el tormento.

El fármaco se bautizó con el nombre de “la senda”. Se recetó en todos los consultorios, los pacientes sólo recibían un nombre “ el cuento de las cuatro ratitas” que debían buscar y leer con la atención que no habían hecho de sus vidas.

Algunos abandonaban al instante. Sólo querían olvidar el dolor. Otros a hurtadillas leían una y otra vez la letra. Les sorprendía la fortaleza de la ratita para aguantar el dolor, el tormento, el enorme sufrimiento y ser capaz de seguir viviendo como si nada. Había creado su propio camino por el transitar.

Comía, se bañaba y aprovechaba toda oportunidad que llegara a su  alcance, se preparaba cada día para soportar lo que sabía que llegaría y se mente aislaba ese dolor de tal manera que llegó a anularlo.

Muchos pacientes se decidieron a intentar ver su propio camino. Dejaron la medicación y encontraron diversión aprendiendo nuevas habilidades innatas, que no habían desarrollado hasta entonces.

Otros siguieron también su senda, el de las cuatro ratitas, porque eligieron ser una de ellas.

¿Y tú? ¿Qué camino quieres seguir? Hagas lo que hagas, la ratita superviviente te ha ayudado a decidir donde estar, no la olvides, tú eliges la felicidad que deseas tener.

-FIN-


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