Corría el aire entre las hojas secas
de los álamos, parecían presagiar el momento culminante de un
cambio de vida. Era veintidós de diciembre, día clave del sorteo de
Navidad. Miles de personas confiaban su vida a la suerte de unos
boletos, inversión exagerada en el azar, todos necesitaban tener el
bien material que diera sentido a sus miserables vidas, llenas de
problemas, deudas y demás avatares.
La ilusión impregnaba el ambiente con
un absurdo silencio que ofendía a Jaime. El vagabundo solitario de
la acera del super, de mirada profunda, triste y melancólica,
apreciado por su educación y compostura, ya que a pesar de su
situación desamparada, daba lo mejor de si mismo en cada momento.
Dormía en un pequeño refugio que
había construido aprovechando el hueco de un puente. Aquella guarida
la defendía con ahínco ante posibles intrusos de la calle, a veces
le costaba peleas violentas, ya que intentaban quitársela por la
fuerza. La vida de la calle era muy dura, no tenía amigos, salvo su
pequeño perro Charlie.
En las puertas del super no pudo evitar
escuchar a los niños de la Lotería cantar con sus angelicales y
saltarinas voces llenas de emoción, los números premiados. Recordó
con tristeza el día más feliz de su vida, como la maldición de la
codicia, premio a la insensatez y falta de valoración objetiva.
Él fue el afortunado del primer
premio. Botó, celebró durante semanas ilusionado aquel azar
condenado llamado suerte. Todos parecían alegrarse del cambio de
rumbo de su vida, para bien pensó entonces, pronto descubrió que el
alma humana está llena de tenebrosos y oscuros pasillos donde uno
termina confundiéndose.
Sus amigos comenzaron a solicitarle
préstamos para pequeñas compras sin importancia. Las cantidades
eran cuantiosas, pero con lo que le había tocado, no tendría
problema en dejarles el dinero. Su familia cautelosa, esperó que les
ofreciera una parte de la ganancia. En poco tiempo se dio cuenta de
que lo único que querían de él era dinero, pasó a ser el
prestamista que seguro que les diría que sí a todo lo que
necesitan.
Se sentía como Golum con su anillo.
Tenía muchísimo dinero, era inmensamente rico pero incapaz de
deshacerse de un sólo céntimo. Así que dejó a sus amigos y
desdeñó el contacto con su familia. Su carácter afable y cordial,
se esfumó. La frialdad y la codicia, se vistió dentro de un traje
carísimo, un coche de lujo y una mansión en la cual vivía con una
oportunista mujer, adicta a los caprichos que conoció en su nuevo
estilo de vida.
Una cosa llevó a otra. El ocio le
abrió camino al juego. Pasaba noches enteras despilfarrando su
fortuna, necesitaba ganar más, solo vivía para convertirse en el
número uno. Se arruinó, la mujer espectacular desapareció y pronto
su situación fue critica.
La calle le enseño a valorar el aire,
el agua, el sol y la Tierra. La vida primitiva del asfalto le enseñó
a ver lo confundido que estuvo toda su vida. Dueño de su tiempo ya
no quería invertirlo en amasar riqueza, lo tuvo todo y lo perdió,
ahora sólo le importaba sobrevivir un día más, agradeciendo a la
señora de pensión escasa, que le comprara un bocadillo de pan para
rellenar con la lata de atún que conseguía del super. en el mes
anterior a su caducidad.
-Fin-
8/02/2015 Maite Albarrán

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