Le
gustaba abstraerse del aburrimiento que le producía estar en
silencio. No lograba comprender como los demás alumnos podían pasar
horas escribiendo y leyendo, los miraba y parecían disfrutar con
aquello. Sin embargo, el necesitaba sentir y observar la vida, como
la de aquel insignificante insecto volador que en ese preciso
instante sacudía sus neuronas en un impulso irrefrenable de
prestarle toda su atención. Había entrado por la ventana de la
clase para liberarle, acudiendo en su auxilio, que contento estaba,
dejó de pinchar la goma de borrar que yacía entre un montón de
virutas diminutas esparcidas sobre la mesa.
-A ver
¿qué estás mirando? ¿Te parece más interesante una mosca que lo
que los demás estamos haciendo?¡Esto es inaguantable!-gritó su
malhumorada profesora que no sabía cómo hacerle comprender las
normas-Trae tu agenda, le pondré una nota a tu madre para que sepa
en qué pasas el tiempo.
Estaba
acostumbrado a escuchar cosas así. Solo impactó la primera frase
que le resultaba interesante. ¿Qué estás mirando?¿Acaso no lo
había pillado? Aquella pregunta era tonta. Así que siguiendo la
rutina le llevó la agenda a su mesa, sin apartar la vista de los
revoloteos de la mosca, no fuera que se perdiera lo que hacia en ese
momento.
No era
un alumno molesto. Estaba acostumbrado a vivir solo en aquel entorno
lleno de normas que le costaba seguir. No iba a ser un empollón, por
más que su madre se empeñara en forzarle a estudiar, estaba
interesado en otros temas como el fascinante comportamiento de los
insectos en los que nadie solía reparar.
Su
extraño comportamiento tenía una explicación: era un síndrome
Asperger. Sólo veía con la luz del corazón, la mente no era una
buena guía porque muchas veces lo confundía. Era un chico puro sin
contaminar, donde la bondad renacía cada día. Peculiar, que no
comprendía porqué no lograba controlar su comportamiento, cuando se
enfurecía decía y rompía cosas, que luego deseaba tener. Una vez
alguien le explicó que su cerebro era como una luz fluorescente que
está a punto de fundirse y recibe corriente a diferentes niveles que
la hacen titubear, no se apaga pero tampoco puede lucir del todo.
No
sabía diferenciar sus estados de ánimo, había que explicarle
porque no lograba comprender por qué sentía lo que sentía, le
costaba ponerse en la piel de otra persona, pero si recibía una
charla sin gritos positiva lograba comprender lo que hacía mal,
aunque al día siguiente no pudiera evitar olvidarse y repetir de
nuevo el error. No sabía utilizar las herramientas que los demás
de manera intuitiva aprendían, ya que no tenía una intuición
fiable. Se guiaba por sus deseos del momento y pocas veces pensaba en el de los demás, por lo que el mundo de habilidades sociales para
atraer amistades estaba blindado para él. No le importaba demasiado,
le apetecía estar solo en muchas ocasiones. Pero en otras cuando
intentaba jugar con el grupo era rechazado, ya que él nunca quería
participar y los demás ya no lo aceptaban, por la rareza de su
comportamiento.
No es
que quisiera estar solo, es que no encontraba nadie que quisiera
compartir con él su interés por los insectos, así que aquel deseo
de ahondarse en el conocimiento de los bichos, lo excluía de
actividades deportivas de gran aceptación popular, como jugar al
fútbol. Cuando se ponía a hablar de los temas interesantes que le
apasionaban, no se daba cuenta que a los pocos minutos el otro niño se aburría y terminaba ignorándole.
Adela
su madre, se preguntaba a veces si no debió llevarlo antes a que lo
valoraran. Su deficiencia fue diagnosticada tarde, cuando empezó el
acoso escolar en su primer año de instituto. Hasta bien entrado el
curso no supo nada de que su hijo estaba siendo maltratado de manera
habitual por algunos alumnos de su misma clase. La noticia le llegó
de manera casual a través de algunos compañeros de colegio que
asistían al mismo centro y estaban hartos de ver las tremendas
humillaciones que recibía.
Estaba
enfadada y decepcionada, había confiado que la seguridad estaba
garantizada en los centros educativos. Ingenua, se dijo muy
frustrada. Había puesto toda su confianza en aquel equipo de
profesores que ahora creaban barreras infranqueables de educación
estricta en torno a su hijo.
Cuando
un profesor se encuentra con algo que no comprende emite juicios
hirientes como “no trabaja lo suficiente, no trae los deberes, no
participa, no está atento” ¿Acaso le estaban negando su
existencia a un chico porque no comprendían cómo hacerle funcionar?
Por supuesto, lo excluían y atacaban sin piedad.
Fue
el motivo por el que buscó ayuda psicológica fuera porque allí no
estaban para resolver problemas personales. Quería hacerse cargo de
la educación de Pedro, pero el sistema no contemplaba esa
posibilidad. Así que para no ser denunciada debía obligar a su
hijo a asistir a unas clases que no eran para él, ya que no las
seguía con interés.
Quizás
había sido una madre tan protectora que había dejado sin
desarrollar su propia capacidad de defensa. En este punto se
equivocaba, jamás tuvo un escudo protector porque no pensaba que lo
necesitara.
Pedro
era un niño pequeño con una madurez de ocho años rodeado de
adolescentes en fase agresiva, peleando por destacar y doblegar a los
demás por la fuerza. Cuando el psiquiatra infantil le dio el
diagnóstico se sintió horrorizada. ¿Cómo podía permitirse que
chicos con esas dificultades especiales de enseñanza asistieran a
clases de rendimiento normal, sin recibir ningún apoyo pedagógico?
A sabiendas que serían acosados, porque eran demasiado fáciles al
no tener capacidad defensiva.
Necesitaba
profesores comprensivos, que no se cansaran de repetir las normas
cada día. Él seguía rutinas. Y para crearlas había que repetirlas
una y otra vez, hasta conseguir fijarlas. Ojalá existiera un equipo
de profesores con la capacidad de ver su sufrimiento y su limitación,
así podrían avanzar y aprender. Sin embargo recibía órdenes y
deberes de docentes que se columpiaban en los estrictos requisitos
que habían tenido que pasar para dar clases ya que les exigían ser
licenciados en la materia a impartir, aunque no tuvieran dotes para
trasmitir los conocimientos adquiridos. Adela pensaba que mucho de
aquellos profesores podían ser Asperger, ya que carecían de empatía
y su rigidez mental dejaba poco espacio para trasmitir conocimientos.
Mantuvo
tres años aquella aventura de enviarlo a un instituto para no
avanzar nada. Intentado averiguar a través de sus comportamientos si
seguía siendo acosado. Muchas veces llegaba muy enfadado y rompía
cosas, suponía que sí, que aquello no iba a parar nunca. Era muy
difícil llegar a los sentimientos de Pedro. Confundía la amistad
con el abuso y permitía que se pasaran con él sin defenderse. Es
más protegía a los abusadores porque le caían bien. Su hijo estaba
empezando a aceptar ser castigado en un clima hostil, donde si no se
chivaba le pegaban menos y al final le dejaban en paz, siempre que
les diera dinero o cosas, debía comprar su seguridad.
Cansada
de tropezar con un sistema lleno de excusas, palabras y ninguna
solución, decidió sacarlo del centro a la edad de diecisiete años.
No había aprendido nada ya que fue pasado de un curso a otro sin que
a nadie le importara lo más mínimo. Ellos estaban para dar clases a
los que tenían un verdadero interés por aprender, no para estar
detrás de los que carecían de autonomía. No le gustaba que a
partir de entonces ya no se socializaría, pero no iba a conseguir
sacarse los estudios por el sistema normal.
Estaba
enfrentada a un sistema educativo que no admitía adaptaciones.
Escuchó muchas opiniones hirientes, la peor la de su última tutora
que le llegó a decir al chico que le parecía injusto que fuera a
sacarse todo el ciclo de la ESO en una prueba. O sea que se lo iban a
regalar...
Ningún
profesor de los que tuvo, conectó con Pedro. Solían emitir juicios
idénticos sobre su insoportable comportamiento. Lo cierto es que
se sentían fracasados como docentes ante él que además demostraba
conocimientos autodidactas sobre las materias de su interés. A Adela
no le importaba, iba a ayudarle a conseguir pasar la prueba, al menos
no se quedaría descolgado y sin formación.
Pedro
consiguió aprobar la prueba, al fin tendría un reconocimiento a su
esfuerzo, la validez del nivel de conocimientos de ESO. Adela buscaba
hacerlo encajar dentro de un sistema que no contemplaba
discapacidades psíquicas, ya no eran reconocidas de manera
permanente por el sistema de salud.
Un
síndrome era algo que no tenía cura, siempre se iba a mantener en
el individuo que lo sufriera, sin embargo cada tres años debía
someterse a las duras pruebas para seguir siendo reconocido como
discapacitado. Pedro no aceptaba ser inferior a los demás, su madre
no iba a poner un título a algo que ya no importaba. Era mejor que
no se supiera, más fácil de encajar. Así que dejó de acudir a los
exámenes valorativos para conservar la discapacidad, más que una
protección fue una losa.
Adela
tuvo que hacer continuos esfuerzos por desaprender lo aprendido para
comprender a su hijo. Funcionaba con estrategias. Era tremendamente
cabezón y desorganizado. Había que mostrarle un único camino para
hacer las cosas dada la inflexibilidad de su mente. Debía aprender a
caminar dentro de una sociedad, donde ser diferente excluye.
Por
supuesto quitaron la etiqueta de síndrome.¿Para qué si no le
valía para nada?Pasó a ser Pedro a secas. Olvidaron los
psicólogos, psiquiatras y no tomó en ningún momento medicación
alguna. No la necesitaba. Era normal dentro de su comportamiento si
se sabía lo que le ocurría.
Un día
su madre inventó un juego para aumentar su autoestima. Pedro debía
imaginar que estaba una noche oscura en el centro de un lugar
primitivo, rodeado de árboles, se escuchaba el agua fluir por la
proximidad de un pequeño río, el cielo estaba plagado de estrellas.
Había una hoguera con fuego de leña que iluminaba la oscuridad. El
aire olía a las intensas fragancias de pinos, romero y lavanda que
había en el lugar y tierra mojada, pues había llovido por la tarde.
De
repente aparecía una pequeña burbuja de jabón. Al principio le
cubría la yema de un dedo. Pero poco a poco, iba engulléndolo hacia
su interior. Se sentía seguro y feliz dentro de ella. Luego sintió
que comenzaba a volar, aquella pompa enorme de jabón con él dentro,
se estaba elevando hasta el cielo. Veía la Tierra lejana mientras
se aproximaba al Sol.
Cuando
llegó allí, encontró un pequeño hueco en un cráter en el que
encajó a la perfección. Iba saltando de hueco en hueco, creciendo
en su burbuja hacia un agujero más grande. Tanto se agrandó dentro
de su burbuja, que llegó a cubrir al mismo Sol, sin pretenderlo.
Cuando
se cansaba de crecer saltaba a la Luna. Estaba fría, oscura y en su
burbuja sentía que se hacia pequeño, del tamaño de la punta de un
alfiler para encajar también en sus pequeños agujeros. Le divertía
ser diminuto por un rato, cuando decidía cambiar saltaba de nuevo
al Sol, para crecer y sentirse poderoso.
Tanto
disfrutaba del proceso de cambiar de tamaño en su burbuja, que un
día ya no necesitó esconderse en los enormes y calientes cráteres
del Sol. Creció sin miedo hasta superar el tamaño del Sol y
convertirse en un estrella que iluminaba con su propia luz, también
era capaz de iluminar la galaxia.
Así
eres Pedro.¡Encajas, encajas, encajas! Sigue tu luz, no necesitas
que los demás te acepten. Se creador y verás que pronto otros
intentarán encajar en tu vida. Aquellos a los que de verdad les
importes, te aceptarán y pasarán por alto tus manías. ¡Quiérete,
ama a los demás y no veas imposibles! No aceptes que te dejen fuera
de la maravillosa aventura de vivir.
El
chico abrió los ojos sorprendido ante las palabras de su madre.
Tenía muchas manías que otros parecían no soportar, a veces ni su
propia familia, pero debía empequeñecer sus defectos y agrandar sus
virtudes como era tener un corazón de oro que no se atrevía a
juzgar a los demás. Para él todas las personas encajaban.
-Fin-
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