A
Gustavo le gustaba ir al estanque. Siempre encontraba ranas tomando
el sol. Era muy divertido observarlas en sus “croacs” y seguir
sus pequeños saltos. Acudía allí todos los días, miraba como
aquellos seres angelicales engullían insectos sin piedad. A veces,
las patitas de los de gran tamaño asomaban en la comisura de sus
grandes bocas, entonces la rana levantaba la cabeza hacia atrás
para poderlo tragar. Sus ojos negros, le inspiraban mucha dulzura.
Ansiaba cazar alguna para tener una mascota.
Una
sola vez, tuvo la oportunidad de atrapar a una descuidada rana que
ignoraba su presencia mientras tomaba el sol.
-¡Me
haces daño, suéltame ahora mismo, estúpido niño sin
cerebro!-gritó enfurecida al verse presa entre las manos del niño-
ehhh, esperad, es sólo un niño, no dirá nada ¿verdad, chavalín?,
no, no me dejéis aquí ¡volved hermanas!
Había
roto el pacto de silencio, todas las ranas lo mantienen para que el
ser humano no trate de cazarlas como a los sapos. En menuda
persecución se vieron cuando inventaron el cuento de besar sapos
para convertirlos en príncipes. Que repugnancia sentir el beso de
tantas mujeres buscando su hombre ideal. Como no saben distinguir un
sapo de una rana...Ya no podría volver con las de su especie.
-¡Hablas!-exclamó
el niño entusiasmado-no puedo creerlo-¿Tienes poderes o algo así?
Dime, como te llamas?
-Ajjjjjjjj...
acabas de arruinar mi vida de rana ¿ que seré, tu mascota? Prefiero
morirme. Me llamo Carmelo.
-Oh,
no, no. Antes buscaba una mascota. Con la inteligencia que tienes y
el poder del habla serás mi amigo. Yo me llamo Gustavo.
-Bien,
seremos amigos, no le cuentes a nadie nuestro secreto.
-Trato
hecho, Carmelo, chócala!
Carmelo
hizo un gesto a modo de querer extender su mano en el aire. A partir
de ese día la rana y el niño aprendieron a jugar a muchos juegos
divertidos de los que ambos sacaban lo mejor de si mismos. Pero un
día, el niño observó que a Carmelo le habían salido unas verrugas
muy feas por todo el cuerpo. Al principio, no dijo nada, pero viendo
que no desaparecían le preguntó:
-Oye,
Carmelo, esos bultos que tienes... ¿cuándo desaparecerán?
-No
sabría decirte, amigo.
La
rana era realmente fea. Su color verde intenso se había tornado gris
hoja de otoño. Parecía una masa de carne con ojos.
Gustavo
calló. Aquella tarde, había decidido que se despediría de su
amigo. No soportaba aquellas cosas tan horribles sobre su piel. Así
que a la hora de marcharse, le hizo saber que no volvería más. Él
era un niño muy guapo y no quería contagiarse de aquellas cosas tan
feas.
La
rana lo entendió y no puso objeciones a su decisión, se despidieron
con profunda tristeza. Porque a pesar de su aspecto, aquel que dejaba
atrás era su mejor amigo.
Pasaron
los años, Gustavo creció y se convirtió en un adolescente muy
guapo. Alto, rubio y con unos ojos negros muy expresivos. No dejó de
echar de menos a Carmelo.
Cuando
iba a cumplir dieciocho años, una gitana le maldijo por no querer
comprar un brote de romero. Al principio, no pasó nada, pero aquella
gitana era en realidad el Mago del Bosque que trató de remediar la
soledad de Carmelo dando un escarmiento al joven Gustavo.
Sin
explicación, comenzaron a crecerle unas enormes hojas por todo el
cuerpo. Al principio, su madre las cortaba, pero cuanto más lo
hacía, más rápido volvían a salir. Las hojas, se volvieron de
color marrón y supuraban un liquido de mal olor. Pronto, sus padres
le aconsejaron que se ocultara en el bosque, porque allí pasaría
más desapercibido. Prometieron visitarle.
Acudían
a menudo, disimulaban haciendo ver que iban a pasear pero siempre se
paraban en el mismo árbol. Para ellos era una vergüenza en lo que
se había convertido su hijo. Así que a sus amistades les dijeron
que Gustavo estudiaba en el extranjero. Era inaceptable tener un hijo
así. Pronto dejaron de ir a verle, era lo mejor. Ellos eran muy
bellos.
Pasaron
los años y Gustavo se convirtió en un hombre alto con forma de
árbol. Chorreaba liquido maloliente y acudía a lavarse al río. Un
día, por sorpresa vio una rana gorda y verrugosa tomando el sol
sobre una roca. No pudo evitar, gritar su nombre. Carmelo miraba en
todas las direcciones emocionado, era su amigo, habían pasado tantos
años...hoy sería un hombre, por eso no lo veía.
-¡Carmelo,
soy yo, Gustavo! Estoy frente a ti- dijo emocionado con la voz
quebrada-
-¿Quién
me llama? -preguntó la rana.
-Mira
al árbol, soy yo.
La
rana Carmelo, al ver en que se había convertido su amigo, se quedó
callada. Meditó unos instantes antes de saltar encima de su cabeza
para oír mejor su historia. Mientras Gustavo, resumía en minutos,
todos esos años de soledad. De repente, la tristeza inundó los ojos
de la rana y comenzó a derramar lágrimas inmensas de color azul
sobre el árbol. Pronto, el hombre-árbol, se volvió de color azul.
La capa endurecida fue derretida por el sol, que en ese instante,
lucía con toda su intensidad.
Emergió
un hombre muy bello de aquel caparazón azul. Era de nuevo, perfecto.
Ya no tenía hojas marrones que supuraban sustancias desagradables.
Al verse reflejado en el río, sintió una emoción de gratitud tan
intensa,que no pudo menos que coger a su amigo y estrecharlo entre
sus manos, con gran amor. Sin querer, empezó a llorar lágrimas de
color naranja y en pocos minutos, la rana estaba cubierta como una
estatua. De nuevo el sol, hizo posible la rara metamorfosis.
Al
romper el caparazón naranja, Carmelo era una rana verde perfecta.
El
hombre y la rana nunca más se separaron. Pasaron sus días
compartiendo su vida, entre bromas y risas.
Un
día ya muy lejano, alguien encontró a Gustavo frío en el sofá.
Tenía noventa años, entre sus manos sostenía una rana gorda de
color marrón de aspecto verrugoso, a pesar de la curación milagrosa
le volvieron a salir verrugas, pero su amigo el hombre nunca más lo
volvió a abandonar.
Nadie
supo quien murió primero, pero todos quieren creer que la rana no
fue capaz de abandonar a su amigo y descansó entre sus manos hasta
el final. Las lágrimas la hicieron tener la inmortalidad de los
humanos y en ellas unió su vida a la del hombre.
-Fin-
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