sábado, 25 de diciembre de 2010

La sombra de Olvido

Olvido le puso su madre, porque cuando nació quiso olvidarse de los dolores del parto y porque al verla supo que iba a ser una una mujer inolvidable. Cada vez que ella trataba de explicar a sus amigos el origen de su nombre, éstos reían abiertamente, era una mujer con mucha gracia, lo hacía con seguridad bien ensayada y siempre era origen de la conquista. Ella sabía muy bien que si con la explicación conseguía seducir, tendría una historia que recordar, buena o mala.

Ahora de pie, frente al espejo trataba de liberarse del pudor, huir de la rutina de un sexo con sabor a repetición. Mario la observaba tumbado en la cama, ese extraño brillo que descubrió en sus ojos le hizo intuir que de nuevo ella conquistaría su mente con un nuevo placer. No podía resistirse ni quería, ella era magia, renacer un nuevo día descubriendo fronteras que jamás había penetrado. Olvido era la mujer de su vida, no podía negarlo y se rendía a sus pies y juegos de seducción. Ella lo estudió fijamente con su mirada intensa de misterio inquietante através del espejo, él apuraba un cigarrillo aparentaba estar tranquilo pero un escalofrío recorría todo su cuerpo, expectante controlando sus impulsos, deseando que ella lo poseyera de nuevo con salvajismo.

Sonrió con una mueca de mujer malvada, tras unos minutos de silencio estudiado. El sintió recorrer en todo su cuerpo un miedo atroz. ¿Que haría esta vez? ¿A qué locura lo llevaría de nuevo? ¿Cuánto tiempo pasaría luego reviviendo cada escena? No quiso pensar en eso, quería pagar ese precio de soñarla todas las noches sin tenerla más que de vez en cuando.

Ella se dirigió hacia el equipo de música. De nuevo la voz sensual de Alejandro Fernández, el mexicano, sus historias románticas de amor y equivocación apasionadas. Él odiaba a este hombre que tanto la conquistaba con su voz, pero cedió y aguantó el suplicio de oírlo una vez más. Ella dejó caer su pijama de franela rojo, hacía frío, así que puso la calefacción fuerte para calentar bien la habitación. Una ropa intima de color negro y rosa embelleció su hermosura natural. Sujetador lleno de encajes, elevando sus senos redondos y firmes, la copa C los hacía parecer aún más abundantes, dibujando un canalillo que sólo se consigue con una buena pechuga. Unas bragas de bailarina negras, repletas de volantes y transparencias, la convertían en diosa de la seducción. Y bailó conectando con Mario a través del espejo. Se quitó todo lentamente, abrió la cómoda y sacó un masturbador. Lo pasó lentamente por todo su cuerpo y se detuvo en aquellas zonas que él deseaba poseer. Le insinuó el tipo de sexo que quería vivir. Aquella noche quería sexo salvaje, sin límites.

Marcó con el aparato su piel. Lo metió de golpe en su raja y regresó de la oscuridad de la caverna bañado con abundancia. Él la seguía absorto, perdido en un mundo desconocido. Sonreía como una hembra voraz por el hambre. Se volvió por sorpresa para mirarlo sin más contemplaciones A él siempre lo sorprendía con sus decisiones, pero no dejó de mirarla sin temor. El masturbador mojado rozó toda tu piel, senos, caderas, muslos y volvió a entrar de un solo golpe. Ella de pie frente a él, sus piernas abiertas y aquello agitando sus entrañas con dureza, chocando contra su cuello uterino como un tambor de ritmo salsero. Sus miradas se unieron, ella gemía lo sacaba y metía, lo sacudía con fuerza y luego descansaba. Los pechos erectos, su piel erizada. Mario estaba paralizado mientras su pene se elevó con una dureza dolorosa, estaba fuera de sí y ella ni tan siquiera lo había rozado. Olvido jadeaba, sonidos bajos y disfrutaba, alcanzó sin detenerse uno, dos, orgasmos. Durante más de una hora insaciable estuvo así satisfaciendo su cuerpo. Mario controlaba su deseo para no reventar de placer, sabiendo que ya no era él, sino la sombra de ella, un don nadie.

Cuando ella se cansó de correrse, quitó el masturbador delicioso de silicona y forma de pene anillado color rosa y lo tiró sobre la cama, cayó al lado de él.

-Si quieres poseerme, ¡chúpalo!- ordenó con claridad y voz de mango.
-¡Olvido, por favor!-súplicó él algo descontento por la maniobra inesperada.
-¡Chúpalo y me tendrás!

El fuego de sus ojos negros dejó todo sentenciado. Se sometía o aquello se acababa en aquel instante.Mario con el orgullo herido, no pudo más que ceder. Lo había mantenido al borde del orgasmo todo ese tiempo y no estaba dispuesto a quedarse sin el premio. Ella lo observaba de soslayo lamiendo el consolador mientras buscaba en el armario algo para provocar un nuevo climax. Utilizó como armas del placer; unos tacones muy altos rojos, un picardias a juego con los zapatos transparente, dejaba descubierto a medias su sexo. Así ataviada se situó de nuevo frente al espejo para pintar sus labios rojo pasión. Él seguía allí, inmóvil esperando la oportunidad del actor secundario que está haciendo de extra en una película y se deja utilizar esperando ser un día el protagonista. La música seguía sonando pero ya Alejandro ya no le nublaba la mente con la cólera, lo había eliminado, sólo era una voz, no el protagonista de aquella noche. Ella sirvió una copa de champán con zumo de fresa, esa noche todo sería de color de rosa, rió, mientras se la ofrecía. Se sentó al borde de la cama y bebieron juntos en un extraño brindis. No se tocaron. Al terminar la copa, ella fue de nuevo frente al espejo y sonó con dulzura de melocotón: " haz lo que desees hacer, ya sabes, sin límites". Mario saltó como un tigre para acudir a su lado, seguía empalmado. La inclinó hacia adelante besando con cariño su hombro. Y se agachó para lamer su culo. La preparó bien, pasó su lengua una y otra vez, haciéndola jadear de placer y untó con abundacia su recto con el lubricante que había sacado del primer cajón de la cómoda. Y se la folló como nunca lo había hecho. Ella no se quejó y aguantó docilmente sus embestidas. Sudaban, sus bocas se enroscaban como serpientes que precisan permanecer unidas en un cópula infinita de días y noches. Las caderas de él se parecían a las ruedas de un tren de alta velocidad. Ella sentía tanto dolor y placer que sólo gritaba en susurros ¡Oh, Mario, Mario! el sonreía y contestaba ¡toma, toma!. Follaron como fieras salvajes. Él retuvo su orgamo para no perder la fuerza. Aquella noche no quería más que poseer su culo tan perfecto y duro.

La llevó a la cama, a la cocina, al baño variando las posiciones pero no el lugar por la que la penetraba. Ella gemía y ya no se encontraba así misma, era esclava del placer. Por primera vez era Mario el que dominaba, amo del placer absoluto. El ego masculino se elevó y se alegró de recuperar su hombría. Ella era de él, sólo de él por primera vez y ya no tuvo reparos para apagar a ese dichoso Alejandro que tanto lo jodía vivo. Tras horas de desenfreno cayeron en la cama sin voluntad. Durmieron juntos como almas que se acaban de encontrar.

Al amanecer, ninguno de los dos se podía mover, estaban molidos, ella reventada de tanto orgasmo y dolor. Él con su pene en carne viva de tanto meter y sacar. Se miraron y sonrieron de felicidad. Habían roto una nueva muralla que los acercaba más y más al verdadero secreto de la vida donde los únicos límites son los sentidos. El amor flotaba en le ambiente como el incienso lo hace en la estancia de una echadora de cartas que se guía por el poder de su intuición. En el techo de la habitación Olvido veía la sombra de dos olas rugosas que se atrapan en una marea salvaje de un mar azul intenso, sin dueño ni tiempo y enmarcaba ese momento en un cuadro con fondo de cielo luminoso. Sabía que lo vería siempre allí colgado, invisible para el resto de los humanos.

Mario pensaba en otra cosa, era un hombre. Deseaba volverla atrapar en aquel sueño, esclavizarla para siempre. Era lo que más amaba en este mundo y pagaría el precio de su lujuria. Ella era el aire y el aroma que quería respirar a cada instante. Encendió un cigarrillo y en cada bocanada dibujó un círculo que imaginaba en forma de corazón rosa en donde ellos flotaban livianos protegidos por las murallas de una gran historia de amor.

Techum

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