Erase una vez una gota, trasparente,
redonda, hermosa, copiosa, suave, delicada, majestuosa y llena de
ímpetu por dejar huella de su insignificante presencia. Para ello
se almacenaba con maestría en el interior de un grifo de brazo de
tuerca, una para dar paso al agua caliente y otro a la fría,
instalado en la pared de la cocina sobre la pila de acero inoxidable
Gustaba la señora gota húmeda y
sedosa derramarse a toda hora. El trajinar de la familia ocultaba el
sonido de la misma al caer sobre el plato, taza o la misma pila, pero
cuando llegaba el silencio frío de la soledad o la tranquilidad
hecha por oficio para facilitar el sueño nocturno se oía a la
inoportuna seguir repiqueteando con su compás de tic-tac de reloj
ingobernable.
A Regina, gustaba su estrepitosa
compañía. En varias ocasiones su esposo Rodolfo quiso objetar sobre
la presencia de aquella intrusa de lenguaje repetitivo y dar
posibilidad a un cambio de grifo griposo, molesto e incapaz de cortar
el chorro, ella se lo impidió con la excusa de que había que darle
una oportunidad antes de desecharlo. Estaba segura de que la gota un
día dejaría de gotear, cerrando la fuga la cal acumulada en el
agua.
Trascurrieron los años y los chicos,
se fueron marchando en busca de su destino. Rodolfo tuvo la mala
fortuna de enfermar tras un catarro un invierno incurable. Su
rutinario pitillo contribuyó a agravarlo hasta tal punto que estuvo
tosiendo en el retumbar de caverna oscura y pegajosa de su caja
torácica, hasta que la respiración pesarosa lo abandonó
dejándolo en manos de la aniquiladora muerte tormentosa de un sufrir
constante.
La gota copiosa, escandalosa fue
tomando posiciones, se coronó en la cima sin detractores. En la
altitud de su poder, emanaba como la gota de la abundancia,
derramando agua con más regularidad, su capricho fue satisfecho ya
que fue recogida el agua para no desperdiciarla en un barreño de
plástico azul y utilizada en la limpieza de la casa.
Regina necesitaba más que nunca oír
ese sonido crispante. Causaba cierta ansiedad y nerviosismo a los
oídos de las visitas. Preocupante compañía la adquirida en la
opinión de los hijos, ya que se había convertido en una adicta,
acérrima defensora de aquella gota caída en el grifo antiguo,
deteriorado y obsoleto, que tanto tiempo les había acompañado sin
mudar de estático estado.
En aquel contar de gotas ella disponía
planes sobre su vida. Soñaba despierta con instantes pasados y
momentos futuros que aún la aguardaban. Aquella gota era la fuerza
que la sostenía para emprender cada día una nueva acción positiva
y vital.
El sonido metálico del agua al chocar
contra la pila de noche si se olvidaba dejar el barreño, la
despertaba del sueño quebradizo, tras un rato de meditación en el
cual repasaba el día se levantaba a colocarlo. Hasta que un día la
gota quiso hablar.
La primera palabra que escuchó de
aquella materia limpia, fresca y húmeda la dejó boquiabierta. Era
la voz de su madre diciéndole “no Regina, no hagas eso...” la
escuchó con tal viveza, que regresó a su infancia, sintiéndose de
nuevo niña, unida al recuerdo aquel en el que las travesuras
provocaban las consabidas regañinas de mamá. Sintió el beso
fresco, firme, amoroso y primoroso de los labios juveniles de la
mujer tan grande, cuidadora de amor y dedicación exclusiva. Pensó
que la estaba llamando del otro lado porque ansiaba reunirse de nuevo
con su pequeña, pero no, la gota no volvió a abrir la boca. La dejó
cavilando sin saber a que atenerse.
Cuando al tiempo volvió a murmurar
palabra esta vez fue en boca de su esposo Rodolfo, en el momento en
que quiso declarle su amor. “Regina, yo no se si debo, pero quiero
confesarte que te amo desde que te vi hace mucho tiempo, si tu
quisieras aceptarme, yo te daría... la vida entera, mi reina” . Le
sobresaltó la voz en tal extremo, que el pulso pareció detenerse
casí pensó que ya estaba en el otro lado y hasta se atrevió a
buscar a su amado, pero viendo que no había salido de la estancia y
que allí solo estaba ella, su rostro se tornó lívido como si con
un fantasmagórico ser la hubiera visitado para asustarla. Tuvo que
darse dos carreras por el pasillo para recuperar el color y el pulso
de su sangre helada.
De nuevo un silencio espectral acompañó
a Regina durante meses. No contó a nadie la susurrante voz de
aquella gota fría, transparente, vulgar e inocua para que no la
creyeran falta de facultad mental. Pero ella la había escuchado
hablar y recordar a los dos seres más deseados por quedar su
presencia perdida en el transcurrir de los años, nunca en el
corazón.
La gota había sido el eco de la voz de
su madre y la de su esposo Rodolfo. Aquel sonido de agua era una gota
de amor constante que la acompañaba como un poderoso talismán, su
creencia era devota y firme.
De todo aquello concluyó en resumen
que el mensaje era que debía continuar expandiendo el amor. Ella
había conocido en su grado más excelso desde el principio de su
existencia, supo reconocerlo y prodigar la bondad en su corazón.
Ahora debía ser ella la brasa que sostendría el principio de la
alquimia producida en el interior donde se conjugaban; caridad,
generosidad y cariño para todas las personas que la necesitaran.
Aquella incansable gota le recordaba
que acto sobre acto, se genera el amor fruto del cariño, que su
constancia está echa de ese incansable goteo que debe proseguir sin
cansancio para mantener los cimientos del hechizo maravilloso
llamado amor. Bondad sembrada en el camino hacia el fin de los días.
Ahora sabía cual era el motivo de la vida, el deber de perpetuar en
el recuerdo de los vivos todas aquellas pequeñas cosas construidas
en el sostén de un amor sociable del corazón pleno.
Fin
Enero/2015-MaiteAlbarrán
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