miércoles, 8 de diciembre de 2010

El secreto de Pantera


María había llegado al mejor momento de su vida, ese en el cual todo debe transformarse y pasar del verde ocre estatua a figura pulcra en movimiento. Sabía el alto precio de su osadía, entrada en años y vacía necesitaba sentir emerger de la crisálida a su aún fértil mariposa de color. Tenía que recorrer su camino,surcada por los vientos cortantes de la soledad, encadenada al hierro frío del miedo a hacerlo así sin protección, abriendo las alas al aire fresco limpio de la vida, sintiendo libertad, donando su fortaleza con cada aleteo de amapolas y margaritas Vivía en ese exacto instante existencial en el que una persona sencilla presiente que es su última oportunidad de hacerlo. Había sido transparente, una mujer sin poder ni voz, ausente, que ha pasado por la vida como un fantasma adiestrado, siguiendo el modelo que otros han creado pero que no satisface su necesidad creativa de verse ante el espejo viva. Era una mujer hermosa que se está marchitando sin volar, sin sentir ni una sola vez que su gris existencia es un arco iris fugaz.

María recorría su vida de silencios pasados mientras se revolvía en la cama, poseída por el rugir una pantera caliente, preparada para la más feroz de las batallas, Sus entrañas la devoraban y necesitaba la carne de otros para acallarlas. Era hora de dejar sentir la fuerza del acople salvaje de un varón insaciable que regara su sed de años vacíos en los que la vida y las estaciones habían transcurrido para otros y los que ella petrificada había vivido una vida autómata donde ella había estado en coma.

Federico la escuchó callado, al principio pensó que bromeaba pero al ver los papeles del divorcio supo que iba en serio, sintió una traición, una brecha en su corazón sin entender que había hecho mal, no pudo aceptarlo. Y la odió más allá de la razón por ser capaz de abandonarle, ahora, después de una vida juntos en la que ella había dormido tantas noches a su lado siendo la más tierna amante fiel pura.Ella no cedió a la compasión, ya no le quedaba mucho tiempo a su cuerpo y se alejó con sus bolsillos vacíos, sin tener miedo a la realidad. Por primera vez iba a oír algo diferente a una orden impuesta, huía veloz de la necesidad de tener un sueldo estable y unas facturas pagadas. Se alejaba de la comodidad sin nada, para entender al sonido de su corazón que emergía virulento de las profundidades del mar como un volcán sin lava, creando una ilusión sin isla donde anclarla, sólo basaba su decisión en la frugalidad de una fantasía compartida en unas letras escuchadas de otra alma.

Carlos la había dirigido a aquella decisión. Sus armas seductoras de un amor sin quión ni promesas, la habían convencido, él no le prometió nada, sólo intentaba hacerla feliz haciéndole ver que no era aquella vida la que ella deseaba vivir. Entendió su alma de mujer y la liberó de la servidumbre oscura de ser una estatua gris en la vida de un hombre que sólo es feliz viendo la tele tumbado en el sofá. Él la quería para convertirla en reina de su propia obra a cambio ella debía ser una mujer libre y crecer antes de convertirse en su amante.

Los meses posteriores al divorcio fueron durísimos, sin caricias ni abrazos, siempre sola esperando que Carlos llamara.Estaba confundida, perdida en la nada y llegó a odiarlo. Él no estaba dispuesto a resolver su vida, la quería fuerte y retadora, herida tras cada derrota y dispuesta a levantarse, crecida como la corriente de un río tras una tempestuosa tormenta de lágrimas amargas, con fuerza y valor. La quería independiente y autosuficiente, no quería una mujer sumisa que le complaciera, deseaba ese continuo desafío que tanto lo enamoró. Y la dejó sola, rencorosa y llena de reproches, probando la fuerza del amor y visitándola esporádicamente en algún que otro correo para saber como se encontraba. Nunca hubo sexo ni pasión. La vigilaba y la amaba, pero nunca deseó tenerla para siempre, sólo necesitaba nutrirse de sus sentimientos, ver que el amor verdadero siempre vuelve a serlo. Carlos sabía que María siempre lo amaría porque siempre lo soñaba de una manera diferente, con ansia, con ganas de amar y ser amada.

Pero la carne femenina es tierna y compacta, deseable a los ojos de los hombres. Y María tenía un hormiguero de deseo entre las piernas, deseaba apuestos amantes que la cubrieran y reventaran de placer, al menos disfrutar del sexo, ésa era su meta. Y no tardó en descubrir que la maldición del amor es hechicera porque domina cada célula de la piel y del pensamiento. Nos traiciona la mente, que siempre se aleja en busca de la persona que ronda como un panal de abejas en el cerebro condensado de tantas imágenes inventadas y hace sentir el sexo como un bote de leche caducado que nadie saber abrir porque falló el envasado. Así se sentía María tras cada hombre que no descubría porqué ella nunca llegaba al orgasmo.

Bella hembra de carnes duras y firmes, aún en su edad madura de la imperceptible realidad de envejecer y parecer joven, gracias al envoltorio de cuidados y mimo, conseguía ser una rosa roja con pétalos dentro de un jarrrón sin aspirina. De olor penetrante y lujuría atrapada en sus ojos oscuros, brillantes y serenos. Caminaba con orgullo, con gran porte femenino, motivo por el cual hacía volver la mirada a muchos hombres, era un deseo, un secreto femenino encubierto que muchos varones codiciaban.

Mujer selectiva, de ego y pasión envolvente como el sonido de un televisor, no se dejó vencer por la falta de ilusión, conseguía a sus amantes tras hacer un pequeño estudio íntegro de su posible personalidad sexual. Luego callaba su decepción tras el acto para no desanimarles, nunca fingía un orgasmo, disfrutaba sí, pero sin culminar. Ellos no comprendían cómo una mujer después de tanto sexo era incapaz de alcanzar un orgasmo con su enorme fogosidad, sólo un simple placer. Ella, tras presentir en sus primeros encuentros que los hombres no la comprendían y nada sabían de sensualidad, al menos de la suya, imaginó para no defraudarse de sí misma cuál era el motivo de su castidad sexual; sin duda el amor. El inmenso torrente denso y viscoso que atrapaba su corazón, cada poro de su piel, su mente negaba ser satisfecha. Sólo su fiel amante de palabras y sueños lo conseguiría, su Carlos que en la distancia siempre quiso ser la luz que guiaba sus pasos. Como un haz de luz brillante que la iluminaba y le daba fuerzas para seguir afrontando tantos días sin calidad.

María lo quería enterrar en ese recuerdo que fue causa de su divorcio, lo olvidaba una y otra vez, para poder seguir viviendo sola Él la quería a su forma, pero nunca acudía a ella para tener esa primera noche de sexo donde las almas fornicarían como panteras. Ella sudó el dolor de la decisión mortífera de no ser poseída por un perro salvaje y lo amó con el silencio de los días y la soledad de las noches.
Pero un día todo cambió, fue un simple accidente en el que pudo haber muerto. El helor de las mariposas acechantes negras lo encolerizó. Pensó en como un idiota como él puede irse sin amar a la mujer de su vida, no, no podía seguir viviendo sin conocer esa carne tan admirada, prefería vivir sin alma a que ésta lo abandonara furtivamente por un atropello causual de la vida, que decidiera poner destino al ciclo renovador de la existencia humana, nadie es eterno, ni juega con las mejores cartas. Meditó noches enteras perdido en el ron y la música de su sentimientos, hasta que no pudo contenerse más y se dio a conocer en una invitación a la realidad. La volvió a seducir esta vez con nombre, cara y oficio y ella misma fue descubriendo en esas palabras a ése hombre del pasado, al hombre que rompió su vida en cien pedazos sólo con la fuerza de las palabras. Pero pese a que esta vez era real, el no se decidía a conocerla. Temblaba y se maldecía por cobarde, lleno de ira hacia su propio egoismo de querer vivir sin ella. A veces incluso se engañaba y parecía estar bien solo, pero sólo a veces siempre volvía a ella.

Ella seguía sin conseguir disfrutar en la cama, amarrada a la fuente de la seducción cerebral que sólo movía su cuerpo en una única dirección, Carlos.

Y un día cuando ella ya no lo esperaba, en una madrugada fría él aterrizó en Madrid, sin avisar. Carlos viajó desde la locura de su vida llena de estrés y días solitarios a sus brazos. La llamó al móvil desde un hotel cercano a su casa. María se encontró al descolgar con una voz fuerte, de acento extraño y ajeno, pensó al principio que era una broma de alguno de sus antiguos amantes que necesitaba recuperarla y le ofrecía uno de sus caprichos más deseados; una noche romántica en un hotel. Pero tras cada palabra de aquella extraña conversación de madrugada, asomó el alma de ese hombre, tierno y fiel al amor, que ella adoró durante tanto tiempo. La voz de María se quebró, tan segura y decidida para todo en la vida, era ahora una débil fémina que apenas podía seguir el ritmo del aliento de la risa feliz de Carlos. Jugó con ella unos minutos, confundiéndola, hasta que finalmente le dijo estaba cerca e iba a verla.

-Dime donde debo ir María, no recuerdo dónde está tu casa- le pidió con voz melancólica al instante.
-Avda. de los laureles, 32 cuarto piso, letra C.
-María querida estaré allí lo antes posible, espérame mi amor, voy a recompensar todo lo que tu me has dado.
-¡Carlos! ¡Ouhhhh! Al fin aquí, no puedo creerlo, no sé si voy a ser capaz de hablarte.
-Calla María y disfruta de este sueño en una hora, te veo.
-Vale...
-¡Chao!

Tras esos minutos estimulantes de pasión cerebral, su mecanismo sexual se puso en marcha. Sólo con imaginar que compartiría cama con Carlos su sexo atractivo y bello comenzó a excitarse, su himen se inchó como el de una perra en celo. Se dió una ducha y el contacto del agua con su pubis fue fatal, la enloqueció aún más. Así que abrió su raja para recibir el chorro directo, intentaba limpiar los restos de lubricante blanquecino natural que caían como una suave lluvía de primavera. Sintió vergüenza, llegaría Carlos y la vería tras la ducha con las bragas empapadas, oliendo a hembra de mar, ni el protege slip la salvaría de tanto riego natural. Así que enrrolló con rapidez en una toalla, se secó friccionando con fuerza su zona intima para terminar de animarla y fue hacia la habitación. Dejó caer con rapidez la toalla y se tiró en la cama. Fue arrastrándose como gata en celo, frotando su sexo con las sábanas quería sentir que las sábanas la deseaban. Se tumbó boca arriba, metió sus dedos en la abertura vaginal de un solo golpe, como habían hecho muchos hombres para hacerla gritar. Sintió dolor y placer, sacó su masturbador revolucionario a pilas de doble aplicación del cajón, tenía que liberar esa tensión. El vibrador la poseyó profundamente, gozaba y gritaba pensado en Carlos. Su mente estaba confusa y caliente así que en un estado de climax total, usó la parte pequeña del masturbador reservada a excitar el clítoris para penetrar su culo. Fue doloroso y excitante sentir ese pequeño quisme agitarse en el interior, ella quería que fuera Carlos así que lo dejó hacer mientras agitaba con fuerza su clítoris. Se corrió sin mucho placer, el culo la incomodaba, era la primera vez que se atrevía a meter un objeto por aquel lugar olvidado al placer. Pero sabía que Carlos la follaría completa, él no quería resistencias ni límites. Así que necesitaba experimentar si lo resistiría. Preparaba su mente y su cuerpo para sentirlo a él con mucha más fuerza y dureza, sometiéndola a una pequeña tortura dominadora donde nunca volvería a ser la misma hembra.

Se levantó aliviada, vistiéndose rápidamente con un conjunto de lencería y una camiseta larga. Dejó intencionadamente las sábanas empapadas con el olor propio de su ostra recién abierta. El intenso aroma de la habitación era excitante, olía a mujer y sexo. A Carlos le encantaría saber que ella había disfrutado pensando en él. Llegó a los poco minutos, nada más verla supo que ya la había poseído, que ella terminaba de disfrutar de un orgasmo. Se lo dijo el chispear de su mirada brilante, de ojos negros de lucero. Fueron a la habitación y con delicadeza la tumbó, su sexo estaba preparado, su culo excitado, cosa que valoró muchísimo sabía que ella lo había preparado para él. No hicieron falta palabras. Carlos deboró con pasión su vagina, la consumó con su lengua y la penetró con ella todos los lados. Tras estallar ella en un segundo orgasmo le preguntó, tenía que vencer la última duda.

-¿Deseas darme tu zona virgen guardada sólo para mí?
-Lo deseo Carlos, ya sabes que tú has conseguido lo que nadie, que me corra en la cama.
-¿Seducí pues tu mente?
-Lo hiciste tan bien que me corro con tus palabras
-Entonces voy a penetrarte, no grites y siénteme con pasión como la mujer fuerte que eres.
-Así lo haré, lo prometo.

María se puso como una perra, abierta a tope y agachada para ser poseída por detrás. Carlos agitó su pene, estaba duro y muy erecto. Lo untó con lubricante y cuidadosamente con su mano penetró el culo de María con aquel líquido transparente en exceso, no quería hacerla daño. Y se la metió de un solo golpe. Ella no retrocedió, cumplió su promesa. La poseyó salvajemente durante una hora en la que las únicas paradas eran para que ella volviera a levantar su picha cansada de tanto fornicar. Lo hacía muy bien, con su boca. María se corrió inexplicablemente varias veces de gusto y placer. La posesión de él, tan despiadada y salvaje la excitaba muchísimo.

Descansaron un rato, tomaron algo para aplacar el hambre y vuelta a empezar. Una y otra vez el la poseía por cualquier lugar y ella de dejaba hacer sin oponer resistencia. Así pasaron la madrugada, fornicando como insaciables amantes y dormitando breves sueños de fugaz descanso. Al llegar la mañana se levantaron para darse una ducha y despejarse. Eran los mismos que de nuevo mojaban las ganas de seguir amándose.

Pero María no quería dejarlo ir sin más. Así se lo soltó en la mesa sin más preámbulos.
-Carlos, te irás te he dado todo esta noche, pero necesito algo de tí.
-¿Una foto? ¿Qué pues?
-Tu alma.
- Pues no sé como harás para quedártela.
-¿Me dejas probar sin limites?
-Carlos dudó al ver sus ojos de hembra sin censura, pero tras aquella mirada de pantera se escondía la dulzura de un tierno corazón, sí, respondió seguro de aceptar ése trato.
-Empecemos, que ya es tarde.

Fueron a la habitación buscando el refugio del calor de las sábanas mojadas de tanto sexo pasión. María comenzó a comerlo con suavidad. Llegó a sus bajos, se entretuvo en jugar con cada zona y pliegue de su piel y sin querer sus dedos penetraron en su culo. Él no dijo nada. Ella quería follárselo y siguió haciéndolo, mojando sus dedos con su propia saliva. Agrandó la abertura y paró de repente. Buscaba algo... el masturbador. Carlos la miró a los ojos sorprendido pero los volvió a cerrar, lo había prometido y debía cumplir. Así que ella complacida mojó el aparato bien lubricado y se lo introdujo todo, sin censura. Mientras chupaba y lamía su pene hasta hacerlo estallar en un pletórico orgasmo.

-Nunca he sentido nada igual, María, eres tremendamente diferente al resto.
-Lo sé, tenía que hacerlo. ¿Dónde está tu alma Carlos?
-Lejos de mí, se queda contigo.
Se vistieron sin prisas, el tiempo no era eterno y él debía regresar a su vida. Ella seguir viviendo sin aquello. Pero el amor volvió a juntarlos tantas veces en la vida que las horas que no compartían juntos eran borradas de sus mentes. Contruyeron un puente de momentos y pasión y así unidos llegaron a los días grises de una vejez imparable.

Techum

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