jueves, 28 de agosto de 2014

Gustavo en el estanque de las ranas

A Gustavo le gustaba ir al estanque. Siempre encontraba ranas tomando el sol. Era muy divertido observarlas en sus “croacs” y seguir sus pequeños saltos. Acudía allí todos los días, miraba como aquellos seres angelicales engullían insectos sin piedad. A veces, las patitas de los de gran tamaño asomaban en la comisura de sus grandes bocas, entonces la rana levantaba la cabeza hacia atrás para poderlo tragar. Sus ojos negros, le inspiraban mucha dulzura. Ansiaba cazar alguna para tener una mascota.

Una sola vez, tuvo la oportunidad de atrapar a una descuidada rana que ignoraba su presencia mientras tomaba el sol.

-¡Me haces daño, suéltame ahora mismo, estúpido niño sin cerebro!-gritó enfurecida al verse presa entre las manos del niño- ehhh, esperad, es sólo un niño, no dirá nada ¿verdad, chavalín?, no, no me dejéis aquí ¡volved hermanas!

Había roto el pacto de silencio, todas las ranas lo mantienen para que el ser humano no trate de cazarlas como a los sapos. En menuda persecución se vieron cuando inventaron el cuento de besar sapos para convertirlos en príncipes. Que repugnancia sentir el beso de tantas mujeres buscando su hombre ideal. Como no saben distinguir un sapo de una rana...Ya no podría volver con las de su especie.

-¡Hablas!-exclamó el niño entusiasmado-no puedo creerlo-¿Tienes poderes o algo así? Dime, como te llamas?
-Ajjjjjjjj... acabas de arruinar mi vida de rana ¿ que seré, tu mascota? Prefiero morirme. Me llamo Carmelo.
-Oh, no, no. Antes buscaba una mascota. Con la inteligencia que tienes y el poder del habla serás mi amigo. Yo me llamo Gustavo.
-Bien, seremos amigos, no le cuentes a nadie nuestro secreto.
-Trato hecho, Carmelo, chócala!

Carmelo hizo un gesto a modo de querer extender su mano en el aire. A partir de ese día la rana y el niño aprendieron a jugar a muchos juegos divertidos de los que ambos sacaban lo mejor de si mismos. Pero un día, el niño observó que a Carmelo le habían salido unas verrugas muy feas por todo el cuerpo. Al principio, no dijo nada, pero viendo que no desaparecían le preguntó:
-Oye, Carmelo, esos bultos que tienes... ¿cuándo desaparecerán?
-No sabría decirte, amigo.
La rana era realmente fea. Su color verde intenso se había tornado gris hoja de otoño. Parecía una masa de carne con ojos.

Gustavo calló. Aquella tarde, había decidido que se despediría de su amigo. No soportaba aquellas cosas tan horribles sobre su piel. Así que a la hora de marcharse, le hizo saber que no volvería más. Él era un niño muy guapo y no quería contagiarse de aquellas cosas tan feas.

La rana lo entendió y no puso objeciones a su decisión, se despidieron con profunda tristeza. Porque a pesar de su aspecto, aquel que dejaba atrás era su mejor amigo.

Pasaron los años, Gustavo creció y se convirtió en un adolescente muy guapo. Alto, rubio y con unos ojos negros muy expresivos. No dejó de echar de menos a Carmelo.
Cuando iba a cumplir dieciocho años, una gitana le maldijo por no querer comprar un brote de romero. Al principio, no pasó nada, pero aquella gitana era en realidad el Mago del Bosque que trató de remediar la soledad de Carmelo dando un escarmiento al joven Gustavo.

Sin explicación, comenzaron a crecerle unas enormes hojas por todo el cuerpo. Al principio, su madre las cortaba, pero cuanto más lo hacía, más rápido volvían a salir. Las hojas, se volvieron de color marrón y supuraban un liquido de mal olor. Pronto, sus padres le aconsejaron que se ocultara en el bosque, porque allí pasaría más desapercibido. Prometieron visitarle.

Acudían a menudo, disimulaban haciendo ver que iban a pasear pero siempre se paraban en el mismo árbol. Para ellos era una vergüenza en lo que se había convertido su hijo. Así que a sus amistades les dijeron que Gustavo estudiaba en el extranjero. Era inaceptable tener un hijo así. Pronto dejaron de ir a verle, era lo mejor. Ellos eran muy bellos.

Pasaron los años y Gustavo se convirtió en un hombre alto con forma de árbol. Chorreaba liquido maloliente y acudía a lavarse al río. Un día, por sorpresa vio una rana gorda y verrugosa tomando el sol sobre una roca. No pudo evitar, gritar su nombre. Carmelo miraba en todas las direcciones emocionado, era su amigo, habían pasado tantos años...hoy sería un hombre, por eso no lo veía.
-¡Carmelo, soy yo, Gustavo! Estoy frente a ti- dijo emocionado con la voz quebrada-
-¿Quién me llama? -preguntó la rana.
-Mira al árbol, soy yo.

La rana Carmelo, al ver en que se había convertido su amigo, se quedó callada. Meditó unos instantes antes de saltar encima de su cabeza para oír mejor su historia. Mientras Gustavo, resumía en minutos, todos esos años de soledad. De repente, la tristeza inundó los ojos de la rana y comenzó a derramar lágrimas inmensas de color azul sobre el árbol. Pronto, el hombre-árbol, se volvió de color azul. La capa endurecida fue derretida por el sol, que en ese instante, lucía con toda su intensidad.

Emergió un hombre muy bello de aquel caparazón azul. Era de nuevo, perfecto. Ya no tenía hojas marrones que supuraban sustancias desagradables. Al verse reflejado en el río, sintió una emoción de gratitud tan intensa,que no pudo menos que coger a su amigo y estrecharlo entre sus manos, con gran amor. Sin querer, empezó a llorar lágrimas de color naranja y en pocos minutos, la rana estaba cubierta como una estatua. De nuevo el sol, hizo posible la rara metamorfosis.

Al romper el caparazón naranja, Carmelo era una rana verde perfecta.

El hombre y la rana nunca más se separaron. Pasaron sus días compartiendo su vida, entre bromas y risas.

Un día ya muy lejano, alguien encontró a Gustavo frío en el sofá. Tenía noventa años, entre sus manos sostenía una rana gorda de color marrón de aspecto verrugoso, a pesar de la curación milagrosa le volvieron a salir verrugas, pero su amigo el hombre nunca más lo volvió a abandonar.
Nadie supo quien murió primero, pero todos quieren creer que la rana no fue capaz de abandonar a su amigo y descansó entre sus manos hasta el final. Las lágrimas la hicieron tener la inmortalidad de los humanos y en ellas unió su vida a la del hombre.


-Fin-

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