viernes, 7 de julio de 2017

¡No puedo dormir!


Eran las ocho de la mañana, una hora perfecta para levantarse, sin embargo Cecilio estaba sentado en el sofá apoyado sobre el codo derecho en el reposabrazos, jugando a la consola. Llamaba la atención porque sólo un codo presentaba el color oscurecido hasta encallecer. Su cuerpo delataba el abuso de someterlo a una posición fija de manera continua, mancha de guerra de años vividos en estricta soledad.

Después de una noche entera casi sin pestañear delante de la pantalla del televisor, fijando al máximo su atención y con el corazón acelerado por la tensión del juego, no podía más. Sudaba por todo su cuerpo de manera especial por la cabeza, espalda y manos, se mordía los labios hasta hacerse sangre, como le pasaba con sus uñas, apenas le quedaba algo que devorar.
La ansiedad le recorría, temía no haber conseguido la misión y que pensaran sus amigos virtuales online que era tonto. Caminaba de un lado a otro para aliviar el desasosiego que le había producido fracasar. Lo volvería a intentar más tarde, aquí las oportunidades para ganar son infinitas, se decía “además ellos también pierden, si me dicen algo, los elimino y ya está, que se vayan a...”

Bostezó un poco antes de acostarse sobre un mugriento colchón sin sábanas. Había intentado alguna vez buscarlas, pero la montaña de ropa donde solía acumularla era demasiado elevada para intentarlo. Vivía con su padre que era inmune a lo que hiciera, le daba igual si limpiaba o no, carecía de autoridad y reglas.

Estaba harto, cualquier día se tiraría por la ventana, quería cambiar de vida pero no sabía cómo.

Despertó malhumorado a las seis de la tarde. Le habían dejado unos trozos de carne fritos y una ensalada que a esas horas estaba mustia.
La tiró a la basura, olía mal y se preparó una deliciosa lasaña ultra congelada, añadió un bol de queso por encima antes de meterla en el horno, le encantaba la comida pre cocinada. Tras la reconfortante comida, sintió deseo de tomar algo refrescante, hacía calor, tenía la camiseta empapada y todo el pelo mojado, como era habitual en él. En la nevera había una estupenda sandía que pedía a gritos ser catada. No dejó salvo el recuerdo de que pesaba seis kilos. Ni siquiera notó que se la había zampado hasta que no quedó mas. Estaba comiendo frente al televisor como siempre absorto en los interminables y repetitivos episodios de los Simpson que tanto le gustaban. Le hubiera gustado contenerse y dejar al menos la mitad. Bueno tampoco era tan grave, la sandía no engorda...
Al rato sentía un nuevo vacío en el estómago, se comió en esta ocasión una tarrina de helado de kilo con un paquete de galletas.

Desde que se fue a vivir con su padre porque no soportaba la disciplina de mamá que lo obligaba a salir de casa y llevar una vida normal, no había tenido más que resignarse a ver pasar la vida de otros, crearse amigos “imaginarios” como su dedo que utilizaba de manera habitual para hacer bromas de mal gusto a todo el que fuera capaz de aguantarle. Era irritante y para llamar la atención provocaba discursiones de manera habitual, era la única forma que encontraba para que le hicieran caso.
Todo era fantasía que vivía como un niño pequeño para no enfrentar al mundo. Tenía un miedo horrible a salir a la calle, a que le hablaran desconocidos, le provocaba una tensión angustiosa, por eso no salia. No digamos los centros comerciales.
A pesar de que su madre quería llevarlo a un psicólogo el no quería comprender que su forma de afrontar la vida lo iba a enfermar.
-Mamá, déjame en paz yo no tengo ningún problema, salvo tú que eres una pesada. No estoy loco no voy a ir a ningún psicólogo. ¿Gordo? Y que más da, tampoco lo estoy tanto.
-Hijo, casi no puedes andar, tus pies no aguantan tu peso, te salen rozaduras entre las piernas, debes pesar más de cien kilos... Te he comprado la dos xl.
-Tú no sabes nada, mamá. Déjame, no voy a salir ¿para qué? No lo necesito.
La madre lo observaba frustrada ante el progresivo deterioro físico y mental que en el último año le había pasado factura. ¿Cómo hacerle comprender que debía salir y enfrentarse al miedo?
Ya estaba, a partir de ese día no haría caso a sus peticiones, si quería comida debía salir a comprarla.

Tras mil pataletas. Cecilio malhumorado ante el cambio brusco de la situación de confort que se le había esfumado, estalló el vaso de agua contra el suelo. Estaba rabioso. Su madre era una plasta, se negaba a traerle comida. Iba a morirse de hambre. Una sensación de terror le recorrió la espalda, le sudaban las manos, la cabeza y la espalda, iba de un lado para otro sin saber que hacer. De repente, se le ocurrió una idea, saldría acompañado de su amigo Jose, el de la consola tras mucho tiempo compartiendo partidas, podría conseguir que le acompañara, le había regalado muchos trucos y armas.

-Hola Jose, puedes venir te necesito para ir a comprar, porfa. Te invito a lo que quieras...
-Ahora no puedo tío, voy ganando, otro día ¿vale?

Cecilio aceptó frustrado, pero no se quejó. ¿Cómo iba a acompañarle si se pasaba más de 20 horas en línea?. Se sentó en el sofá desesperado. Sólo le quedaba llamar a su madre.

Enseguida consiguió que le acompañara pero debía bajar él, bueno al menos era algo. Fue a la habitación y entre una montaña de ropa arrugada encontró una camiseta y pantalón corto.
Era su primera salida en seis meses, miró a ambos lados de la calle, no había nadie eran las cuatro de la tarde de un caluroso día de verano, su madre le esperaba con una mirada aprobatoria.
-¿No vamos a ir en coche, mamá?-le preguntó sorprendido al ver que no estaba.
-Iremos andando
-¿Está muy lejos?...no voy a ir a ninguna parte, me largo.-soltó desesperado ante la angustia de no saber lo que iba a pasar.
La madre lo dejó marchar, esperando paciente a que se calmara. Se limitó a esperar a que volviera a bajar, para ir al supermercado que estaba a escasos 300 metros.
Compraron y como un animal que necesita entrar de manera urgente en su guarida, se despidió sin mirar atrás.
La madre lo observó marchar con esperanza. Era un primer paso. Había sido duro tenerlo que obligar a ir a comprar pero era la única manera de que enfrentara sus temores y recuperara la calma que perdía cuando salia de casa.

Cecilio entró agotado, enseguida dejó las bolsas sin ordenar en el suelo, ya lo haría después. Metió la comida que precisaba frío únicamente. Pensó en que a pesar del miedo que había pasado había logrado ir a comprar. La próxima vez, iría solo. O al menos saldría acompañado hasta conseguir hacerlo por si mismo. Ya no era un niño y debía comportarse como un adulto para ganarse el respeto de mamá.


-Fin-

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