martes, 19 de julio de 2016

Encajo

Le gustaba abstraerse del aburrimiento que le producía estar en silencio. No lograba comprender como los demás alumnos podían pasar horas escribiendo y leyendo, los miraba y parecían disfrutar con aquello. Sin embargo, el necesitaba sentir y observar la vida, como la de aquel insignificante insecto volador que en ese preciso instante sacudía sus neuronas en un impulso irrefrenable de prestarle toda su atención. Había entrado por la ventana de la clase para liberarle, acudiendo en su auxilio, que contento estaba, dejó de pinchar la goma de borrar que yacía entre un montón de virutas diminutas esparcidas sobre la mesa.

-A ver ¿qué estás mirando? ¿Te parece más interesante una mosca que lo que los demás estamos haciendo?¡Esto es inaguantable!-gritó su malhumorada profesora que no sabía cómo hacerle comprender las normas-Trae tu agenda, le pondré una nota a tu madre para que sepa en qué pasas el tiempo.

Estaba acostumbrado a escuchar cosas así. Solo impactó la primera frase que le resultaba interesante. ¿Qué estás mirando?¿Acaso no lo había pillado? Aquella pregunta era tonta. Así que siguiendo la rutina le llevó la agenda a su mesa, sin apartar la vista de los revoloteos de la mosca, no fuera que se perdiera lo que hacia en ese momento.

No era un alumno molesto. Estaba acostumbrado a vivir solo en aquel entorno lleno de normas que le costaba seguir. No iba a ser un empollón, por más que su madre se empeñara en forzarle a estudiar, estaba interesado en otros temas como el fascinante comportamiento de los insectos en los que nadie solía reparar.

Su extraño comportamiento tenía una explicación: era un síndrome Asperger. Sólo veía con la luz del corazón, la mente no era una buena guía porque muchas veces lo confundía. Era un chico puro sin contaminar, donde la bondad renacía cada día. Peculiar, que no comprendía porqué no lograba controlar su comportamiento, cuando se enfurecía decía y rompía cosas, que luego deseaba tener. Una vez alguien le explicó que su cerebro era como una luz fluorescente que está a punto de fundirse y recibe corriente a diferentes niveles que la hacen titubear, no se apaga pero tampoco puede lucir del todo.

No sabía diferenciar sus estados de ánimo, había que explicarle porque no lograba comprender por qué sentía lo que sentía, le costaba ponerse en la piel de otra persona, pero si recibía una charla sin gritos positiva lograba comprender lo que hacía mal, aunque al día siguiente no pudiera evitar olvidarse y repetir de nuevo el error. No sabía utilizar las herramientas que los demás de manera intuitiva aprendían, ya que no tenía una intuición fiable. Se guiaba por sus deseos del momento y pocas veces pensaba en el de los demás, por lo que el mundo de habilidades sociales para atraer amistades estaba blindado para él. No le importaba demasiado, le apetecía estar solo en muchas ocasiones. Pero en otras cuando intentaba jugar con el grupo era rechazado, ya que él nunca quería participar y los demás ya no lo aceptaban, por la rareza de su comportamiento.

No es que quisiera estar solo, es que no encontraba nadie que quisiera compartir con él su interés por los insectos, así que aquel deseo de ahondarse en el conocimiento de los bichos, lo excluía de actividades deportivas de gran aceptación popular, como jugar al fútbol. Cuando se ponía a hablar de los temas interesantes que le apasionaban, no se daba cuenta que a los pocos minutos el otro niño se aburría y terminaba ignorándole.

Adela su madre, se preguntaba a veces si no debió llevarlo antes a que lo valoraran. Su deficiencia fue diagnosticada tarde, cuando empezó el acoso escolar en su primer año de instituto. Hasta bien entrado el curso no supo nada de que su hijo estaba siendo maltratado de manera habitual por algunos alumnos de su misma clase. La noticia le llegó de manera casual a través de algunos compañeros de colegio que asistían al mismo centro y estaban hartos de ver las tremendas humillaciones que recibía.

Estaba enfadada y decepcionada, había confiado que la seguridad estaba garantizada en los centros educativos. Ingenua, se dijo muy frustrada. Había puesto toda su confianza en aquel equipo de profesores que ahora creaban barreras infranqueables de educación estricta en torno a su hijo.
Cuando un profesor se encuentra con algo que no comprende emite juicios hirientes como “no trabaja lo suficiente, no trae los deberes, no participa, no está atento” ¿Acaso le estaban negando su existencia a un chico porque no comprendían cómo hacerle funcionar? Por supuesto, lo excluían y atacaban sin piedad.

Fue el motivo por el que buscó ayuda psicológica fuera porque allí no estaban para resolver problemas personales. Quería hacerse cargo de la educación de Pedro, pero el sistema no contemplaba esa posibilidad. Así que para no ser denunciada debía obligar a su hijo a asistir a unas clases que no eran para él, ya que no las seguía con interés.

Quizás había sido una madre tan protectora que había dejado sin desarrollar su propia capacidad de defensa. En este punto se equivocaba, jamás tuvo un escudo protector porque no pensaba que lo necesitara.
Pedro era un niño pequeño con una madurez de ocho años rodeado de adolescentes en fase agresiva, peleando por destacar y doblegar a los demás por la fuerza. Cuando el psiquiatra infantil le dio el diagnóstico se sintió horrorizada. ¿Cómo podía permitirse que chicos con esas dificultades especiales de enseñanza asistieran a clases de rendimiento normal, sin recibir ningún apoyo pedagógico? A sabiendas que serían acosados, porque eran demasiado fáciles al no tener capacidad defensiva.

Necesitaba profesores comprensivos, que no se cansaran de repetir las normas cada día. Él seguía rutinas. Y para crearlas había que repetirlas una y otra vez, hasta conseguir fijarlas. Ojalá existiera un equipo de profesores con la capacidad de ver su sufrimiento y su limitación, así podrían avanzar y aprender. Sin embargo recibía órdenes y deberes de docentes que se columpiaban en los estrictos requisitos que habían tenido que pasar para dar clases ya que les exigían ser licenciados en la materia a impartir, aunque no tuvieran dotes para trasmitir los conocimientos adquiridos. Adela pensaba que mucho de aquellos profesores podían ser Asperger, ya que carecían de empatía y su rigidez mental dejaba poco espacio para trasmitir conocimientos.

Mantuvo tres años aquella aventura de enviarlo a un instituto para no avanzar nada. Intentado averiguar a través de sus comportamientos si seguía siendo acosado. Muchas veces llegaba muy enfadado y rompía cosas, suponía que sí, que aquello no iba a parar nunca. Era muy difícil llegar a los sentimientos de Pedro. Confundía la amistad con el abuso y permitía que se pasaran con él sin defenderse. Es más protegía a los abusadores porque le caían bien. Su hijo estaba empezando a aceptar ser castigado en un clima hostil, donde si no se chivaba le pegaban menos y al final le dejaban en paz, siempre que les diera dinero o cosas, debía comprar su seguridad.

Cansada de tropezar con un sistema lleno de excusas, palabras y ninguna solución, decidió sacarlo del centro a la edad de diecisiete años. No había aprendido nada ya que fue pasado de un curso a otro sin que a nadie le importara lo más mínimo. Ellos estaban para dar clases a los que tenían un verdadero interés por aprender, no para estar detrás de los que carecían de autonomía. No le gustaba que a partir de entonces ya no se socializaría, pero no iba a conseguir sacarse los estudios por el sistema normal.

Estaba enfrentada a un sistema educativo que no admitía adaptaciones. Escuchó muchas opiniones hirientes, la peor la de su última tutora que le llegó a decir al chico que le parecía injusto que fuera a sacarse todo el ciclo de la ESO en una prueba. O sea que se lo iban a regalar...

Ningún profesor de los que tuvo, conectó con Pedro. Solían emitir juicios idénticos sobre su insoportable comportamiento. Lo cierto es que se sentían fracasados como docentes ante él que además demostraba conocimientos autodidactas sobre las materias de su interés. A Adela no le importaba, iba a ayudarle a conseguir pasar la prueba, al menos no se quedaría descolgado y sin formación.

Pedro consiguió aprobar la prueba, al fin tendría un reconocimiento a su esfuerzo, la validez del nivel de conocimientos de ESO. Adela buscaba hacerlo encajar dentro de un sistema que no contemplaba discapacidades psíquicas, ya no eran reconocidas de manera permanente por el sistema de salud.

Un síndrome era algo que no tenía cura, siempre se iba a mantener en el individuo que lo sufriera, sin embargo cada tres años debía someterse a las duras pruebas para seguir siendo reconocido como discapacitado. Pedro no aceptaba ser inferior a los demás, su madre no iba a poner un título a algo que ya no importaba. Era mejor que no se supiera, más fácil de encajar. Así que dejó de acudir a los exámenes valorativos para conservar la discapacidad, más que una protección fue una losa.

Adela tuvo que hacer continuos esfuerzos por desaprender lo aprendido para comprender a su hijo. Funcionaba con estrategias. Era tremendamente cabezón y desorganizado. Había que mostrarle un único camino para hacer las cosas dada la inflexibilidad de su mente. Debía aprender a caminar dentro de una sociedad, donde ser diferente excluye.

Por supuesto quitaron la etiqueta de síndrome.¿Para qué si no le valía para nada?Pasó a ser Pedro a secas. Olvidaron los psicólogos, psiquiatras y no tomó en ningún momento medicación alguna. No la necesitaba. Era normal dentro de su comportamiento si se sabía lo que le ocurría.

Un día su madre inventó un juego para aumentar su autoestima. Pedro debía imaginar que estaba una noche oscura en el centro de un lugar primitivo, rodeado de árboles, se escuchaba el agua fluir por la proximidad de un pequeño río, el cielo estaba plagado de estrellas. Había una hoguera con fuego de leña que iluminaba la oscuridad. El aire olía a las intensas fragancias de pinos, romero y lavanda que había en el lugar y tierra mojada, pues había llovido por la tarde.

De repente aparecía una pequeña burbuja de jabón. Al principio le cubría la yema de un dedo. Pero poco a poco, iba engulléndolo hacia su interior. Se sentía seguro y feliz dentro de ella. Luego sintió que comenzaba a volar, aquella pompa enorme de jabón con él dentro, se estaba elevando hasta el cielo. Veía la Tierra lejana mientras se aproximaba al Sol.
Cuando llegó allí, encontró un pequeño hueco en un cráter en el que encajó a la perfección. Iba saltando de hueco en hueco, creciendo en su burbuja hacia un agujero más grande. Tanto se agrandó dentro de su burbuja, que llegó a cubrir al mismo Sol, sin pretenderlo.

Cuando se cansaba de crecer saltaba a la Luna. Estaba fría, oscura y en su burbuja sentía que se hacia pequeño, del tamaño de la punta de un alfiler para encajar también en sus pequeños agujeros. Le divertía ser diminuto por un rato, cuando decidía cambiar saltaba de nuevo al Sol, para crecer y sentirse poderoso.

Tanto disfrutaba del proceso de cambiar de tamaño en su burbuja, que un día ya no necesitó esconderse en los enormes y calientes cráteres del Sol. Creció sin miedo hasta superar el tamaño del Sol y convertirse en un estrella que iluminaba con su propia luz, también era capaz de iluminar la galaxia.

Así eres Pedro.¡Encajas, encajas, encajas! Sigue tu luz, no necesitas que los demás te acepten. Se creador y verás que pronto otros intentarán encajar en tu vida. Aquellos a los que de verdad les importes, te aceptarán y pasarán por alto tus manías. ¡Quiérete, ama a los demás y no veas imposibles! No aceptes que te dejen fuera de la maravillosa aventura de vivir.

El chico abrió los ojos sorprendido ante las palabras de su madre. Tenía muchas manías que otros parecían no soportar, a veces ni su propia familia, pero debía empequeñecer sus defectos y agrandar sus virtudes como era tener un corazón de oro que no se atrevía a juzgar a los demás. Para él todas las personas encajaban.

-Fin-



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