Aprendió a hablar a solas. Siempre inventando historias al ritmo de la música del momento en las que ella era valorada, querida, respetada, feliz...
¿Cuántas veces había dejado de ser ella para satisfacer los deseos de los de más? Demasiadas, de tanto dar se fue anulando y anudando como las raíces amargas de un árbol que no es regado por el flujo de ningún río, charca o pozo de agua nutriente.
Cordelia, despertó del sueño. Lo hizo en una cama tras un explendoroso orgasmo, el primero en su vida que tenía en compañía de un hombre seductor, un salta camas que lo único que le motivaba era follar y follar con mujeres bellas.
Ella se levantó sin decir nada ¿cómo confesar que a sus 35 años no había sido más que utlizada vilmente para el placer del hombre sin llegar a disfrutar del sexo? Se despidieron amigablemente sabiendo que aquello no era más que sexo, liberación y conocimiento para ella, otra descarga más de orgullo y placer para él.
Pero su vena erótica erupcionó de su volcán más oscuro. Sus amantes a partir de entonces ,por doquier. A veces Cordelia sentía ganas de parar, de dejar de ser un objeto de placer satisfecho, pero el ritmo implantado la consumía, era una gran adicción que ya no podía contener ni quería.
En poco tiempo se convirtió en una amazonas de la seducción. No había hombre que no deseara su cuerpo y ella consciente de su enorme atractivo, lo exprimía una y otra vez, incansable porque era la diosa que siempre deseó ser en un sueño.
No había censura en el deseo, ni posición o proposición que no satisfaciera. Todo le agradaba y practicaba sin pudor. Las reglas del sexo son claras, cero de pasividad y realizar todo lo imaginable forzando el cuerpo hacia el infinito orgasmo del deseo cumplido.
Pero un día, una única frase enfrió su ritmo descontrolado de frivolidad, una o quizás fue su desidia acumulada desde algún tiempo por no tener nuevos horizontes que descubrir en la cama, fue simple "soy Juan el del viernes" aquello le sonó a tener Pepe, Jose Luis, Ismael, Roberto, Ángel el resto de la semana.
Cordelia decidió entonces que su cuerpo ya había explotado lujuriosamente en muchas pasiones. Era hora del cambio, de la mesura, del silencio y de soledad. Pasó mucho tiempo sin querer, sin desear, esquivando amantes hambrientos que no entendían su frialdad, ella que fue volcán en erupción y nunca se cansaba de dar y recibir placer, yacía apagada por la falta de ganas.
Se reencontró a si misma, valorándose, mimándose, queriéndose aún más que antes. Le gustaba calzar tacones y zapatos de calidad, escuchar el sonido de su paso seguro y sentir las miradas de deseo y admiración constantes, pero más aún sentirse dueña de su propia vida.
El miedo a ser desapareció desde que se atrevió a soñar en la realidad, a satisfacer su cuerpo lejos de las normas y el control de su vida pasada. Quizás saltó muchos muros innecesarios, pero supo volver a tiempo y reconquistarse.
Ella, es feliz siendo sólo Cordelia.
¿Cuántas veces había dejado de ser ella para satisfacer los deseos de los de más? Demasiadas, de tanto dar se fue anulando y anudando como las raíces amargas de un árbol que no es regado por el flujo de ningún río, charca o pozo de agua nutriente.
Cordelia, despertó del sueño. Lo hizo en una cama tras un explendoroso orgasmo, el primero en su vida que tenía en compañía de un hombre seductor, un salta camas que lo único que le motivaba era follar y follar con mujeres bellas.
Ella se levantó sin decir nada ¿cómo confesar que a sus 35 años no había sido más que utlizada vilmente para el placer del hombre sin llegar a disfrutar del sexo? Se despidieron amigablemente sabiendo que aquello no era más que sexo, liberación y conocimiento para ella, otra descarga más de orgullo y placer para él.
Pero su vena erótica erupcionó de su volcán más oscuro. Sus amantes a partir de entonces ,por doquier. A veces Cordelia sentía ganas de parar, de dejar de ser un objeto de placer satisfecho, pero el ritmo implantado la consumía, era una gran adicción que ya no podía contener ni quería.
En poco tiempo se convirtió en una amazonas de la seducción. No había hombre que no deseara su cuerpo y ella consciente de su enorme atractivo, lo exprimía una y otra vez, incansable porque era la diosa que siempre deseó ser en un sueño.
No había censura en el deseo, ni posición o proposición que no satisfaciera. Todo le agradaba y practicaba sin pudor. Las reglas del sexo son claras, cero de pasividad y realizar todo lo imaginable forzando el cuerpo hacia el infinito orgasmo del deseo cumplido.
Pero un día, una única frase enfrió su ritmo descontrolado de frivolidad, una o quizás fue su desidia acumulada desde algún tiempo por no tener nuevos horizontes que descubrir en la cama, fue simple "soy Juan el del viernes" aquello le sonó a tener Pepe, Jose Luis, Ismael, Roberto, Ángel el resto de la semana.
Cordelia decidió entonces que su cuerpo ya había explotado lujuriosamente en muchas pasiones. Era hora del cambio, de la mesura, del silencio y de soledad. Pasó mucho tiempo sin querer, sin desear, esquivando amantes hambrientos que no entendían su frialdad, ella que fue volcán en erupción y nunca se cansaba de dar y recibir placer, yacía apagada por la falta de ganas.
Se reencontró a si misma, valorándose, mimándose, queriéndose aún más que antes. Le gustaba calzar tacones y zapatos de calidad, escuchar el sonido de su paso seguro y sentir las miradas de deseo y admiración constantes, pero más aún sentirse dueña de su propia vida.
El miedo a ser desapareció desde que se atrevió a soñar en la realidad, a satisfacer su cuerpo lejos de las normas y el control de su vida pasada. Quizás saltó muchos muros innecesarios, pero supo volver a tiempo y reconquistarse.
Ella, es feliz siendo sólo Cordelia.
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