Agujas de lluvia
(entierro del dolor)
Se quitó el impermeable hecho de miles
de agujas, puntadas de recuerdos. El pasado yacía ante sus ojos,
había preparado para la ocasión el ataúd. La tumba oscura cavada
en mitad del bosque del silencio, olía a tierra mojada y maderas
nobles. Fósiles ardían en el ascua de una llama mantenida por el
sufrimiento. Las raíces descubiertas de un árbol como único
testigo. Miró la silla. Gritaban las ramas enroscadas con los ojos
ennegrecidos, salía de su boca un aullido insoportable.
Se sirvió un te sin azúcar, en su
boca se enjuagó la palabra del perdón. Debía vencer su miedo a no
ser lejos del olvido. Podredumbre, derrumbe y óxido. Sólo así
podría dormir sin despertar en el sudor amargo que entrecortaba el
corazón en un hondo suspiro de terror.
Había abierto al fin el alma. Los
demonios de metal sacaron jugo a su maniobra demencial. Taladraron su
cabeza divertidos con un sacacorchos, destaparon trozos de carne
negra. Asada y consumida en el rebobinar continuo de una mente que se
aferraba con fuerza al odio almacenado en los estantes de un corazón
confundido.
¿Olvidar? La soledad no se olvida. La
tristeza galopa mientras el caballo con sus cascos oprime. Piernas de
frágil gelatina gris la sostienen en el asfalto. La sonrisa
disimula al fingidor cuerpo del teatro. El corazón late con sangre
incorrompida ¡olvida!
La llamada del final del camino. Ahora
suplica que vaya a verla. En el último instante. No hay tiempo para
recordar. Sobran las palabras. El presente se formó consumiendo el
tono del dolor. Equilibra la balanza el perdón. Debes olvidar,
¡Olvida!
Enfrenta la mirada de unos ojos vacíos.
Ojala pudiera sentir compasión. El dolor la cubre sin poder
reconocer su otra mitad. No va a mover un sentido en su ayuda. El
lazo rojo ajado está en el suelo frío de los años de ausencia.
Sale de allí. Dejó el pasado atado
con cuerda de lágrima seca, mientras indagaba tras el brillo de unos
ojos envejecidos. Corre maldita por las calles donde la locura la
persigue. La esquiva en un callejón de luz donde se esconde, la ve
pasar segura, ríe con paso apretado. Se asoma para despedirla. La ve
por primera vez de espalda, Lleva un traje de seda oscuro donde
cuchillas de plata resplandecen, calza dos cráneos sin dentadura.
El ruido que causa hace tiritar al aire. Por suerte no la vio de
frente.
Le dio esquinazo. Es hora de enterrar
el pasado. El silencio hará florecer hierbas de perdón. Lágrimas y
lluvia confunden su rostro. Es libre de duelo, ya no necesitará el
impermeable de agujas donde el dolor latía apretando su carne.
-Fin-

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