-¡José María, deja de pintar y ponte
a estudiar no entiendo que ganas perdiendo el tiempo con esos
absurdos dibujos, así no conseguirás nada!- sentenciaba con
frialdad y dureza, Margarita sentada en el sillón de cuero negro
desde el despacho sin levantar apenas la vista de los interminables
papeles que gobernaba-
-Pero mamá, ya terminé mis tareas,
pensé que te gustaría que...-quiso argumentar el niño en su
defensa usando una sonrisa recurrente para conseguir la aprobación
de su exitosa madre-
-No llegarás a nada, los dibujantes se
mueren de hambre, debes estudiar para ser arquitecto-le ordenó sin
prestarle más atención.
Confundido, herido en su creatividad
apasionada, hizo caso a su madre y abandonó el dibujo para volver a
estudiar el libro de historia, tenía que ser el número uno para
conseguir el amor y recompensa momentánea que su familia le dedicaba
tras cada triunfo.
Pasaron los años, los dibujos fueron
destiñéndose en el gris sepia de los sueños abandonados. Dibujaba
incansable proyectos importantes de obra por los cuales conseguía
reconocimiento, prestigio y mucho dinero.
Tenía treinta años, soltero y sin
tiempo para el compromiso. Atado de lunes a domingo al espíritu
perfeccionista, doblegado a ser el mejor trabajador, terminaba mucho
antes de lo que sus clientes esperaban. Había sacrificado toda su
vida personal al éxito profesional.
Estaba absorto en plena concentración
en un nuevo reto, cuando la secretaria le anunció la fatal noticia “
la llamada de su tía Daniela anunciando que su madre había
fallecido “. El cáncer, cruel enfermedad inundó los últimos días
de vida declarado tras el divorcio y alejamiento de su hijo.
José María vivía obsesionado con
ser el arquitecto de mayor reputación mundial. Ni a su madre
dedicaba una sola llamada. La voz de Lucía la secretaria, le crujió
por dentro fragmentando su corazón solitario en mil pedazos. Con lo
que él había sacrificado por satisfacer el ego de mamá y ahora lo
dejaba para siempre solo...
La angustia más espantosa hizo mella
en su interior. Las lágrimas amargas corrieron por sus mejillas,
con lo que amaba a aquella mujer fuerte que le llevó a ser todo lo
que era...
Durante noches los sueños más
tormentosos se apoderaron de él. Miró a su alrededor y la soledad
le asustó. El vacío de su cara sin motivación le hizo darse cuenta
de lo estúpido que había sido. De nuevo los lápices de color, las
caricaturas resurgieron con fuerza en lucha por sobrevivir en su
interior, sin querer reprimir más la emoción se entregó a
dibujar.
Cerró el estudio de arquitectura en el
mejor momento. Le dio un portazo al éxito y el dinero, para ser José
María. Lo tomaron por loco temerario. Arriesgó todo al lápiz y la
creatividad de su mente poderosa, que ya no temía ser uno más entre
tantos.
Tardó un mes en terminar su primer
trabajo. A pesar de no tener reputación se arriesgó y con sus
ahorros imprimió aquel trabajo. No se vendió ni un sólo cómic.
Tras el fracaso, se alegró de que la vida le diera ese revés.
Asumía la bofetada a la soberbia de pretender ser un triunfador sin
haber apasionado con su creación al pequeño niño que necesita
soñar. El no conocía lo que esos pequeños diablillos desean tener,
debía volver a ser un niño para llegar a ellos.
Satisfecho de su valiente decisión,
sintió por primera vez en mucho tiempo ilusión y una luz solar,
iluminar su proyecto creativo, estaba cambiando su destino sin
importarle el éxito. Tras años de intentos y fracasos, se dio a
conocer como un dibujante con talento. Tuvieron que pasar otros más
para que pudiera amortizar económicamente su esfuerzo.
Al fin había comprendido lo que
significaba estar vivo y feliz. Durante toda su vida el lujo, el
capricho, la recompensa superficial había sido lo único importante.
La gran insatisfacción lo atrapó tras el momento frugal de
disfrute. Fue una farsa de espejismos. Lo que realmente le hacía
feliz era ser dibujante.
Siguió dibujando esta vez con más
humildad, creó una página web para compartir los dibujos. Así
aprendió a rectificar tras leer valoraciones y puntos de vista. Supo
reconocer con entereza que su primer intento de dibujante fue
bastante malo y fruto de un impulso perfeccionista de creerse con el
poder suficiente para convencer. Sólo puso buen papel y tinta, pero
sin historias divertidas.
En un pequeño piso modesto de barrio
antiguo dio luz y vida a los mejores cómics. Un día, llegó el
momento de buscar un patrocinador para ellos. Le costó convencer a
una editorial desconocida, la única que le contestó seducida por la
fuerza de sus dibujos.
José María al fin triunfó en aquello
que le hacia inmensamente feliz. Su pasión infantil por el dibujo
fue el anuncio de una vida de adulto feliz, que olvidó por ser lo
que otros quisieran que fuera y ahora recuperaba la alegría
verdadera de vivir con color.
En aquel estado de soledad y humildad,
conoció a Perla, la mujer con la que compartió el sueño, el humor
y la risa de una vida ajena a los miedos.
Nunca volvió a saborear el éxito
materialista del dinero. Vivió con escasez de medios, pero dedicado
al amor de verdad y apasionado trabajo, recompensa a haberse
encontrado consigo mismo.
-Fin-
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