Eran las ocho de la
mañana, una hora perfecta para levantarse, sin embargo Cecilio
estaba sentado en el sofá apoyado sobre el codo derecho en el
reposabrazos, jugando a la consola. Llamaba la atención porque sólo
un codo presentaba el color oscurecido hasta encallecer. Su cuerpo
delataba el abuso de someterlo a una posición fija de manera
continua, mancha de guerra de años vividos en estricta soledad.
Después de una
noche entera casi sin pestañear delante de la pantalla del
televisor, fijando al máximo su atención y con el corazón
acelerado por la tensión del juego, no podía más. Sudaba por todo
su cuerpo de manera especial por la cabeza, espalda y manos, se
mordía los labios hasta hacerse sangre, como le pasaba con sus uñas,
apenas le quedaba algo que devorar.
La ansiedad le
recorría, temía no haber conseguido la misión y que pensaran sus
amigos virtuales online que era tonto. Caminaba de un lado a otro
para aliviar el desasosiego que le había producido fracasar. Lo
volvería a intentar más tarde, aquí las oportunidades para ganar
son infinitas, se decía “además ellos también pierden, si me
dicen algo, los elimino y ya está, que se vayan a...”
Bostezó un poco
antes de acostarse sobre un mugriento colchón sin sábanas. Había
intentado alguna vez buscarlas, pero la montaña de ropa donde solía
acumularla era demasiado elevada para intentarlo. Vivía con su padre
que era inmune a lo que hiciera, le daba igual si limpiaba o no,
carecía de autoridad y reglas.
Estaba harto,
cualquier día se tiraría por la ventana, quería cambiar de vida
pero no sabía cómo.
Despertó
malhumorado a las seis de la tarde. Le habían dejado unos trozos de
carne fritos y una ensalada que a esas horas estaba mustia.
La tiró a la
basura, olía mal y se preparó una deliciosa lasaña ultra
congelada, añadió un bol de queso por encima antes de meterla en el
horno, le encantaba la comida pre cocinada. Tras la reconfortante
comida, sintió deseo de tomar algo refrescante, hacía calor, tenía
la camiseta empapada y todo el pelo mojado, como era habitual en él.
En la nevera había una estupenda sandía que pedía a gritos ser
catada. No dejó salvo el recuerdo de que pesaba seis kilos. Ni
siquiera notó que se la había zampado hasta que no quedó mas.
Estaba comiendo frente al televisor como siempre absorto en los
interminables y repetitivos episodios de los Simpson que tanto le
gustaban. Le hubiera gustado contenerse y dejar al menos la mitad.
Bueno tampoco era tan grave, la sandía no engorda...
Al rato sentía un
nuevo vacío en el estómago, se comió en esta ocasión una tarrina
de helado de kilo con un paquete de galletas.
Desde que se fue a
vivir con su padre porque no soportaba la disciplina de mamá que lo
obligaba a salir de casa y llevar una vida normal, no había tenido
más que resignarse a ver pasar la vida de otros, crearse amigos
“imaginarios” como su dedo que utilizaba de manera habitual para
hacer bromas de mal gusto a todo el que fuera capaz de aguantarle.
Era irritante y para llamar la atención provocaba discursiones de
manera habitual, era la única forma que encontraba para que le
hicieran caso.
Todo era fantasía
que vivía como un niño pequeño para no enfrentar al mundo.
Tenía un miedo horrible a salir a la calle, a que le hablaran
desconocidos, le provocaba una tensión angustiosa, por eso no salia.
No digamos los centros comerciales.
A pesar de que su
madre quería llevarlo a un psicólogo el no quería comprender que
su forma de afrontar la vida lo iba a enfermar.
-Mamá, déjame en
paz yo no tengo ningún problema, salvo tú que eres una pesada. No
estoy loco no voy a ir a ningún psicólogo. ¿Gordo? Y que más da,
tampoco lo estoy tanto.
-Hijo, casi no
puedes andar, tus pies no aguantan tu peso, te salen rozaduras entre
las piernas, debes pesar más de cien kilos... Te he comprado la dos
xl.
-Tú no sabes nada,
mamá. Déjame, no voy a salir ¿para qué? No lo necesito.
La madre lo
observaba frustrada ante el progresivo deterioro físico y mental que
en el último año le había pasado factura. ¿Cómo hacerle
comprender que debía salir y enfrentarse al miedo?
Ya estaba, a partir
de ese día no haría caso a sus peticiones, si quería comida debía
salir a comprarla.
Tras mil pataletas.
Cecilio malhumorado ante el cambio brusco de la situación de confort
que se le había esfumado, estalló el vaso de agua contra el suelo.
Estaba rabioso. Su madre era una plasta, se negaba a traerle comida.
Iba a morirse de hambre. Una sensación de terror le recorrió la
espalda, le sudaban las manos, la cabeza y la espalda, iba de un lado
para otro sin saber que hacer. De repente, se le ocurrió una idea,
saldría acompañado de su amigo Jose, el de la consola tras mucho
tiempo compartiendo partidas, podría conseguir que le acompañara,
le había regalado muchos trucos y armas.
-Hola Jose, puedes
venir te necesito para ir a comprar, porfa. Te invito a lo que
quieras...
-Ahora no puedo tío,
voy ganando, otro día ¿vale?
Cecilio aceptó
frustrado, pero no se quejó. ¿Cómo iba a acompañarle si se pasaba
más de 20 horas en línea?. Se sentó en el sofá desesperado. Sólo
le quedaba llamar a su madre.
Enseguida consiguió
que le acompañara pero debía bajar él, bueno al menos era algo.
Fue a la habitación y entre una montaña de ropa arrugada encontró
una camiseta y pantalón corto.
Era su primera
salida en seis meses, miró a ambos lados de la calle, no había
nadie eran las cuatro de la tarde de un caluroso día de verano, su
madre le esperaba con una mirada aprobatoria.
-¿No vamos a ir en
coche, mamá?-le preguntó sorprendido al ver que no estaba.
-Iremos andando
-¿Está muy
lejos?...no voy a ir a ninguna parte, me largo.-soltó desesperado
ante la angustia de no saber lo que iba a pasar.
La madre lo dejó
marchar, esperando paciente a que se calmara. Se limitó a esperar a
que volviera a bajar, para ir al supermercado que estaba a escasos
300 metros.
Compraron y como un
animal que necesita entrar de manera urgente en su guarida, se
despidió sin mirar atrás.
La madre lo observó marchar con esperanza. Era un primer paso. Había sido duro tenerlo que obligar
a ir a comprar pero era la única manera de que enfrentara sus
temores y recuperara la calma que perdía cuando salia de casa.
Cecilio entró agotado, enseguida dejó las
bolsas sin ordenar en el suelo, ya lo haría después. Metió la
comida que precisaba frío únicamente. Pensó en que a pesar del
miedo que había pasado había logrado ir a comprar. La próxima vez,
iría solo. O al menos saldría acompañado hasta conseguir hacerlo
por si mismo. Ya no era un niño y debía comportarse como un adulto
para ganarse el respeto de mamá.
-Fin-

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